¿Qué es el sacerdote?


09 Oct
09Oct

¿Qué es el sacerdote?

“El sacerdote, según la magnífica definición del apóstol San Pablo, es un hombre “tomado de entre los hombres”, pero constituido por encima de los hombres, para las cosas que pertenecen a Dios (Hebreos V, 1); su oficio, en efecto, no tiene por objeto las cosas humanas y transitorias, aun cuando parezcan dignas y eternas; cosas que, aun cuando puedan ser despreciadas y burladas por la ignorancia de los hombres…”

Papa Pío XI: “Se deduce la inalterable excelsitud del sacerdocio católico, quien tiene potestad sobre el mismo Cuerpo de Jesucristo, le llama y convida a venir a las aras y, en cierto modo, con las misma manos del Divino Redentor ofrece a la majestad de Dios una hostia gratísima. Con razón, pues, dice el Crisóstomo:“¡Admirables son estas cosas, admirables y llenas de estupefacción”.

“Pero, juntamente con este carácter y con estos poderes, el sacerdote, por medio del sacramento del Orden, recibe nueva y especial gracia, con especiales ayudas, por las cuales, si con su libre y personal cooperación secunda fielmente las acciones divinas y poderosas de la gracia misma, podrá dignamente afrontar todos los arduos deberes del sublime estado a que ha sido llamado y sobrellevar, sin sentirse oprimido, las graves responsabilidades inherentes al ministerios sacerdotal, que hicieron temblar, incluso, a los más fuertes atletas del sacerdocio cristiano, como un Crisóstomo, un Ambrosio, un Gregorio Magno, un Carlos Borromeo y tantos otros.”

“En medio de los errores que produce el pensamiento humano, ebrio de una falsa libertad, contra toda ley y todo freno, en medio de la corrupción espantosa de la malicia humana, se yergue, como el faro que con sus luces durante la noche dirige el curso de los barcos, la Iglesia de Dios que condena toda desviación a una parte o a otra de la verdad, y que indica a todos y a cada uno el camino directo que debe seguir. ¡Y ay de nosotros si este faro no ya se extingue –lo que es imposible por las promesas infalibles sobre las cuales se basa- , sino que llegase a impedir que difundiera su radiante luz.”

“Hay que advertir, con todo, que es grande el peligro que corre el sacerdote si, arrastrado por un afecto menos ordenado, se entrega con excesivo ardor a obras exteriores, aunque loables de su ministerio, descuidando la santificación de su propia alma. Porque por ese camino no sólo arriesga su propia salvación eterna –como lo temía de sí el Apóstol de las gentes cuando escribía: “Castigo mi propio cuerpo y lo someto a servidumbre, no sea que predicando a otros me condene yo mismo” (I cor. IX, 27) – sino que aun en el caso de no perder la gracia, sin duda le faltara el Espíritu divino, que comunica una fuerza y eficacia admirables a las actividades exteriores del apóstol.”

“En medio de un mundo corrompido, en el que todo se vende y todo se compra, debe vivir alejado de todo egoísmo, desdeñando santamente las viles codicias terrenales y acercándose a las almas, no buscando emolumentos de dinero, sino la gloria de Dios…” “la codicia, que por el Espíritu Santo es llamada “raíz de todos los males” (I Tim. VI, 10) puede arrastrar al hombre a toda clase de delitos; y aun cuando no se llegue a tanto de hecho, un sacerdote contagiado por vicio tal, consciente o inconscientemente hace causa común con los enemigos de Dios y de la Iglesia y coopera a los inicuos designios de aquéllos”.

“A esto os ayudará extraordinariamente aquel medio que Nuestro Predecesor de santa memoria, Pío X, en su piadosa y afectuosa “Exhortatio ad clerum catholicum”, cuya asidua lectura os recomendamos calurosamente, pone en primer lugar entre los más valiosos auxilios para custodiar y acrecentar la gracia sacerdotal; aquel medio que Nos mismo más de una vez… pero especialmente a los sacerdotes: el uso frecuente de los Ejercicios Espirituales…”

“En el retiro y en el recogimiento podrá resucitarse la gracia de Dios, que nunca hubiese entrado en la heredad del Señor, sino por el camino directo de la verdadera vocación, y no por fines terrenos y menos nobles…”

“Todos, pues, saldréis del recogimiento y de la oración fortalecidos contra las insidias del mundo, llenos de santo celo por la salvación de las almas, inflamados por el amor de Dios, cual deben ser los sacerdotes más que nunca en estos tiempos, en los cuales, al lado de tanta corrupción y diabólica perversidad…”

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