Sacerdotes sin vocación.


18 Apr
18Apr


Ave María Purísima, sin pecado original concebida.


Tomado del libro: “Retiro espiritual para los sacerdotes o el sacerdote preparado para el juicio de Dios en diez días de ejercicios espirituales.” Por el Padre Miguel de Santander, religioso capuchino, tomo 1º, año de 1802, página 116 en adelante. 


Uno de los graves problemas de la Iglesia Católica, es la infestación de sacerdotes sin vocación, sin el llamamiento divino; algunos de ellos obtuvieron el sacerdocio por influencias, por ignorancia de los prelados, por medios no autorizados por la doctrina católica.


1º Sacerdotes sin vocación.

“Muchos sacerdotes tenemos y pocos sacerdotes: muchos en número, pero pocos en el mérito: muchos en la apariencia, pocos en la realidad: muchos en especie, pocos en virtud: de limpias manos, pero de sucias obras” “Sacerdotales viros querimus, qui plures habemos Sacerdotes: plures inquam numero non merito: simulationes non fide: specie non virtute: sunt enim lotis manibus, tamen illotis operibus.” San Bernardo, Sermon I in Coen. Domini.


2º Causas y motivos de estos elementos.

“Y si pretendemos averiguar la causa, hallaremos que esto consiste en una de tres cosas:

2.1. Porque los Prelados son fáciles en imponer las manos.

2.2. Porque los llamados a tan alta dignidad se olvidan de este inestimable beneficio, y se entregan a la ociosidad y al desorden de sus pasiones.

2.3.  Porque son muchos los que suben a éste eminente estado contra la voluntad de Dios. 

Es innegable que al presente se sube con más facilidad al orden sacro que en los primeros siglos de la Iglesia, en los cuales se excluían aún los monjes que en su mocedad cometieron algunos defectos, sin embargo haberlos lavado en continuas y amargas lagrimas, y haber vivido muchos años en los penosos ejercicios del monasterio. También es cierto que algunos, aunque llamados de Dios, viven de un modo indigno de su vocación; pero estos son los menos: un Judas, por ejemplo entre los Apóstoles: un Nicolás entre los siete Diáconos.


La causa principal yo creo consiste en recibir el orden sin vocación. 

Dadme un hombre que, despreciando el aviso de San Pablo: Nec quisquam sumit sibi honorem, sed qui vocatur a Deo, temeraria y sacrílegamente se entre al Santuario sin ser llamado de Dios, yo os lo mostraré caído en todo genero de vicios enormes y abominables. Y es la razón, porque la consagración de los tales es un delito. Entrando a ministrar en la presencia de Dios sin ser llamado con el sello del carácter sacerdotal; pero este será para ellos un carácter de reprobación, por no recibir con él la efusión del Espíritu Santo tan necesaria para el cumplimiento de las obligaciones de estado. La Divina Providencia que destina a cada uno al estado de vida que le conviene, le prepara también las gracias necesarias para el cumplir con él; y es regla general, dice San Bernardino, que cuando Dios elige alguna criatura para algún grado, oficio o estado sublime, le da todos los dones que a aquella persona así elegida le son necesarios, y que la adorna copiosamente [Omnium singulorum gratiarum alicui rationabili creaturae communicatorum, generalis regula est, quod, quandocumque divina gratia elegit aliquem ad aliquam gratiam singularem, seu ad aliquem sublimem statem, omnia charismata donet, quae illi persone. San Bernard. Serm. 1º de San Jose]. 


Así estos hombres destinados acaso por la Providencia para el estado religioso o maridar, hallaran en él copiosas gracias para vivir en virtud y santidad, y morir cristianamente; pero introduciéndose al sagrado ministerio sin vocación, toman el empleo para el que Dios no los quiere, ocupan el lugar que no les toca, y se hallan fuera del orden de la Divina Providencia, que les negara hasta el menor grado de las gracias de este estado. Con lo que abandonados a su propia flaqueza, en cada uno de sus ministerios hallan un escollo. 

El confesionario es lazo contra su pureza, el púlpito teatro de su orgullo, el altar lugar de sus mayores delitos; suben a él todos los días como ministros públicos a levantar al cielo unas manos vacías y acaso impuras, a presentar sus infidelidades a los ojos de Dios, a manchar con sola su vista la presencia de los divinos misterios, a ofrecer al eterno Padre la sangre de su Hijo que profanan, y pide venganza contra ellos, no como sacerdotes legítimos, sino intrusos, a quienes Dios no conoce ni ha llamado, y que por lo mismo en vez de aplacarle con sus ofrendas, le ofenden e irritan de nuevo. 

¡Ay! Exclamaba el padre San Bernardo: ¡ay, cuanto debemos sentirlo! ¡Cuantos sacerdotes, pero falsos sacerdotes, comen el pan de Cristo, comen con su boca el cuerpo de Cristo, y le pisan con el pie! Putidi faetore luxuriae, infesto veneno nequitiae [Heu! Quod magis dolendum est, quanti Sacerdotes, sed falsi Sacerdotes, qui panem Christi, corpus Christi sumunt ore; et Christum conculcant pede; putidi foetore luxuriae, infesti veneno nequitiae. S. Bernard. Serm. II in Caena Domini prope finem.]


¿Qué utilidad tendrá el pueblo cristiano con semejantes sacerdotes? 

Cuando no hicieron otro mal que presentarse a los fieles, serian innumerables los daños que ocasionarían con su conducta personal; ¿qué será si Dios por un castigo terribilísimo de los pueblos permite que entren por su [aulas] y pastores de las almas? Debiendo ser pastores, son mercenarios que entran al rebaño, no para dar la vida por él, sino para quitársela; porque no entran por la puerta de la divina vocación, sed aliunde, suben por las sendas de las pretensiones mundanas, por la amistad, por los empeños, por el paisanaje, el parentesco, tal vez por medios injustos, tal vez simoníacos, y los que entran de esta suerte son, dice el sacrosanto Evangelio de Jesucristo, robadores y ladrones que no entran sino para robar, matar y perder (San Juan X, V) Qui non intrat per ostium in oville ovium, sed ascendit aliunde, ille fur est et latro. Fur non venit nisi ut furetur, et mactet, et perdat. 


Los resultados.

Su cuidado no es la salvación eterna de las almas, sino acumular hacienda, agregar beneficio a beneficio, renta eclesiástica a renta eclesiástica, aunque la pluralidad de beneficios se contraria a las disposiciones conciliares, aunque por ella se trastorne la disciplina eclesiástica, eso nada importa. Procurarse una vida cómoda, huir del trabajo, aborrecer el púlpito y confesionario, faltar al coro la parroquia con frívolos pretextos, descargar lo gravoso y pesado del ministerio sobre los hombros de los tenientes y otros subalternos, para entregarse ellos a toda suerte de diversiones, sin pensar en la oración, en la presencia de Dios, en la mortificación de las pasiones, en el estudio, y en caminar a la perfección de su estado: ved ahí el triste tejido de la vida de los sacerdotes sin vocación. Visitar personas del sexo frágil, entablar con ellas conversaciones frecuentes y amistades peligrosas; y sin  embargo, no temblar acercarse al altar para comer su juicio y condenación: tener tiempo para enriquecer la familia con el precio de los pecados y el patrimonio de los pobres: tiempo para el manejo y la administración de la hacienda propia y ajena, tiempo para concurrir a las ferias y a las romerías, y para mantener con espíritu de partido las desavenencias de los cabildos o los pueblos; tener tiempo para presentarse con vestidos profanos en las concurrencias del siglo, y sólo no tenerle para rezar el oficio divino ordenada, atenta y devotamente, sino para principiar Jam lucis orto sidere, cuando el sol se puso, y va muy adelantada la noche. ¡Ay Señores, y que método de vida tan lastimoso! ¡Qué estado tan infeliz, venerables sacerdotes! No lo dudemos, decía el padre San Agustín: Si quis contempserit vocationem Dei, excaecabitur ad damnationem [S. Agustín super Psalm. IX]


Un hombre que desprecia la divina vocación, incrusandose en el clericato para donde Dios no le llamaba, se perderá así mismo y perderá a otros. 

Porque un sacerdote sin oración, sin estudio ni retiro; un sacerdote dado a la ociosidad, que no tiene devoción alguna en el rezo, que le son gravosos los divinos oficios; con el mismo rezo, con el mismo ministerio sacrosanto, con el mismo acercarse todos los días a la mesa del Señor, contrae tan funesta ceguedad, y un endurecimiento e insensibilidad tan espantosos, que sin consideración se arroja a los más horrendos crímenes, y a vivir de asiento en ellos. Si quis contempserit cocationem Dei, excaecabitur ad damnationem. Vosotros lo sabéis, Señores, que horroriza el pronunciarlo. Ni amonestaciones de sus amigos, ni providencias de los superiores, ni por rigor, ni por blandura se les puede sacra de su endurecimiento, de su incorrigibilidad, de su obstinación y de su impenitencia final. Laici delincuentes, decía San Juan Crisóstomo, facile emendatur: Clerici autem, si male fecerint, inemendabiles sunt [Homil. XLIII super Matth. Op. Imp.].


A extremo tan lamentable conduce la entrada en el clericato sin divino llamamiento. Temblemos, padres y señores míos, una desgracia tan digna de llorarse con lágrimas de sangre.”


Ave María Purísima, sin pecado original concebida.





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