Aprender a vivir.


16 Apr
16Apr


Ave María Purísima, sin pecado original concebida.


En algunas ocasiones el católico siente la necesidad de Dios Nuestro Señor, son evidentes los errores en su vida provocados por el pecado, se presenta una depresión espiritual, y en ese momento quisiera recuperar todo con cierta impaciencia. 

La caída de un alma, los escándalos y la reincidencia en el pecado, son fruto de muchos descuidos o exceso de confianza [presunción], de cierto orgullo que en ocasiones no se advierte, tratar las cosas santas con indiferencia, entre otros factores; lo cierto es que las caídas o el estado de miseria espiritual no es de un día para otro, es producto de un apartamiento de la vida espiritual. 

Debe saber todo buen cristiano, que la reconstrucción de un alma, de una vida espiritual consagrada a Nuestro Señor Jesucristo es obra de toda la vida, es fruto de una vida católica, y tambien, fruto de muchas caídas y errores que proporcionan un bagaje espiritual de experiencia, para mejor amar y servir a Nuestro Divino Redentor en las condiciones que la Providencia Divina determine para cada uno. 

Las cosas no se arreglan de un momento a otro, menos las espirituales, para lo cual se requiere un programa de vida, paciencia y mucha perseverancia en la vida espiritual. 

"Septies enim cadet justus, et resurget: impii autem corruent in malum". "Porque siete veces caerá el justo, y se levantará: mas los impíos se precipitarán en el mal." Proverbios XXIV, 16. 


Consideraciones. 


1º La vida es combate permanente. 

Tres grandes enemigos combaten nuestra salvación eterna: mundo, demonio y carne; dentro de nosotros se presenta el gran combate entre nuestro cuerpo y nuestra alma: 

"La carne codicia contra el espíritu: y el espíritu contra la carne: porque estas cosas son contrarias entre sí, para que no hagáis todas las cosas que quisiéreis... las obras de la carne están patentes: como son fornicación, impureza, deshonestidades, lujuria, idolatría, hechicerías, enemistades, contiendas, celos, iras, riña, discordias, sectas, envidias, homicidios, embriagueces, glotonerías y otras cosas como estas, sobre los cuales os denuncio, como ya lo dije: que los que tales cosas hacen, no alcanzarán el reino de Dios. Mas el fruto del espíritu es: caridad, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, longanimidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia, castidad..." San Pablo a los Gálatas V, 17. 

Debe ocuparse de fortalecerse Usted, no caer en el error de corregir al mundo entero, de señalar los errores y defectos de los demás con grave descuido de nuestra viuda espiritual. Ocupese de rezar su Rosario todos los días despacio y atentamente, de tener cada día treinta minutos de lectura espiritual, al menos quince minutos de meditación, de vivir en gracia de Dios, de cuidar de su vida. 

"Tu ergo fili mi confortare in gratia, quae est in Christo Jesu". 'Pues tú, hijo mío, fortifícate en la gracia, que es en Jesucristo." 2ª Epístola de San Pablo a Timoteo II, 1.


2º Aprender a vivir en gracia de Dios. 

Ocupar su capacidad en vivir en gracia de Dios, con una actitud católica, buscando ir siempre de bien en mejor en la vida espiritual, nutriendo el intelecto con la doctrina católica, fortaleciendo el alma con la frecuencia de los sacramentos, cimentar la santa virtud de la humildad, la cual es fundamento de la vida espiritual.

"Muchos siguen la sombra y apariencia de humildad: fácil cosa es traer la cabeza inclinada, los ojos bajos, hablar con voz humilde, suspirar muchas veces, y a cada paso llamarse miserables y pecadores; pero si a esos los tocáis con una palabra, aunque sea muy liviana, luego veréis cuán lejos están de la verdadera humildad"  San Jerónimo, epist. 27: Multi humilitatis umbram, veritatem pauci sectantur.

No acobardarse, ni deprimirse, ni dejar la vida espiritual abandonada porque no puede mantenerse en gracia de Dios, esa es señal de amor propio; tenga la santa virilidad de combatir día y noche por el reino de los cielos, de perseverar en el santo propósito de amar y servir a Dios Nuestro Señor en el cumplimiento de los mandamientos divinos.

"Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él. El que no me ama, no guarda mis palabras." Evangelio de San Juan XIV, 23. 



3º El amor es la llave maestra. 

El fin del hombre se resume en el amor: amar y servir a Dios Nuestro Señor en la presente vida, para ver y gozar de Él en la eternidad; el amor es la inmolación del alma en bien del amado, pero tener cuidado con el amor, no entregar tu corazón a las criaturas que siempre te han de fallar, muchas veces no por malicia, sino por la miseria humana.

El corazón le pertenece sólo a Dios Nuestro Señor: Amaras al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu entendimiento... lo cuál se traduce no en los sentimientos, ni en el estado anímico, sino en el cumplimiento de los mandamientos: "Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él. El que no me ama, no guarda mis palabras." Evangelio de San Juan XIV, 23. 

Un alma que tiene odio, coraje y resentimientos es la falta de amor, la ausencia de la santa virtud de la humildad que reclama todo para ella, y es tan peligroso que puede llegar hasta el odio a Dios Nuestro Señor.

"Dos amores construyeron dos ciudades: el amor propio hasta el desprecio a Dios hizo la ciudad terrena; el amor de Dios hasta el desprecio de si mismo, la ciudad del cielo. La una se glorifica a sí misma, la otra se glorifica en el Señor. Una busca la gloria que viene de los hombres (Jn 5,44), la otra tiene su gloria en Dios, testigo de su conciencia. Una, hinchada de vana gloria, levanta la cabeza, la otra dice a su Dios: «Tú eres mi gloria, me haces salir vencedor...» (cf Sal 3,4) En una, los príncipes son dominados por la pasión de dominar sobre los hombres y sobre las naciones conquistadas, en la otra todos son servidores del prójimo en la caridad, los jefes velando por el bien de sus subordinados y éstos obedeciéndoles. La primera, en la persona de los poderosos, se admira de su propia fuerza, la otra dice a su Dios: «Te amo, Señor, tú eres mi fortaleza.» (Sal 17,2)  En la primera, los sabios llevan una vida mundana, no buscando más que las satisfacciones del cuerpo o del espíritu o las dos a la vez: «...habiendo conocido a Dios, no lo han glorificado, ni le han dado gracias, sino que han puesto sus pensamientos en cosas sin valor y se ha oscurecido su insensato corazón...han cambiado la verdad de Dios por la mentira.» (cf Rm 1,21-25) En la ciudad de Dios, en cambio, toda la sabiduría del hombre se encuentra en la piedad que da culto al verdadero Dios, un culto legítimo y que espera como recompensa, en la comunión de los santos, no solamente de los hombres sino también de los ángeles, «que Dios sea todo en todos.» (1Cor 15,28)".  San Agustín de Hipona, La Ciudad de Dios XIV,28 . 


Aconsejo humildemente morir cada día a nosotros mismos en bien de Dios Nuestro Señor, dejar de juzgar a las personas, de emitir juicios a la ligera, y de enfocarnos en rezar atenta y devotamente el Santo Rosario a la bienaventurada Siempre Virgen María, ocuparnos en amar y servir a Dios Nuestro Señor. 

"Absolutamente nada se nos concede, según la voluntad de Dios; sino por María". Papa León XIII, Encíclica 'Octobri mense', 22 de septiembre de 1891.



Dios le bendiga.










Ave María Purísima, sin pecado original concebida.








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