Debemos rezar por la santificación de los sacerdotes.


 

“Y quiero, para que los fieles se estimulen más para ser lo que deben y para trabajar por los sacerdotes, decir algunas palabras acerca de la necesidad imperiosa que hay de que los sacerdotes nos santifiquemos, y de las dificultades que tenemos para santificarnos.

Hay una necesidad imperiosa de que nos santifiquemos, porque tengamos por cierto que el mundo no se cambiará si no se santifican los sacerdotes.

Se habla mucho de las necesidades sociales. Por ejemplo, es absolutamente necesario que el mundo se transforme, que los niños se eduquen cristianamente. Ya el soberano Pontífice hace muy poco publicó una Encíclica maravillosa sobre este punto.

Es indispensable para que el mundo se transforme, que la mujer cristiana sea lo que debe ser. Perfectamente. Y así podría deciros otras muchas necesidades.

Pero la necesidad capital es ésta: LA SANTIFICACIÓN DEL CLERO. Si los sacerdotes fuéramos santos, podríamos reírnos de los comunistas, y de las sectas secretas, y de los espiritistas, y de los teólogos. Y de cinematógrafos malos y de las modas perversas.

Los sacerdotes santos cambiarían todo eso y transformarían todo. Por mal que esté el mundo en estos momentos, estaba muchísimo peor hace veinte siglos, cuando los Apóstoles comenzaron a cristianizar el mundo.

Algunos nos espantamos, porque en pleno cristianismo, la corrupción actual es algo terrible.

Pero, ¿qué comparación tiene el mundo actual con el mundo pagano? Aquello sí que era abominación en todos sentidos. Para cambiar el mundo ¿qué hizo Nuestro Señor? Tomar doce pescadores, derramar sobre ellos el Espíritu Santo el día de Pentecostés y… ¡vayan a cambiar la tierra!

De aquí que, hablando con toda verdad, la razón de los males que afligen al mundo somos nosotros.

Y por consiguiente, si las almas se santifican y oran por los sacerdotes y logran por sus oraciones y por sus sacrificios que Nuestro Señor santifique más y más a sus sacerdotes, así habrán influido en el mundo de una manera eficacísima.

Y se ve palpablemente; el pueblo a donde va un sacerdote fervoroso y santo se transforma, aunque sea el pueblo más malo; tardará más o menos, pero el pueblo se transforma.

Y a donde va un sacerdote tibio, descuidado, que no es santo, inmediatamente se nota en el pueblo el fruto de sus malos ejemplos.

De manera que si quieren las almas dar de veras un consuelo al Corazón de Jesús, glorificar al Padre Celestial, ofrecer un descanso al Espíritu Santo; si quieren hacer el bien a las almas y evitar que se condenen y arrancárselas al demonio de sus fauces y llevárselas al Corazón de Jesús, cumplan su deber de rogar por los sacerdotes.”


Monseñor Luis María Martínez († 1956), Arzobispo primado de México, libro: Espiritualidad de la Cruz, página 106.

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