Del corto número de los oyentes en los sermones.


“Alegraos, decía el Santo, cuando subiendo al púlpito advirtiereis que hay poca gente, y que todo vuestro auditorio se reduce a un puñado de personas.”

“Lo mismo cuesta, le repliqué yo, predicar a muchos que predicar a pocos”; á lo que me respondió: “La experiencia de treinta años en este ejercicio es la que me hace discurrir de este modo; y por lo que a mí toca, puedo decir haber visto mayores efectos para l servicio de Dios de resultas de los sermones que he predicado a cortos auditorios, que no de los que he predicado a grandes concursos.”

“Siendo yo rector de mi Iglesia, me envió el obispo mi antecesor a predicar en compañía de otros eclesiásticos. Un domingo que hacía muy mal tiempo, no había en la Iglesia más de siete personas a la hora del sermón, por lo cual me persuadió uno a que no me cansase en predicar; á lo que le respondí que a mí auditorio, ni por grande me alentaba, ni por pequeño me desanimaba, pues con que un solo individuo saliese edificado, sacaba bastante fruto de mi trabajo. Subí, en efecto, al púlpito, y me acuerdo de que el sermón era de la oración de los Santos. Traté el asunto con mucha sencillez, sin reflecciones patéticas ni vehementes. y, sin embargo, uno de los oyentes comenzó a llorar amargamente, y aun a sollozar y suspirar sin el menor disimulo. Creí que sentía algún dolor, y le convidé a que no se incomodase, ni violentase, pues suspendería yo mi sermón aun para servirle, si fuese menester, en lo que necesitase. Respondiome que no sentía incomodidad, pues le estaba poniendo la medicina en la parte precisa de la llaga.

“Acabado el sermón, que fué muy corto, vino echarse a mis pies dando voces: ‘Padre mío, padre mío, vos me habéis dado la vida; hoy habéis salvado mi alma; ¡bendita sea la hora en que vine y en que os he oído, pues ella me valdrá una eterna felicidad! Y luego refirió que, habiendo conferenciado con algunos ministros herejes sobre la oración que hacemos a los Santos, se la habían pintado como una idolatría horrible. Y que en este concepto había determinado con ellos, y señalado el jueves próximo para apostatar de la religión católica; pero que por el sermón que acababa de oír, había quedado tan bien instruido del asunto, y desvaneciéndosele  de tal modo todas sus dudas, que detestaba de todo corazón lo prometido, y protestaba de nuevo su obediencia a la Santa Iglesia.

“No puedo ponderaros la impresión que hizo en todo el país este ejemplar suceso en tan pequeño auditorio, y cuán grande fue el número que atrajo de corazones dóciles y dispuestos a recibir la palabra de vida eterna. Pudiera referiros otros pasajes semejantes, y aún más notables, que me han hecho concebir tanta y tan tierna afición a los pequeños concursos, que jamas estoy tan contento cuando subo al púlpito y veo delante poca gente.”


Libro: “El espíritu de San Francisco de Sales”, año 1900, parte II, capítulo XXVII, página 159.

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