Dios viene a salvar nuestra alma.


“Para llegar al cielo, tenemos que recorrer, en sentido inverso, el camino que Jesús recorrió para bajar hasta nosotros: El vino del Padre por un amor incomprensible, por ese amor que es el Espíritu Santo. El Verbo bajó a la tierra, se revistió de nuestra carne y se hundió en todos los abismos de nuestras miserias y de nuestros dolores; y allá, en su fondo, nos encontramos como aquel herido del Evangelio, semimuertos, y cubiertos de heridas, y despojados de todo.

Porque el demonio nos despojó de los dones magníficos con que Dios había enriquecido nuestra naturaleza en los principios de los tiempos.

Y allá en el abismo, Jesús, el Buen Samaritano, nos tomó en sus manos santas, nos llevó sobre sus hombros y volvió a emprender el camino que había traído del cielo.

Del fondo de nuestras miserias nos va levantando poco a poco, y nos lleva hasta la Cruz y nos introduce en su Corazón y, por los senderos ocultos de su Cruz interna, nos vuelve a llevar otra vez el Seno amoroso de Dios de donde El vino para redimirnos.

En esa cumbre divina que nuestros ojos apenas vislumbran en la divina lontananza, allá se consuma nuestra vida espiritual y se funde en la unidad. Nacimos en la unidad y en la unidad hemos de consumarnos. ¿No viene la vida espiritual de Dios, que es la unidad santísima, infinita, inefable? ¿No brotan de ahí la gracia y las virtudes, los dones y la pureza, el amor y el sacrificio, y todos los elementos que constituyen la vida espiritual?

De aquel océano inmenso que es Dios, de aquella Unidad infinita, brotó, por el Corazón Santísimo de Jesús, nuestra vida espiritual y ésta se extiende, a la manera que un río que divide y se bifurca y se multiplica en diversos arroyos; pero después, es preciso que esos arroyos vayan a fundirse en un mismo caudal, para que vuelvan a entrar al océano de donde brotaron.

Así es la vida espiritual: vino de la unidad de Dios, tiene que encontrar su consumación en la Unidad de Dios, en la Unidad del Espíritu Santo.”

Monseñor Luis María Martínez, Arzobispo de México, + 1956, Espiritualidad de la Cruz, página 251.

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