El hombre se inclina al bien y al mal.


Ave María Purísima, sin pecado original concebida.

Queridos hermanos, la naturaleza humana es difícil de entender porque ama el bien y a Dios Nuestro Señor, pero la misma naturaleza se inclina al pecado, encontrándose el ser humano desconcertado por la contrariedad en la misma persona. 

Un día hace el bien, al otro el pecado deliberadamente, puede llegar a cometer los más graves errores como si fuera enemigo de Dios Nuestro Señor. 

Consideraciones 

1º El hombre es un compuesto de alma y cuerpo, ambos combaten entre sí, tienen deseos contrarios: 

"Porque la carne codicia contra el espíritu: y el espíritu contra la carne: porque estas cosas son contrarias entre sí: para que no hagáis todas las cosas que quisiereis... Mas las obras de la carne están patentes: como son: fornicación, impureza, deshonestidad, lujuria, idolatría, hechicerías, enemistades, contiendas, celos, iras, riñas, discordias, sectas, envidias, homicidios, embriagueces, glotonerías y otras cosas como estas, sobre las cuales os denuncio, como yo lo dije: Que los que tales cosas hacen, no alcanzaran el reino de Dios. 

Mas el fruto del Espíritu es: caridad, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, longanimidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia. castidad." Epístola de San Pablo a los Gálatas VI, 17-23.

2º Es evidente que hay dos inclinaciones o tendencias en la misma naturaleza humana, la parte superior del hombre [gobierno o toma de decisiones de la persona] se encuentra en la razón, la cual es ilustrada o fortalecida por la fe, de tal suerte que las obras, decisiones o hechos de la persona deben estar determinadas por la razón. "Andad en Espíritu, y no cumpliréis los deseos de la carne." Gálatas VI, 16.

3º Esta rebeldía de la carne contra el espíritu [concupiscencia] se adquirió con la perdida de los dones preternaturales, es decir con el pecado original: 

"Adán era el representante de todo el género humano. De su libre decisión dependía que se conservaran o se perdieran los dones sobrenaturales que no se les habían concedido a él personalmente, sino a la naturaleza del hombre como tal; dones que, por la voluntaria transgresión que hizo Adán del precepto divino, se perdieron no sólo para él, sino para todo el linaje humano que habría de formar su descendencia." Teología Dogmatica, Ludwing Ott, página 187. Dz 1047 

4º ¿Porque la concupisencia o rebeldía de la propia naturaleza? En esto precisamente consiste la santificación y salvación eterna de un alma, en negarse a él mismo [pecados] por amor a Dios Nuestro Señor haciendo un uso santo de la libertad que Dios le ha concedido. 

En este sentido, el buen cristiano se encuentra "en este valle de lágrimas" combatiendo en sí mismo, por servir, amar y adorar a Dios Nuestro Señor, que es la razón de nuestra estadía en la tierra. 

5º Por ello cuando el buen cristiano sufre la tentación o invitación al pecado, sea cual sea, sufre porque no quiere ofender a Dios Nuestro Señor; si comete pecado el alma se entristece, el cuerpo reclama más y se esclaviza al pecado cometido. 

Si vence la tentación, no hace el pecado: su cuerpo se revela, reclama, y presenta cierta tristeza o incomprensión personal, aunque unida a la tranquilidad de conciencia de haber obrado bien. 

6º Lo que hay que hacer, independientemente de nuestras malas inclinaciones y pecados, es aclamarnos con un corazón contrito y humillado a la Santísima Virgen María, con el piadoso rezo del Santo Rosario, camino seguro para alcanzar la salvación eterna. 

"Aún cuando os hallaseis en el borde del abismo o tuvieseis ya un pie en el infierno; aunque hubieseis vendido vuestra alma al diablo; aun cuando fueseis un hereje endurecido y obstinado como un demonio, tarde o temprano os convertiréis y os salvaréis, con tal que (lo repito, y notad las palabras y los términos de mi consejo) recéis devotamente todos los días el Santo Rosario hasta la muerte, para conocer la verdad y obtener la contrición y el perdón de vuestros pecados." San Luis María G. de Montfort, El secreto del Rosario.


Dios te bendiga.


Ave María Purísima, sin pecado original concebida.




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