Hacer el bien aunque seas pecador.


Ave María Purísima, sin pecado original concebida.


Muchas almas quisieran ser muy buenas y muy santas, gratas a Dios, útiles a quien les rodea, generosas con los necesitados, en fin, útiles a Dios y a su patria; al ver la realidad, la multitud de sus defectos y miserias humanas, que más que ayuda, son una carga [en algunas ocasiones], que dependen de muchas cosas y sobre todo, que su temperamento y sentimientos son muy volubles [cambiantes], lo cual les hace no ser lo que ellos quisieran ser, esto conduce al desánimo, al apartamiento de hacer el bien, a la mediocridad y al pecado. 

Lo propio ocurre en la confesión, quisieran confesarse con frecuencia y comulgar, pero, con el anhelo [ilusión] o deseo de no tener pecado; y tienen la ilusión de acercarse a frecuentar los sacramentos un poco más adelante, cuando hayan arreglado ciertos pecados que arrastran. 

El católico, debe poner lo pies en la tierra, aceptar que aunque hijo adoptivo por la gracia de Dios, aunque tiene la fe verdadera, es un simple mortal, [débil, inclinado al pecado, voluble, frágil, cambiante, etc.], y aquí en la tierra hemos venido a luchar 'Militia est vita hominis super terram' Job VII, 1, La vida del hombre sobre la tierra es milicia, las cosas materiales y espirituales le tienen que costar al hombre, difícilmente las encontrará de gratis, 'In sudore vultus tui vescéris pane' Génesis III, 19, Con el sudor de tu rostro comerás el pan.

Es ilusión a beneficio del demonio esperar a ser un hombre bueno y santo para empezar a hacer obras gratas a Dios; comience hoy, con la multitud de sus miserias, de sus pecados, con su carácter; inicie reconociendo que es un pecador, que Dios no ocupa de Usted, pues todo lo puede, es omnipotente, es evidente. 

Dice San Ignacio de Loyola: "Sano o enfermo, rico o pobre, sabio o ignorante, honrado o despreciado, con éste o con aquél genio, con muchos o pocos dotes, aptitudes y talentos, puedo alabar, hacer reverencia y servir a Dios." 

¿Qué hacer? 

1º Ubicarse en la realidad, aunque parezca ingenuo, aceptese como es: pecador, miserable y necesitado de Dios; reconocer que no es perfecto, ni necesario y mucho menos santo. No busque ser el héroe o el mártir o el hombre que salvó al mundo, eso respira amor propio. 

Rezar con devoción [despacio, sin prisas, de preferencia de rodillas y con una cera encendida] el Santo Rosario todos los días, que es prenda de salvación. 

"Pues bien, repetimos, afirmamos y proclamamos que tenemos cifradas nuestras mejores esperanzas en merecer por el rezo del Santo Rosario los auxilios que necesitamos"Papa León XIII, Encíclica: "Iucunda Semper", Septiembre 8 de 1894.

3º Confesarse y comulgar cuando esté a su alcance. 

Luchar cada día con sus miserias, defectos, pecados, debilidades; luchar sin desanimarse, sin opacarse; con humildad para reconocer sus miserias y con mucha confianza en Dios para levantarse y seguir cada día. 

No se busque a usted mismo en todo [el cómo me siento o que siento], ni busque culpable de sus errores o fracasos, ni culpe las circunstancias de su pasado para explicar porque no es bueno; que en ello denota mucha vanidad y amor propio. 

Recuerde el ejemplo de la humilde pastorcita que se ganó el cielo con su sencillez: 

“Refiere el P. Auriema que una pobre pastorcilla amaba tanto a María, que todas sus delicias eran ir a una capilla de la Virgen, que estaba en el monte, en donde hablaba y honraba a la Madre de Dios. Un día recogió flores, compuso una guirnalda y la puso en la cabeza de la Imagen, diciéndole, que quisiera ponerle una corona de oro y perlas, pero porque era pobre aceptase la de las flores en señal del amor que le tenía.

Cayó enferma la pastorcilla, y pasando cerca de allí dos religiosos fatigados, descansaron bajo un árbol; el uno se durmió, pero tanto este como el que velaba vieron una comitiva de doncellas hermosísimas, entre las que había una que excedía en belleza y majestad. Uno de los religiosos preguntó a esta quien era y dónde iba. Yo, dijo, soy la Madre de Dios, que con estas santas vírgenes, voy a visitar en esta aldea vecina a una pobre pastorcilla moribunda que muchas veces me ha visitado a mí. 

Dicho esto desapareció. Fueron los religiosos a verla, y hallaron echada sobre un poco de paja, y vieron a María a la cabeza de la moribunda, con una corona en la mano, que la consolaba. Luego las santas Vírgenes se pusieron a cantar, y murió la pastorcilla. María le puso la corona en la cabeza, y recibiendo en sus manos el alma, se la llevó consigo al cielo.”


San Alfonso María de Ligorio, Las glorias de la inmaculada Virgen Madre de Dios, año 1864.


Ave María Purísima, sin pecado original concebida.

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