La importancia de soportar nuestras propias miserias.


31 Oct
31Oct



"Quiero hacer notar una forma de humildad que es muy importante en la vida espiritual: consiste en soportar nuestras propias miserias.

La experiencia enseña que muchísimas almas, por no soportar sus propias miserias, se extravían o retardan en los caminos de la vida espiritual; forman propósitos de santificarse, se dedican con todo empeño a trabajar en esa obra meritísima. Pero muy pronto viene una caída, e inmediatamente se alarman, y se desalientan; muchas veces hasta dejan la empresa alcanzada.

¿Por qué se asustan? Es como si alguien se asustara de que una encina produjera bellotas. ¿Qué ha de producir la encina, sino bellotas? ¿Y qué ha de producir el alma, sino miserias y deficiencias? Es la cosa más natural del mundo.

¿Po qué desconfían? En el fondo, por soberbia. Yo no pude, luego no hay esperanza… Como si dijera: de mí depende todo; lo que yo haga, no lo hace nadie. Si caigo, ya no hay esperanzas. Es darse demasiada importancia.

Viéndolo bien, todo lo bueno que tenemos viene de Dios. Nosotros lo único que podemos hacer, eso sí, es estorbar un poco. Pero nada más. Nuestro bien desciende del cielo.

Que soy un pobre hombre que caigo cada tercer día, ¿voy a desalentarme? No, porque la confianza no debe apoyarse en mí mismo, sino que debe apoyarse en Dios. Si viera que Dios tiene miserias y que cayera y que se extraviara, entonces la cosa sí era grave. Pero que yo caiga y que tenga miserias, ¡es cosa que no importa! Porque yo no voy a hacer la obra de mi santificación.

En el fondo, ese desaliento, y muchas formas de desaliento, son fruto de la soberbia: nos damos tanta importancia, que cuando tenemos miserias, creemos que todo se acabó.

Por eso es una forma de humildad, utilísima en la vida espiritual, el soportar nuestras propias miserias.

Maestra de esta ciencia fue Santa Teresa del Niño Jesús: le pidió a Nuestro Señor o por lo menos lo deseó, que nunca se acabaran para ella las imperfecciones. Todo lo contrario de lo que suelen pedir y desear las demás almas. Y la razón era que, siendo imperfecta, se mantendría en la humildad.

Tiene más importancia de lo que a primera vista parece esto de soportar nuestras propias miserias. Creo que muchísimas almas se extravían o se estancan en la vida espiritual por no tener humildad.

Santo Tomás pregunta si la desesperación, -que es un desaliento en grande-, si la desesperación es el mayor pecado. Dice que no: hay otros pecados más grandes que la desesperación, como son, por ejemplo, la incredulidad, y sobre todo el odio a Dios, el mayor de todos los pecados. Pero dice que en un sentido, sí puede decirse que es el mayor de los pecados; en el sentido de que quita los recursos que podría haber para ir a Dios, porque por la desesperación se aleja el alma de Dios y se le cierran las puertas de la gracia. Y cita a un Santo Padre que dice que los demás pecados nos llevan hasta la orilla del abismo, pero que la desesperación nos arroja en él. Y el desaliento es de la misma familia; es algo de menor importancia que la desesperación, pero en el fondo es algo contra la virtud de la santa esperanza.

Muchas almas se extravían o se estancan por falta de confianza, porque se dejan dominar por el desaliento.

Un alma humilde no se desalienta jamás; sabe perfectamente que Dios es todo; sabe que todo su bien viene del cielo; y por consiguiente, poco le importa tener o no tener ella por sí misma las cosas, porque sabe que el amor, la misericordia de Dios, le han de dar todo lo que necesita para santificarse.

Examinémonos por lo que toca a la humildad. Sondemos los profundos senos de nuestro corazón, para que no se vaya a esconder la soberbia en alguno de los rincones de nuestra alma. Y examinemos con atención nuestros sentimientos y los móviles de nuestras acciones, por que no vaya la soberbia a apartarnos de Dios y a poner obstáculo a nuestra santificación."



Monseñor Luis María Martínez (+1956), Arzobispo primado de México, ‘El camino regio del amor’, página 65-67.







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