La tentación de la tristeza.


Ave María Purísima,

sin pecado original concebida.

“Un novicio padecía una muy grave tentación de dejar el hábito, poseído de un espíritu de tristeza, que le hacía intolerable la carga de los ejercicios de la mortificación, y penitencia, que en la Orden se practican. Callaba, y quedaba sin comunicar su desabrimiento, y con el silencio cobraba la tentación más fuerza, se hacía mayor su desconsuelo, y más peligrosa su desconfianza.

Conoció San Antonio por la divina inspiración el trabajo de aquel miserable, y considerando, que su callada tristeza estaba muy cerca del arrepentimiento, y le llevaba al precipicio de una desesperación, compadecido de su miseria, se llegó a él con rostro amoroso, y reprendió con apacible severidad su pernicioso silencio, dándole a entender, que el remedio de las tribulaciones interiores, estaba en comunicarlas a personas espirituales, experimentadas, que con la luz de su doctrina, y consejos, deshacen, y ahuyentan las tinieblas, que introducen en el alma con la fuerza de la tentación el común enemigo.

Consolole, y abriéndole con ambas manos la boca, llegó el Santo la suya a la del paciente, y arrojando en ella con esfuerzo la respiración, dijo: Accipe Spiritum Sanctum. Recibe el Espíritu Santo. ¡Cosa maravillosa! Apenas el novicio recibió el aliento del Santo, cuando cayó en el suelo como muerto sin movimiento, ni señal alguna de vivo. Estuvo allí tendido un gran rato, hasta que el Santo, tomándole de la mano, le mando en la virtud, y nombre de Jesús, se restituyese a su primer sentido.

Volvió en sí de repente, sin que se echase de ver efecto alguno del pasado accidente, y con rostro hermoso, y bañado de celestial alegría dijo, en presencia de todos los Religiosos, que habían concurrido a este espectáculo, como en aquel rato, después que recibió la respiración de su Prelado, enajenado de sus sentidos, se había visto entre los coros de los Ángeles en el Empíreo, y registrando maravillas, que no podían caber en la ponderación humana.

Iba a proseguir, pero el Santo le atajó, diciendo, que aquellos efectos, y los que callaba, eran de la virtud divina, a quien con humilde rendimiento, debía dar eternas gracias por haberle librado de indecibles peligros, en que le tenía puesto el espíritu malo de tristeza; que en adelante le sirviese este lance de aviso, y escarmiento. Así fue, porque jamás sintió este linaje de tentación, y vivió muchos años alegre, y contento en la Orden, siendo a todos dechado de mortificación, y penitencia.”


Padre Fray Miguel Mestre, Vida y milagros del glorioso San Antonio de Padua, año de 1759, capítulo VIII, página 106.

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