La verdadera humildad.


Ave María Purísima, sin pecado original concebida.

“La humildad debe ser interior: la meramente exterior no es humildad, sino hipocresía y orgullo con capa de humildad.

Hay quien es humilde sólo en el exterior y en las palabras. Hay quien se desprecia para que otros le alaben. Hay quienes procuran parecer humildes, para que le honren y estimen. Pero eso no es humildad: es soberbia -de- la más refinada.

La verdadera humildad no consiste en querer ser tenido por humilde; sino en querer ser reputado por despreciable y vil: ‘Verus humilis vilis vult reputari, non humilis praedicari; et gaudet de contemptu sui.’ San Bernardo. Así pues la humildad debe ser del entendimiento, conociendo que no mereces sino castigos y desprecios; y del corazón, amando esos desprecios y castigos que conoces tener merecidos.

La humildad de entendimiento se consigue meditando que nada somos en orden a la naturaleza, recapacitando sobre nuestros pecados, y que nada merecemos en orden a la gracia. Es decir: se consigue con el propio conocimiento.

La humildad de corazón se consigue sujetándonos voluntariamente a lo que Dios dispone de nosotros, no pretendiendo, sino rehusando, las alabanzas y honras de los hombres y teniéndolos y tratándonos como inferiores a todos ellos.

Para conservar esta humildad de corazón, es necesario que se abstenga de alabanzas propias; que practique oficios humildes, voluntariamente, o por orden del superior; y que sufra con paciencia los ultrajes, desprecios y persecuciones de los demás.”


Pbro. José Sambeat, Escuela de perfección, año 1914, página 122.

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