La vida interior también es penosa y difícil.



“Siempre nos tenemos que preocupar de éstas dos cosas: ¿Cómo es mi vida interior? ¿Cómo es mi vida exterior? Mi vida interior, como decía, tiene que ser al principio algo imperfecto, vacilante, como todo lo que comienza; mi vida exterior en los principios es casi siempre una lucha constante contra mis defectos, una purificación, un estar luchando a brazo partido con mi carácter, con mi amor propio, con mi pereza... con todo eso que es la triste herencia que recibí de Adán.

Y tengo que luchar tanto en lo que se refiere al prójimo como en l que se refiere a mí mismo. Por todas partes me tengo que encontrar con luchas: ¿Tengo que hablar con una persona? luchas, porque allí aparecen todos mis defectos y tengo que corregirlos; ¿Tengo que trabajar conmigo mismo? También tengo luchas interiores, porque tengo que estar luchando con mis defectos. Eso es lo que principalmente constituye mi vida exterior.

La vida interior también es penosa y difícil, porque voy a Dios en medio de distracciones, apenas logro por un momento ponerme en contacto con Él y después ya estoy en otra parte, y tengo que volver a mi alma otra vez a los pies del Señor con esfuerzo; pero eso es mi vida interior, tenue como la luz de la aurora, vacilante como los pasos de un niño, imperfecta como todo lo que comienza, pero ya, ya me pongo en contacto con Dios, aun cuando sea de una manera perfectísima.”


Monseñor Luis María Martínez ( + 1956), Arzobispo Primado de México, Espiritualidad de la Cruz, Capítulo XXI.

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