Las caídas son para conocernos.


Las caídas no son para derrotarnos, son para conocernos, para entender vivamente la miseria que somos, para llenarnos de una muy sincera humildad ante nuestros más vivos fracasos.  Las caídas nos ubican, nos ayudan a reconocer lo que somos, nos bajan del mundo ilusorio en el que tal vez vivimos, nos hacen poner los pies sobre la tierra y nos dan una dependencia absoluta de Dios, no en teoría, en la práctica, aprendida con los golpes de la vida.

Esto nos hace ser más humanos, más comprensivos; nos hace ayudar de corazón, no por cumplimiento, no por mandato, sino porque sabemos por experiencia propia lo que es estar abajo, sabemos que uno siente que se muere en ese preciso momento y nuestro consejo brota de un corazón que ha sufrido el desprecio de sus mismos hermanos y que no quisiera que otros pasen por esos tragos amarguísimos, que si no fuera por la gracia de Dios, sería suficiente para amargar nuestra vida entera…

“Bienaventurados aquellos cuyas maldades son perdonadas y cuyos pecados están borrados; dichoso el hombre a quien Dios no imputó culpa.”  Romanos IV, 7.

No te espantes cuando peques, asómbrate cuando pase el tiempo y no peques, asómbrate porque no es propio de una naturaleza tan miserable como la nuestra el vivir santamente, solamente una gracia muy especial de Dios puede sostenernos en este pantano de inmundicias que es la vida, solamente la bendición de Dios puede sostenernos sin pecado en éste mundo.

Somos muy duros para entender los santos consejos; los escuchamos, los leemos pero no los practicamos, nos volvemos un poco incrédulos y fariseos; malamente aprendemos más con los golpes propios de la vida, con los pecados… nos hacemos más precavidos, temerosos, cuidadosos y hasta eso, no tanto por no ofender a Dios, sino por miedo a la caída; pero algunas veces solo así entendemos.Por esto no es bueno exaltarnos, sentirnos santos, compararnos con los demás, no es bueno porque tarde que temprano nos llegara nuestro turno y la caída puede ser fatal sino buscamos refugio en la infinita y bondadosa misericordia de Nuestro Divino Redentor.

Que tremenda es la caída del que se creyó impecable, del que humillo a los demás, del hermano que psicológicamente concebía imposible su caída; necesitara mucha humildad para levantarse, será un héroe si se repone y sobre todo si reconoce su miseria humana.

“Dijo asimismo a ciertos hombres que presumían de justos, y despreciaban a los demás, esta parábola: Dos hombres subieron al templo a orar: el uno era fariseo, y el otro publicano, o alcabalero.El fariseo, puesto en pie, oraba en su interior de esta manera: ¡Oh Dios!, yo te doy gracias de que no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces a la semana; pago los diezmos de todo lo que poseo.El publicano, al contrario, puesto allá lejos, ni aun los ojos osaba levantar al cielo; sino que se daba golpes de pecho, diciendo: Dios mío, ten misericordia de mí, que soy un pecador.Os declaro, pues, que éste volvió a su casa justificado, mas no el otro; porque todo aquel que se ensalza, será humillado; y el que se humilla, será ensalzado.”  Lucas XVIII, 9


Queridos hermanos, tengamos muchísimo cuidado en no despreciar al pobre pecador, no arrinconarlo y mucho menos darle la espalda cuando nos pida la luz de Cristo… Ese pecador que hoy desprecias, es la imagen desgarrada de Cristo, podríamos decir, que Dios te lo manda para que tú le des la esperanza del perdón, para que con tu dulzura y caridad le hables del amor que Dios le tiene; dale buenos consejos, aliéntalo, trátalo con cariño, dile que Dios lo está esperando para perdonarlo. 

Avece pensamos que el pecador no tiene sentimientos, que es un hombre sin compasión, sin corazón; no es así, el hermano pecador necesita de mucho cariño, paciencia, comprensión… con regaños y golpes es muy difícil que entienda la caridad cristiana, el perdón de los pecados, sumamente difícil. El pecador necesita ser escuchado, necesita ser comprendido, necesita entenderse así mismo. En ocasiones ni siquiera el pecador entiende porque es así, se le olvida que Dios lo busca, Dios lo llama, aún y cuando se sienta el hombre más miserable y despreciable sobre la tierra, Dios es tan bueno, que exclusivamente por él da su vida con tal de ganarlo para el cielo.

Si tú, amigo lector, logras con la gracia de Dios infundir arrepentimiento en ese pobre pecador, si tú, instrumento de Dios logras tocar su corazón y moverlo a una vida santa, verdaderamente tienes un premio grandísimo para la eternidad, porque le has traído la oveja descarriada a Nuestro Señor y si ese pecador muere arrepentido por tus buenos consejos, oraciones y ejemplos tienes un amigo y defensor en el cielo, y ese pecado al que por tus obras le brindaste el cielo será tu abogado para la eternidad. Qué oportunidad tan maravillosa, hacer las veces de Cristo en la tierra, mover al pecador a arrepentimiento…

Me gustaría que leyeran una historia admirable, un poco larga pero completamente cierta,  muy a propósito de lo que vamos tratando: 

“Cuenta Casiano que un monje mancebo y muy religioso era muy tentado de tentaciones deshonestas, y fue a otro monje viejo y declaróle llanamente todas aquellas tentaciones  y movimientos malos que padecía, pensando que hallaría consuelo y remedio con sus oraciones y consejos. Pero acontecióle muy al revés; porque el viejo éralo sólo en los años, y no en la prudencia y discreción; y oyendo las tentaciones del mancebo, se comenzó a espantar y santiguar, y dale  una buena mano, reprendiéndole con palabras muy ásperas, llamándole desdichado y miserable, y diciéndole que era indigno del nombre de monje, pues tales cosas pasaban por él.

Al fin le envió tan desconsolado con sus reprensiones, que el pobre monje, en lugar de salir curado, salió más llagado con tan grande tristeza, desconfianza y desesperación, que ya no pensaba ni trataba del remedio de su tentación, sino de ponerla por obra; tanto que tomaba ya el camino de la ciudad con esa determinación e intento.

Encontróle acaso el abad Apolo, que era uno de los Padres más santos y más experimentados que allí había, y en viéndolo, conoció en su semblante y disposición que tenía alguna grave tentación; y comienza con grande blandura a preguntarle qué sentía, y qué era la causa de la turbación y tristeza que mostraba. El mancebo estaba tan pensativo y tan embebecido en sus imaginaciones, que no respondía palabra. El viejo, viendo que la tristeza y turbación era tan grande, que no le dejaba hablar, y que quería encubrir la causa de ella, importunóle con mucho amor y suavidad que se la dijese: al fin importunado dícele claramente que, pues no podía ser monje ni refrenar las tentaciones y movimientos de la carne, conforme a lo que le había dicho tal viejo, que había determinado dejar el monasterio y volverse al mundo y casarse. 

Entonces el santo viejo Apolo comiénzale a consolar y animar, diciendo que él también tenía cada día aquellas tentaciones, que no por eso se había de espantar ni desconfiar; porque estas cosas no se vencen ni desechan tanto con nuestro trabajo, cuanto con la gracia y misericordia de Dios. Finalmente, pídele que siquiera por un día se detenga y se torne a su celda, y que allí pida a Dios luz y remedio de su necesidad. Y como fue tan breve el plazo que pidió, alcanzólo de él: y alcanzado, vase el abad Apolo a la ermita o celda del viejo que le había reprendido, y ya que llegaba cerca, pónese en oración, e hincadas las rodillas y levantadas las manos y con lágrimas en sus ojos, comienza a rogar a Dios: Señor, qué sabéis las fuerzas y flaquezas de cada uno, y sois médico piadoso de las almas, pasad la tentación de aquel mancebo a este viejo, para que sepa siquiera en la vejez compadecerse de las flaquezas y trabajos de los mozos. 

Apenas había él acabado esta oración, cuando vió que un negrillo muy feo estaba tirando una saeta de fuego a la celda de aquel viejo, con la cual herido el viejo salió luego de la celda, y andaba como loco saliendo y volviendo a entrar; al fin, no pudiendo sosegar ni aquietarse en la celda, tomó el camino que llevaba el otro mancebo para la ciudad. El abad Apolo que estaba a la mira, y por lo que había visto entendía su tentación, llegase a él y pregúntale: ¿Adónde vas? ¿y qué es la causa o tentación que te hace olvido de la gravedad y madurez que pide tu edad, andes con tanta prisa e inquietud? Él, confundido y avergonzado con su mala conciencia, entendió que había conocido su tentación, y no tuvo boca para responder.

Entonces toma la mano el santo Abad, y comiénzale a dar doctrina. Vuélvete, dice, a tu celda, y entiende que hasta aquí o el demonio no te conocía, o no hacía  caso de ti, pues no peleaba contigo, como él suele hacer con aquellos de quienes tiene envidia; en eso conocerás tu poca virtud, pues al cabo de tantos años que eres monje, no pudiste resistir a una tentación, ni aun sufrirla y aguardar siquiera un solo día, sino que luego al punto te dejaste vencer, y la ibas a poner por obra. 

Entiende que por eso ha permitido el Señor que te venga esta tentación, para que siquiera en la vejez sepas compadecerte de las enfermedades y tentaciones de los otros, y aprendas por experiencia que los has de enviar consolados y animados, y no desesperados, como hiciste con aquel mancebo que vino a ti: al cual sin duda el demonio acometía con estas tentaciones, y te dejaba a ti, porque tenía más envidia de su virtud y de su aprovechamiento que del tuyo, y le parecía que una virtud tan fuerte con fuertes y vehementes tentaciones había de ser contrastada.Pues aprende de aquí delante de ti a saber compadecerte de los otros, y a dar la mano al que va a caer, y ayudar a levantar con palabras blandas y amorosas, y no ayudarle a caer con palabras ásperas y desabridas…

Concluyó el santo viejo diciendo: y porque ninguno puede apagar, ni reprimir los movimientos y encendimientos de la carne, si no es con el fervor y gracia del Señor, hagamos oración a Dios, pidiéndole que te libre de esta tentación; porque Él es el que hiere y el que vivifica. Pónese el Santo en oración, y así como por oración le vino la tentación, así también por ella se la quitó luego el Señor. Y con esto quedaron remediados y enseñados así el mozo como el viejo.” Ejercicios de perfección y virtudes cristianas, San Alonso Rodríguez, T II, Tratado 4° Cap IX p 424.


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