Los espíritus que animan las obras.


28 Sep
28Sep


Ave María Purísima, sin pecado original concebida.




Cada persona obra con una intención determinada o un espíritu que vivifica la obra personal, de comunidad, social; sea conforme al espíritu de Dios, del demonio o de la carne.

Se constata en las personas propensas a la oración, a la penitencia, a la contradicción, a la rebeldía, a la mentira, simulación e hipocresía.

En un alma generalmente prevalece un espíritu en sus obras.


1.- Espíritu divino.

Es la inclinación o propensión del alma a juzgar, amar, querer y obrar sobrenaturalmente; así se inclina a huir del pecado por la mortificación de la carne y por la humildad y a caminar a Dios por la obediencia, piedad, confianza y caridad.

El espíritu divino está latente en los insipientes de la vida espiritual, más manifiesto en los aprovechados y perfectos, como más dóciles al Espíritu Santo. Busca en todo la santificación del alma, la mayor gloria de Dios, el cumplimiento del santo Evangelio, la verdad, la caridad, la justicia, rechazando las obras opuestas.

El espíritu divino con los dones del Espíritu Santo [sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, piedad, temor de Dios, ciencia] lo podemos encontrar en la vida contemplativa, activa o apostólica.

Una comunidad o una familia religiosa depende esencialmente del espíritu por el cuál es movida, ésta decae cuando se aparta del espíritu de Dios.


2º Espíritu humano o naturalista.

Es la propensión a juzgar y a obrar de modo excesivamente natural (humano), según las inclinaciones de la naturaleza caída que busca en todo su provecho personal, la propia utilidad; podemos ver un espíritu de egoísmo como principio y termino.

Utiliza con frecuencia la prudencia de la carne, (no busca los intereses de Dios ni de la salvación eterna) es decir: el camino más a propósito para conseguir los intereses particulares, aun en contra de la ley de Dios; “El fin justifica los medios”.

Tiende a evitar los extremos y a buscar cierta conciliación entre la luz y las tinieblas, lo cual se le llama “espíritu de mediocridad”, pues tiende a evitar el esfuerzo de la virtud ascendente.

La mediocridad espiritual tiende a permanecer en un punto, en el camino de Dios, como si el hombre pudiera excederse en creer en Dios, en esperarlo todo de Él.

Este espíritu naturalista provoca la tibieza espiritual y conduce a la acedía [pereza espiritual que se caracteriza por una tristeza, envidia, sentimientos contra Dios], desciende por los pecados veniales a los mortales.

Huye de la mortificación, del padecer humillaciones; en la piedad busca el placer sensible, el sentirse bien, suele confundir la caridad con la filantropía, humanitarismo o liberalismo. Si viene la contradicción, la prueba, resiste a llevar la cruz y cae en insensiblemente en una desesperación.

Es muy característico el egoísmo, con una indiferencia de la gloria de Dios y la salvación eterna de las almas. Tiene sus propia teorías para justificarse: No hay que ser exagerado, es propio de los jóvenes, deben ser más moderados, la virtud esta en el medio.

Es muy propio de éste espíritu juzgar, analizar y formar conclusiones a través de la soberbia, de la satisfacción personal, revistiendo sus juicios con la prudencia de la carne.


3º Espíritu diabólico.

Es la inclinación a juzgar, querer y obrar, según las perversas inclinaciones del diablo o contra la obra de Dios.

Se manifiesta con claridad en los perversos en su soberbia, lujuria, ira; latente en los momentos de la tentación.

Existe un gozo o alegría en obrar contra la ley de Dios, una manera de pensar muy desarrollada para lograr el mal con apariencia de bien, una habilidad para sembrar la discordia, para descubrir los defectos y destruir lo que este en pie.

Suelen estos espíritus destruir familias o comunidades obrando en contra del Magisterio de la Iglesia, del Derecho Canónico, de la Teología en su manera de obrar y de hablar, teniendo como aliados a los tibios o animados por el espíritu naturalista; normalmente no se manifiestan como son en realidad, suelen aparentar cierta bondad para obrar el mal sin ser vistos, a veces la falsa caridad.

El espíritu diabólico, como oposición al espíritu de Dios, atiza el espíritu de soberbia y luego lleva el alma a la intranquilidad y desesperación, por lo mismo que pecó por soberbia y ahora permanece en constante desesperación y odio a Dios.

El espíritu del mal no siempre se aparta de las mortificaciones –así se distingue del espíritu natural-, sino que a veces impele a una mortificación externa exagerada, visible a todos, la cual, a la vez que corrobora la soberbia, debilita la salud. Pero no incita a la mortificación interna de la imaginación, del corazón, de la propia voluntad y del propio juicio.

Sobre las principales obligaciones de estado inspira hipocresía: “Ayuno dos veces por semana” Lucas XVIII, 12. Jamás impulsa  la humildad, sino que nos induce gradualmente a sobreestimarnos más de lo que es justo, más que a los demás, a que casi inconscientemente oremos como el fariseo: “¡Oh Dios! Te doy gracias de que no soy como los demás hombres… ni como el publicano.” Lucas XVIII, 11.

Esta soberbia espiritual va acompañada de una falsa humildad, por la que confesamos alguna de nuestras faltas, no sea que los demás nos echen en cara otras mayores, y para que nos tengan por humildes. Induce también a confundir la humildad con la timidez, hija de la soberbia y temerosa del desprecio. Así mismo no impulsa a la obediencia, sino que, según las circunstancias, moverá a la desobediencia o al servilismo.

Este espíritu instiga a hacer aquello que no es según nuestra vocación, verbigracia, al cartujo a evangelizar a los infieles o al misionero la vida eremítica de los cartujos. En la liturgia inspira que no oremos según la ordenación, verbigracia, en el Viernes Santo debes orar como si fuera el día de Navidad; mueve a novedades dogmáticas, corrompe y adultera los dogmas.


4º ¿Cómo conocerlos?

“Por sus frutos los conoceréis… porque un árbol bueno da frutos buenos… y un árbol malo no puede dar frutos buenos”

Los frutos son las virtudes y los dones del Espíritu Santo, lo cual llevado a la vida cotidiana, lo materializamos, según su estado en la castidad y la modificación, obediencia humilde, fe, esperanza y caridad.

En toda alma predomina uno de estos espíritus: en los perversos, el espíritu diabólico; en los tibios, el espíritu naturalista. En los caminos del Señor, predomina el espíritu de Dios, aunque se mezcle a ratos el espíritu humano e incluso el diabólico.

El espíritu de naturaleza caída y no regenerada por la gracia inclina a la concupiscencia [apetito desordenado de satisfacer a los sentidos contra las normas de la razón] y más tarde a la pereza o flojedad en el apetito irascible; a la imprudencia y la astucia en el entendimiento. En una palabra es el espíritu de amor propio o desordenado amor de sí mismo, de egoísmo.

El espíritu de amor propio, conforme a Santo Tomás, inclina a las tres concupiscencias: de la carne, de los ojos y de la vida; los cuales conducen a los siete pecados capitales, que son cabeza de otros más graves: vanagloria, envidia, ira, avaricia, pereza [acedia], gula y lujuria.

Estos pecados capitales, a los cuales inclina el espíritu naturalista, disponen a graves daños para el alma: la incredulidad, la desesperación, el odio a Dios.


Ave María Purísima, sin pecado original concebida.










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