Los pecados de los que en verdad quieren amar a Dios.


07 Mar
07Mar


Ave María Purísima, sin pecado original concebida.


El católico que ha sido desgastado por la reincidencia en el pecado, llega un momento en que la esclavitud al pecado mortal lo conduce a la muerte, es cuando lucha una y mil veces por abandonar el pecado, llegando a la conclusión de que no tiene fuerzas para abandonarlo. 

Es ahí, cuando  el alma se aclama a Dios, con un sincero arrepentimiento implora el auxilio del cielo para amar verdaderamente a Dios Nuestro Señor, para recobrar su vida, su felicidad.

Dios Nuestro Señor, que es un Padre lleno de misericordia y amor, concede el perdón, las gracias necesarias para emprender el camino de la salud espiritual; el católico se desconcierta cuando después de su arrepentimiento sincero, tiene caídas, recaídas, problemas, se pregunta: ¿Será que Dios no me quiere?, ¿Si Dios me ama porque permite que caiga en pecado mortal? ¿Será la religión verdadera? 


Consideraciones 


1º Conozca la naturaleza humana. 

El católico, esta sujeto a las miserias propias de la naturaleza humana: el ser hijo adoptivo por la gracia de Dios y tener la fe verdadera y los medios de santificación, no lo hacen impecable, ni santo, ni perfecto, ni consumado en gracia; evidente, en la vida de San Pablo Apóstol, quien subió al tercer cielo seguía teniendo graves y peligrosas tentaciones, en razón de que estaba sujeto a la naturaleza humana. 

Dios concede su perdón, su gracia y su amistad, pero el católico tiene una lucha al interior entre su cuerpo y su alma, con intereses contrarios, donde estriba el motivo de su existencia: amar y servir a Dios Nuestro Señor.

"Porque la carne codicia contra el espíritu: y el espíritu contra la carne: porque estas cosas son contrarias entre sí, para que no hagáis todas las cosas que quisiéreis... las obras de la carne están patentes: como son fornicación, impureza, deshonestidades, lujuria, idolatría, hechicerías, enemistades, contiendas, celos, iras, riña, discordias, sectas, envidias, homicidios, embriagueces, glotonerías y otras cosas como estas, sobre los cuales os denuncio, como ya lo dije: que los que tales cosas hacen, no alcanzarán el reino de Dios. Mas el fruto del espíritu es: caridad, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, longanimidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia, castidad..." San Pablo a los Gálatas V, 17.



2º Los enemigos del alma.

El católico en su lucha por la salvación eterna de su alma, no es únicamente contra su rebeldía personal, tiene tres grandes enemigos: mundo, demonio y carne, los cuales hacen alianza para condenarlo, por lo cuál es necesaria la ayuda sobrenatural para vencer los ataques. 

"Porque nosotros no tenemos que luchar contra la carne, y la sangre: sino contra los principados, y potestades, contra los gobernadores de estas tinieblas del mundo, contra los espíritus de maldad de los aires." San Pablo a los Efesios VI, 12.

El demonio que ha sido expulsado por la gracia de Dios con el sincero arrepentimiento, con la conversión de vida, va por aliados para regresar a dominar el alma de donde fue expulsada, hará su trabajo para apartar esa buena alma de Dios Nuestro Señor, y debe el católico estar muy consiente de esta realidad, para comprender que es una lucha contra tres enemigos de su salvación eterna.

"Cuando el espíritu inmundo ha salido de un hombre, anda por lugares secos, buscando reposo y no halla. Entonces dice: Me volveré a mi casa, de donde salí. Y cuando viene, hállala desocupada, barrida, y alhajada. Entonces va, y toma consigo otros siete espíritus peores que él, y entran dentro, y moran allí: y lo postrero de aquel hombre es peor que el primero." Evangelio de San Mateo XII, 45.




3º Devoción verdadera a la Santísima Virgen María.


Debe tener una verdadera devoción a la Bendita Madre de Dios, materializada en el rezo cada día del Santo Rosario, despacio y atentamente. Es importante meditar: ¡Verdadera devoción! para lo cuál aconsejo leer el libro de San Luis María G. de Montfort: Tratado de la verdadera devoción; no es rezar por rezar o repetir ciertas palabras, sino el espíritu que anime esa santa devoción. 

Para sostenerse en esta gran batalla por su salvación eterna, debe fortalecerse cada día con el rezo del santo Rosario, pero, bien rezado, con recta intención, ¡verdadera devoción!

"El Beato Alano de la Roche, el P. Juan Dumont, el P. Thomas, las crónicas de Santo Domingo y otros autores, que fueron de ello testigos oculares, refieren un gran número de conversiones milagrosas de pecadores y pecadoras, que después de veinte, treinta o cuarenta años en el mayor desorden, nada había podido convertirlos, y se convirtieron, no obstante, por esta maravillosa devoción [el Santo Rosario]" San Luis María G. De Montfort, El Secreto del Santo Rosario, rosa XL. 


Dios le bendiga.




Ave María Purísima, sin pecado original concebida.









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