No nos cansemos de ser buenos.


23 Sep
23Sep


Ave María Purísima, sin pecado original concebida.


Mis queridos hermanos en la santa fe católica, no se contriste vuestro corazón en las penalidades, adversidades y contradicciones que vive en su vida, además de las miserias propias de la naturaleza humana, de los errores y faltas de experiencia que sumados, vienen a probar la fortaleza del buen católico.

Fiel es Dios Nuestro Señor que nos dice: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os aliviaré. Traed mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que manso soy, y humilde de corazón: y hallaréis reposo para vuestras almas.” San Mateo XI, 28.


Consideraciones


1º La vida del hombre es milicia.

Nuestra estadía en la presente vida es de lucha constante por la conquista del reino de los cielos, tres grandes enemigos hacen alianza para precipitar el alma eternamente en el infierno: mundo, demonio y carne:

“Porque nosotros no tenemos que luchar contra la carne, y la sangre: sino contra los principados, y potestades, contra los gobernadores de estas tinieblas del mundo, contra los espíritus de maldad en los aires. Por tanto, tomad toda la armadura de Dios; para que podáis resistir en el día malo… sobre todo embarazado el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos encendidos del maligno.” San Pablo a los Efesios VI, 12-15.

Los problemas, dificultades y adversidades de cada día, son el campo de batalla donde es probada la fe, donde unidos a la gracia de Dios Nuestro Señor debemos sobreponernos, recordar siempre nuestro fin y motivo de existir: amar a Dios en este mundo, para ver y gozar de Él eternamente en el cielo.


2º Los pecados en la vida del católico.

Toda alma que tiene profesión de ser católico, de amar y servir a Nuestro Divino redentor lo que menos quiere es ofenderlo, pero, debido a la fragilidad humana, tendrá caídas y recaídas, máxime cuando no ha alcanzado la plenitud espiritual.

Siempre debe tener la santa resolución de evitar las ocasiones, arrepentirse de corazón ante una caída, ser fuerte para tornar a Dios a cada instante, en suma: vivimos en el mundo y estamos expuestos al pecado, pero no nos conformamos, con la gracia de Dios saldremos victoriosos de esta vida a la patria celestial.

“Porque siete veces caerá el justo, y se levantará: mas los impíos se precipitarán en el mal.” Proverbios 24, 16.


3º Cuidado con el desaliento.

La tristeza, el desaliento pueden causar funestos males en la salud espiritual, pueden apartarla del camino de Dios Nuestro Señor, sobre todo en algunas almas que aún no son fuertes en la vida de gracia, que por permisión divina son azotados en sus propias miserias recayendo muchas veces en sus propias debilidades.

¡Ánimo alma cristiana! Debe trabajar, perseverar, implorar la misericordia de Dios, el auxilio de la Santísima Virgen María, perseverar en el Santo Rosario, y ¡adelante, siempre adelante!, que a su tiempo dará fruto por la santa perseverancia: “No nos cansemos, pues de hacer el bien, porque a su tiempo recogeremos el fruto, si no desfallecemos.” San Pablo a los Gálatas 5, 25.

“El desaliento es propio del orgullo; el orgullo si que es cobarde, que es pusilánime, que es débil. La mayor parte de las desconfianzas y de los desalientos vienen de la falta de humildad. Aunque aparentemente se den motivos de humildad, en el fondo es la que falta." Monseñor Luis María Martínez, Arzobispo primado de México, Espiritualidad de la Cruz, página 244.


4º Rezar el Santo Rosario.

Procure con perseverancia rezar cada día el Santo Rosario, despacio, tratando de adquirir la verdadera devoción a la Santísima Virgen María, señal evidente de salvación eterna.

Aconsejo humildemente leer y meditar el libro: “Tratado de la verdadera devoción” de San Luis María G. de Montfort, donde se encuentra doctrina sana, autorizada por la Santa Iglesia con la intención de alcanzar la salvación eterna de nuestra alma.

“Los verdaderos devotos de mi Rosario no morirán sin los auxilios de la Iglesia.” Promesa 7ª de la Santísima Virgen al Beato Alano.




Ave María Purísima, sin pecado original concebida.







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