¿Qué pide Dios de ti?


21 May
21May


Ave María Purísima, sin pecado original concebida.


El buen católico en su deseo de amar y servir a Dios Nuestro Señor llega a perderse en las cuestiones accidentales, creyendo que el fundamento es no enojarse, tener un carácter agradable, vivir en paz con todos, reírse con frecuencia, entre otras cosas del mismo tenor. 

Cada alma tiene dones particulares otorgados por la Divina Providencia para el cumplimiento de su vocación, de sus obligaciones de estado y de la misión donde se ha de santificar: acorde a su temperamento, idiosincracia, estado de vida. 

Todo ser humano que verdaderamente quiere agradar a Dios Nuestro Señor, requiere cumplir los mandamientos, si esto no hace, lejos de agradar a Dios lleva camino seguro de condenación eterna. 

"Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él. El que no me ama, no guarda mis palabras". Evangelio de San Juan XIV, 23.


Consideraciones 


1º La medida del amor del hombre a Dios es el cumplimiento de los mandamientos. 

El buen católico suele medir el amor a Dios por los sentimientos, por un estilo de vida sin confrontaciones [llevársela bien con todos, ser el amigo de todos], lo cuál es un error que conduce a poner al hombre y el estado sentimental por encima de los mandamientos. 

La medida del amor del hombre a Dios Nuestro Señor es por el cumplimiento de los mandamientos, en guardar fielmente la doctrina revelada por Nuestro Divino Redentor, lo cuál se materializa en una vida católica en estado de gracia. 

La ignorancia unida a la soberbia del hombre pretenden agradar a Dios fuera de la Iglesia Católica, que es la esposa inmaculada de Jesucristo Nuestro Señor a quien ha confiado el 'Depositum Fidei', olvidando que las reglas las pone el autor de la vida, de lo contrario cada hombre tendrá sus ideas -muy respetables- y pretenderá en su delirio o lucura que Dios Nuestro Señor se tiene que adaptar a ellas, surgirán tantas creencias como ideas se le ocurran a los hombres.

“Por apremio de la Fe, estamos obligados a creer y sostener que hay una sola y Santa Iglesia, Católica y Apostólica y fuera de ella no hay salvación ni perdón de los pecados”. SS. Papa Bonifacio XIII, Decreto: “Unam Sanctam” año 1302.




2º Se debe amar al prójimo en Dios.

Se debe amar al prójimo, buscar el bien sin olvidar que la razón es por Dios, grave injuria se hace al agradarse o consentir las ofensas del prójimo a Dios Nuestro Señor. 

No se trata de intenciones particulares o hechos de "buen corazón", la medida es el cumplimiento de los mandamientos de la ley de Dios Nuestro Señor: "Si alguno me ama, guardará mi palabra". 

El hombre apartado de la fe católica, sea cualquiera su creencia [protestante, cristiano, judío, o lo que fuere] no agrada a Dios porque no guarda los mandamientos, sostiene doctrinas contrarias a la única Iglesia fundada por Dios Nuestro Señor

“Jesucristo no concibió ni constituyó una iglesia formada por muchas comunidades que se asemejen por ciertos caracteres generales, pero distintas unas de otras y no unidas entre sí, por ello cuando Jesucristo habla de ella no menciona más que una Iglesia que llama suya: “Yo edificaré mi Iglesia...” cualquier otra que se quiera imaginar fuera de ella no puede ser la verdadera Iglesia de Jesucristo”. SS. Papa León XIII, Encíclica “Satis Cognitum”, año 1809. 

El hombre debe, entonces, buscar primero el bien de Dios y después el bien del hombre. El bien de Dios es que su nombre sea bendecido y glorificado en los hechos por el cumplimiento de su ley. El bien del hombre es que le sean reconocidos todos los derechos que buscan al logro de su bienestar eterno y temporal.

Si es así, faltaría al mandamiento del Amor aquel padre que no reprimiera a su hijo que viola los derechos de Dios o los derechos de su Madre. No cumpliría con la caridad el padre que no castiga, si es necesario, al hijo que no respeta a su madre o que maltrata a sus hermanos. No cumple con la caridad el gobernante que no cuida los intereses de la patria o que no previene y castiga los atropellos de los malos ciudadanos.

“La razón del amor al prójimo es Dios, pues lo que debemos amar en el prójimo es que exista en Dios. Es, por lo tanto, evidente que son de la misma especie el acto con que amamos a Dios y el acto con que amamos al prójimo.  Por eso el hábito de la caridad comprende el amor, no sólo de Dios, sino también del prójimo… Sería asimismo reprensible quien amara al prójimo como fin principal; pero no quien lo ame por Dios, lo cual es propio de la caridad.” Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II C. 25 a. 1

 


3º Crecer cada día en el amor a Dios Nuestro Señor.

El hombre suele desalentarse cuando no quiere esforzarse para continuar viviendo en la mediocridad espiritual, es decir, en estado de pecado mortal, conformandose con no matar, no robar; y otros mediocres en un estado de tibieza espiritual, la ley del mínimo esfuerzo en la vida espiritual, culpando al universo mundo de su falta de virilidad espiritual, encubierta por una falsa humildad.

Procura cada día estudiar la doctrina católica, particularmente en los libros con autorización eclesiástica  anteriores a 1960, conocer la vida de los santos, la historia de la Iglesia, para tener ideas claras que guíen nuestra vida cotidiana. 

Cada día crece en la verdadera devoción a la Santísima Virgen María, la cuál es una señal de salvación eterna, la cuál puedes conocer en el magnifico libro de San Luis María G. de Montfort: "La verdadera devoción". Reza cada día despacio, de rodillas de preferencia el Santo Rosario a la Santísima Virgen María.

"Si sois fieles en rezarle devotamente hasta la muerte, a pesar de la enormidad de vuestros pecados, creedme: percipietis coronam immarcescibilem [1 Petr. V, 4]; recibiréis una corona de gloria que no se marchitará jamás.

Aún cuando os hallaseis en el borde del abismo o tuvieseis ya un pie en el infierno; aunque hubieseis vendido vuestra alma al diablo; aun cuando fueseis un hereje endurecido y obstinado como un demonio, tarde o temprano os convertiréis y os salvaréis, con tal que (lo repito, y notad las palabras y los términos de mi consejo) recéis devotamente todos los días el Santo Rosario hasta la muerte, para conocer la verdad y obtener la contrición y el perdón de vuestros pecados." San Luis María G. de Montfort, El secreto del Rosario, rosa encarnada. 







Dios le bendiga.






Ave María Purísima, sin pecado original concebida.










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