Reglamento de vida.


30 Dec
30Dec


Ave María Purísima, sin pecado original concebida.




I.- IMPORTANCIA DEL REGLAMENTO DE VIDA.


1.1.1. Una regla bien observada preserva de la condenación eterna, conduce a la perfección y prepara en el cielo una preciosa corona. No basta hacer el bien, es preciso hacerlo bien; es decir hacerlo en orden; y este orden en la práctica del bien lo asegura un reglamento de vida. Este orden, a su vez, procura una paz inefable al alma que vive bajo su dichosa influencia, pues, según San Agustín, la paz es la perfecta tranquilidad que resulta del orden.

1.1.2. Un reglamento de vida es muy importante para el católico que se ve obligado a vivir en medio del mundo corrompido, es necesario para sostenerse en la virtud, para asegurar la salvación eterna.

1.1.3. Un católico que vive sin regla y sin orden, siguiendo su capricho y la impresión del momento, cometerá muchos pecados y algunos tal vez serán irreparables.

1.1.4. Un espíritu sin orden, ocupado en preocupaciones mundanas, difícilmente tendrá tiempo para rezar todos los días digna, atenta y devotamente el santo rosario, las oraciones de la mañana y de la noche.

1.1.5 Un espíritu guiado por sus gustos personales, es presa fácil de Satanás, sobre todo porque le es muy difícil reconocer la autoridad de la Iglesia y justifica fácilmente sus pecados. Esta pobre alma, pierde poco a poco la energía para el bien e inclinándose más y más hacia el mal, termina por hacerse esclava de los hábitos viciosos.

1.1.6 Al contrario, el católico cuya vida esta bien ordenada, no pierde tiempo en preocupaciones mundanas. Esta protegido por un santo reglamento, con facilidad permanece en la presencia de Dios, y conformándose siempre con la voluntad divina, de la que es expresión fiel su reglamento, su voluntad se fortalece en el bien y contrae el dichoso hábito de las virtudes. 

1.1.7. Aun cuando venga el mundo con todos sus peligros y el demonio con todas sus seducciones, el católico verdadero nada tendrá que temer de las más violentas tempestades, como la casa edificada sobre roca, de que habla el Evangelio; hallará, contra todos sus furores, asilo y protección en la fidelidad a su reglamento, con tal que éste reúna la expresión verdadera de la voluntad divina.

1.1.8. Es muy importante que el reglamento descienda a todos los detalles de la vida práctica, no dejar nada al capricho y prever las diversas circunstancias en que ella puede encontrarse, dado su posición social, indicando para cada una la línea de conducta que debe seguir. Esta línea de conducta deberá variar, necesariamente, según las disposiciones personales, lo peligros particulares a que se halla expuesta, los progresos que ha hecho en la virtud, los buenos o malos hábitos a que está sujeto, etc. 

1.1.9. Así, pues, es imposible formar un reglamento de vida que pueda convenir a todos, que ni aun pueda responder a las necesidades de una misma categoría de personas.


Cada católico podrá inspirarse en el Modelo de reglamento siguiente:


II.- MODELO DE UN REGLAMENTO DE VIDA.


2.1.- CADA DÍA.

2.1.1. Para comenzar la jornada, el católico se ha de imponer el deber de levantarse habitualmente a una hora determinada, que fijará teniendo en cuenta la hora en que puede acostarse.

2.1.2. Su primer acto, al despertar, será hacer la señal de la Cruz; su primer pensamiento, ofrecer la jornada a Jesús por María; sus primeras palabras, los santos nombres de Jesús, de María y de José.

2.1.3. Al levantarse y al acostarse pongase de rodillas para rezar tres Ave Marías que son prenda de salvación eterna y un Padre Nuestro a San José para implorar una buena muerte.

2.1.4. Mientras se viste con modestia y como quien esta en la presencia de Dios, se ocupará en pensamientos piadosos y se dispondrá para los actos de todo fiel cristiano.

2.1.5. ORACIÓN VOCAL.- A menos de una circunstancia urgente e imprevista, hará siempre los actos del cristiano (oraciones de la mañana) inmediatamente después de levantarse y antes de comenzar sus ocupaciones cotidianas, evitando la disipación, las prisas, o el omitirlos del todo. 

2.1.6. MEDITACIÓN.- Hará, después de la oración vocal, una meditación más o menos prolongada según el tiempo que dispone. Sería bueno que pudiese consagrar, cada día, al menos un cuarto de hora a este saludable ejercicio de la oración mental. Mas, si le fuere absolutamente imposible, emplear en ella ese tiempo, dedicará algunos instantes, al fin de la oración vocal, a consagrar su jornada al Señor, ponerla bajo su protección de su tierna Madre, prevenirse contra las faltas en que cae más habitualmente y tomar alguna resolución práctica.

2.1.7. SANTA MISA.- Procurará, en cuanto le sea posible, oír la santa misa todos los días; o, si sus ocupaciones no se lo permiten, la oirá cuantas veces tenga ocasión de asistir a ella.

2.1.8. EXAMEN PARTICULAR.- Hacia el mediodía, se recogerá  un instante para examinar cómo ha pasado la mañana, ver si ha sido fiel a las resoluciones tomadas en la meditación y renovarlas para la tarde.

2.1.9. ROSARIO Y LECTURA PIADOSA.- Si el tiempo se lo permite, rezará el Rosario o, al menos una decena. Esta práctica de piedad debe ser sagrada para todos; jamás han de omitirla, salvo el caso de imposibilidad real. Cuando las ocupaciones y los deberes de estado se lo permitan, cuidará de hacer cada día una corta lectura espiritual en algún libro de piedad, aun cuando solo sea un capitulo de la Imitación de Cristo. Los que no puedan hacer todos los días esta lectura, la harán al menos los domingos y días de fiesta.

2.1.10. ACTOS DEL CRISTIANO Y EXAMEN GENERAL.- Terminará la jornada por la oración de la noche, en la que hará con exactitud el examen general de todas las faltas que haya cometido. Fijará desde entonces el asunto de la meditación para el día siguiente.

La hora de acostarse la reglamentará como la de levantarse; se portará con la misma modestia, teniendo cuidado de dormirse con algún buen pensamiento, sobre todo, con el de la muerte, de la que el sueño es imagen.

2.1.11. TRABAJO.- El católico verdadero no debe considerar el trabajo como una carga incómoda, de la que se procure desembarazar lo más pronto posible. Animado de pensamientos inspirados por la fe, lo considerará como una pena saludable, impuesta a nuestros primeros padres y a toda su posteridad, para hacerles expiar sus faltas. Tendrá sin cesar ante sus ojos esta sentencia del Señor: Comerás el pan con el sudor de tu frente; sentencia que se realiza en toda persona, cualquiera que sea la posición en que se halle. Aceptará de buen grado el trabajo, fuere cual fuere, unido a su posición, en espíritu de penitencia, y será muy fiel en santificarlo, ofreciéndolo repetidas veces a Dios, para la expiación de sus pecados y para ganar el cielo.

2.1.12. DESCANSO, RECREACIONES, COMIDAS.- El descanso y las recreaciones son necesarias para reparar el desgaste de nuestra naturaleza; pero únicamente se usarán a fin de hacerse más apto para el trabajo y el cumplimiento de los deberes de estado. Tal ha de ser la regla de conducta de un católico verdadero, comprendiendo el valor de un tiempo que fue comprado al precio de la sangre de Dios Nuestro Señor. 

2.1.13. De ordinario sólo dormirá siete u ocho horas, excepto en casos de enfermedad o después de un trabajo excesivo.

2.1.14. Dará a una honesta recreación, bajo la mirada de Dios, a un legítimo descanso del espíritu y del cuerpo, el tiempo que le deje libre el cumplimiento de sus deberes, prefiriendo, con todo, cercenar de él algunos instantes para consagrarlos a una lectura edificante, a una visita al Santísimo Sacramento o a otro ejercicio piadoso.

2.1.15. El católico verdadero, sea cual fuere su posición, jamás debe olvidar esta advertencia del Apóstol: El reino de Dios no consiste en beber y comer. Nunca, pues, se sentará a la mesa sino acompañado de la virtud de la mortificación, la cual, aun concediendo al cuerpo lo que necesita para reparar y sostener sus fuerzas, le hará ofrecer un cúmulo de sacrificios muy agradables al Señor. A ejemplo de San Luis Gonzaga, separará en todas sus comidas la parte de su Ángel Custodio, privándose de alguna cosilla que hubiera halagado su sensualidad. Por más poderoso motivo, soportará con santa resignación todas las privaciones que le sean deparadas por la Divina Providencia en lo que mira al alimento.

2.1.13. En fin, el católico verdadero recordará a menudo, durante el día, la presencia de Dios, renovando el ofrecimiento que en la mañana le debió hacer de todas sus obras, y protestando su amor a El y su horror al pecado.


2.2. CADA SEMANA.

2.2.1. El católico verdadero santificará los domingos y días festivos, absteniéndose de toda obra servil (trabajo), asistiendo devotamente al santo sacrificio de la misa, así como a los oficios e instrucciones que se hacen en la parroquia, y consagrando más tiempo que los demás días a lecturas edificantes y otros ejercicios de piedad.

2.2.2. Se acercará, con las debidas disposiciones, al Santo Tribunal de la Penitencia y procurará merecer, por una vida pura y una conducta ejemplar, el favor de ser admitido a la comunión frecuente.

2.2.3. Para sostener y fomentar su piedad, consagrará cada día de la semana a una devoción particular, siguiendo una santa y muy antigua práctica: el domingo, a la santísima Trinidad; el lunes, al Espíritu Santo y a las almas del purgatorio; el martes, a los santos Ángeles y, especialmente a su Ángel Custodio; el miércoles, a San José; el jueves, al santísimo Sacramento; el viernes, a la pasión de Nuestro Señor Jesucristo y a su sagrado Corazón; y el sábado, a la Santísima Virgen.

 

2.3. CADA MES.

2.3.1. A imitación de muchos Santos y según práctica de gran número de personas piadosas, el católico verdadero elegirá un Patrón del mes, entre los que la Iglesia honra; durante el mes, lo invocará con fervor y se aplicará a estudiar su vida y practicar sus virtudes. 

2.3.2. No omitirá el retiro mensual, en el que debe examinar sus faltas y hacer la preparación para morir.

2.3.3. Cuidará de que su Director Espiritual le señale la práctica que ha de tomar para el mes siguiente, de la que hará muchos actos cada día. Será fiel en renovar el acto de consagración a la Santísima Virgen María, de las promesas bautismales y de aceptación de la muerte.


2.4. CADA AÑO.

2.4.1. El católico verdadero, cumplirá con la exactitud y el fervor de que sea capaz, el precepto pascual.

2.4.2. Hará cuanto pueda para practicar los ejercicios espirituales (retiro espiritual), si le esta en sus manos de clausura.

2.4.3. Celebrará con gran devoción las fiestas particulares de la Santísima Virgen, de los santos y santos cuyos nombres lleva, así como de los aniversarios de su bautismo, confirmación, primera comunión, consagración a María y los de otras gracias señaladas que haya recibido de Dios.

2.4.4. Se preparará, con una novena de oraciones y buenas obras, a la solemne fiesta del patrón de la nación donde vive.

2.4.5. Se unirá al espíritu que anima a la Iglesia en adviento, cuaresma, pascua y demás partes del año litúrgico, ocupándose de los misterios que en ellas son honrados y ajustando su conducta a las enseñanzas que encierran.

2.4.6. Pondrá especial cuidado en hacer suyas, mediante los actos de un culto especial, las principales devociones a que la piedad de los fieles ha consagrado ciertos meses, como la santa Infancia del Salvador, honrada en el mes de enero; san José, en el de marzo; la santísima Virgen, en el mes de mayo; el sagrado Corazón en el de junio; el Corazón inmaculado de María, en el de agosto; las benditas almas del purgatorio, en el de noviembre, etc.

2.4.7. El católico verdadero cumplirá cabalmente el pago de sus diezmos y primicias en su parroquia como lo manda el quinto mandamiento de la Iglesia.


2.5 EN TODO TIEMPO.

2.5.1. El católico verdadero alimentará en su corazón un tierno amor a Dios y al prójimo, y un sumo horror al pecado.

2.5.2. En las tentaciones, que tratará de prevenir con asidua vigilancia, recurrirá en seguida a la oración, tranquila y confiadamente.

2.5.3. Después de las faltas que haya tenido la desgracia de cometer, no se desalentará, sino que, levantándose sin tardanza con un acto de perfecta contrición, formará el firme propósito de no recaer en ellas, de hacer penitencia y de confesarse cuanto antes, no pensando ya más que en servir a Dios con todo fervor.

2.5.4. Consagrado al servicio de la Santísima Virgen, le tendrá una confianza filial y sin límites, recurriendo a Ella en todas sus necesidades y aprovechando con diligencia cuantas ocasiones se le ofrezcan de atestiguarle el amor.

2.5.5. Estará siempre animada de respeto, amor, confianza y sumisión para con el Sumo Pontífice, los Obispos de la Santa Iglesia, su párroco, y todos sus superiores, así espirituales como temporales.

2.5.6. Se habituará a no obrar por rutina o por respeto humano, sino siempre por miras sobrenaturales, con espíritu de fe y pureza de intención.


III.- PELIGROS Y ESCOLLOS.


3.1. LA OCIOSIDAD.

3.1.1. La ociosidad es pésima consejera que enseñó la maldad (Eccl. 33. 29) Dios preserve de tal desgracia al católico verdadero, inspirándole el amor al trabajo, que lo librará de muchos peligros! Este trabajo, empero, para que no se convierta en un nuevo peligro, debe ser prudentemente reglamentado y siempre santificado.

3.2. TELEVISIÓN, INTERNET, MEDIOS ELECTRÓNICOS.

3.2.1. El amor de las novedades atormenta el corazón de muchos católicos, la televisión e 

internet ofrecen un gran peligro para el alma, es un escollo muy difícil de evitar a causa del intenso atractivo que representan y en ocasiones la necesidad de manejarlos. El entendimiento, llevado de la curiosidad, espera hallar en estos medios la solución de algunas cuestiones que a menudo se ha propuesto, sin lograr resolverlas, y cuya explicación jamás osaría solicitar de nadie.

3.2.2. Esta tendencia, si no es reprimida enérgicamente en lo que tiene de malo, y sabiamente dirigida en lo que tiene de bueno, puede arrojar al abismo en poco tiempo a un católico vacilante. El mundo esta inundado de toda clase de producciones, de las que la mayor parte son un veneno deletéreo, y aun las que parecen más inocentes, no se hallan exentas de peligro.

3.2.3. Sin hablar de las paginas o programas evidentemente malos, que no exhalan sino corrupción y cuyo solo título es con frecuencia un crimen; sin hablar tampoco de los programas que atacan la religión y ridiculizan a las personas y cosas más santas; cuantos peligros encierran para la inteligencia y para el corazón.

3.2.4. Hemos de ser enérgicos, ver únicamente cosas buenas y útiles, absteniéndonos de los que sólo fomentan la curiosidad.


3.3. LAS AMISTADES.

3.3.1. “Dime con quién andas y te diré quién eres”, dice el proverbio. Y el Espíritu Santo nos enseña, por boca del sabio, que el amigo de los necios se hará semejante a ellos (Proverbios 13, 20).

3.3.2. Esta verdad, que confirma la experiencia cotidiana, se impone a todo el que comprende la influencia que ejercen sobre nuestras convicciones y sobre nuestra conducta las palabras y ejemplos de las personas con quienes vivimos, sobre todo, cuando nos unen a ellas los lazos de amistad.

3.3.3. El Apóstol San Pablo nos dice que las conversaciones malas corrompen las buenas costumbres (Corintios 15, 33). ¿Podremos sorprendernos de esto, en especial cuando se trata de un católico con la virtud poco sólida, inclinada a los respetos humanos y no se apoya en convicciones fuertes y razonadas? No se deje engañar ni aun por excusa de que es un lazo de parentesco o una amistad de infancia o de trabajo.

3.3.4. Este peligro de las amistades, que es uno de los mayores con que puede tropezar el aspirante a católico verdadero, lo evitará huyendo de las malas compañías y limitándose a tratar con sus parientes católicos y con personas fundadas en la fe, religión y virtud verdadera.


3.4. EL AFÁN DE ATAVIARSE.

3.4.1. “La coquetería es de tal manera inherente al sexo femenino, dice Monseñor Dupanloup, que casi en todas partes se revela con el carácter que le es propio, la necesidad de cautivar la atención y de agradar. Apenas la jovencita empieza a conocer lo que la rodea, cuando ya se le ve buscar aquello que le halaga y atrae sus miradas; se sonríe ante el tocador y, cuando se ve ataviada, sus ojos brillan de alegría.”

3.4.2. Así, el adorno suele ser el tema habitual de los pensamientos y conversaciones de muchas personas: cada quien piensa con gusto en lo que ama y júzgase dichoso de hablar de ellos. Sin embargo ¿qué hay más vano, qué más peligroso, que este afán de ataviarse?

3.4.3. Para evitar este peligro, siguiendo el consejo del Espíritu Santo Nunca te gloríes de tu vestido (Eclesiástico 11, 4), esfuércese por destruir el deseo instintivo de agradar a las criaturas, verdadero origen del empeño en adornarse y de todos los desordenes que entraña.

3.4.4. Vista siempre con decencia, orden y aseo, sí; pero también sin lujo, sin afectación, con modestia y sencillez, y de una manera conforme a su condición. Que no se entregue a los caprichos de la moda; que el cuidado exterior de su persona, lejos de ser el objeto principal, por no decir único, de sus preocupaciones, sea para el católico verdadero algo accesorio, una necesidad de la que haya que desembarazarse pronto, y que su más bello atavío, el que la haga más agradable a Dios y a los Ángeles, así como a las personas sensatas que la rodean, sea un continente sencillo y modesto, signo y custodia fiel de su pureza e inocencia.


3.5.  LAS DIVERSIONES PROFANAS.

3.5.1. Nuestra naturaleza, corrompida por el pecado, es tan mal inclinada que abusa con facilidad de lo que en sí es bueno, y halla, de un modo particular, en las diversiones peligros tanto más temibles cuanto que se ocultan bajo el pretexto de un descanso el más legítimo y necesario.

3.5.2. El primer peligro que se corre en estos esparcimientos, es la pérdida el espíritu cristiano y la adquisición del espíritu del mundo. Todo en ellas fomenta la vanidad y proporciona a los sentidos y a la imaginación goces culpables. Allí se aprende a estimar más de lo que merecen, los dones naturales; los encantos de una conversación jovial e ingeniosa, a expensas muchas veces de la caridad y aún de la virtud más delicada; la hermosura del cuerpo, la afabilidad en el trato y  las gracias exteriores… Allí se pierde el amor a las cosas serias, a los pensamientos piadosos y saludables, y pronto se cobra hastío al servicio de Dios, en el que ya no se halla encanto alguno.

3.5.3. Abandónase la sagrada comunión, en la que ahora no se gusta ningún consuelo y la que además, para no ser indigna de ella, exigirá grandes sacrificios; la confesión se hace un yugo insoportable, del cual no tarda en desembarazarse, y, sin escuchar más los remordimientos de conciencia, se corre tras los consuelos demasiado humanos y a menudo pecaminosos. ¡Cuantos pobres hermanos, bajo la influencia de estos peligrosos entretenimientos, han sufrido en poco tiempo tan lamentable transformación!

3.5.4. Otro peligro todavía más grave que ofrece tales diversiones, es la pérdida de la inocencia, del santo temor de Dios, de la modestia, del pudor, de la castidad en los ojos, en las manos, en el pensamiento.

3.5.5. ¡Cuantas virtudes, aun de las más arraigadas, han naufragado desgraciadamente en estas reuniones de mundo! Algunos aseguran que a ellos no les hace mal; SEAMOS HONESTOS: o no son sinceros, o son juguete de ilusiones muy peligrosas, como reconocerán más tarde, cuando, tocado su corazón por la gracia, vuelvan a las prácticas de una vida verdaderamente católica. 


IV.- LA LECTURA ESPIRITUAL.

4.1.1. Dios se ha servido de la lectura espiritual en mil circunstancias para la salvación de las almas, y que, con frecuencia, una simple lectura, hecha casualmente y sin intención de sacar fruto, ha sido para algunos pecadores endurecidos el principio de una brillante y sólida conversión.

4.1.2. Procurar que todos los libros que leamos, estén aprobados por la Iglesia, tengan “Nihil Obstat”, “Imprimi Potest”, normalmente se encuentra en las primeras o ultimas paginas de un libro, lo cual significa que es conforme a la doctrina católica, libre de errores doctrinales o morales.

4.1.3. La buena lectura es una oración, por lo cual, aquellos católicos que tienen poca oración, deben por lo menos buscar en la lectura de alguno libro santo una especie de suplemento á la meditación que no hacen.

4.1.4. El católico tibio  hace su lectura espiritual cuando encuentra en ella cierto gusto, y la deja en caso contrario; tan pronto lee un libro como otro; hace una lectura larga cuando le agrada, y corta cuando le fastidia; se prepara convenientemente á ella cuando tiene algún fervor, y la hace sin preparación cuando este fervor le falta; En este punto, como en otros tiene por regla el gusto, el capricho, la inspiración del momento; y no la verdadera y sólida piedad reglamentada. De eso procede el poco fruto de un ejercicio, que podría, si se quisiera, acarrear grandes beneficios.

4.1.5. Cuando uno es frío o solamente tibio en el servicio de Dios, cuando no se quiere la perfección, cuando se aleja uno de ella cada vez más por continuas infidelidades, cuando consiste la felicidad en tonterías y bagatelas, entonces nos pesan los ejercicios de piedad como una carga, los encontramos fatigosos é insípidos, y los abandonamos pronto.

4.1.6. Es fundamental tener un sincero deseo de aprovecharse de este ejercicio para adelantar en la perfección. Si no tenemos ese vivo deseo, la lectura podrá quizá originarlo alguna vez, pero casi siempre será estéril y nos dejará en el mismo estado que antes de hacerla.

4.1.7. La falta de gusto, de unción, de fervor, acaso fastidio, frialdad y casi disgusto por esta santa práctica, son las causas de que la abreviemos y no tardemos en renunciar á ella.

4.1.8. La elección del libro es también muy importante. Leer un libro que instruye más que conmueve, es hacer un estudio y no un ejercicio de piedad. Leer un libro que pica la curiosidad, es satisfacer el espíritu á expensas del corazón. Leer un libro escrito con brillantez, es buscar más bien la belleza del estilo que la sustancia de la devoción.

4.1.9. Regla general: leamos libros que más nos conmuevan con esa santa emoción que da más amor de Dios, más alejamiento de todo lo que le ofende, y más atractivos para la práctica de la virtud. Tal es para nosotros el buen libro, cualquiera que sea su autor y su título.

4.1.20. La preparación próxima es indispensable, pues solo casualmente producirá algún fruto, sino va precedida de esta preparación. Antes de leer ponernos en la presencia de Dios para pedirle el auxilio de su gracia y preparar el alma á recibirlo.

4.1.21. Leer con calma y meditar lo que se lee, es también una condición del éxito de la lectura espiritual. Una lectura precipitada es improductiva, pues las palabras deben infiltrarse gota a gota y no entrar á oleadas en el alma, para que penetren en ella y la santifiquen.


4.1.22. Es una excelente práctica, suspender un momento la lectura cuando nos sentimos impresionados, y también lo es no esperar el golpe de la gracia, sino prevenirlo y provocarlo; haciendo de vez en cuando atentas pausas para considerar, con espíritu de fe, algunas grandes verdades expuestas en el libro. Jamás termine su lectura sin tomar algunas resoluciones prácticas con motivo de lo que se ha leído.


V.- CONSEJOS DE SAN IGNACIO PARA VIVIR EN ÉSTE MUNDO.

5.1.1. “El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios Nuestro Señor y, mediante esto, salvar su alma.”

5.1.2. De Dios he de esperar todo mi bien, no de los hombres, que poco me pueden ayudar o dañar.

5.1.3. Luego no soy criado para alabarme, honrarme, servirme y regalarme, sino para alabar, hacer reverencia y servir a Dios.

5.1.4. Luego mi fin no son precisamente las riquezas, los honores, las delicias; representar un papel brillante en el mundo, lucir, gozar, sino principalmente y ante todo SERVIR A DIOS; y servirle, no a mi antojo y capricho, sino como Él quiere que le sirva.

5.1.5. Sano o enfermo, rico o pobre, sabio o ignorante, honrado o despreciado, con éste o con aquél genio, con muchos o pocos dotes, aptitudes y talentos, puedo alabar, hacer reverencia y servir a Dios.

5.1.6. Las cosas de éste mundo fueron dadas al hombre para que le ayuden a conseguir su fin “que de ellas tanto debemos usar cuanto sirven al fin, y tano dejar o quitar cuanto nos impiden”.

5.1.7. “Realmente, las cosas de acá no son más que medios o instrumentos de quenos debemos valer para llegar al termino.”

5.1.8. Cuantas –cosas- hay en el mundo pueden servir como de instrumentos al fin, pero no todas arman a todos ni son útiles en todos los tiempos.

5.1.9. “Abrazar la cosa, bien que repugnante, si me ayuda para salvarme, y dejarla, bien que dulce y gustosa, si ha de impedir el bien del alma”

5.1.10. “Por  lo cual es menester hacernos indiferentes a todas las cosas criadas en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío y no le está prohibido; en tal manera, que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta”

5.1.11. “En todo lo demás, solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin a que somos criados.”

5.1.12. Las cosas se deben medir por cuanto le ayuden o estorben a la consecución de su último fin, se sigue que, considerándolas en sí mismas por su respeto y amor no debe inclinarse más a unas que a otras, cualquiera que sean. 


VI.- REGLAS DE VIDA.

6.1.1. Que la imaginación y apariencia de los sentidos no deben ser regla de mi obrar.

6.1.2. Tampoco la opinión o máximas del mundo.

6.1.3. Menos aún el gusto o el placer.

6.1.4. SEA MI REGLA EL DICTAMEN DE LA RAZÓN, ILUSTRADA POR LA FE, QUE ME DIGA SI LA COSA DE QUE SE TRATA ME CONDUCE O NO AL FIN DE MI ETERNA SALVACIÓN; Y PARA ANDAR MÁS SEGURO EIJA AQUELLO QUE MÁS ME CONDUZCA. 




Ave María Purísima, sin pecado original concebida.







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