Es de humanos pecar, de héroes levantarse.


Es de humanos pecar,  de héroes levantarse.

Ave María Purísima, sin pecado original concebida.


La mayoría de nosotros tenemos muchas ilusiones, anhelos, deseos que tal vez nunca veremos, pero al menos los deseamos. Desde luego los principales anhelos son materiales.

No es para reprocharnos, sentirnos unos paganos que sólo pensamos en dinero, no. Debemos comprendernos y entender porque pensamos de esta manera; Normalmente procedemos de un hogar humilde, con muchas carencias materiales, lo cual crea un deseo muy natural y hasta justo de tener, algunas cosas que en nuestros días son necesaria.

Esto es importante entenderlo, ver el entorno en el cual crecimos, en el que nos formamos, nuestra cultura, los pecados sociales, las debilidades de nuestra sangre, la forma de pensar; de esta manera podemos entendernos mejor, ser más comprensivos con nuestra gente. 

En la mayoría de las personas su forma de proceder, en sus pequeños egoísmos, soberbia, apego al dinero, ambición, lujuria, inconstancia, cierta simulación no es únicamente originado por maldad, por deseos de ser malo, por ofender a Dios. No, creo que gran parte es debido a la idiosincrasia. 

No es solo una idea, es la mentalidad propia de cada individuo, es una cultura; sí, la forma de ver las cosas, de utilizarlas, de vivir. Vamos, es toda una vida, no podemos cambiarla en un momento, solamente la gracia de Dios puede tocar nuestros corazones y cambiar lo que se nos hacía imposible.

Quién de nosotros nació y creció cerca de un monasterio de santos monjes, quien vió desde su niñez varones de Dios haciendo obras de caridad, quien vio a un San Juan Bosco, a un San Vicente de Paúl, a un San Francisco de Asís. Prácticamente nadie, en cambio cuantos escándalos, cuantos hechos impuros, cuantas faltas de caridad, cuántas rivalidades, cuantas faltas de cariño, cosas que están impresas en el fondo de nuestro corazón y de ahí se derivan muchas formas de proceder. 

¿Cómo juzgar a un hermano sin entender su pasado?, qué sabes tú de lo que sufrió, de lo que padeció, de lo que le costó estudiar… Debemos conocer el pasado para comprender su presente, por eso no debemos juzgar, no tenemos elementos suficientes para emitir un juicio y aunque los tuviéramos, Dios ha de juzgar a los vivos y a los muertos, no nosotros.

Ahora bien, es muy difícil encontrar  personas que luchen verdaderamente contra sus pecados, que luchen por ser santos, ¿Por qué? Le pregunto a Usted: ¿Quién les enseñó a luchar contra el pecado?, ¿Dónde aprendieron a buscar la santidad?, ¿Dónde a tener fe y confianza en Dios?... Normalmente nuestros hermanos han vivido a la buena de Dios, es un prodigio que conserven la fe católica. 

Nuestros hermanos por lo regular viven toda su vida con ciertos pecados; en un momento de su vida es muy probable que tropiecen, que sufran un descalabro, un escándalo. En ese momento las miradas se vuelven contra ellos, por lo menos reciben la frialdad de sus amigos; ¿Qué hace en ese momento nuestro hermano pecador?...

Por lo regular se angustia, se desespera y psicológicamente piensa que es imposible salir del pecado, pocos luchan verdaderamente contra el pecado, pocos recurren al sacramento de la confesión, de la comunión ¿Por qué? Porque nadie se los enseño, porque no están preparados para el fracaso, para la caída…

Hermano pecador que lees estas humildes palabras, es de humanos pecar, es de humanos tropezar, pero, es de héroes y de santos levantarse. No estás solo, Dios está a tu lado, ponte de rodillas y pídele perdón con todo tu corazón, suplícale que te dé una oportunidad, que te permita volver a tu vida normal… prométele que te vas a portar bien, que vas a cambiar de vida… Por favor, no me tomes a loco, ni a sentimentalista.¿Qué has hecho con tu vida?, ¿Qué has hecho con tus ojos, con tus manos, con tu boca…? 

Nunca es tarde para enderezar nuestro camino al cielo, no te culpes de más, deja el pasado y comienza a vivir para Dios, has lo que siempre tuviste que haber hecho, ofrécele tu vida a Dios, no importa que sean los últimos años de tu vida, Dios siempre te estará esperando para perdonarte, para consolarte, para animarte a ser bueno; siempre, porque Dios es nuestro Padre y nuestro amigo que nos ama con todo su corazón.

¿Crees que Dios es un tirano? Ve el santo crucifijo, analízalo… ¿Qué ves en ese Cristo crucificado?  Ves a un tirano… es verdaderamente nuestro amigo Jesús, nuestro Dios que muere para que tu no mueras, que sufre para que tu no sufras, el te ama con todo su corazón y ha dado la vida por ti. 

Confía en Él, espera todo de Nuestro Señor, los hombres te dejaremos solo, pero Dios, nunca te dejara solo. “Hermanos míos, si alguno, como hombre que es, cayere desgraciadamente en algún delito, vosotros los que sois espirituales, al tal amonestadle e instruidle con espíritu de mansedumbre, haciendo cada uno reflexión sobre sí mismo, y temiendo caer también en la tentación. Compartid las cargas unos de otros, y con eso cumpliréis la ley de Cristo. Porque si alguno piensa ser algo, se engaña a sí mismo, pues verdaderamente de suyo es nada.Por tanto, examínese bien cada uno sus propias obras, y así si halla que son rectas tendrá entonces motivo de gloriarse en sí mismo solamente, y no respecto de otro… Así es que lo que un hombre sembrare, eso recogerá. Por donde quien siembra ahora para su carne, de la carne recogerá después la corrupción y la muerte; mas el que siembra para el espíritu, del espíritu tomara la vida eterna.” Gálatas, VI, 1

Queremos acostumbrarnos a estar arriba, a vivir sin caídas, sin escándalos, por esto censuramos a los demás cuando cometen faltas graves, psicológicamente nos sentimos inmunes a esas caídas; una muerte prematura, un accidente, un hijo fuera del matrimonio, una discapacidad, una enfermedad incurable, un hermano en la cárcel y tantas cosas que nos pueden ocurrir.

Seamos sinceros, a veces, nos hacen bien los tropiezos, aunque repugnan, pero al menos nos hacen reconocer nuestra miseria, que somos unos pecadores sostenidos por la gracia de Dios. Sin desearle a nadie un descalabro, hay ocasiones en que nos hace bien, no por el pecado, por el fruto de humildad que ha de quitar aquella muy  secreta soberbia que habita en el fondo de nuestro corazón; muy probablemente con ese descalabro aprenda a comprender al pecador, a tener caridad, a consolar al triste, a ser generoso con Dios Nuestro Señor. 

A veces nos hace bien sufrir la pena enorme de una caída, vuelvo a repetir, no por apetecer el pecado, cuanto por el fruto de esa caída; por esto Dios permite que tropecemos, nos hace bien, nos vuelve al redil, nos hace más comprensivos… “Mire, pues, no caiga el que piensa estar firme en la fe. Hasta ahora no habéis tenido sino tentaciones humanas, u ordinarias; pero fiel es Dios, que no permitirá seáis tentados sobre vuestras fuerzas, sino que de la misma tentación os hará sacar provecho para que podáis sosteneros.” Corintios X, 12

Por esta razón al tropezar, al pecar en cuestiones escandalosas, lejos de pensar que es un castigo o maldición de Dios; es una muy amorosa llamada de atención que nos hace Nuestro Señor; sí, no entendemos a las incesantes voces del corazón, atended entonces a vuestros tropiezos; si no puedes apartarte de la ocasión por amor a Dios, hacedlo por temor al escándalo. Pero nunca pensar, ni por un momento que estás condenado, que todo será en vano. Nunca, pelea con todas tus fuerzas contra el pecado que envilece tu alma. 

Dios lo que busca al permitir tus fracasos es que saques, por decirlo de alguna manera, ese coraje, un firme propósito para decir un rotundo NO al pecado, no a la ocasión, porque nos envilece, nos hace perder nuestra dignidad. Y el Satanás, viejo lobo de los avernos, nos hace pensar que nunca podremos vencer el pecado, que somos la misma maldición de Dios, que somos indignos de pedir perdón a Dios. ¿Quién es el demonio para pedirle consejo?, ¿Qué autoridad tiene el tentador para hacerle caso? Es un condenado, el padre de la mentira, nuestro enemigo que nos hace ver imposible  nuestra salvación eterna.

Por favor hermano pecador, no tomes consejo del Satanás; podrás ser el peor de todos, pero nunca olvides, que eres hijo de Dios, quien ha permitido tu caída, no para que tu alma se pierda, cuanto para despertarte de esa somnolencia en que hasta ahora has vivido, Dios nuestro Santísimo Padre te busca por los caminos que menos imaginas, Dios ha permitido tu caída, para levantarte, para que lo busques, para que te salves, para que estés a su lado en la mansión de la eterna felicidad.

Las caídas no son para derrotarnos, son para conocernos, para entender vivamente la miseria que somos, para llenarnos de una muy sincera humildad ante nuestros más vivos fracasos.  Las caídas nos ubican, nos ayudan a reconocer lo que somos, nos bajan del mundo ilusorio en el que tal vez vivimos, nos hacen poner los pies sobre la tierra y nos dan una dependencia absoluta de Dios, no en teoría, en la práctica, aprendida con los golpes de la vida.

Esto nos hace ser más humanos, más comprensivos; nos hace ayudar de corazón, no por cumplimiento, no por mandato, sino porque sabemos por experiencia propia lo que es estar abajo, sabemos que uno siente que se muere en ese preciso momento y nuestro consejo brota de un corazón que ha sufrido el desprecio de sus mismos hermanos y que no quisiera que otros pasen por esos tragos amarguísimos, que si no fuera por la gracia de Dios, sería suficiente para amargar nuestra vida entera…

“Bienaventurados aquellos cuyas maldades son perdonadas y cuyos pecados están borrados; dichoso el hombre a quien Dios no imputó culpa.”  Romanos IV, 7.

No te espantes cuando peques, asómbrate cuando pase el tiempo y no peques, asómbrate porque no es propio de una naturaleza tan miserable como la nuestra el vivir santamente, solamente una gracia muy especial de Dios puede sostenernos en este pantano de inmundicias que es la vida, solamente la bendición de Dios puede sostenernos sin pecado en éste mundo.

Somos muy duros para entender los santos consejos; los escuchamos, los leemos pero no los practicamos, nos volvemos un poco incrédulos y fariseos; malamente aprendemos más con los golpes propios de la vida, con los pecados… nos hacemos más precavidos, temerosos, cuidadosos y hasta eso, no tanto por no ofender a Dios, sino por miedo a la caída; pero algunas veces solo así entendemos.Por esto no es bueno exaltarnos, sentirnos santos, compararnos con los demás, no es bueno porque tarde que temprano nos llegara nuestro turno y la caída puede ser fatal sino buscamos refugio en la infinita y bondadosa misericordia de Nuestro Divino Redentor.

Que tremenda es la caída del que se creyó impecable, del que humillo a los demás, del hermano que psicológicamente concebía imposible su caída; necesitara mucha humildad para levantarse, será un héroe si se repone y sobre todo si reconoce su miseria humana.

“Dijo asimismo a ciertos hombres que presumían de justos, y despreciaban a los demás, esta parábola: Dos hombres subieron al templo a orar: el uno era fariseo, y el otro publicano, o alcabalero.El fariseo, puesto en pie, oraba en su interior de esta manera: ¡Oh Dios!, yo te doy gracias de que no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces a la semana; pago los diezmos de todo lo que poseo.El publicano, al contrario, puesto allá lejos, ni aun los ojos osaba levantar al cielo; sino que se daba golpes de pecho, diciendo: Dios mío, ten misericordia de mí, que soy un pecador.Os declaro, pues, que éste volvió a su casa justificado, mas no el otro; porque todo aquel que se ensalza, será humillado; y el que se humilla, será ensalzado.”  Lucas XVIII, 9


Queridos hermanos, tengamos muchísimo cuidado en no despreciar al pobre pecador, no arrinconarlo y mucho menos darle la espalda cuando nos pida la luz de Cristo… Ese pecador que hoy desprecias, es la imagen desgarrada de Cristo, podríamos decir, que Dios te lo manda para que tú le des la esperanza del perdón, para que con tu dulzura y caridad le hables del amor que Dios le tiene; dale buenos consejos, aliéntalo, trátalo con cariño, dile que Dios lo está esperando para perdonarlo. 

Avece pensamos que el pecador no tiene sentimientos, que es un hombre sin compasión, sin corazón; no es así, el hermano pecador necesita de mucho cariño, paciencia, comprensión… con regaños y golpes es muy difícil que entienda la caridad cristiana, el perdón de los pecados, sumamente difícil. El pecador necesita ser escuchado, necesita ser comprendido, necesita entenderse así mismo. En ocasiones ni siquiera el pecador entiende porque es así, se le olvida que Dios lo busca, Dios lo llama, aún y cuando se sienta el hombre más miserable y despreciable sobre la tierra, Dios es tan bueno, que exclusivamente por él da su vida con tal de ganarlo para el cielo.

Si tú, amigo lector, logras con la gracia de Dios infundir arrepentimiento en ese pobre pecador, si tú, instrumento de Dios logras tocar su corazón y moverlo a una vida santa, verdaderamente tienes un premio grandísimo para la eternidad, porque le has traído la oveja descarriada a Nuestro Señor y si ese pecador muere arrepentido por tus buenos consejos, oraciones y ejemplos tienes un amigo y defensor en el cielo, y ese pecado al que por tus obras le brindaste el cielo será tu abogado para la eternidad. Qué oportunidad tan maravillosa, hacer las veces de Cristo en la tierra, mover al pecador a arrepentimiento…

Me gustaría que leyeran una historia admirable, un poco larga pero completamente cierta,  muy a propósito de lo que vamos tratando: 

“Cuenta Casiano que un monje mancebo y muy religioso era muy tentado de tentaciones deshonestas, y fue a otro monje viejo y declaróle llanamente todas aquellas tentaciones  y movimientos malos que padecía, pensando que hallaría consuelo y remedio con sus oraciones y consejos. Pero acontecióle muy al revés; porque el viejo éralo sólo en los años, y no en la prudencia y discreción; y oyendo las tentaciones del mancebo, se comenzó a espantar y santiguar, y dale  una buena mano, reprendiéndole con palabras muy ásperas, llamándole desdichado y miserable, y diciéndole que era indigno del nombre de monje, pues tales cosas pasaban por él.

Al fin le envió tan desconsolado con sus reprensiones, que el pobre monje, en lugar de salir curado, salió más llagado con tan grande tristeza, desconfianza y desesperación, que ya no pensaba ni trataba del remedio de su tentación, sino de ponerla por obra; tanto que tomaba ya el camino de la ciudad con esa determinación e intento.

Encontróle acaso el abad Apolo, que era uno de los Padres más santos y más experimentados que allí había, y en viéndolo, conoció en su semblante y disposición que tenía alguna grave tentación; y comienza con grande blandura a preguntarle qué sentía, y qué era la causa de la turbación y tristeza que mostraba. El mancebo estaba tan pensativo y tan embebecido en sus imaginaciones, que no respondía palabra. El viejo, viendo que la tristeza y turbación era tan grande, que no le dejaba hablar, y que quería encubrir la causa de ella, importunóle con mucho amor y suavidad que se la dijese: al fin importunado dícele claramente que, pues no podía ser monje ni refrenar las tentaciones y movimientos de la carne, conforme a lo que le había dicho tal viejo, que había determinado dejar el monasterio y volverse al mundo y casarse. 

Entonces el santo viejo Apolo comiénzale a consolar y animar, diciendo que él también tenía cada día aquellas tentaciones, que no por eso se había de espantar ni desconfiar; porque estas cosas no se vencen ni desechan tanto con nuestro trabajo, cuanto con la gracia y misericordia de Dios. Finalmente, pídele que siquiera por un día se detenga y se torne a su celda, y que allí pida a Dios luz y remedio de su necesidad. Y como fue tan breve el plazo que pidió, alcanzólo de él: y alcanzado, vase el abad Apolo a la ermita o celda del viejo que le había reprendido, y ya que llegaba cerca, pónese en oración, e hincadas las rodillas y levantadas las manos y con lágrimas en sus ojos, comienza a rogar a Dios: Señor, qué sabéis las fuerzas y flaquezas de cada uno, y sois médico piadoso de las almas, pasad la tentación de aquel mancebo a este viejo, para que sepa siquiera en la vejez compadecerse de las flaquezas y trabajos de los mozos. 

Apenas había él acabado esta oración, cuando vió que un negrillo muy feo estaba tirando una saeta de fuego a la celda de aquel viejo, con la cual herido el viejo salió luego de la celda, y andaba como loco saliendo y volviendo a entrar; al fin, no pudiendo sosegar ni aquietarse en la celda, tomó el camino que llevaba el otro mancebo para la ciudad. El abad Apolo que estaba a la mira, y por lo que había visto entendía su tentación, llegase a él y pregúntale: ¿Adónde vas? ¿y qué es la causa o tentación que te hace olvido de la gravedad y madurez que pide tu edad, andes con tanta prisa e inquietud? Él, confundido y avergonzado con su mala conciencia, entendió que había conocido su tentación, y no tuvo boca para responder.

Entonces toma la mano el santo Abad, y comiénzale a dar doctrina. Vuélvete, dice, a tu celda, y entiende que hasta aquí o el demonio no te conocía, o no hacía  caso de ti, pues no peleaba contigo, como él suele hacer con aquellos de quienes tiene envidia; en eso conocerás tu poca virtud, pues al cabo de tantos años que eres monje, no pudiste resistir a una tentación, ni aun sufrirla y aguardar siquiera un solo día, sino que luego al punto te dejaste vencer, y la ibas a poner por obra. 

Entiende que por eso ha permitido el Señor que te venga esta tentación, para que siquiera en la vejez sepas compadecerte de las enfermedades y tentaciones de los otros, y aprendas por experiencia que los has de enviar consolados y animados, y no desesperados, como hiciste con aquel mancebo que vino a ti: al cual sin duda el demonio acometía con estas tentaciones, y te dejaba a ti, porque tenía más envidia de su virtud y de su aprovechamiento que del tuyo, y le parecía que una virtud tan fuerte con fuertes y vehementes tentaciones había de ser contrastada.Pues aprende de aquí delante de ti a saber compadecerte de los otros, y a dar la mano al que va a caer, y ayudar a levantar con palabras blandas y amorosas, y no ayudarle a caer con palabras ásperas y desabridas…

Concluyó el santo viejo diciendo: y porque ninguno puede apagar, ni reprimir los movimientos y encendimientos de la carne, si no es con el fervor y gracia del Señor, hagamos oración a Dios, pidiéndole que te libre de esta tentación; porque Él es el que hiere y el que vivifica. Pónese el Santo en oración, y así como por oración le vino la tentación, así también por ella se la quitó luego el Señor. Y con esto quedaron remediados y enseñados así el mozo como el viejo.” Ejercicios de perfección y virtudes cristianas, San Alonso Rodríguez, T II, Tratado 4° Cap IX p 424.


Que Dios y María Santísima nos bendiga.