Maravillas del Santo Rosario



Ave María Purísima, sin pecado original concebida. 


"No es posible expresar cuánto estima la Santísima Virgen el Rosario sobre todas las demás devociones y cuán magnánima es al recompensar a quienes trabajan para predicarlo, establecerlo y cultivarlo, y cuán terrible es, por el contrario, con aquellos que quieren hacerle oposición. 

Santo Domingo en nada puso, durante su vida, tanto entusiasmo como en alabar a la Santísima Virgen, predicar sus grandezas y animar a todos a honrarla por medio del Rosario. Esta poderosa Reina del cielo, a su vez, no cesó de derramar sobre Santo Domingo bendiciones a manos llenas; coronó sus trabajos con mil prodigios y milagros; nada pidió éste a Dios que no obtuviera por intercesión de la Santísima Virgen, y, para colmo de favores, Ella le sacó victorioso contra la herejía de los albigenses y le hizo padre y patriarca de una gran Orden. 

¿Qué diría yo del Beato Alano de la Roche, reparador de esta devoción? La Santísima Virgen le honró varias veces con su visita para instruirle sobre los medios de conseguir su salvación, hacerse buen sacerdote, perfecto religioso e imitador de Jesucristo. Durante las tentaciones y persecuciones horribles de los demonios, que le reducían a una extremada tristeza y casi a la desesperación, le consolaba y disipaba con su dulce presencia todas estas nubes y tinieblas. Ella le enseño el modo de rezar el Rosario, sus excelencias y sus frutos... 

Envidioso el demonio de los grandes frutos que el Beato Tomás de San Juan, célebre predicador del Santo Rosario, conseguía con esta práctica, le redujo, por medio de duros tratos, a estado de una larga y penosa enfermedad, en la que fué desahuciado de los médicos. Una noche en que él se creía infaliblemente a punto de morir, se le apareció el demonio en espantosa figura; pero, elevando él devotamente los ojos y el corazón hacia una imagen de la Santísima Virgen que había cerca de su cama, gritó con todas sus fuerzas: '¡Ayudadme, socorredme, dulcísima Madre mía!' Apenas hubo acabado estas palabras, la imagen le tendió la mano y le apretó el brazo diciéndole: 'No temas, Tomás, hijo mío, yo te auxilio; levántate y continúa predicando la devoción de mi Rosario como habías empezado. Yo te defenderé contra todos tus enemigos'. A estas palabras de la Santísima Virgen huyó el demonio." 


San Luis María G. de Montfort, El secreto del Rosario, capítulo 10: 'Maravillas del Rosario'.

 

Ave María Purísima, sin pecado original concebida.




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