El más peligroso enemigo en la Iglesia.


13 Nov
13Nov


En el siglo XII, al mismo tiempo que el judaísmo intentaba controlar el papado por medio del judaico Cardenal Pierleoni y se organizaba la primera revolución republicana que se adueñaba de Roma, la secta de los albigenses preparaba, en secreto, la más gigantesca revolución conocida hasta entonces con el fin de desintegrar al cristianismo, y se organizaban al mismo tiempo, también en secreto, otras sectas tendientes todas ellas a dominar a Europa, a aniquilar el orden de cosas imperante y a destruir a la Santa Iglesia.

El judaísmo no se limitó a organizar una sola secta, un solo movimiento revolucionario, sino que creó en la sombra varios, diferentes entre sí, con diversidad de ideologías y principios, útiles para controlar gentes de todos los gustos; de tal manera que si a algunos no les satisfacía el programa, los dogmas o las creencias de una secta, podrían gustarles los de otra; y si fracasaba alguna, otra llegaría al triunfo deseado. De cualquier forma, todas en conjunto se ayudaban en secreto unas a otras, aunque tuvieran programas al parecer contradictorios e incompatibles. Así empezó el judaísmo a practicar otra de sus tácticas tradicionales, que tan buen resultado le ha dado y que con la experiencia de siglos ha perfeccionado cada vez más, consistente en no confiar todas sus posibilidades de victoria a una sola organización, sino a muchas, de variadas y hasta contradictorias ideologías, capaces éstas de captar la simpatía de gentes de los más diversos gustos o maneras de pensar. Lo mismo que hace en nuestros días al organizar desde partidos demócrata-cristianos y de extrema derecha, sin importar el nombre que se les dé, hasta partidos centristas, socialistas, anarquistas y comunistas; y desde organizaciones masónicas, teosóficas y espiritistas, hasta asociaciones de Rotarios o de boy-scouts, además de muchas otras que sería largo enumerar y que autorizados escritores han demostrado que están controladas por el judaísmo internacional. En esa forma la sinagoga puede dominar a gentes de las más diversas tendencias e ideologías y controlar a los pueblos cristianos y gentiles, facilitando el triunfo de sus planes de dominio mundial. 

Antes de entrar al estudio de otras sectas heréticas que junto con la de los albigenses formaron parte de esa gran revolución criptojudía del siglo XII, que estuvo a punto de conquistar a Europa y aniquilar a la Iglesia, citaremos a dos autoridades hebreas indiscutibles que nos hablan del papel que desempeñaron los israelitas en las herejías de esa época. 

La “Enciclopedia Judaica Castellana”, hablando de la opinión que tenía la Iglesia sobre el origen de la herejías medievales, nos confirma lo afirmado por clérigos y escritores católicos de diversas épocas, que aseguraban que los “judíos eran los padres de todas las herejías”; al efecto, textualmente dice: 

“De la misma manera que la Inquisición acusó a los judíos de haber instigado las herejías medievales, así todos los movimientos heterodoxos de la Reforma eran, a los ojos de la Iglesia, fruto de una conspiración judía, y sus iniciadores y jefes, `judaizantes´”. Enciclopedia Judaica Castellana, tomo III, vocablo Cristianismo, p. 226, col. 1. 

Siendo evidente que ni la Santa Iglesia ni la Inquisición mentían, ya que tenían, además, pruebas suficientes para fundamentar estas afirmaciones. 

A este respecto el rabino Lewis Browne, en su interesante “Historia de los judíos”, en un capítulo que tiene por título “El desgarramiento de la iglesia” y por subtítulo “Cómo los judíos ayudaron al surgimiento de la Reforma Protestante”, asevera que:

“Era más que una espina (la sinagoga). Esparcida como estaba por todas las tierras de la Cristiandad, la sinagoga operaba en todas partes, más bien como una red de pequeñísimas espadas que herían el sentido de autosuficiencia de la iglesia. 

Esto explica por qué la Iglesia no concedió descanso al judío. El era su más peligroso enemigo, ya que dondequiera que él emigraba, él fomentaba las herejías”. Rabino Lewis Browne, The Story of the Jews. Londres: Jonathan Cape Ltd., 1926. Cap. XXIX, p. 207. 

Este culto rabino, además de confesar con absoluta franqueza la más grande de las verdades, al señalar que los judíos son los más peligrosos enemigos de la Iglesia, nos da la clave de lo que para muchos ha sido un gran misterio, es decir, lo referente a la rápida difusión en distintos países de las herejías medievales, de la masonería después y, finalmente, del comunismo marxista. En realidad, estando las organizaciones judías esparcidas desde hace muchos siglos por todo el mundo, como una “red de pequeñísimas espadas” –con hombres influyentes en todos los países, con bien arraigado poder financiero en todas partes- les es sumamente fácil propagar y dar carácter internacional, con velocidad asombrosa, a cualquier movimiento subversivo público o secreto o a cualquier otro tipo de asociación. Sólo una institución como la sinagoga, de raíces milenarias en distintas partes del mundo, ha estado en posibilidad de dar rápidamente proporciones internacionales a tantos movimientos perversos con que ha intentado y sigue pretendiendo dominar a los pueblos y destruir sus libertades por medio de su arma favorita: el engaño. 

Para referirnos a otro de los grandes movimientos heréticos que en el siglo XII amenazaron con derrumbar todo el orden social, político y religiosos existente, vamos a preferir una vez más la cita de fuentes israelitas de gran autoridad. 

El rabino Jacob S. Raisin hablando de los valdenses dice: 

“Otro grupo heterodoxo formado dentro de la Iglesia, tuvo origen en Valdo, un rico comerciante de Lyon. El era un diligente estudiante de la Biblia y comisionó a dos sacerdotes a que la tradujeran al francés. Deseoso de poner en práctica el consejo de Jesús al joven rico, él distribuyó su riqueza entre los pobres y también entre aquellos de quien él la había adquirido, e hizo votos de pobreza (1176). Su ejemplo fue seguido por muchos hombres de la ciudad y los `Pobres de Lyon’ como fueron conocidos los valdenses, encontraron muchos imitadores no sólo en el norte de Francia, sino en España y en Italia”. Rabino Jacob S. Raisin, obra citada, Cap. XVII, p. 455. 

Como se podrá observar, la bandera de esta secta no podía ser más atractiva, sobre todo para las clases pobres de la población, que como siempre constituían la mayor parte. La apariencia de santidad y pureza de que se vistió su caudillo no podía ser más cautivadora. Todo ello contribuyó a que la potencia revolucionaria del movimiento fuera gigantesca. Es comprensible que tan grandes masas de fieles fueran pescadas con una fachada tan limpia, tan pura y benéfica para las clases humildes. Pero después iba apareciendo el veneno. El mismo citado rabino dice que: 

“Para estos devotos discípulos de los Ebionitas, la Iglesia Romana era la `Mujer Escarlata’ del Apocalipsis y su culto idolátrico (a las imágenes) como los cultos que ella había desplazado”. Rabino Jacob S. Raisin, obra citada, Cap. XVII, p. 455. 

Sin embargo, hasta aquí todo hacía creer que se trataba de un movimiento de inmaculada pureza, acaudillado por hombres que repartían sus riquezas y que seguían al pie de la letra las normas de perfección dictadas por Cristo Nuestro Señor, luchando contra las inmoralidades del clero, con las que pretendían comparar a la Santa Iglesia con la mujer escarlata del Apocalipsis. Es lógico que grandes masas, engañadas por tales apariencias, hayan sido arrastradas a la herejía. 

Por otra parte, sus doctrinas se apartaban menos de la ortodoxia que las de los cátaros y albigenses, que eran gnósticos y maniqueos; y por ello eran más fáciles de aceptar por la mayoría de los fieles. ¿Quién se iba a imaginar que tras tanta belleza se encubriera un nuevo y siniestro intento de judaizar a la sociedad cristiana y dominarla? 

Para usar una vez más una fuente indiscutible que narre el posterior cauce que tomó este movimiento de apariencia meramente filantrópica, utilizaremos de nuevo esa obra oficial del judaísmo que es la “Enciclopedia Judaica Castellana”, la cual, refiriéndose a los valdenses dice: 

“Los valdenses, secta que surgió hacia 1170 en Lyon, bajo la jefatura de Pedro Valdo, representan aquel aspecto del movimiento `bíblico´, en cuyo suelo había de brotar el protestantismo de Hus, Münzer, Zwinglio y otros reformadores de los siglos posteriores. Esa herejía alcanzó expansión considerable, desde Lyon y Provenza hasta Lorena y Valonia por el norte y hasta Hungría y Moravia por el este. Seguramente no es mera coincidencia que la cuna fuera la ciudad de Lyon, como la de los `passagii´ estuviera en Milán, grandes centros, uno y otro, de la vida e influencias judías...La Biblia valdense, conservada en algunos ejemplares (Manuscritos de Cambridge, siglo XIV, y de Grenoble), contenía no menos de 32 libros hebreos. Se leía en los `conventículos´ secretos, bajo la dirección de predicadores o `barbas´, nombre que se cree que es origen hebreo. Los valdenses se consideraban como el `verdadero Israel´ o según expresión de su jefe Muston, `Israel de los Alpes´. Comba y Muston hablan del éxodo y dispersión de los creyentes. Pedro Valdo es `el Moisés de ese pequeño pueblo que salió del país de la servidumbre´, y `el Padre, el Abraham de Israel de los Alpes antes de convertirse en su Moisés´. Los `barbas´ valdenses enviaban misioneros a Italia `para predicar el arrepentimiento y alimentar a las ovejas dispersas de Israel perseguido en los valles de los Alpes´. Los `barbas´ mismos, bien versados en las ciencias, las lenguas y las Escrituras se comparaban a los `Ancianos´ de Israel, cuyas `parroquias consistían en las dispersas tribus de Israel de los Alpes, de las que ellos eran los levitas y jueces´“. Enciclopedia Judaica Castellana, tomo III, vocablo Cristianismo, pp. 223, 224. 

La táctica de los hebreos de acusar a sus enemigos precisamente de lo que ellos hacen, llegó a su colmo en los ataques lanzados por la hebraica herejía de los valdenses en contra de la Tradición de la Santa Iglesia, fundamentalmente antijudía. Decían, según lo afirma el rabino Louis Israel Newman, que: 

“La tradición de la Iglesia era la tradición de los fariseos que es la frecuente acusación de los herejes. Los valdenses de Lombardía afirmaban que la salida de la Iglesia Romana era lícita, porque ya no era la Iglesia de Jesucristo, sino que estaba gobernada solamente por escribas y fariseos”. Rabino Louis Israel Newman, obra citada, libro II, p. 229. 

Después, en la página 237 de la citada obra, el mencionado rabino al tratar de la “asociación personal de judíos y valdenses”, recalca que existe la coincidencia de que ciudades en que los judíos eran numerosos e influyentes, como Lyon y Metz, fueron focos importantes de la herejía valdense; para afirmar después: 

“No solamente durante los siglos XII y XIII los valdenses y los judíos se agruparon juntos”. Y en la página 238 de la citada obra dice: “Junto a la evidencia de que hubo relación personal entre los judíos de Provenza y los valdenses en el siglo XIII, existe también la evidencia de que durante el siglo XV los husitas y los judíos estuvieron en frecuente contacto y los husitas y los valdenses estaban ligados directa e indirectamente. 

Durante el siglo XVI, antes y después del comienzo de la Reforma, las relaciones personales entre los judíos y los últimos valdenses se multiplicaron...Y tan tarde como en el siglo XIX, nosotros encontramos a los valdenses y a los judíos agrupados no en relaciones intelectuales sino en gubernamentales. Así en Italia en 13 de septiembre de 1849, fue creada una Comisión Ministerial con el propósito de reorganizar la administración de valdenses y judíos”. Rabino Louis Israel Newman, obra citada, libro II, pp. 237, 238. 

Finalmente citaremos otro dato interesantísimo que nos proporciona el historiador israelita Gerson Wolf, quien afirma que en el siglo XV los judíos fueron incluidos en una acusación que les imputaba el cargo de estar ocluidos en una conspiración en compañía de los husitas y de los valdenses en contra de las fuerzas entonces gobernantes [Gerson Wolf, Studien sur Jubelfeier der Wiener Universitat (Estudio sobre el jubileo de la Universidad de Viena), edición de Viena, 1865, pp. 22, 23.]. Este judío fue perseguido por el gobierno austriaco por haber escrito un libro de tendencias subversivas titulado “La democracia y el socialismo”. 

Datos valiosos sobre dicha conjura hebrea obran en el informe contenido en el “Libro de Actas de la Facultad de Teología de la Universidad de Viena”, y concretamente en acta del 10 de enero de 1419, por lo que quienes tengan interés en profundizar en el estudio sobre esta conspiración judía, husita y valdense del siglo XV para derrocar el orden de cosas entonces existente, pueden recurrir al documento original acabado de citar. Libro de actas de la Facultad de Teología de la Universidad de Viena, MSS. Acta del 10 de enero de 1419.



Maurice Pinay, 'Complot contra la Iglesia', tomo III, capítulo XXX, Imprimatur Canónico de Monseñor Juan Navarrete, Arzobispo de Hermosillo, Sonora.






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