Para vencer a un enemigo lo primero que se necesita es conocer su existencia.


02 Nov
02Nov



Con el conocimiento de la verdad histórica, las generaciones de cristianos y gentiles podían identificar siempre a sus principales enemigos, cuidarse de ellos y hacer fracasar sus renovados planes subversivos y dominadores. De la misma manera, con el conocimiento de la verdad histórica, los sacerdotes y dignidades de la Santa Iglesia se daban cuenta plena de que el más enconado enemigo de Cristo y de la Cristiandad era el judaísmo satánico, quedando así en condiciones de defender a la Iglesia de todas sus asechanzas, pues para vencer a un enemigo lo primero que se necesita es conocer su existencia. No hay nada tan peligroso como un adversario. 

El imperialismo judío lo comprendió muy a tiempo y por eso gastaba energías gigantescas en una serie de movimientos herético-revolucionarios con intentos de conquista política, aunque eran sangrientamente derrotados, con pérdidas enormes para la Sinagoga de Satanás. Estos infaustos resultados le enseñaron a dedicar con verdadera atención parte de sus energías a una labor organizada a largo plazo, para falsificar la historia civil y religiosa de los cristianos, amputándole todo aquello relacionado con las conspiraciones, agresiones o movimientos revolucionarios de los judíos, hasta lograr la eliminación en los textos de historia de toda alusión a la participación de los judíos en dichas actividades que desde hace siglos han realizado y preparado con perseverancia y energías dignas de mejor causa. 

Si se quieren comprobar estos asertos, puede hacerse un estudio comparativo entre la versión que dan de los mismos hechos las crónicas e historias medievales y la que dan las historias elaboradas en nuestra época. Se puede encontrar sin dificultad, al llevar a cabo la confrontación, que de estas últimas han sido cuidadosamente eliminadas todas y cada una de las alusiones hechas en las crónicas medievales a la participación de los judíos en complots, revueltas, crímenes, traiciones al rey y a la nación respectiva, etc., cuando que los textos modernos de historia deberían reproducir la verdad tal como está consignada en las fuentes que les sirvieron de base. 

Lo mismo ocurre con los textos históricos de la Santa Iglesia católica. Los clérigos que se interesan en esta clase de estudios, que hagan una minuciosa comparación entre las historias y crónicas de la Iglesia, los escritos de los Padres, las bulas y actas de los concilios elaboradas entre los siglos I y XV de la Era Cristiana sobre hechos ocurridos en esos tiempos y las narraciones históricas que sobre esos mismos hechos se han escrito en nuestra época, y podemos asegurarles el mayor asombro, ante las misteriosas omisiones de las Historias modernas de la Iglesia, que eliminan cuidadosamente toda alusión hecha en las crónicas y documentos antiguos que les sirvieron de antecedente, siempre que se trate de la intervención de los judíos en las herejías y movimientos de toda clase contra la Iglesia y los Papas, o en los crímenes y conjuras contra los pueblos cristianos. 

Es evidente que en los textos de historia de distintos países hay diferentes errores sobre unos u otros hechos, pero lo que es sumamente extraño y revelador es que en todos, o en casi todos lo textos modernos, han quedado eliminadas precisamente, como curiosa coincidencia, todas las referencias que figuran en las historias, crónicas y documentos medievales sobre la intervención subversiva y dañina de los judíos en los acontecimientos históricos de esa época. Sería ridículo pensar que tan general como permanente circunstancia se haya debido a la casualidad, a una especie de arte de magia que hizo desaparecer de los textos de historia solamente un renglón de las actividades sociales; exactamente aquéllas cuyo conocimiento por las nuevas generaciones serviría para mantenerlas alerta y con el ánimo dispuesto a defenderse del judaísmo. Se ve, pues, que ha existido una labor organizada a través de los siglos para ir eliminando de las nuevas fuentes históricas todo aquello que puede perjudicar a los judíos en sus planes de dominio mundial. 

Cualquier investigador serio podrá percatarse de que esta mutilación de las crónicas y textos históricos fue siendo más frecuente y generalizada a medida que los judíos y, principalmente, los falsos conversos al cristianismo, fueron infiltrándose en la sociedad cristiana y adquiriendo en ella mayor influencia; y por lo que respecta a la historia de la Iglesia, las mutilaciones fueron siendo mayores cuanto mayor fue la afluencia de cristianos nuevos criptojudíos que se introdujeron en el clero de la Santa Iglesia con miras a adueñarse de ella por dentro o de desgarrarla con cismas y herejías. Así, por ejemplo, podemos observar que hasta el siglo XI de la Era Cristiana las crónicas y documentos hacen mención a la dañina y destructiva participación de los judíos en los acontecimientos sociales, como hace alusión a los demás acontecimientos históricos interesantes, pero que a partir del siglo XV empezaron a aparecer como escritos por cristianos y hasta por clérigos católicos, textos históricos cuyos autores eran por lo general judíos conversos o descendientes de conversos, textos en los cuales se empezaban a eliminar cuidadosamente las alusiones a las maldades de los hebreos, mencionados sin embargo en otras crónicas escritas por verdaderos cristianos. Se llegó en dichos textos a omitir cualquier dato referente a la participación de los judíos en algunos acontecimientos y hasta incluso se intentó falsificar ciertos hechos. 

Lo más grave del caso es que a medida que los historiadores y cronistas criptojudíos descendientes de los falsos conversos al cristianismo iban multiplicando los textos de historia y las crónicas de su época, los historiadores auténticamente cristianos, yéndose por el camino más fácil, se documentaban en esas fuentes ya mutiladas, sin tener la acuciosidad de recurrir a los datos más antiguos y fidedignos que consignaban los acontecimientos sin supresiones malintencionadas. Así podrá comprobarse que ya en el siglo XIX casi ningún texto de historia, ya sea eclesiástica o civil, y ni siquiera en los elaborados por personas de buena fe, aparecen referencias a la nociva actuación de los judíos en los siglos anteriores. Hemos llegado a la triste situación de tener que recurrir a los textos de historia judía destinados al consumo interno de las sinagoga para reconstruir, en gran parte, la verdadera historia de la Santa Iglesia. 

Ante el hecho incontrovertible de que en la actualidad, tanto la historia de la Iglesia que se estudia en los seminarios, como la civil que se estudia en escuelas y universidades, están incompletas y deformadas al faltarles todo aquello que pueda dar una idea de quiénes son los más constantes y peores enemigos de la iglesia y de la humanidad, es verdaderamente urgente que se ponga especial empeño por quienes tienen recursos financieros para hacerlo, en financiar la dedicación de investigadores libres de toda sospecha de complicidad con el judaísmo para que se dediquen a reconstruir la verdadera historia de la Santa Iglesia y también la auténtica historia de Europa. De esta forma se logrará que las nuevas generaciones de civiles y de eclesiásticos se libren de esta oscura venda que tienen ante los ojos y estén en constante alerta, listos para defenderse de los nuevos embates y conspiraciones fraguados por el enemigo. 

SERÁ DECISIVO QUE SE PONGA EMPEÑO CAPITAL EN LOGRAR QUE EN LOS SEMINARIOS DESTINADOS A FORMAR LOS FUTUROS CLÉRIGOS DE LA IGLESIA, SE LES INSTRUYA A FONDO SOBRE EL PELIGRO JUDÍO, COMO SE HACÍA EN SIGLOS ANTERIORES, YA QUE UN CLERO QUE NI SIQUIERA CONOCE LA CONSPIRACIÓN MORTAL URDIDA CONTRA LA IGLESIA POR SUS MÁS PODEROSOS ENEMIGOS, SERÁ INCAPAZ DE DEFENDER A LA IGLESIA Y A SUS FIELES DE LAS GARRAS DEL LOBO, PERDIENDO TAL CLERO LA FUNCIÓN VITAL QUE LE ASIGNÓ CRISTO NUESTRO SEÑOR, O SEA, CUIDAR A LAS OVEJAS CONTRA EL LOBO. En vista de ello autorizamos a los obispos y directores de seminarios que quieran imponer esta obra como libro de texto para los seminarios a que lo hagan, haciendo de él traducciones y ediciones, sin cobrarles nosotros derechos de autor. 

La santa Iglesia, en su liturgia y en sus ritos, hace constante referencia a la peligrosidad de los judíos, a su perfidia y a su odio perverso contra Cristo y su Iglesia. Esta prevención molesta mucho a los judíos, porque supone una alerta constante sobre algo que los hebreos quisieran borrar de la mente de los cristianos: su perversidad y peligrosidad, de las que hay que cuidarse mucho. Por eso ahora quieren dar un paso increíble por su audacia, aprovechándose del actual Concilio Ecuménico Vaticano II, con el fin de gestionar por medio de su quinta columna en el seno de la Santa Iglesia, una verdadera reforma en ésta consistente en cambiar la liturgia y los ritos, eliminando todas las alusiones a la perversidad y peligrosidad de los hebreos. 

Con esto los judíos y sus cómplices dentro del clero pretenden reforzar la venda que han puesto desde hace tiempo en los ojos de los cristianos y de sus jerarcas religiosos, que ignorando quién es el enemigo capital de la Iglesia y de la Cristiandad, ni siquiera tienen posibilidad de defenderse. 

Es preciso tomar en cuenta que todos los celosos clérigos que fueron elaborando con cuidado la liturgia y los ritos, así como la Santa Iglesia que durante siglos los ha hecho suyos, tuvieron fundadísimas razones para hacer ciertas alusiones muy claras contra los judíos. La Santa Iglesia, al haberlos aceptado, lejos de equivocarse como lo pretenden los que están haciendo el juego al judaísmo, estuvo como institución divina que es, del todo acertada. 

La otra parte de este mismo plan, consistente en eliminar la Tradición como fuente de revelación, ha sido estudiada en otros capítulos en los que se ha hecho hincapié en que el objeto principal de esta infame maniobra no es otro que eliminar como doctrina de la Iglesia la establecida en bulas, cánones conciliares y doctrina de los Padres, de tendencia profundamente antijudía, aunque las razones aparentes aducidas sean muy distintas. 



Maurice Pinay, 'Complot contra la Iglesia,' tomo III, capitulo XL.











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