Cómo los monjes castigaban sus cuerpos.


Los santos monjes, mortificaban su cuerpo, pues les hacía dura guerra en su camino a la santidad. 

El cuerpo combate la santidad con su soberbia, avaricia, impureza, y demás debilidades de la carne, que llega a tal grado, que hace alianza don del demonio y el mundo. 

No debemos destruir el cuerpo, pues, constituye un pecado grave, pero sí, mortificarlo en todo lo que nos aparte de la santa ley de Dios Nuestro Señor. 

El cuerpo, es instrumento de nuestra santificación o de nuestra perdición, por ello, el rigor de los santos monjes en la mortificación, para lograr con la gracia de Dios, hacer del cuerpo y fiel aliado de la salvación eterna. Meditemos el ejemplo:

“Andaban aquellos santos monjes antiguos con tan grande cuidado   en   este  ejercicio,  procurando   de mortificar y disminuir las fuerzas a este enemigo, que cuando  otros medios no bastaban, tomaban trabajos corporales muy excesivos para domar y quebrantar su cuerpo, como cuenta Paladio de un monje que era muy fatigado de pensamientos de vanidad y soberbia y no podía echarlos de sí; acordó de tomar una espuerta, y pasar a cuestas un gran montón de  tierra de una parte a otra. 

Preguntabanle: ¿Qué hacéis?  Respondía: Atormento y fatigo a quien me fatiga y atormenta: véngome de mi enemigo. Lo mismo  se  dice  de  Macario  en  su vida; y   de San Doroteo se cuenta que hacía gran penitencia y afligía mucho su cuerpo. Y una vez, viéndole otro tan trabajado, díjole:   ¿Por qué atormentas tanto tu cuerpo? Respondió: porque me mata él a mí. El glorioso Bernardo encendido en un odio y coraje santo contra su cuerpo, como contra enemigo suyo capital, decía: Levántese Dios en nuestra ayuda, y sea destruido este enemigo, menospreciador de Dios, amador del mundo y de sí mismo, siervo y esclavo del demonio. Por cierto, si tenéis buen sentir, que diréis conmigo: bien merece la muerte, muera el traidor, póngale en un palo, crucifíquenle.” Ejercicios de perfección y virtudes cristianas, San Alonso Rodríguez, T II, tratado 1° Cap IV pg.27.

Dios nos bendiga.

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