El demonio ataca las obras de San Felipe Neri.


Tomado del libro: Vida del glorioso padre y patriarca San Felipe Neri, escrito por el padre Juan Marciano, año 1853, tomo I, capitulo XIV: Suscita el demonio varias persecuciones contra el naciente Oratorio de las que queda victorioso por divina virtud y protección. Con las debidas licencias eclesiásticas.


“Indignábase el demonio lleno de envidia y de ira viendo la cruda guerra que le había declarado Felipe con sus ejercicios, y se enfurecía no solo porque a viva fuerza con las poderosas armas de la divina palabra, de la oración y de la frecuencia de los Sacramentos le arrebataba la injusta presa de tantas almas como tenía encadenadas en sus envejecidas y perversas costumbres; sino porque con las débiles armas de la lengua de los niños le vencía y le subyugaba, y porque con la dulzura de la música en sus santos ejercicios había llenado el infierno de luto y de dolor; y en fin porque aun en aquellos días en que solía triunfar reinando la disolución, se veía obligado a deplorar sus pérdidas, merced a la diligencia de Felipe. Poseído, pues, de rabia e indignación, incito con su venenoso hálito a cierta gente perversa a que suscitase horribles persecuciones contra el santo Padre y su naciente Instituto, censurando por boca de malignos y envidiosos los nuevos ejercicios, y calumniando las santas industrias de que se servía, hasta el punto de que llegasen falsas informaciones a oídos de los primeros prelados de la Iglesia; los cuales, movidos por el justo celo con que velan por el bien de los fieles, se informaron de todo, y conociendo la verdad por disposición divina, no solo no contrariaron el nuevo Instituto, sino que le dispensaron su protección; sirviendo así el soplo de la persecución alentado por el frio aquilón, en quien pensó sentar su asiento Lucifer, no para arrancar sino para arraigar más y más el nuevo árbol del Oratorio plantado por Felipe en el bello campo de la Iglesia.

En el año de 1559 se levantó la primera y fiera borrasca contra la costumbre de ir a las siete iglesias; pues viendo algunos malévolos y envidiosos el feliz aumento de los ejercicios de Felipe, y que crecía cada día más el número de sus discípulos, con reserva en un principio y después descaradamente, empezaron a morder su honra con ávido diente, llamándole ambicioso, amigo de alabanzas populares y de aplausos y séquito de los hombres; lo cual decían ellos, era tanto más monstruoso y detestable, cuanto que haciendo profesión de detestar el mundo, se llevaba la atención de toda Roma con aquella multitud de gente que conducía a las siete Iglesias. 

Otros más viles y de más baja condición, aunque no menos malignos que los primeros, le calumniaban diciendo que era un ambicioso y glotón; y viendo la provisión que se hacía, sin considerar el número de personas para que se destinaban ni la calidad de los manjares, atribuían aquel paseo a pasatiempo y golosina y nunca a devoción. Otros, en fin, de los que quieren pesarlo todo con la razón del Estado, y juzgar según los inicuos dictámenes de la mundana política, afirmaban que tan gran comitiva necesariamente había de ser causa de tumultos y ocasión de contiendas, debiéndose, por lo tanto, como aconsejaba la humana prudencia, impedir aquella reunión tan numerosa de gente. 

Propaladas estas falsas voces por la ciudad llegaron a oídos del mismo Felipe, el cual confiando en la rectitud de su conciencia, y mucho más en el favor de Dios, por cuya gloria había introducido aquella visita, lo dejo todo en manos de la Providencia divina; y porque entre los que no aprobaban la costumbre de visitar en congregación las siete iglesias, había alguna persona de categoría y aun de estado religioso, y el santo Padre no podía sufrir que sus hijos murmurasen de aquellos; él mismo, para conservarles el crédito y la estimación, se esforzaba por excusarlos, y finalmente para impedir toda clase de queja y murmuración contra ellos, mandó a Antonio Galllonio que no bien alguno empezase a abrir sus labios para hablar de tal materia, postrándose al punto en tierra dijese: ‘Confieso mi culpa de haber murmurado de tal o cual persona;’ para hacer de este modo que se enmendase, e impedir que siguiesen los que trataban de imitarle.

Mas mientras Felipe obraba así, los émulos y envidiosos no contentos con las calumnias propaladas contra el Santo en la ciudad de Roma, le acusaron al vicario del Papa, informándole siniestramente de que era un ambicioso y soberbio, motor de conjuraciones; y, por último, que intentaba formar una nueva secta. Apenas lo oyó aquel Prelado, deseoso de conservar la ciudad libre de alborotos, mandó llamar a Felipe, a quien reprendió ásperamente, echándole en cara cuanto sus émulos le habían referido: después le ordenó que no solo se abstuviese de llevar comitiva alguna, sino que por quince días no confesase ni hiciese otros ejercicios sin nueva licencia; amenazándole con la cárcel si puntualmente no obedecía. Cualquier otro que no hubiere tenido el ánimo del Santo, se hubiera abatido seguramente con el tono de estas palabras; pero él recibió aquella afrenta con sereno y alegre rostro, contestando en seguida con la debida modestia ‘que así como para gloria de Dios había introducido aquellos ejercicios, también para gloria de Dios estaba pronto a omitirlos; pues siempre anteponía a su particular inclinación las órdenes de los superiores; y que había dado principio a las visitas de las siete iglesias no con otro objeto que el de recrear los ánimos de sus penitentes y desviarlos de las desenvolturas y licencias del Carnaval.’ Pero, ¡ah!  ¡y cuán poderosas son las siniestras informaciones, como vayan bien disfrazadas! A la modesta respuesta de Felipe, irritándose más aquel Prelado lo calificó de ambicioso y dijo que cuanto hacía no era ya por mayor honra de Dios, sino para formarse una secta; y añadiendo otras semejantes palabras le despidió, asegurándose antes de que se presentara en juicio toda vez que se le ordenara.

Apenas salió Felipe del palacio, cuando como exacto custodio de la obediencia y puntual observador de las órdenes de los superiores, principalmente eclesiásticos, prohibió a los suyos que le siguiesen; asegurándoles sin embargo que en breve se aclararía en el mundo la verdad, y que por lo tanto tuviesen paciencia por algún tiempo. Pero aquí fue de ver la pena y trabajo que sintieron sus hijos, viéndose privados de la dulce conversación de su amado Padre, con cuyas fervorosas palabras sentían encenderse en su pecho el fuego del santo amor. Como ovejas separadas de su pastor se quejaban amargamente con profundos suspiros; y cuando más se alejaba el Santo, prohibiéndoles que le siguieren, tanto más crecía el deseo de seguirle. Acostumbraba él para impedir a los suyos que le acompañasen cuando andaba por Roma, mandar a unos hacia un punto, a otros hacia el opuesto; y aquellos, a quienes parecía no poder vivir sin él y sin gozar de su amable presencia y compañía, le esperaban ocultos en algún sitio por donde sabían que debía pasar, y en cuanto pasaba le seguían a lo largo, gozando en ir en pos de sus huellas, aunque fuera de lejos. 

El sin embargo, como es propio de los siervos de Dios, no sólo en aquellos trabajos conservaba la misma igualdad de ánimo y serenidad de rostro sino que sacaba de ellos sentimientos de profunda humildad, diciendo que aquella persecución se la mandaba Dios para que alcanzase la verdadera humildad; y que por lo tanto había de cesar cuando hubiese sacado de ella el fruto que Dios pretendía.

Entre tanto con ardientes preces encomendaban este asunto al Señor muchos de sus siervos, que a petición de Felipe hacían por ello continuas oraciones: con lo que destruyesen las maquinaciones de sus adversarios, no solo hizo Dios conocer la inocencia del Santo, sino que dispuso que tuviera aviso de ello por una persona desconocida. Hallábase un día con alguno de sus compañeros cuando se presentó un sacerdote cubierto de tosco hábito ceñido con un cordel, de grave aspecto, de color moreno y barba y cabellos negros, y en presencia de todos dijo que le mandaban algunos religiosos, a quienes Dios había manifestado una cosa muy importante: y después llamando aparte a Francisco María Tarugi se la declaró. Díjole que estableciesen la oración de las cuarenta horas, y que estuviesen seguros de que además del gran provecho que de ella se seguiría a las almas, toda aquella persecución que por arte del demonio había sido levantada, se desvanecería como el humo y la obra del Oratorio florecería más gloriosa que nunca, añadiendo por último que quien impugnaba a Felipe y sus ejercicios, sería castigado por Dios si no desistía de su mala empresa.Y en efecto sucedió cuanto dijo: pues habiendo dado cuenta el Santo a los superiores de las cosas que se le oponían, sin servirse de medios humanos, con sola su modestia y humildad, se cercioraron de la inocencia de su vida e integridad de costumbres, y se le restituyo la facultad de confesar, animándosele para que viviera como antes. 

Y porque un Prelado primario continuaba impugnándole, le sorprendió repentinamente la muerte, después de haber ido a dar noticia al Papa de lo sucedido; e igualmente porque una persona a quien no agradaba aquella costumbre de ir a las siete iglesias, dijo con malignidad a un compañero suyo: ‘¿Tú no sabes que estos Gerónimo (así eran llamados en Nápoles en aquellos tiempos y aun en el día los padres del Oratorio) han ido a las siete iglesias, llevando consigo siete caballerías cargadas de tortas?’ añadiendo otras palabras de burla y de desprecio; sintió en breve muy pesada la mano de la divina justicia, pues a los pocos días fue asesinado, y aún el compañero que le escuchó murió también en breve. Entre tanto el Sumo Pontífice, que entonces lo era Paulo IV, varón de suma integridad y justicia, habiendo oído cuanto había pasado, y conociendo la santidad e inocencia de Felipe, que era guiado en sus acciones por un espíritu superior, al cabo de algún tiempo en señal de benevolencia y de estima le mando un presente de dos cirios dorados de los que en la capilla pontificia arden en presencia de su Santidad el día de la Purificación de la Virgen Santísima; mandándole a decir que le daba amplia facultad para ir a las siete iglesias y para hacer los demás ejercicios acostumbrados, y añadiendo que le pesaba de no poder ir él mismo en persona, encomendándose por último a sus oraciones.

Reconocidos Felipe y sus hijos al cielo, por estos favores bendecían y daban gracias a la divina Bondad, porque con su poderosa virtud había calmado aquella borrasca, y después del oscuro nublado de una tan horrible persecución les había concedido la deseada serenidad. Determinaron por tanto dar públicamente al Altísimo las debidas gracias visitando las mismas siete iglesias; lo que se hizo con grandísimo concurso de personas que quisieron ser partícipes de aquel recreo espiritual tan impugnado por los envidiosos y malévolos.Pasada esta tempestad, descanso por algunos años el Oratorio; pero no descansaba el demonio, a quien después de tantas maquinaciones urdidas con sus infernales artificios, y las cotidianas pérdidas que el triunfante Oratorio hacía sentir al abismo, le encendía en mayor cólera. Para vengarse, pues, y para saciar en parte su rabioso furor, bajo el pretexto de celo obró de manera que algunos otros suscitasen una nueva y mayor persecución contra los ejercicios del Oratorio. Así sucedió mientras gobernaba la Iglesia el santo Pontífice Pío V, en el segundo año de su Pontificado, y de Cristo 1567. 

Gallonio que lo refiere no dice cual fuere el motivo, ni cuales las armas de que se valieron en esta nueva persecución: cuenta solo que no faltando quien tuviese por sospechoso el Instituto, no pensaba en otra cosa día y noche que en destruirle; pero que a pesar de los poderosos esfuerzos salieron vanos sus intentos, porque Dios le defendió y protegió como obra suya.En el año quinto del mismo Pontificado, y en principio de 1570, fue atacado con más vigor y descaro, y principalmente su primer ejercicio de los razonamientos familiares. Levantaronse algunos audaces y no titubearon en decir al Papa que en los discursos, que se hacían en S. Gerónimo en presencia y por orden del santo P. Felipe, o por sencillez, o por imprudencia, o acaso por arrogancia del que razonaba, se decían muchas ligerezas y despropósitos, y que se sacaban ejemplos no bien fundados; lo que podía causar un grave escándalo a los oyentes. 

Llegando a oídos del Pontífice estas siniestras noticias, como prudente y celoso Pastor, mando a dos doctísimos teólogos de su misma orden de Predicadores, los cuales fueron el P. M. Paulino de Lucca, y el P. M. Alejandro Franceschi, que después fue Obispo de Forti, que fuesen (sin que el uno supiese la comisión del otro) a oír los razonamientos que se hacían en el Oratorio, y observasen detenidamente si lo que en él se decía era conforme a las doctrinas de la fe católica y reglas de las buenas costumbres y de la cristiana prudencia, y que le dieren cuenta circunstanciada de todo. Empezaron pues según su comisión, a frecuentar el Oratorio aquellos buenos y doctos religiosos para ver qué doctrinas en él enseñaban. Por este tiempo Alejandro de Médici, embajador entonces del Gran Duque de Florencia (que después por sus méritos vistió la Púrpura, y llegó a ocupar el solio de S. Pedro) fue a la audiencia del Papa, quien después de tratar con él algunos negocios, y sabiendo como sabía que frecuentaba también el Oratorio, le dijo que allí se hablaba con poca cautela, y especificó que habiéndose referido el ejemplo de la santa virgen y mártir Polonia, que por sí misma se había lanzado a las llamas, no se explicó después como había hecho esto la Santa movida por especial impulso e inspiración del Espíritu Santo.

Toda esta conversación que tuvo con el Pontífice estando solo con el citado embajador no se ocultó a Felipe, aunque ausente, como se deja ver por lo que en breve sucedió. Concluyendo el embajador su audiencia con el Papa, fue a la minerva a oír el sermón. Instolé allí German Fideli de parte del santo padre Felipe para que se dignase llegarse a verle porque tenía que hablarle de un negocio, y le era imposible ir él mismo en persona por estar desazonado de un pie y en cama. Aquel bondadoso señor se dirigíos a S. Gerónimo inmediatamente que comió, y como piadoso y devoto que era, quiso antes de ir al aposento del Santo asistir a los sermones del Oratorio: disposición seguramente del cielo para que conociese con evidencia la santidad de Felipe, que con la luz superior supo esto y lo que aquella misma mañana había pasado entre el embajador y el Papa; por cuyo motivo había mandado a Tarugi, que debía predicar aquel día, que tratase de las cosas pertenecientes a los sermones de que había hablado el Papa con el embajador, y particularmente refiriese con la debida cautela el ejemplo de la santa Polonia. 

Llenose de asombro el embajador al oír hablar de tales cosas; pero aún más debió admirarse cuando después de los sermones entró en el aposento de Felipe, y oyó que este le preguntaba: ‘¿Qué os ha dicho el Papa esta mañana tocante a nosotros?’ No pudo ocultar ya lo que veía que era tan conocido del Santo; por lo que le contó detenidamente lo que él no podía saber, como no supo, sino por divina revelación, pues aquella conversación entre el embajador ye el Papa nadie absolutamente la había oído.En tanto los dos religiosos Dominicos, observando no sin admiración el espíritu de Felipe, y el modo y orden que se guardaba en el hablar, y la fuerza, eficacia y sana doctrina con que el Santo y sus discípulos trataban de las cosas espirituales, refirieron al Papa que habiendo oído muchas veces los sermones, y escudriñando cuanto en ellos se decía, habían conocido que en los hijos del santo Padre iba unida la doctrina a la piedad, y al espíritu la seguridad de tratar los asuntos en la forma que convenía. 

Regocijóse el Papa con este anuncio, y se alegró de que en tiempo de su Pontificado hubiese tales hombres en Roma, aumentándose en él hasta el extremo la estimación a Felipe y sus hijos: Y esto mismo lo demostró en efecto con las obras, pues debiendo mandar por su legado a látere a España, Francia y Portugal al cardenal Alejandrino su sobrino, eligió entre los demás sujetos eminentes destinados a acompañarle, a Francisco María Tarugi, a quien declaró todos los secretos importantes que debían tratarse en aquella legación. De este modo quedó desvanecida con el divino auxilio esta nueva impugnación contra el naciente Oratorio, al que quedaron tan adictos los dos citados religiosos que aún después de terminada su comisión, siguieron, sin embargo asistiendo casi diariamente por devoción a los sermones, predicando ellos mismos repetidas veces en el Oratorio: lo que igualmente hacían otros muchos religiosos de varias Órdenes, y entre ellos frecuentemente el P. Francechino del orden seráfico de S. Francisco, famoso predicador y religioso de ejemplar vida.Habiendo trasladado el Oratorio como se ha dicho, desde S. Gerónimo a S. Juan de los Florentinos, en donde sus naturales habían fabricado a sus expensas en la ribera del Tíber un edificio a propósito para los ejercicios introducidos por Felipe, permanecieron en él sus hijos por muchos años atendiendo tranquila y pacíficamente a la conquista y conversión de las almas. Pero al fin se intentó el último asalto contra aquella ejemplar reunión; porque el demonio, que había quedado burlado y perdido en las pasadas batallas, pensó en moverle una nueva guerra, tanto más peligrosa, cuanto había de ser intestina, y tener origen en uno de los mismos que allí vivía con los demás. Refiere este hecho Baronio en su ya citado manuscrito.

Vivian en aquel santo lugar aquellos venerables sacerdotes con admirable edificación, ocupándose todos por fuera en promover la gloria de Dios, y por dentro en el mutuo amor, reinando entre ellos la cridad de modo que se amaban más que si fueran hermanos, cuando el demonio para hacer el último esfuerzo a fin de destruir aquella para él demasiado importuna Congregación, tentó a uno cuyo nombre no cita Baronio, el cual, siendo el último que en S. Juan se había reunido a la virtuosa hueste de Felipe, pretendió ser el Benjamín, solo para dar muerte a la madre que le había tenido en su seno. No se portaba él como convenía a un hijo de tan gran padre como Felipe, y aun hermano de tan virtuosos sacerdotes como Tarugi, Baronio y los demás compañeros. 

Con paternal amor y con su natural suavidad le amonestó y dirigió el santo Padre a fin de atraerlo al buen camino; pero viendo que con él era perjudicial más que provechosa la benignidad con que regía a los suyos, pues persistiendo en su desobediencia despreciaba sus órdenes y exhortaciones, para que como oveja dañada no contagiase a los demás, le expulsó de aquel pequeño rebaño, y le separó de la compañía de los otros. Pues este fue precisamente el instrumento de que se sirvió el demonio para hacer las últimas pruebas contra el Oratorio, que por decirlo así aún estaba en su infancia. Con su hálito ponzoñoso llenó el corazón de este infeliz de indignación y de rabia, para que la arrojase contra aquel inventando mil mentiras y falsedades. No es decible lo que hizo y propaló el irritado maligno espíritu, a cuyo fin tuvo a bien de representar al mal sacerdote como una afrenta lo que solo era un merecido castigo: baste saber que no hubo piedra que no removiese para hacer caer el naciente edificio. 

Con estudiadas invenciones y calumnias trató de desacreditar con los Florentinos a sus hermanos, y concitar contra ellos su odio tejiendo una continuada serie de graves imposturas. Y ya había logrado con sus engaños hacer que en varios conciliábulos se tratase de expulsar de S. Juan a los que justamente le habían echado de su compañía: cuando hizo Dios salir un nuevo Gamal, es decir uno que era bastante principal entre los de la nación Florentina y estimado de todos, el cual sabedor de la bondad y virtud de los Padres y de la malignidad del calumniador expulsado, tomando el partido de la combatida inocencia, con la fuerza de las razones y con su autoridad reprendió a los otros e hizo que quedase totalmente desvanecida la nube levantada por Lucifer para arruinar el apenas nacido Instituto, y permitida por Dios para establecerle mejor y perpetuarle, como dentro de poco veremos.”

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