El desaliento no es humildad, es orgullo.



Ave María Purísima, sin pecado original concebida.



El desaliento es el arma favorita del demonio.

"Si tenemos confianza, aunque hayamos caído en todos los crímenes, aunque estemos en el fondo de todos los abismos, la confianza es suficientemente poderosa para levantarnos, para volvernos a colocar en el pináculo de la santidad.

Por eso debemos huir del desaliento. Siempre que veamos que el desaliento se acerca a nosotros, tengamos por cierto de que por ahí anda el diablo. Nunca el desaliento es bueno. El menos malo es el que viene de la neurastenia.

Debemos tener ánimo siempre, debemos tener confianza y ese ánimo que no se fundan en nuestras propias fuerzas, sino en el poder de Dios.

¿SABEMOS CUÁL ES MUY FRECUENTEMENTE LA CAUSA DEL DESALIENTO? ES LA FALTA DE HUMILDAD.

Parece extraño. A primera vista se diría: ¿qué cosa más propia de la humildad que el desalentarse? Si yo veo que no valgo nada, estoy lleno de miserias, entonces parece muy propio de la humildad el desaliento.

No; a la humildad le levantan muchos falsos testimonios. Piensan que la humildad es una virtud muy pusilánime, muy deprimente. Y nada de esto, es una virtud fuerte, vigorosa. ¿No fue esa la virtud característica de San Miguel Arcángel con la que acabó con el poder del demonio? La humildad es una de las virtudes más fuertes. Nuestro Señor ¿con qué destruyó también el poder del demonio si no con la santa humildad? No, no es una virtud pusilánime.

El desaliento es propio del orgullo; el orgullo si que es cobarde, que es pusilánime, que es débil. La mayor parte de las desconfianzas y de los desalientos vienen de la falta de humildad. Aunque aparentemente se den motivos de humildad, en el fondo es la que falta.¿Por qué nos desalentamos? Porque nos sentimos mal al vernos cubiertos de miserias. Quisiéramos estar limpios, en las alturas… y cuando viene una mancha, una falta, una tentación, nos desalentamos.

No vayamos a pensar que es de ordinario porque aquello es ofensa a Dios. ¡No, no! En el fondo es por soberbia, por lo que no nos queremos ver manchados. ¡Cometí una falta, estoy lleno de tentaciones! Entonces mejor dejo esto, porque yo no me tolero así.

En el fondo el desaliento viene, en multitud de casos, de falta de humildad.Por eso la humildad y la confianza se hermanan y se completan; la humildad nos pone en nuestro lugar, abajo; la confianza nos eleva; la humildad nos hace desconfiar de nosotros mismos, la confianza nos hace apoyarnos en Dios. Con esas dos virtudes, la humildad y la confianza, podemos ir tranquilamente hasta la cumbre de la perfección.

Dice San Francisco de Sales en alguna parte que debemos morir entre dos almohadones: la humildad y la confianza. Pues yo creo que debemos vivir con toda nuestra vida en medio de esos dos almohadones, la humildad y la confianza, porque con ellos podemos con toda seguridad llegar a la cumbre, donde se cumplirán los designios que Dios tiene sobre nuestras almas.”


Monseñor Luis María Martínez, Arzobispo primado de México, Espiritualidad de la Cruz, página 244.



Ave María Purísima, sin pecado original concebida.





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