El espíritu que anima a las personas y a las comunidades.


28 Sep
28Sep


Ave María Purísima, sin pecado original concebida.



I.- La grandeza o debilidad de una obra radica en el espíritu o intención de quien realiza la obra. 

No sólo es la obra santa en sí misma, requiere el espíritu o intención de la persona que hace la obra, de lo cual se genera una obra santa con méritos para la vida eterna, o una obra santa pervertida por la intención de la persona, buscando un provecho personal con grave daño para la salud de su alma:

  • “Y así cuando haces limosna, no hagáis tocar la trompeta delante de ti, como los hipócritas hacen en las Sinagogas, y en las calles, para ser honrados de los hombres.” Evangelio de San Mateo VI, 2.

  • “Y cuando ayunéis, no os pongáis tristes como los hipócritas. Porque desfiguran sus rostros, para hacer ver a los hombres que ayunan.” Evangelio de San Mateo VI, 16.

  • “Y cuando oráis, no seréis como los hipócritas, que aman el orar en pie en las Sinagogas, y en los cantones de las plazas, para ser vistos de los hombres.” Evangelio de San Mateo VI, 5. 


El espíritu o intención del hombre se comunica y se vive en una familia, en un Instituto Religioso, en una Comunidad, en una Iglesia, en una sociedad; entendiéndolo como una inclinación natural o propensión especial del alma o de una comunidad en su conjunto a obrar y juzgar conforme a la doctrina de Dios, del demonio o de la carne.

Así encontramos personas propensas a la oración, a la penitencia, a la contradicción, a la rebeldía.

Generalmente existen tres clases de espíritu: divino, diabólico y humano.



II.-  El espíritu divino.

Es la inclinación o propensión del alma a juzgar, amar, querer y obrar sobrenaturalmente; así se inclina a huir del pecado por la mortificación de la carne y por la humildad y a caminar a Dios por la obediencia verdadera, piedad, confianza y caridad (afectiva o efectiva).

El espíritu divino está latente en los insipientes de la vida espiritual, más manifiesto en los aprovechados y perfectos, como más dóciles al Espíritu Santo. 

Busca en todo la santificación del alma, la mayor gloria de Dios, el cumplimiento del santo Evangelio, la verdad, la caridad, la justicia, rechazando las obras opuestas.

El espíritu divino con los dones del Espíritu Santo [sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, piedad, temor de Dios, ciencia] lo podemos encontrar en la vida contemplativa, activa o apostólica.

Esto es lo que distingue una comunidad o una familia religiosa, ésta decae cuando se aparta de su propio espíritu y, por el contrario, se renueva cuando vuelve a él.



III.- El espíritu humano o naturalista.

Es la propensión a juzgar y a obrar de modo excesivamente natural (humano), según las inclinaciones de la naturaleza caída que busca en todo su provecho personal, la propia utilidad; podemos ver un espíritu de egoísmo como principio y termino.

Utiliza con frecuencia la prudencia de la carne, (no busca los intereses de Dios ni de la salvación eterna) es decir: el camino más a propósito para conseguir los intereses particulares, aun en contra de la ley de Dios.

Tiende a evitar los extremos y a buscar cierta conciliación entre la luz y las tinieblas, lo cual se le llama “espíritu de mediocridad”, pues tiende a evitar el esfuerzo de la virtud ascendente.

La mediocridad espiritual tiende a permanecer en un punto, en el camino de Dios, como si el hombre pudiera excederse en creer en Dios, en esperarlo todo de Él.

Este espíritu naturalista provoca la tibieza espiritual y conduce a la acedía [pereza espiritual que se caracteriza por una tristeza, envidia, sentimientos contra Dios], desciende por los pecados veniales a los mortales.

Huye de la mortificación, del padecer humillaciones; en la piedad busca el placer sensible, el sentirse bien, suele confundir la caridad con la filantropía, humanitarismo o liberalismo. Si viene la contradicción, la prueba, resiste a llevar la cruz y cae en insensiblemente en una desesperación.

Es muy característico el egoísmo, con una indiferencia de la gloria de Dios y la salvación eterna de las almas. Tiene sus propia teorías para justificarse: No hay que ser exagerado, es propio de los jóvenes, deben ser más moderados, la virtud esta en el medio.

Es muy propio de éste espíritu juzgar, analizar y formar conclusiones a través de la soberbia, de la satisfacción personal, revistiendo sus juicios con la prudencia de la carne.



IV.- El espíritu diabólico.

Es la inclinación a juzgar, querer y obrar, según las perversas inclinaciones del diablo o contra la obra de Dios.

Se manifiesta con claridad en los perversos en su soberbia, lujuria, ira; latente en los momentos de la tentación.

Existe un gozo o alegría en obrar contra la ley de Dios, una manera de pensar muy desarrollada para lograr el mal con apariencia de bien, una habilidad para sembrar la discordia, para descubrir los defectos y destruir lo que este en pie.

Suelen estos espíritus destruir familias o comunidades con sus comentarios, teniendo como aliados a los tibios o animados por el espíritu naturalista; normalmente no se manifiestan como son en realidad, suelen aparentar cierta bondad para obrar el mal sin ser vistos.

El espíritu diabólico, como oposición al espíritu de Dios, atiza el espíritu de soberbia y luego lleva el alma a la intranquilidad y desesperación, por lo mismo que pecó por soberbia y ahora permanece en constante desesperación y odio a Dios.

El espíritu del mal no siempre se aparta de las mortificaciones –así se distingue del espíritu natural-, sino que a veces impele a una mortificación externa exagerada, visible a todos, la cual, a la vez que corrobora la soberbia, debilita la salud. Pero no incita a la mortificación interna de la imaginación, del corazón, de la propia voluntad y del propio juicio.

Sobre las principales obligaciones de estado inspira hipocresía: “Ayuno dos veces por semana” Lucas XVIII, 12. Jamás impulsa  la humildad, sino que nos induce gradualmente a sobreestimarnos más de lo que es justo, más que a los demás, a que casi inconscientemente oremos como el fariseo: “¡Oh Dios! Te doy gracias de que no soy como los demás hombres… ni como el publicano.” Lucas XVIII, 11.

Esta soberbia espiritual va acompañada de una falsa humildad, por la que confesamos alguna de nuestras faltas, no sea que los demás nos echen en cara otras mayores, y para que nos tengan por humildes. Induce también a confundir la humildad con la timidez, hija de la soberbia y temerosa del desprecio. Así mismo no impulsa a la obediencia, sino que, según las circunstancias, moverá a la desobediencia o al servilismo.

Este espíritu instiga a hacer aquello que no es según nuestra vocación, verbigracia, al cartujo a evangelizar a los infieles o al misionero la vida eremítica de los cartujos. En la liturgia inspira que no oremos según la ordenación, verbigracia, en el Viernes Santo debes orar como si fuera el día de Navidad; mueve a novedades dogmáticas, corrompe y adultera los dogmas.



V.- ¿Cómo conocerlos?

Nuestro Señor Jesucristo nos enseña: “Por sus frutos los conoceréis… porque un árbol bueno da frutos buenos… y un árbol malo no puede dar frutos buenos”

Los frutos son las virtudes y los dones del Espíritu Santo, lo cual llevado a la vida cotidiana, lo materializamos, según su estado en la castidad y la modificación, obediencia humilde, fe, esperanza y caridad.

En toda alma predomina uno de estos espíritus: en los perversos, el espíritu diabólico; en los tibios, el espíritu naturalista. En los caminos del Señor, predomina el espíritu de Dios, aunque se mezcle a ratos el espíritu humano e incluso el diabólico.

El espíritu de naturaleza caída y no regenerada por la gracia inclina a la concupiscencia [apetito desordenado de satisfacer a los sentidos contra las normas de la razón] y más tarde a la pereza o flojedad en el apetito irascible; a la imprudencia y la astucia en el entendimiento. En una palabra es el espíritu de amor propio o desordenado amor de sí mismo, de egoísmo.

El espíritu de amor propio, conforme a Santo Tomás, inclina a las tres concupiscencias: de la carne, de los ojos y de la vida; los cuales conducen a los siete pecados capitales, que son cabeza de otros más graves: vanagloria, envidia, ira, avaricia, pereza [acedia], gula y lujuria.

Estos pecados capitales, a los cuales inclina el espíritu naturalista, disponen a graves daños para el alma: la incredulidad, la desesperación, el odio a Dios. 



VI.- Resoluciones practicas.


1º Conocer el espíritu de nuestras obras, de la comunidad en que vivimos para tener con la mayor exactitud un punto real en el cual nos encontramos. 

2º Tomar la determinación con la gracia de Dios de cambiar de vida, no en las exterioridades o apariencias, sino en el espíritu de las obras, desear la perfección del espíritu divino. 

Huir con presteza, apartarnos de las personas y comunidades infectadas por el espíritu diabólico y humano [insensiblemente se hará como ellos]. 

4º Pedir a Dios Nuestro Señor la gracia de un corazón contrito y humillado, vivir la verdadera humildad. Dice san Jerónimo, epist. 27: Multi humilitatis umbram, veritatem pauci sectantur: Muchos siguen la sombra y apariencia de humildad: fácil cosa es traer la cabeza inclinada, los ojos bajos, hablar con voz humilde, suspirar muchas veces, y a cada paso llamarse miserables y pecadores; pero si a esos los tocáis con una palabra, aunque sea muy liviana, luego veréis cuán lejos están de la verdadera humildad.

5º Rezar cada día el Santo Rosario, medio seguro de salvación eterna, con paciencia y perseverancia la Santísima Virgen María nos ha de bendecir e impregnar del espíritu de Dios Nuestro Señor.

"Aún cuando os hallaseis en el borde del abismo o tuvieseis ya un pie en el infierno; aunque hubieseis vendido vuestra alma al diablo; aun cuando fueseis un hereje endurecido y obstinado como un demonio, tarde o temprano os convertiréis y os salvaréis, con tal que (lo repito, y notad las palabras y los términos de mi consejo) recéis devotamente todos los días el Santo Rosario hasta la muerte, para conocer la verdad y obtener la contrición y el perdón de vuestros pecados." San Luis María G. de Montfort, El secreto del Rosario.


Dios te bendiga.




Ave María Purísima, sin pecado original concebida.




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