El odio es una ira envejecida.


EL ODIO es una ira envejecida, la cual, como el vinagre corrompe el vaso donde está, si está en él mucho tiempo, así el odio, que es ira cocida, destruye el corazón. Por amor de esto dice el Apóstol que no dure nuestra ira hasta el otro día, ni nos acostemos con ella, porque no venga á hacerse odio venenoso, que nos coma las entrañas, destruya la caridad y haga al hijo de Dios, que es hombre, esclavo y siervo del demonio.


La paz es lugar de Dios, y en el corazón pacifico mora el Espíritu Santo. Como el humo echa al hombre de casa, así la ira echa al Espíritu Santo del alma. Dios dice por Isaías: ¿Sobre quién descansará mi espíritu, sino sobre el humilde y quieto, y que teme mis palabras? Por el contrario, cuando el corazón tiene ira se hace habitación y morada del demonio, porque con ningún vicio así se enseñorea el demonio del hombre como con la ira, porque el hombre airado no duda de poner por obra todo lo que el demonio le manda, aunque sea muy grande pecado.


Menester es que tomando el consejo del Apóstol, echemos luego la ira del corazón antes que abrace toda la casa. Como el que tiene la casa de madera, y le pega juego, con el cual en un punto toda es quemada, así la ira es como un fuego, con la cual el impaciente en un punto con el fuego de su ira quema sus entrañas. El fuego, dice la Escritura, destruyó lo más hermoso del desierto. El corazón, que es la parte más noble del hombre, destruye este fuego…


Con el fuego de la ira hace guerra al demonio para hacer más daño. Como el Salvador del mundo trajo a la tierra fuego de amor para encender los corazones de los hombres, así el demonio trae fuego de ira.


El fuego de la ira en un credo destruye los merecimientos que se habían llegado en mucho tiempo. Es el airado como la olla que hierve al fuego, que derrama por la boca el agua con que quema a los que están cerca, y vacía lo que tiene, lo cual no hace la olla reposada. Así los encendidos en el fuego de la ira echan por la boca muchas imperfecciones y palabras desordenadas que queman y derraman la devoción que tienen.


Padre Fray Diego de San Cristóbal, año 1905. Tratado de la vanidad del mundo, tomo II, página 322.

Etiquetado:  Instrucción religiosa

Comentario: Deja comentario

* No se publicará la dirección de correo electrónico en el sitio web.