Falsa sabiduría del mundo.


Escrito de San Luis María G. de Montfort, Obras completas.


74. Dios tiene su Sabiduría, y es la única y verdadera que debe ser amada y buscada como un gran tesoro. Pero el mundo pervertido tiene también la suya, y ésta debe ser condenada y detestada como malvada y perniciosa.

Los filósofos también tienen su sabiduría, que debe ser rechazada como inútil y con frecuencia como peligrosa para la salvación.

Hasta aquí hemos hablado de la Sabiduría de Dios a las almas perfectas, como dice el Apóstol; pero, por temor de que se dejen engañar por el falso brillo de la sabiduría mundana, mostremos la impostura y malignidad de esta última.


75. De la sabiduría mundana se ha dicho: Perdam sapientiam sapientium [1 Corintios I, 9], “destruiré la sabiduría de los sabios”, según el mundo. Sapientia carnis inimica est Deo [Romanos VIII, 7], “La sabiduría de la carne es enemiga de Dios”. Non est ista sapientia desursum descendens, sed terrena, animalis, diabólica [Santiago III, 15]; “esta sabiduría no proviene del cielo, sino que es una sabiduría rastrera, animal y diabólica.”

La sabiduría mundana está completamente de acuerdo con las máximas y modas del mundo; es una propensión continua hacia la grandeza y estimación; es una busca continua y secreta de la propia satisfacción e interés, pero no de un modo grosero y provocador, cometiendo algún pecado escandaloso, sino de una manera solapada, astuta y política, pues de otro modo no sería sabiduría según el mundo, sino más bien libertinaje.


76. El mundo llama sabio al que sabe desenvolverse en sus negocios y sacar ventaja temporal de todo sin aparentar pretenderlo; al que conoce el arte de fingir y engañar con astucia, sin que los demás se den cuenta, al que dice o hace una cosa y piensa de otra; al que nada ignora de los gustos y cumplimientos del mundo; al que sabe adaptarse a todos para conseguir sus propósitos, sin preocuparse poco ni mucho de la honra y gloria de Dios; al que trata de armonizar la verdad con la mentira, el Evangelio con el mundo, la virtud con el pecado y a Jesucristo con Belial; al que desea pasar por hombre honrado, pero no por hombre piadoso; al que desprecia, interpreta torcidamente o condena con facilidad las prácticas piadosas que no se acomodan a las suyas. En fin: sabio, según el mundo, es aquel que, guiándose sólo por las luces de la razón y de los sentidos, trata únicamente de salvar las apariencias de cristiano y de hombre de bien, sin preocuparse lo más mínimo de dar gusto a Dios y de expiar por la penitencia los pecados que ha cometido contra su divina Majestad.


77. La conducta de este sabio se apoya en el punto de honra, en el “qué dirán”, en el vestir elegante, en la buena mesa, en el interés, en las comodidades y en las diversiones. Sobre esos siete móviles, que él considera inocentes, se apoya para llevar una vida tranquila.Posee virtudes especiales por las cuales canonizan los mundanos; tales como el valor, la finura, la buena crianza, la habilidad, la galantería, la urbanidad y la jovialidad. Mira como pecados considerables la insensibilidad, la necedad, la rusticidad, la santurronería.


78. El sabio según el mundo sigue con cuánta fidelidad puede los mandamientos que el mundo ha compuesto:

1ºConoce bien al mundo.

2ºVive como hombre honrado.

3ºProcura ganar dinero.

4ºConserva lo que ya tienes.

5ºAspira a grandes cosas.

6ºProcúrate amigos.

7ºFrecuenta la alta sociedad.

8ºProcura comer bien.

9ºEsquiva la melancolía.

10ºEvita la singularidad, la rusticidad, la grosería y la beatería.


79. Jamás ha estado el mundo tan corrompido como en la hora presente, porque jamás ha sido tan sagaz, tan prudente a su manera ni tan astuto. Utiliza tan finamente la verdad para inspirar el engaño, la virtud para autorizar el pecado, las máximas de Jesucristo para justificar las suyas, que incluso los más sabios según Dios son como víctimas de sus engaños. “El número de sabios según el mundo, o de esos locos según Dios, es infinito: stultorum infinitus est numerus.” [Eclesiástico I, 15].


80. La sabiduría terrena de que nos habla Santiago es el amor de los bienes de la tierra. De esta sabiduría es de la que hacen profesión secreta los sabios del mundo, cuando apegan su corazón a lo que poseen, cuando ambicionan riquezas, cuando emprenden pleitos o buscan sutilezas inútiles para tenerlos o mantenerlos, cuando no piensan, ni hablan, ni obran la mayor parte del día sino con miras a lograr o conservar algún bien temporal; cuando, si se preocupan de su salvación o de los medios de alcanzarla, como la confesión, la oración, etc., lo hacen a la ligera, por salir del paso, por intervalos y para cubrir las apariencias.


81. La sabiduría carnal es el afán de gozar. De esta sabiduría es de la que hacen profesión los mundanos cuando no buscan sino el goce de los sentidos; cuando gustan banquetear; cuando alejan de sí cuanto puede mortificar o incomodar al cuerpo, como los ayunos, las austeridades, etc.; cuando solamente piensan en beber, en beber, en gozar, en divertirse y en pasarla lo mejor posible; cuando buscan la molicie en el dormir, los juegos divertidos, los festines deliciosos y las compañías alegres, y, tras de gozar sin escrúpulo alguno de cuantos placeres han podido conseguir sin disgustar al mundo y sin perjudicar su salud, buscan al confesor menos escrupuloso (con ese nombre designan a los confesores relajados que no cumplen con su deber), para obtener de él a bajo precio la paz de su vida muelle y afeminada y la indulgencia plenaria de todos sus pecados. He dicho a bajo precio, pues estos sabios según la carne no quieren por penitencia ordinariamente sino algunas oraciones o limosnas, porque odian cuanto puede afligir al cuerpo.


82. La sabiduría diabólica es el amor a la estimación y los honores. Los sabios del mundo hacen profesión de esta sabiduría cuando aspiran, aunque en lo más recóndito de su corazón, a las grandezas, a los honores, a las dignidades y a los altos cargos; cuando buscan el ser vistos, estimados, alabados y aplaudidos de los hombres; cuando en sus estudios, en sus trabajos, en sus luchas, en sus palabras y en sus actos no ambicionan sino la estimación y alabanza de los demás, el pasar por personas devotas, por grandes sabios, por militares famosos, por sabios jurisconsultos, por gente de mérito infinito y excepcional o de gran consideración, cuando no pueden soportar que se les humille o se les reprenda, cuando ocultan lo que tienen de defectuoso y hacen ostentación de lo bueno que poseen.


83. A ejemplo de Nuestro Señor Jesucristo, la Sabiduría encarnada, debemos detestar y condenar estas tres formas de la falsa sabiduría para adquirir la verdadera: la que no busca el propio provecho, la que no se cría ni en la tierra ni en el corazón de quienes viven despreocupadamente y aborrece cuanto es grande y elevado en el concepto de los hombres.

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