La envidia es una pasión y un vicio capital.



Ave María Purísima, sin pecado original concebida.



Es la envidia juntamente una pasión y un vicio capital. En cuanto pasión, es una especie de profunda tristeza que experimentamos en la parte sensible a la vista del bien que contemplamos en otros; esta impresión va acompañada de un encogimiento del corazón que disminuye la actividad de éste, y produce una sensación de angustia.



1º Naturaleza de la envidia.


1.1. La envidia es una tendencia a entristecerse del bien del prójimo como si fuera algo que merma o disminuye nuestra superioridad. Muchas veces va acompañada del deseo de ver al prójimo privado del bien que nos deslumbra. 

La envidia procede de la soberbia, que no puede sufrir superiores ni rivales. Cuando nos convencemos de la verdadera superioridad de otros, nos entristecemos al ver que hay quienes tienen tan buenas o mejores cualidades que nosotros, o, por lo menos, alcanzan mayores triunfos. 

Las dotes brillantes son especialmente objeto de la envidia; sin embargo, entre los hombres serios, versa también sobre los dotes sólidos, y aún sobre la virtud misma. Manifiéstase este pecado por la pena que nos da el oír alabar a otros; procuramos atenuar aquellos elogios diciendo mal de los alabados.


1.2. Muchas veces se confunde la envidia con los celos; cuando se distingue, defínense éstos diciendo ser un amor excesivo del propio bien, junto con el temor de que sea superado por otros. 

Éramos el primero del curso, vemos que adelanta mucho un condiscípulo, y sentimos celos porque tenemos celos que nos robe el primer puesto. Poseemos el cariño de un amigo: tememos que nos lo quite un contrario, y sentimos celos. Tenemos una numerosa clientela, y sentimos temor de que nos la arrebate un competidor. 

De aquí nacen los celos, que se ceban especialmente entre profesionales, entre artistas, literatos y, a veces, entre los mismos sacerdotes. 

En una palabra: somos envidiosos del bien de los demás, y celosos de nuestro propio bien.


1.3. Hay diferencia entre la envidia y la emulación; ésta es un sentimiento laudable que nos mueve a imitar, igualar, y, si es posible, a superar las buenas cualidades de los demás, pero por medios legítimos.



2º Malicia de la envidia. 


Podemos considerar la envidia en sí y en sus efectos.

2.1. En sí, es la envidia un pecado mortal por su naturaleza, porque se opone directamente a la virtud de la caridad, que manda nos alegremos del bien del prójimo. 

Cuanto mayor es el bien que envidiamos, más grave es el pecado; por eso, nos dice Santo Tomás, la envidia de los bienes espirituales del prójimo, la tristeza porque adelanta en la virtud, o por sus triunfos apostólicos, es un pecado muy grave. 

Eso es verdad cuando los movimientos de la envidia son plenamente consentidos; pero muchas veces no son más que una impresión, o sentimiento no advertido o, por lo menos, poco advertido y poco voluntario: en este último caso el pecado no es más que venial.


2.2. En sus efectos es a veces muy mala la envidia.

2.2.1. Suscita sentimientos de odio: estamos a dos dedos de odiar a aquellos de quienes tenemos celos, y expuestos, por ende, a decir mal de ellos, a denigrarlos, a calumniarlos, a desearles mal.

2.2.2. Tiende a sembrar divisiones, no solamente entre los extraños, sino también en el seno de las familias (recuerde la historia de José), o entre familias y familias; esas divisiones pueden llegar a grandes extremos y ser causa de enemistades y de escándalos. Separa a veces a los católicos de una misma nación con grave daño de la Iglesia.

2.2.3. Impulsa a la búsqueda inmoderada de riquezas y de honores: para ser más que aquellos a quienes envidiamos, nos entregamos a trabajos excesivos, nos valemos de artimañas más o menos dentro de la ley, con las cuales corre peligro nuestra honradez.

2.2.4. Pone turbación en el alma del envidioso: no tiene éste paz ni contento mientras no consiga eclipsar y dominar a sus rivales; y, como es muy raro que lo consiga, padece angustia perpetua.



3º Remedios de la envidia. 


Unos son negativos y otros positivos.


3.1. Los remedios negativos consisten: 

3.1.1. En despreciar los primeros movimientos de envidia o de celos que se levantan dentro del corazón, en pisotear, como una cosa indigna, o como a un reptil venenoso; 

3.1.2. en distraernos, ocupándonos en otra cosa; y, luego que haya vuelto la calma, pensar que las buenas dotes del prójimo no  merman en nada las nuestras, sino que son estímulo para que le imitemos.


3.2. Entre los medios positivos hay dos muy importantes:

3.2.1. El primero nace de nuestra incorporación a Cristo: en virtud de este dogma, todos somos hermanos, miembros de un cuerpo místico, del cual es Cristo la cabeza, y las buenas cualidades, así como los triunfos, de un miembro redundan en los otros; en vez de entristecernos, pues, de la superioridad de nuestros hermanos, debemos regocijarnos, según la hermosa doctrina de San Pablo, porque contribuye al bien común y también a nuestro bien particular.- si fueren virtudes lo que envidiamos en otros, ‘en vez de tener envidia o celos, a lo que nos impulsa a menudo el demonio y el amor propio, unámonos con el Espíritu Santo de Jesús en el Santísimo Sacramento, honrando en él la causa de esas virtudes, y pidámosle la gracia de hacernos partícipes de ellas y en ellas comunicar; y ya veréis cuán útil y provechoso os será ese ejercicio.’

3.2.2. El segundo medio es fomentar la emulación; sentimiento laudable y cristiano, que nos mueve a imitar a aún a superar, con la gracia de Dios, las virtudes del prójimo.


3.2.3. Para ser buena la emulación cristiana y distinguirse de la envidia, ha de ser: 

3.2.4. Honesta en su objeto, o sea, versar, no sobre los triunfos, sino sobre las virtudes de los demás, para imitarlas.

3.2.5. Noble en la intención; que no pretenda vencer a los demás, ni humillarlos o dominarlos, sino ser mejores, si es posible, para que Dios sea más alabado, y respetada la Iglesia. [No buscar nuestro provecho, sino la mayor honra y gloria de Dios]. 

3.2.6. Legal en sus procedimientos, usando para conseguir sus fines, no de la intriga, de la astucia, ni de ningún otro procedimiento ilícito, sino del esfuerzo, del trabajo, del buen uso de los dones divinos, de la recta y pura intención que nos mueve a ser perfectos como nuestro Padre Celestial.


Entendida así la emulación, es un remedio eficaz contra la envidia, porque no ofende en cosa alguna a la caridad, y es al mismo tiempo un estímulo excelente. 

Porque proponernos como modelos a los mejores de nuestros hermanos para imitarlos o superarlos, es, en suma, confesar nuestra imperfección, y procurar remediarla valiéndonos de los buenos ejemplos que nos rodean. [No tomarlos como rivales o enemigos, sino como maestros y guías en el camino de la perfección cristiana].


¿No es eso hacer, en cierta manera, lo que hacia San Pablo cuando convidaba a sus discípulos a que fueran imitadores suyos como él lo era de Cristo: Imitatores mei estote sicut et ego Christi, y seguir los consejos que daba a los cristianos para que se observaran mutuamente a fin de moverse a la caridad y a las buenas obras: consideremus invicem in provocationem caritatis et bonorum operum? 

¿No es hacer como quiere la Iglesia, que, al proponernos los Santos para que los imitemos, nos empuja a una noble y santa emulación? – De esa manera la envidia nos dará ocasión de practicar la virtud. 



Sacerdote Sulpiciano Adolphe Tanquerey, Doctor en Teología Dogmática y Derecho Canónico,  (1854-1932), libro: "Compendio de Teología Ascética y Mística", página 552- 556.




Ave María Purísima, sin pecado original concebida.




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