No decir palabras que lastimen o disgusten a nuestros hermanos.


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Que nos debemos guardar mucho de palabras picantes, que puedan lastimar o disgustar a nuestros hermanos.

Cuanto a lo primero, nos habemos de guardar mucho de decir palabras picantes. Hay algunas palabrillas que suelen picar y lastimar a otro; porque disimuladamente le notan en la conciencia, o en el entendimiento o ingenio no tan agudo, o en alguna otra falta natural o moral. Estas son unas palabras muy perjudiciales y muy contrarias a la caridad; y algunas veces se suelen decir por vía de gracia y con donaire, y entonces son peores y más perjudiciales; y tanto más, cuanto con más gracia se dicen: porque quedan más impresas en los oyentes, y se acuerdan más de ellas. Y lo peor es, que algunas veces suele quedar muy contento el que las dice, pareciéndole que ha dicho alguna delicadeza y mostrando buen entendimiento; y engañase mucho, que no muestra en eso sino mal entendimiento y peor voluntad; pues emplea el entendimiento, que Dios le dio para servirle, en decir dichos agudos que lastiman y escandalizan a sus hermanos, y turban la paz y la caridad.

Dice San Alberto Magno [Trat. De la virtud, cap. II. De humilitate], que así como cuando a uno le huele mal la boca, es señal que tiene allá dentro dañado el hígado o el estómago; así también cuando habla palabras malas, es señal de la enfermedad allá dentro en el corazón. Y ¿qué diría el glorioso San Bernardo del Religioso que es mordedor en los donaires? Si a cualquiera gracia en la boca del Religioso llama el blasfemia y sacrilegio; a las gracias que son perjudiciales, cómo las llamará? Estas cosas son muy ajenas de Religión; y así todo lo que toca a esto ha de estar muy lejos de la boca del Religioso, como es el tratar de apodos; y lo que dicen, dar cordelejo o fisgar, y el hacer o referir coplas graciosas que toquen falta o descuido de alguno, y otras cosas semejantes; y ni en burlas ni en veras, es razón que se permitan; y por sí lo juzgará cada uno. ¿Gustarais vos, de que otro os apodará, y que todos se rieran de que os cuadraba muy bien el apodo? Pues lo que no querríais que se hiciese con vos, no lo hagáis vos con otro; que esa es la regla de la caridad. ¿Holagariais de que en diciendo alguna palabra no tal, luego haya quien se precie de no dejarla caer en el suelo, como dicen, y haga platillo y conversación de ella? Claro está que no. Pues ¿Cómo querréis para otro lo que no quisierais para vos? Y lo que sintiéredes, y quedaríais muy corrido, si se hiciere con vos? Aun solo el nombre de cordelejo, y de fisgar o apodar ofende y parece mal en la boca del Religioso, cuanto más la obra: y así habíamos de aborrecer tanto esto, que ni aun los nombres de ellos tomásemos en la boca, como dice San Pablo del vicio deshonesto: ‘Fornicatio autem, et omnis immunditia, nec nominatur in vobis, sicut decet sanctos,’ de la misma manera ha de ser esto y así lo añadió San Pablo, y lo junto con esto: ‘Aut turpitudo, aut stultiloquium, aut scurrilitas, quae ad rem non pertinet:’ Ad Ephes. V, 3. Esto es, ‘scurrilitas’. 

No dice con la santidad, que profesamos, ni aun el nombrar esas cosas. Dice muy bien San Bernardo: Si de las palabras ociosas habremos de dar cuentas a Dios el día del juicio, ¿qué será de las que pasan de ociosas? ¿qué será de las que tocan a mi hermano? ¿qué será de las perniciosas?”.

San Alfonso Rodríguez, Ejercicios de perfección y virtudes cristianas, tomo I, tratado IV, capítulo X.

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