Suele Dios castigar la soberbia con la impureza.


Tomado del libro: Audí, fília, et vide; del Padre San Juan de Ávila escrito en 1573

Capítulo XII: Que suele Dios castigar a los soberbios con permitir que pierdan la joya de la castidad, para humillarlos; y de cuánto conviene ser humildes para vencer aqueste enemigo.

"Otros ha habido que han perdido esta joya de la castidad por vía de castigarles Dios con justo juicio, en entregarlos, como dice San Pablo (Rom., 1, 24), en los deseos deshonestos de su corazón como en manos de crueles sayones, castigando en ellos unos pecados con otros pecados; no incitándolos Él a pecar, porque del sumo Bien muy extraño es ser causa que nadie peque; mas apartando su socorro del hombre por pecados del mismo hombre, la cual es obra de justo Juez; y si justo, bueno. Y así dice la Escritura (Prov., 23, 27): Pozo hondo es la mala mujer, y pozo estrecho la mujer ajena; aquel caerá en él con quien Dios estuviere enojado (Prov., 22, 14). No se asegure, pues, nadie con que no da enojos a Dios cerca de la castidad, si los da en otras cosas, pues que suele dejar caer en lo que el hombre no caía ni querría, en castigo de caer en otras cosas que no debía.

Y aunque esto sea general en todos los pecados, pues por todos se enoja Dios, y por todos suele castigar, mas particularmente, como dice San Agustín, «suele castigar Dios la secreta soberbia con manifiesta lujuria». Y así se figura en Nabucodonosor, que en castigo de su soberbia, perdió su reino, y fue alanzado de la conversación de los hombres, y le fue dado corazón de bestia, y conversó entre las bestias (Dan., 4, 22, 29, 30), no porque perdiese la naturaleza de hombre, sino porque le parecía a él que no lo era. Y así estuvo hasta que le dio Dios conocimiento y humildad con que conociese y confesase que la alteza y reino es de Dios, y que lo da Él a quien quiere. Cierto, así pasa, que el hombre que atribuye a la fortaleza de su brazo el edificio de la castidad, lo echa Dios de entre los suyos, y salido de tal compañía, que era como de Ángeles, mora entre bestias, con corazón tan bestial como si no hubiera amado a Dios, ni sabido qué era castidad, ni hubiese infierno, ni gloria, ni razón, ni vergüenza, tanto que ellos mismos se espantan de lo que hacen, y les parece no tener juicio ni fuerzas de hombres, sino del todo rendidos a este vicio bestial, como bestias, hasta que la misericordia del Señor se adolece (se adolece: se compadece) de tanta miseria, y da a conocer al que de esta manera ha caído que por su soberbia cayó, y por medio de humildad se ha de levantar y cobrar. Y entonces confiesa que el reino de la castidad, por el cual reinaba sobre su cuerpo, es dádiva de Dios, que por su gracia la da y por pecados del hombre la quita.

Y este mal de soberbia es tan malo de conocer—y por eso mucho de temer—, que algunas veces lo tiene el hombre metido tan en lo secreto de su corazón que él mismo no lo entiende. Testigo es de esto San Pedro, y otros muchos, que estando agradados y confiados de sí, pensaban que lo estaban de Dios; el cual, con su infinita sabiduría, ve la enfermedad de ellos, y con su misericordia, junta con su justicia, los cura y sana, con darles a entender, aunque a costa suya, que estaban mal agradados y mal confiados de sí mismos, pues se ven tan miserablemente caídos. Y aunque la caída es costosa, no es tan peligrosa como el secreto mal de soberbia en que estaban ; porque no le entendiendo, no le buscaran remedio, y así se perdieran; y entendiendo su mal con la caída, y humillados delante la misericordia de Dios, alcanzan remedio de Él para entrambos males. Y por esto dijo San Agustín que «castiga Dios la secreta soberbia con manifiesta lujuria», porque el segundo mal es manifiesto a quien lo comete, y por allí viene a entender el otro mal que secreto tenía.

Y habéis de saber que estos soberbios unas veces lo son para consigo solos, y otras, despreciando a los prójimos por verlos faltos en la virtud y especialmente en la castidad. Mas, ¡ oh Señor, y cuan de verdad mirarás con ojos airados aqueste delito! ¡Y cuan desgraciadas te son las gracias que el fariseo te daba, diciendo (Lc., 18, 130: No soy malo como los otros hombres, ni adúltero, ni robador, como lo es aquel arrendador que allí está. No lo dejas, Señor, sin castigo; castígaslo, y muy reciamente, con dejar caer al que estaba en pie, en pena de su pecado, y levantas al caído por satisfacerle su agravio. Sentencia tuya es, y muy bien la guardas (La, 6, 37): No queráis condenar, y no seréis condenados. Y (Mt., 7, 2): Con la misma medida que midiereis seréis medidos; y quien se ensalzare será abajado. Y mandaste decir de tu parte al que desprecia a su prójimo (Isai., 33, 1): ¡Ay de ti que desprecias, porque serás despreciado! ¡Oh, cuántos han visto mis ojos castigados con esta sentencia, que nunca habían entendido cuánto aborrece Dios aqueste pecado, hasta que se vieron caídos en lo que de otros juzgaron, y aun en cosas peores! «En tres cosas—dijo un viejo de los pasados—juzgué a mis prójimos, y en todas tres he caído.»

Agradezca a Dios el que es casto la merced que le hace, y viva con temor y temblor por no caer él, y ayude a levantar al caído, compadeciéndose de él y no despreciándolo. Piense que él y el caído son de una masa, y que cayendo otro cae él cuanto es de su parte. Porque, como dice San Agustín: «No hay pecado que haga un hombre, que no lo haría otro hombre, si no lo rige el Hacedor del hombre.» Saque bien del mal ajeno, humillándose con ver al otro caer; saque bien del bien ajeno gozándose del bien del prójimo. No sea como ponzoñosa serpiente, que saque de todo mal; soberbia en las caídas ajenas y envidia en los bienes ajenos. No quedarán estos tales sin castigo de Dios; dejarles ha caer en lo que otros cayeron y no les dará el bien de que hubieron envidia."


Dios te bendiga.

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