El monje tentado de tentaciones deshonestas.


Ave María Purísima, sin pecado original concebida.

“Cuenta Casiano que un monje mancebo y muy religioso era muy tentado de tentaciones deshonestas, y fue a otro monje viejo y declaróle llanamente todas aquellas tentaciones y movimientos malos que padecía, pensando que hallaría consuelo y remedio con sus oraciones y consejos. Pero acontecióle muy al revés; porque el viejo éralo sólo en los años, y no en la prudencia y discreción; y oyendo las tentaciones del mancebo, se comenzó a espantar y santiguar, y dale una buena mano, reprendiéndole con palabras muy ásperas, llamándole desdichado y miserable, y diciéndole que era indigno del nombre de monje, pues tales cosas pasaban por él.


Al fin le envió tan desconsolado con sus reprensiones, que el pobre monje, en lugar de salir curado, salió más llagado con tan grande tristeza, desconfianza y desesperación, que ya no pensaba ni trataba del remedio de su tentación, sino de ponerla por obra; tanto que tomaba ya el camino de la ciudad con esa determinación e intento.


Encontróle acaso el abad Apolo, que era uno de los Padres más santos y más experimentados que allí había, y en viéndolo, conoció en su semblante y disposición que tenía alguna grave tentación; y comienza con grande blandura a preguntarle qué sentía, y qué era la causa de la turbación y tristeza que mostraba. El mancebo estaba tan pensativo y tan embebecido en sus imaginaciones, que no respondía palabra. El viejo, viendo que la tristeza y turbación era tan grande, que no le dejaba hablar, y que quería encubrir la causa de ella, importunóle con mucho amor y suavidad que se la dijese: al fin importunado dícele claramente que, pues no podía ser monje ni refrenar las tentaciones y movimientos de la carne, conforme a lo que le había dicho tal viejo, que había determinado dejar el monasterio y volverse al mundo y casarse.


Entonces el santo viejo Apolo comiénzale a consolar y animar, diciendo que él también tenía cada día aquellas tentaciones, que no por eso se había de espantar ni desconfiar; porque estas cosas no se vencen ni desechan tanto con nuestro trabajo, cuanto con la gracia y misericordia de Dios. Finalmente, pídele que siquiera por un día se detenga y se torne a su celda, y que allí pida a Dios luz y remedio de su necesidad. Y como fue tan breve el plazo que pidió, alcanzólo de él: y alcanzado, vase el abad Apolo a la ermita o celda del viejo que le había reprendido, y ya que llegaba cerca, pónese en oración, e hincadas las rodillas y levantadas las manos y con lágrimas en sus ojos, comienza a rogar a Dios: Señor, qué sabéis las fuerzas y flaquezas de cada uno, y sois médico piadoso de las almas, pasad la tentación de aquel mancebo a este viejo, para que sepa siquiera en la vejez compadecerse de las flaquezas y trabajos de los mozos.


Apenas había él acabado esta oración, cuando vió que un negrillo muy feo estaba tirando una saeta de fuego a la celda de aquel viejo, con la cual herido el viejo salió luego de la celda, y andaba como loco saliendo y volviendo a entrar; al fin, no pudiendo sosegar ni aquietarse en la celda, tomó el camino que llevaba el otro mancebo para la ciudad. El abad Apolo que estaba a la mira, y por lo que había visto entendía su tentación, llegase a él y pregúntale: ¿Adónde vas? ¿y qué es la causa o tentación que te hace olvido de la gravedad y madurez que pide tu edad, andes con tanta prisa e inquietud? Él, confundido y avergonzado con su mala conciencia, entendió que había conocido su tentación, y no tuvo boca para responder.


Entonces toma la mano el santo Abad, y comiénzale a dar doctrina. Vuélvete, dice, a tu celda, y entiende que hasta aquí o el demonio no te conocía, o no hacía caso de ti, pues no peleaba contigo, como él suele hacer con aquellos de quienes tiene envidia; en eso conocerás tu poca virtud, pues al cabo de tantos años que eres monje, no pudiste resistir a una tentación, ni aun sufrirla y aguardar siquiera un solo día, sino que luego al punto te dejaste vencer, y la ibas a poner por obra.


Entiende que por eso ha permitido el Señor que te venga esta tentación, para que siquiera en la vejez sepas compadecerte de las enfermedades y tentaciones de los otros, y aprendas por experiencia que los has de enviar consolados y animados, y no desesperados, como hiciste con aquel mancebo que vino a ti: al cual sin duda el demonio acometía con estas tentaciones, y te dejaba a ti, porque tenía más envidia de su virtud y de su aprovechamiento que del tuyo, y le parecía que una virtud tan fuerte con fuertes y vehementes tentaciones había de ser contrastada.Pues aprende de aquí delante de ti a saber compadecerte de los otros, y a dar la mano al que va a caer, y ayudar a levantar con palabras blandas y amorosas, y no ayudarle a caer con palabras ásperas y desabridas…


Concluyó el santo viejo diciendo: y porque ninguno puede apagar, ni reprimir los movimientos y encendimientos de la carne, si no es con el fervor y gracia del Señor, hagamos oración a Dios, pidiéndole que te libre de esta tentación; porque Él es el que hiere y el que vivifica. Pónese el Santo en oración, y así como por oración le vino la tentación, así también por ella se la quitó luego el Señor. Y con esto quedaron remediados y enseñados así el mozo como el viejo.” 


Ejercicios de perfección y virtudes cristianas, San Alonso Rodríguez, T II, Tratado 4° Cap IX p 424.

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