El adulterio, muerte del matrimonio.


Ave María Purísima, sin pecado original concebida.


El matrimonio cristiano está expuesto a una multitud de peligros, el peor en nuestros días: el adulterio, pecado que rompe la confianza, la fidelidad, la unidad del vínculo matrimonial, pero sobre todo es una grave ofensa a Dios Nuestro señor. Son innumerables los pecados a que está expuesto el ser humano sobre la tierra, particularmente los pecados contra el sexto y noveno mandamiento tienen hoy día un impulso grandísimo; pues, por una parte la mujer ha inducida por Satanás ha perdido el decoro, la modestia en el vestir, el pudor en su vida, todo explotado por las artimañas de nuestro común enemigo con el fin de precipitar las almas en el infierno.

El demonio tiene un interés particular en el pecado de adulterio, porque la infidelidad conyugal no sólo afecta a los reos del pecado, a dos familias; pone en peligro dos hogares y por supuesto a sus hijos; sabe el demonio que un matrimonio separado por el adulterio, es mucho más fácil conducirlo por el camino de la perdición, porque el lazo conyugal queda profundamente desecho, hijos con una herida que les durara toda la vida, esposos que les será casi imposible guardar continencia el resto de sus días fuera de su cónyuge, consecuencias catastróficas para todos.

Por lo cual el demonio utiliza una sagacidad especial para tender sus redes, especialmente en los esposos fieles a Cristo. Normalmente el amor conyugal tiene un enfriamiento, un distanciamiento, por el comercio cotidiano y sobre todo por la vida en común de un matrimonio, donde con el tiempo brotan los defectos naturales, el carácter, la forma de pensar, de actuar: hasta que chocan, por así decirlo y naturalmente surge un desencanto entre los cónyuges; que solamente la gracia de Dios, el amor a Cristo, los sostiene y los sublima por las gracias recibidas en el sacramento del matrimonio.

Ahora bien, lo esposos en su vida cotidiana tratan con diversas personas, ya en su trabajo, en su casa, en la escuela de sus hijos, en fin tiene que convivir con diversas personas, donde se presenta un caso particular.

Por una parte surgen ciertas dificultades entre los esposos, propias de la vida matrimonial; por otra un encanto, gusto, admiración o simplemente un deseo por otra persona con la que convivimos o tratamos al menos con la vista, que en un principio son indiferentes, y puede tornarse en una amistad peligrosa y Dios lo libre en un adulterio.

Por una parte la vida natural del matrimonio, por otra el gusto propio del cuerpo humano, unido a las artimañas y mentiras tendidas por el demonio; unido, es un verdadero peligro.

Divinamente instruye el Papa Pío XII, a la materia que vamos tratando: “Pero baste cuanto hemos dicho sobre tan inconvenientes bajezas. En el orden del espíritu y del corazón el discernimiento entre el bien y el mal es todavía más delicado. Es verdad que hay simpatías naturales irreprensibles en sí mismas, a las que las presentes condiciones de la vida brindan más fáciles y frecuentes ocasiones. Aunque a veces puedan presentar algún peligro, no ofenden por sí mismas la fidelidad. Sin embargo, Nos debemos ponernos en guardia contra ciertas intimidades secretamente voluptuosas, contra un amor que se quiere llamar platónico, pero que demasiadas veces no es sino el preludio que inicia o el discreto velo que cubre un afecto menos lícito y puro.” Papa Pío XII, alocución: La fidelidad conyugal. 4 de noviembre de 1942.

Ante todo se necesita mucha humildad y sinceridad, con uno mismo y con Dios; hay cosas que particularmente son indiferentes, sin importancia en cuanto casos aislados, pero rara vez confesamos la intención más oculta de nuestro corazón, la verdad escondida en una sonrisa, en una llamada telefónica, en una visita, en un saludo, en un mensaje, en un sinfín de cosas.

Hermano en Cristo, te pido que seas muy sincero contigo mismo y sobre todo con Dios en tus confesiones. Di la verdad, confiesa que te gusta, que deseas hablar con esa persona, que buscas cualquier motivo para hablarle… ¿Por qué te engañas?, ¿Por qué te haces daño?... di que te has enamorado, que sientes un deseo carnal por otra mujer, vamos dilo, confiésalo… ¿Por qué te escondes?, sabes una cosa, Dios ya lo sabe, porque tu Padre ve lo más profundo de tu corazón. No te hagas más daño, reconoce tus hierros, di la verdad, confiésate bien; no quieras pasar como un niño… yo no quería, pero… no sé como pasó… de repente la abrace sin darme cuenta… y un sinfín de historias para dar a entender que es inocente, víctima,  que es un ángel. ¡Vamos, a quién queremos engañar!, ¿¡Qué quieres, qué buscas…!?

Sinceridad  hermanos, sinceridad, la verdad aunque duela; siempre engañándose uno mismo ¿Por qué?..., esas confesiones dan pena, vergüenza. Hasta para eso se necesita ser hombre.

Abre tu corazón, di lo que sientes, di lo que te desgarra, no solo respecto a la impureza, todo… vamos tienes que descansar y descargar esa pesada carga de tu conciencia que has venido cargando durante no sé cuántos años, busca un buen sacerdote y ábrele tu corazón, dile que te ayude, que guardas traumas, rencores, resentimientos, heridas profundas, amores prohibidos. Por favor, abre tu corazón, dile a tu amigo Jesús, que te ayude, que sane tu alma, “Hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados. No tenéis, pues, que temer;” SanMateo X, 30.

“Muchas veces se invierte insensiblemente el recto orden, de suerte que, comenzando por sentir alguna simpatía honesta hacia una persona por influjo de la armonía de las ideas, de las inclinaciones y de los caracteres, se pasa, con inconsciente consentimiento, a armonizar y concertar las propias ideas y las propias maneras de ver de la persona admirada. En un principio se deja uno avasallar por ella en cuestiones de poca monta; luego en cosas más serias, en materias de orden práctico, en asuntos de arte y de gusto, que tienen ya más carácter íntimo;…Pero al mismo tiempo que de este modo el espíritu propio va modelándose poco a poco conforme al de un extraño o de una extraña, se enajena por el contrario cada día más del alma del esposo o de la esposa legítimos. Llega a sentir por todo lo que éstos piensan o dicen un irresistible instinto de contradicción, de irritación, de desprecio. Este sentimiento, tal vez inconsciente, pero no por eso menos peligroso, indica que la inteligencia ha sido conquistada y acaparada, que se ha entregado a merced de otros el espíritu, del que se había hecho don irreversible el día de las bodas. ¿Es esto fidelidad?” Papa Pío XII, alocución: La fidelidad conyugal. 4 de noviembre de 1942.

En el matrimonio cristiano, rara vez el adulterio se da bruscamente, sin pensarlo; normalmente surge un gusto por otra persona, una atracción física, una tentación y se puede consumar el adulterio.

Para evitar estos trastornos se necesita humildad y sinceridad con nosotros mismos y con Dios, todo unido a la gracia propia del sacramento de la penitencia y de la eucaristía, darán la fortaleza para vencer estos problemas, podríamos decir: cotidianos en la vida. 

Simplemente pregúntate: ¿Qué quiero?, ¿Qué busco?, ¿me gusta? No te espantes, pide ayuda de lo más alto para que puedas lo más bajo.

El primer paso para arreglar un problema, es reconocer que existe, ubicarlo, medir la dimensión, analizar las posibles soluciones y si está fuera de nuestras manos, pedir ayuda.

Normalmente, cuando uno de los cónyuges tiene un deseo carnal que nace de ellos hacia otra persona fuera de su consorte, lo esconde, lo disimula, que nadie se dé cuenta y trata de vivir un tiempo digamos de ilusiones, fantasías, pláticas peligrosas, como deleitándose en lo menos malo ¿Qué de malo tiene que platique?, ¿no puedo sonreír, saludar, mirar? Aparentemente inofensivas, la sospecha inicia cuando siempre es la misma persona, cuando pasan de las miradas y de las pláticas superficiales; piensan irónicamente, en cualquier momento me lo quito  de mi camino; pero no es así, cada vez se mete más en el corazón hasta convertirse en una angustia por no estar con la persona prohibida; un error, consumado o no el adulterio y todos se dan cuenta, lo peor, el corazón sigue amando lo nunca debió amar. ¿Quién sufre?, ¿Quién se hace daño? Uno solo se hace daño, y se daña muchísimo en lo más delicado: el corazón; cuántos hogares viven desolados por casos así, cuantas familias sufren lo indecible y todo por un amor desordenado.

Saben ustedes como queda la mente de los niños al darse cuenta de esto, saben que es un trauma en lo más profundo del corazón del pequeño, ¿y dónde queda la educación cristiana?, ¿la santa misa?, ¿Dónde queda Dios y sus sagradas leyes?, todo se convierte un fariseísmo, una simulación, una doble vida y todo por un amor desordenado.

Hemos perdido el miedo a pecar, a ser malo, cuantos matrimonios viven con caídas de adulterio constantes; ¿Padre que hago, mi marido no entiende?... ¿Padre, sorprendí a mi esposa con su amante, que hago…? Dígame Usted, amigo lector ¿Qué se puede hacer?...

Si fuera tan fácil como dejarla y buscar otra, no habría el menor problema; hay un sacramento que se termina con la muerte de uno de los cónyuges, no antes. 

“Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y unirse ha con su mujer, y serán dos en una sola carne. Así que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios, pues, ha unido, no lo desuna el hombre.” San Mateo XIX, 5.

“Algunas veces el esposo culpable no rompe la convivencia conyugal; pero su infidelidad, especialmente si va unida a modales duros y ásperos, hace la vida común cada vez más difícil y casi intolerable... la caridad, que se acomoda a todo, invita a inclinar a la paciencia y al silencio, para reconquistar un corazón extraviado. ¡Cuántas veces habría sido posible de este modo la reconciliación! La enmienda habría podido suceder al extravío pasajero, y con ella la reparación, el rescate del pasado con una vida ejemplar, que habría sepultado todo en el olvido. Sí, por el contrario, la caridad cristiana no vence, si la parte inocente se encabrita, aquella alma, que acaso estaba para arrepentirse, o estaba ya arrepentida, se encuentra empujada a un abismo todavía más profundo que aquel del que habría buscado la salida. ¡Se dan casos de estos sublimes perdones! " Papa Pío XII, alocución: La fidelidad conyugal, las pruebas. 9 de diciembre de 1942.

Aprender a perdonar, a ser una ayuda mutua, a sostenerse uno con otro en los peligros, esa es la verdadera caridad cristiana, salvar el matrimonio por la oración, la humildad, la frecuencia de sacramentos; dejarle a Dios lo demás. 

“Porque celebrado el Matrimonio (como dice el Apóstol), ni el varón ni la mujer tiene señorío sobre su cuerpo. Y así antiguamente los adúlteros eran castigados con severísimas penas, y ahora lo serán de Dios, que es el vengador de los agravios y desacatos que se hacen á la pureza de los sacramentos.” De Sacramento Matrimonii, Manual Toledano.

Que fácil se pueden evitar tantos problemas, abriendo el corazón, siendo sincero, muy sincero con uno mismo, la verdad. Has un alto en tu vida, examínate cómo vas,  tus debilidades, tus amores escondidos, tus angustias, preocupaciones, ¿Qué pasa contigo? Pide la ayuda a un buen sacerdote, entiende por favor, ya no vas solo, el ministro de Cristo de va acompañando, rezando por ti, aconsejando, perdonándote; es más fácil así.

No cierres tu corazón, no sufras, no te engañes; hay casos tan tristes, que con tiempo se pudieron haber tratado y superado.Saben Ustedes, que hay muchas personas a nuestro alrededor, tal vez en nuestra misma casa, que cargan una cruz muy pesada y en parte porque han cerrado su corazón, se han ensimismado, encerrado en su pequeño mundo, pobres hermanos.

Un mal padre en su niñez, la falta de una mamá, un revés de fortuna, un pecado vergonzoso, un miedo invencible, falta de cariño y amor, sobre todo: la falta de Dios. Tantos hermanos han cargado años con ese sufrimiento, porque no han encontrado un verdadero amigo que por lo menos los escuche, que les permita desahogar todo lo que vienen cargando en su conciencia y que los está matando; tal vez parezca una historia nostálgica, pueril, sin importancia:  pero es su pena, su tormento, su trauma.

Tal vez nunca han tenido el valor de confesar su pecado tal cual es, y tal vez el día que estaban dispuestos, el sacerdote estaba de mal humor o con mucha prisa, y el pobre penitente dijo a sus adentros: a quien le intereso, no valgo nada, soy una basura, el peor de todos… Cuanta falta nos hace platicar, de todo un poco; nuestra niñez, juventud, peligros, emociones, tropiezos, caídas y recaídas… uno se desahoga, cobra bríos, aprende de los demás y si a esto le unimos la gracia del sacramento de la confesión, uno queda con tanta paz, con la paz que solo Dios puede dar.

Ante una dificultad, un problema, la mayoría dan su juicio: culpable o inocente, dan una cátedra de la materia conforme sus conocimientos, pero, muy rara vez le preguntamos al que tropezó: ¿Cómo fue que paso todo esto?, ¿Qué te sucedió?, ¿hace cuanto tiempo padeces esto?, ¿Cómo te sientes?... verdad que las cosas cambian, que son diferentes, porque lo tratamos como a hermano, como amigo y no como u enemigo, verdad que es diferente. El ser humano no es una máquina; es un hombre con corazón, con impulsos, ilusiones, quimeras, energías, deseos y tantas cosas que los hombres mezquinos y egoístas nunca lo entenderán, el hombre es lo más complejo que hay, nunca terminamos de conocer el corazón humano, por esto nuestro Señor dice …no juzguéis y no seréis juzgado. 

Bendice Señor, todos esos corazones incomprendidos, desgarrados, muéstrales lo que tu sufriste por ellos, que comparen su dolor con el tuyo, para que aprendan que nadie nos ama tanto como tú, que a pesar de ser malos, tú nunca dejarás de buscar la oveja descarriada para darle tu amor y tu perdón. 


Ave María Purísima, sin pecado original concebida.

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