DIOS CAUTIVO QUE PIDE AMOR EN EL SAGRARIO.


Aquí tenéis Mi Corazón: os lo doy, os lo entrego sin reservas, en cambio del vuestro pecador e ingrato… ¡Oh, tengo sed, inmensa sed de ser amado, en este Sacramento del Altar… En él he sido hasta ahora el Rey del silencio, el Monarca del olvido… Pero ha llegado la hora de mis triunfos… Vengo a reconquistar la tierra… Sí, he de subyugarla, mal que pese al infierno, y la salvaré por la omnipotencia de Mi Corazón. Aceptádmelo, os lo ruego… tendedme las manos y el alma para recibir este supremo don de Mi Misericordia redentora… Fuego vengo a traer a la tierra, fuego de vida, de amor sin límites, fuego de santidad, fuego de sacrificio, y ¿qué he de querer sino que arda?…

Poned los ojos en mi pecho herido… ahí tenéis el Corazón que os ha amado hasta los abatimientos de Belén… y más; hasta las humillaciones y oscuridades de Nazaret… mucho más aún; hasta las agonías afrentosas del Calvario… Es éste el mismo Corazón que dejó de latir en el Gólgota, sí, el mismo, que sigue amando en la hoguera inextinguible del Altar… de la Santa Eucaristía.

¡Y vosotros no me amáis!

Por esto estoy triste hasta la muerte…

Por esto, me apena hasta la agonía que la viña de Mis amores haya producido las espinas que circundan Mi Divino Corazón… Arrancádmelas en esta Hora Santa y amorosa, en esta hora feliz para vosotros, y también para este Dios-Cautivo, que brinda amor, que espera amor, que pide amor en el Sagrario.

Desfallezco de caridad… acercaos y sostenedme en esta agonía sacramental de veinte siglos… ¡Sed Mis ángeles consoladores!…

¡Oh amo tanto, tanto…, y no me amáis bastante vosotros Mis amigos, vosotros Mis favorecidos!… ¡Ay! Y el mundo desconoce todas Mis finezas… rechaza Mis ternuras… malgasta y profana Mis misericordias…

¡Estoy triste hasta la muerte…, venid, éste es el Corazón que jamás dejó de amaros… venid, aceptadlo en prenda de resurrección! Hijos míos, venid y dadme en cambio del Mío vuestros corazones, vuestras almas, vuestras vidas, vuestras penas y alegrías… ¡Oh, sed todo míos!… ¡Y todos!… Os perdono… ¡pero amadme!… ¡Decídmelo de una vez… decidme que soy vuestro Rey y que aceptáis reconocidos el don incomparable de Mi Sagrado Corazón!…


LA HORA SANTA
por el Padre Mateo Crawley

Etiquetado:  Santoral

Comentario: Deja comentario

* No se publicará la dirección de correo electrónico en el sitio web.