El amor a uno mismo.


I. La caridad te obliga a amarte y a no hacer nada que te sea dañoso. Si te amases, ¿no tratarías, acaso, de procurarte el mayor de todos los bienes? Pues bien, ¿qué mayor bien para tu alma que la posesión de la gracia, primero, y la de la eternidad bienaventurada, después? ¿Qué tirano podría causarte tanto mal como el que te haces cuando cometes un pecado mortal, y aun un pecado venial, puesto que por este pecado venial deberás sufrir en el purgatorio dolores incomparablemente más crueles que los de los mártires?


II. Ama a tu cuerpo, ámalo; pero procúrale el mayor de todos los bienes, que es la gloria de que gozará después de su resurrección, si ha sido fiel a Dios. Para obtener esta gloria, es preciso que sufra durante esta vida. Cuerpo mío, ¿sabes tú de qué debes alegrarte? De ser desgarrado, abrumado de dolores por Jesucristo. Si yo te amo, debo desear verte mortificado, a fin de verte un día envuelto en gloria. El cristiano será glorificado en su carne, pero con la condición de que haya sido mortificada por Jesucristo (Tertuliano).


III. ¿No es verdad, acaso, que no te amas? Amas a tus placeres, a tus riquezas, a tu reputación; pero no amas ni a tu alma ni a tu cuerpo. Amas a tus padres, a tus amigos, si tratas de hacerlos virtuosos, pero, ¿te tomas gran trabajo por llegar a serlo tú mismo? ¡Ah! si verdaderamente te amases, no rehuirías ninguna fatiga para merecer para tu cuerpo y tu alma una gloria eterna. Cuando se ama, no se rehuye el trabajo: el amor impide que se sienta su peso.

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