El verdadero humilde en la paciencia y sufrimiento se conoce.



Ave María Purísima, sin pecado original concebida.


I. En verdad son dolorosas e injustas las humillaciones, pero son un instrumento muy útil para alcanzar la santa virtud de la humildad. Mira a Jesús crucificado y aprende de Él a ser humilde. Él es despreciado, es objeto de burla, pasa por malhechor, por intrigante, por endemoniado que ha querido hacerse rey y que sólo ha obtenido una corona de espinas. ¡Cuán penoso es para un hombre ser despreciado allí mismo donde, poco antes, fue colmado de los mayores honores! Jesucristo ha elegido el desprecio para enseñarnos a amar las humillaciones, que nos son tan ventajosas (Tertuliano).



II. Las humillaciones que tengas que sufrir, sácale provecho, conoce el mensaje de Dios en ese desprecio o afrenta que has sufrido, cuanto más dolorosa, más benefica para la salud del alma con recta intención. Implora el consuelo de Cristo crucificado, contempla:  la paciencia de Jesús en la cruz: sufrió de parte de todos los hombres y en todas las partes de su cuerpo, sin murmurar; sufrió aun cuando hubiera podido escapar a los sufrimientos y aniquilar a los que tan cruelmente lo maltrataban. 



III. Muchos siguen la sombra y apariencia de humildad: fácil cosa es traer la cabeza inclinada, los ojos bajos, hablar con voz humilde, suspirar muchas veces, y a cada paso llamarse miserables y pecadores; pero si a esos los tocáis con una palabra, aunque sea muy liviana, luego veréis cuán lejos están de la verdadera humildad: Cesen todas las palabras fingidas, vayan fuera todas esas hipocresías y exterioridades, que el verdadero humilde en la paciencia y sufrimiento se echa de ver: esa, dice san Jerónimo, es la piedra de toque donde se conoce la verdadera humildad…   


Ave María Purísima, sin pecado original concebida.



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