La enfermedad nos recuerda el paraíso.


18 Jul
18Jul



Ave María Purísima, sin pecado original concebida.


1º El hombre suele ver un mal en las enfermedades, una privación de los goces terrenos, de la alegría de vivir; pero debemos recordar que nuestra patria es el paraíso, nuestro destino es el cielo, sencillamente hemos de morir y la presente vida es un lugar de paso, transito a la vida eterna.

2º Cuando en la presente vida todo nos ocurre a nuestro beneplácito, el alma tiende a sentirse segura, en cierta manera a prescindir de Dios [no por malicia, sencillamente todo le es favorable]; con esta autosuficiencia "de buena intención" el alma corre el riesgo de apegarse a algunos pecados, aparentemente sencillos o "normales para el mundo" como las mentiras, no asistir a la santa misa los domingos, no pagar el diezmo, descuidos en las miradas, entre otras cosas. 

3º Dios Nuestro Señor en su infinita misericordia, teniendo presente nuestro fin y motivo de existir: amar y servir a Dios en la presente vida para ver y gozarle eternamente; nos envía como buen padre algunas enfermedades para recordar que hemos de morir, para meditar la fragilidad de la naturaleza humana, para apartarnos del pecado o asirnos de una manera más sincera a la santa voluntad de Dios. 

4º Desde luego las enfermedades nos son agradables a la naturaleza, pero nos apartan del pecado cuando son apreciadas cristianamente, ¿cuántas almas gracias a la enfermedad se han salvado? benditas enfermedades que han cimentado la santa virtud de la humildad, han producido santas confesiones, han cambiado su vida para mejor servir a Nuestro Señor. 

5º Pidamos a Dios Nuestro Señor con el santo Rosario, que se haga su santa voluntad en nuestra vida, que nos conceda la santa resignación cristiana, tener presente el fin y motivo de nuestra existencia, que la enfermedad lejos de ser un castigo o señal de enojo divino, es un verdadero regalo que hace mucho bien a nuestras almas. 

6º “Andaban aquellos santos monjes antiguos con tan grande cuidado   en   este ejercicio, procurando de mortificar y disminuir las fuerzas a este enemigo, que cuando  otros medios no bastaban, tomaban trabajos corporales muy excesivos para domar y quebrantar su cuerpo, como cuenta Paladio de un monje que era muy fatigado de pensamientos de vanidad y soberbia y no podía echarlos de sí; acordó de tomar una espuerta, y pasar a cuestas un gran montón de  tierra de una parte a otra. 

Preguntabanle: ¿Qué hacéis? Respondía: Atormento y fatigo a quien me fatiga y atormenta: véngome de mi enemigo. Lo mismo se dice  de  Macario en su vida; y de San Doroteo se cuenta que hacía gran penitencia y afligía mucho su cuerpo. Y una vez, viéndole otro tan trabajado, díjole:  ¿Por qué atormentas tanto tu cuerpo? Respondió: porque me mata él a mí. El glorioso Bernardo encendido en un odio y coraje santo contra su cuerpo, como contra enemigo suyo capital, decía: Levántese Dios en nuestra ayuda, y sea destruido este enemigo, menospreciador de Dios, amador del mundo y de sí mismo, siervo y esclavo del demonio. Por cierto, si tenéis buen sentir, que diréis conmigo: bien merece la muerte, muera el traidor, póngale en un palo, crucifíquenle.” Ejercicios de perfección y virtudes cristianas, San Alonso Rodríguez, T II, tratado 1° Cap IV pg.27.


Ave María Purísima, sin pecado original concebida.







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