La verdadera ambición del alma.



I. No busques los honores y las dignidades de este mundo; son pesadas cargas que abrumarán tu flaqueza. Huye de esos honores; no viniste a este mundo para mandar a los hombres, sino para obedecer a Dios. La cuenta que deberás rendir por ti mismo es ya bastante pesada, no te recargues sin necesidad con el alma de tu prójimo. Con todo, si Dios te llama a esas dignidades, obedece; Él te dará las gracias necesarias para llevar la carga que te haya puesto sobre los hombros.


II. Tu ambición debe limitarse a desear los primeros lugares en el cielo e imitar, en la medida de tus fuerzas, a los santos más grandes del paraíso. No digas con algunos cristianos cobardes: “Bastante es para mí si Dios quiere colocarme en el pórtico del paraíso”; aspira a la más alta perfección que puedas. No podrás amar a Dios y al prójimo con exceso; nunca se harán demasiados esfuerzos para llegar al cielo. Alma cristiana, eleva tus pensamientos, la tierra no es digna de ti. El mundo no está hecho para ti; no ames, pues, al mundo; no es digno de ti, vales mucho más (San Bernardo).


III. Ardientemente desea sufrir por Jesucristo, beber su cáliz, ser humillado como Él: es un honor que puedes perseguir ardorosamente con toda intrepidez. Si conocieses las recompensas que están preparadas para las humillaciones y los sufrimientos, los buscarías con más ahínco que el que ponen los ambiciosos para conseguir las posiciones más brillantes. Fue un honor el que hizo Jesús a su discípulo predilecto, haciéndole beber del cáliz en que había bebido Él mismo.


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