LAS ALMAS DEL PURGATORIO, AYUDADAS POR SAN FRANCISCO DE ASÍS



          El mismo día que San Francisco de Asís recibió el don de los sagrados estigmas, Nuestro Señor Crucificado le reveló varios secretos, que sólo fueron descubiertos tras la muerte del Santo, confidencias pronunciadas por los labios santísimos de Cristo, que confirman la reconfortante promesa a los devotos del Fundador de los franciscanos, de ser liberados del Purgatorio

Durante esta admirable aparición parecía que todo el monte Alverna estuviera ardiendo entre llamas resplandecientes, que iluminaban todos los montes y los valles del contorno como si el sol brillara sobre la tierra. Así, los pastores que velaban en aquella comarca, al ver el monte en llamas y semejante resplandor en torno, tuvieron muchísimo miedo, como ellos lo refirieron después a los hermanos, y afirmaban que aquella llama había permanecido sobre el monte Alverna una hora o más. Asimismo, al resplandor de esa luz, que penetraba por las ventanas de las casas de la comarca, algunos arrieros que iban a la Romaña se levantaron, creyendo que ya había salido el sol, ensillaron y cargaron sus bestias, y, cuando ya iban de camino, vieron que desaparecía dicha luz y nacía el sol natural.

   En esa aparición seráfica, Cristo, que era quien se aparecía, habló a San Francisco de ciertas cosas secretas y sublimes, que San Francisco jamás quiso manifestar a nadie en vida, pero después de su muerte las reveló, como se verá más adelante. Y las palabras fueron éstas:

      - ¿Sabes tú -dijo Cristo- lo que yo he hecho? Te he hecho el don de las Llagas, que son las señales de mi Pasión, para que tú seas mi Portaestandarte. Y así como yo el día de mi muerte bajé al Limbo y saqué de él a todas las almas que encontré allí en virtud de estas mis Llagas, de la misma manera te concedo que cada año, el día de tu muerte, vayas al Purgatorio y saques de él, por la virtud de tus llagas, a todas las Almas que encuentres allí de tus tres Ordenes, o sea, de los menores, de las monjas y de los continentes (Terciarios Franciscanos), y también las de otros que hayan sido muy devotos tuyos, y las lleves a la Gloria del Paraíso, a fin de que seas conforme a mí en la muerte como lo has sido en la vida.

      Cuando desapareció esta visión admirable, después de largo espacio de tiempo y de secreto coloquio, dejó en el corazón de San Francisco un ardor desbordante y una llama de amor divino, y en su carne, la maravillosa imagen y huella de la Pasión de Cristo.

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