No pongas tu confianza en el dinero.


I. No pongas tu confianza en las riquezas, porque ellas serán tu perdición; no pueden ni siquiera hacerte feliz en este mundo, porque generan una preocupación y te apartan de la caridad de Cristo. Difícil es adquirirlas y difícil conservarlas; el temor de perderlas y el deseo de aumentarlas acaban un alma. ¿Pueden, acaso, disipar tu tristeza y tu ignorancia, curarte de tus enfermedades o prolongar tu vida siquiera un momento? 


II. El mejor de tus amigos puede llegar a ser el más encarnizado enemigo. No te apoyes en tu reputación, la calumnia te la puede arrebatar; no cuentes con tu salud ni con tu espíritu, una enfermedad puede quitártelos. Oh Señor mío, por fin reconozco que, si Vos me abandonáis, ni todas las criaturas juntas podrían socorrerme; y aun cuando los hombres pudiesen valerme durante mi vida, ¿podrían ellos, acaso, demorar aunque sea un momento la hora de mi muerte y defenderme ante el tribunal de Dios?


III. En Dios es en quien se debe esperar y no en las riquezas frágiles e inciertas.  Las criaturas, las riquezas y el amor propio son problema para nuestra purificación; Aprender a vivir con la conciencia tranquila, a trabajar con alegría honestamente y a confiar en la Divina Providencia que nunca desampara a sus hijos.


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