SAN JOSÉ, SANTO Y PERFECTO.


29 Nov
29Nov

VIDA DE SAN JOSÉ ( IV ) SAN JOSÉ, SANTO Y PERFECTO ESPOSO DE MARÍA NUESTRA SEÑORA

La Piedad Católica ha dedicado tradicionalmente el día MIÉRCOLES a rezar mediante la intercesión del GLORIOSO SAN JOSÉ. Por eso, todos los miércoles que sea posible -si no hay otra conmemoración más importante- procuraremos compartir breves extractos del libro "VIDA DE SAN JOSÉ", del Padre Francisco de Paula García, de la Compañía de Jesús.

Procuremos no perder nuestras raíces cristianas, las mismas que un día hicieron grande nuestra Patria,  y continuemos al tiempo con aquéllas sencillas pero didácticas devociones de nuestros mayores; sólo abrazando con fuerza y sin respetos humanos la Fe de siempre, podremos seguir siendo fieles a la genuina Doctrina de Nuestro Señor Jesucristo.

Habiendo querido el Señor acomodarse al estilo común de los mortales y ocultar al demonio y al mundo el Misterio de la Encarnación, convenía y era necesario que la Virgen fuera desposada. Eralo igualmente para que, por una parte, su Hijo no fuese tenido por ilegítimo, y, como tal, perseguido por los judíos, y, por otra, conservara María Nuestra Señora su buena fama y no fuese castigada por mala doncella; prefiriendo Jesús ser considerado como hijo de José, a consentir que se pudiese dudar de la honestidad de Su Madre.

Esto importaba también a nuestro provecho: primeramente, porque por el testimonio de San José se comprobaba haber nacido Cristo de María Virgen, y después porque, habiendo sido María casada y viuda, sirviera de ejemplar y consuelo a todos los estados de la tierra.

Pero ¿a quién escogería el Señor para dignidad tan sublime?, ¿qué mortal sería el afortunado que diera la mano de esposo a la que debía ser juntamente Virgen y Madre de Dios?

¿Qué perfecciones, qué santidad, qué abismo de gracias no requería la dignidad de consorte de la que era Templo y Esposa del Espíritu Santo?. Entre ambos fueron esposos de María Purísima, según expresión de varones distinguidos por su virtud y saber: el Espíritu Paráclito desde toda la eternidad, para llenar y enriquecer su alma con dones y carismas dignos de la Madre de Dios, y San José en el tiempo, para ser guarda de Su virginidad; defensor de Su honor y su consuelo en las tribulaciones; el Espíritu Santo preparando aquél seno purísimo para con Su sombra formar en él la humanidad del Verbo Eterno, y San José correspondiendo con sus desvelos y solicitudes a los altos fines para que el Señor le había destinado.

¿Cabe, pues, en sano entendimiento, que el Espíritu divino, dador de todo bien, dejara de engrandecer el alma de San José con todos los tesoros de gracia y de virtudes que lo hicieran digno esposo de María?.

Habiendo sido el Señor quien escogió a San José para esposo de Su Madre queridísima, debió seguramente de darle el más cabal y justo sujeto de entre todos los Justos del Cielo y de la tierra, para que unidos entre ambos a dos por semejanza de condición, amor y costumbres, tuvieran un solo corazón y una sola voluntad.


(Continuará)

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