Tus obras serán presentadas en el día de tu muerte.


I. Llegaste a este mundo sin nada, sin nada morirás.  ¿Para qué, pues, amontonar riquezas que habrá que abandonar? Dime, ¿Qué valor darás, en la hora de la muerte, a lo que hoy persigues tan afanosamente? Desde ese punto de vista has de considerar los bienes de la tierra, para estimarlos en su justo valor [sirvan para la salvación de tu alma].


II. Tus buenas obras te seguirán. He aquí el único tesoro que te quedará, el único que podrá hacerte feliz por toda la eternidad. ¿Qué has hecho tú que merezca recompensa? ¿Aun tus mejores acciones no están, acaso, corrompidas por la negligencia, por la vanidad o por alguna mala intención? ¡Cuán de temer es que seas tú del número de aquellos que, despertando del sueño de esta vida, se encuentran con las manos vacías! Desprecia durante tu vida lo que no puedes tener después de tu muerte (San Bernardo).


III. Tus malas acciones tanto te seguirán como las buenas; te acusarán ante el tribunal de Dios. Tu pecado por todas partes te seguirá: contigo se presentará ante Dios para confundirte. ¿Qué harás entonces? ¿Qué excusa alegarás? Eres tú quien nos ejecutaste, somos tu obra, no te abandonaremos, iremos contigo al juicio (San Bernardo).

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