Buscan controlar la Iglesia Católica para destruirla.


23 Jan
23Jan

                                                



"LA GRAN CONSPIRACIÓN

                   

La actividad secreta y abierta de Isaac y los otros judíos con él asociados, aunque había tenido resultados sorprendentes, durante el gobierno del papa de la transición, Juan el Bueno, no podía obtener el pronto éxito, que el judaísmo internacional buscaba, en su programa mesiánico de eliminar a la Iglesia Católica, para la fácil realización de su gobierno mundial y de su religión cripto-satánica de la fraternidad universal. Si su antagonismo implacable debía producir resultados de mayor proporción en la mentalidad católica, en el culto y en la misma moral y disciplina de la Iglesia, era necesario que encontrasen algo más grande, más decisivo, más "revolucionario". 

La judería, a través de la masonería habían obtenido ya su "NUEVA EDAD", la sociedad de consumo, la inconformidad y las consiguientes guerrillas, actos terroristas, secuestros, inmoralidad creciente y legalización de los actos más contrarios a la misma naturaleza humana, en el mundo secular. ¿Cómo podía infiltrar la Iglesia, para realizar, desde dentro, la autodemolición de la obra de Cristo? Las demandas de Isaac habían sido decididamente rechazadas por Pío XII, un Papa vertical, que supo comprender que el acceder a esas demandas hubiera significado la más negra traición a Cristo y a su Iglesia; el abandonar el cristianismo para abrazar el judaísmo; pero fueron después simbólicamente aceptadas por Juan XXIII y el "marrano" de todas sus confianzas, el judío Agustín Bea, S. J., a quien se encomendó los proyectos para la ejecución del plan a seguir.

El cardenal Bea comprendió bien y supo llevar a cabo su papel de mensajero, de intermediario entre los judíos ya infiltrados en la Iglesia y los judíos que estaban fuera de la Iglesia. Quizá no llegó él mismo a comprender las inmensas oportunidades, que, al fin, habían sido abiertas a los enemigos de la Iglesia. Pero su amigo y asociado Juan B. Montini, estudiante del Consejo Mundial de las Iglesias, miembro además de la Curia Romana, vio y comprendió todo el panorama, que se ofrecía a los eternos enemigos de la Iglesia: "Un Concilio, sí, un Concilio Ecuménico, pero un Concilio no dogmático, sino exclusivamente pastoral", éste era el camino maravilloso, que, en su candor, el papa bueno, acogió como "una inspiración" del Espíritu, para dar a la Iglesia una "nueva primavera", un "nuevo Pentecostés", que lograría, al fin, la ansiada finalidad de la unión de todos los cristianos y, ¿por qué no? , de los musulmanes, de los budistas, de los judíos. Una humanidad unida, un ecumenismo perfecto, un "aggiornamento flexible, condescendiente y variante, según la "evolución inevitable del mundo". Los propósitos de Isaac sirvieron de un catalizador, capaz de transformar la fértil mente de Montini, quien vio con profética visión los bloques, que habían de servir en la edificación del templo de la comprensión, inspirado por el judaísmo, que había de substituir la ya caduca y vencida Cristiandad.

El instrumento eficacísimo, indispensable, era para el substituto de la Secretaría de Estado, un "concilio", pero un concilio que rompiese los moldes de todos los anteriores concilios, un concilio democrático, en el que la revolución quedase instalada en las entrañas mismas de la Iglesia. Un concilio dialéctico, de tesis y antítesis, que diese al pontífice, predestinado para el caso, el poder único de hacer las síntesis transformadoras y demoledoras de la "vieja" Iglesia Católica. El Vaticano II fue la culminación de toda la vida y trabajo de Juan B. Montini. Hacía tiempo que se hablaba de un Concilio, porque la subversión, enquistada en la Iglesia, buscaba la manera de destruir los dos últimos Concilios, el de Trento y el Vaticano I, dos baluartes invencibles, que definen, protegen y concretan los principales misterios de nuestra fe católica, los fundamentales dogmas de nuestra religión. Pero los Sumos Pontífices, que, después de Pío IX, gobernaron la Iglesia, se opusieron siempre, en especial Pío XII, a la celebración de ese Concilio, que, dadas las definiciones sobre el Romano Pontífice, hechas dogmaticamente por el Primer Concilio Vaticano, resultaba no sólo peligroso, sino inútil. La idea de la "colegialidad episcopal", como se defendía por los inconformes, que consideraban al Primado y el carisma de la "infalibilidad didáctica" pontificia como una usurpación de la Santa Sede, como una innovación contraria a la Iglesia Apostólica, solamente con un Concilio podía imponerse. Como indiqué antes, para llevar adelante este programa destructor era necesario cambiar y adulterar los mismos dogmas, en un ambiente democrático, en el que las mayorías conciliares se impusiesen aparentemente al pontífice, que estaba de acuerdo y que pacientemente había venido preparando, con su influencia, sus sugerencias, sus imposiciones, los miembros del cuerpo cardenalicio y los obispos de la subversión.     

Para conocer a fondo a este hombre funesto, que eficazmente ha llevado adelante la demolición de la Iglesia, es necesario conocer sus antecedentes familiares personales, antes de subir al trono de San Pedro. Judío, por ambos lados, por el padre y la madre, Juan B. Montini, falso cristiano, perteneció, desde muy joven, a los antros más oscuros de los "Iluminados" judeo-masones, miembros de la satánica Kábala, iniciados secretamente en el mismo Vaticano, durante el reinado de León XIII, por el cardenal criptojudío, Rampolla, "el prelado del ojo del mal". Una de las pruebas más fuertes de la práctica del ocultismo de Montini puede recogerse en un libro del P. T. F. O'Boyle, S. J., un traductor del Secretariado Vaticano por la unidad cristiana, cuando éste estaba bajo la dirección de Agustín Bea. El P. O'Boyle implica en sus palabras un tremendo cargo contra Paulo VI:

"Cuando nosotros hablamos de la "mística" de Paulo VI, no queremos Significar un misticismo espiritual, como el de Santa Teresa de Avila o San Juan de la Cruz, tampoco nos referimos a su estilo literario o su terminología, aunque es inclinado a usar frases de un italiano no vulgar, como 'inmenso y misterioso designio', 'arcano concilio', 'excelsos fines', 'el misterio de un tiempo nuevo', 'consejo inescrutable'...

Frases son éstas, que parecen tomadas del lenguaje simbólico y ocultista de la masonería y del judaísmo. Es indudable que, como dice Antonio Brambila, después de diez años, que han transcurrido desde la iniciación del Vaticano II, estamos ya en posesión de datos suficientes y manifiestos para poder calificar esa reunión desastrosa y ese pontífice, que ha mantenido en permanente cambio todas las estructuras, todos los dogmas, toda la liturgia, toda la moral, toda la disciplina de la Iglesia, con una habilidad indiscutible, pero no la suficiente, para evitar que todos los verdaderos católicos se den cuenta de la trampa mortal, que les han puesto. Ya sabemos por sus acciones, por sus discursos, sus encíclicas y por los pésimos frutos del Vaticano II lo que significa precisamente el "misticismo" de Paulo VI. Es él, el que, por encima de todos, debe ser considerado como el autor, inspirador y ejecutor infatigable de esa "autodemolición", que significa y es el Vaticano II. Es él, quien ha llevado a la práctica los ocultos planes de la Sinagoga de Satanás y de las logias masónicas.                  

Por eso, el interés que demuestra por la juventud, aún por los hippies, en cuyas inexpertas manos quiere poner los destinos de la Iglesia, para llevar adelante y asegurar así su actual victoria. Desde los primeros años de su sacerdocio Juan B. Montini ocupó puestos importantes en los negocios de la Iglesia, que le dieron la oportunidad para trabajar secretamente por los intereses del judaísmo, su verdadera nacionalidad y religión. Muy conocidas son en Italia las ocultas relaciones de Mons. Montini y del Arzobispo Montini con los dirigentes del comunismo y de la masonería de Italia; y los archivos vaticanos seguramente tendrán anotadas las cordiales recepciones que Paulo VI ha dado en su palacio a los jefes del comunismo internacional, de las logias más secretas y peligrosas y a los dirigentes del sionismo mundial.

Es Juan B. Montini el hombre que debe ser considerado como el dirigente intelectual y el ejecutor habilísimo, que pudo llevar, en unas cuantas y tumultuosas sesiones del Concilio Vaticano II, la confusión más espantosa al seno mismo de la Iglesia, reservándose la acción del postconcilio, para hacer él mismo, con sus Motus Proprios, susSínodos democráticos y su actividad dirigente, la fusión progresiva de la Iglesia con sus mortales enemigos. Hay en el Sacro Colegio, en la actualidad 13 cardenales de origen judío, entre los cuales están los que cuentan con el mayor apoyo y confianza de Paulo VI, los posibles papables. El Motu Proprio por el que eliminó del futuro Cónclave a los ancianos cardenales, que, a pesar de sus méritos, de su ciencia, de su virtud y de la claridad de su mente, han sido eliminados por la previsora mano del papa Montini, hizo a un lado los posibles obstáculos.

"Todo lo que viene sucediendo en la Iglesia, escribe en la revista española "¿QUE PASA?" Aurelio Roca, es una consecuencia lógica de las tácticas del "acercamiento al mundo" y de la "renovación de las estructuras" con adaptación a los "SIGNOS DE LOS TIEMPOS". Ha bastado se ponga en circulación una deformada interpretación del "pacifismo" —fundamentándola en las innovaciones del último Concilio— y se ejerciesen unas presiones bien orquestadas dentro de ciertos sectores vaticanos, que gozan de todas las inmunidades, para que Paulo VI se decidiese a disolver, sin nostalgia, la Guardia Noble, la Guardia Palatina y la Gendarmería pontificia, salvándose de esta disolución un contingente de la Guardia Suiza muy mermado en sus efectivos, ejerciendo funciones estrictamente ceremoniales. Las disueltas Guardias Palatina y Guardia Pontifica tenían a su cargo el mantenimiento del orden público en todo el territorio y, sobre todo, la cuidadosa vigilancia del incalculable tesoro artístico, religioso y documental, que en el Vaticano se ha ido acumulando en calidad de patrimonio de la Iglesia Universal, lo que equivale a decir, de todos los católicos. Los últimos informes —publicados en los últimos años del glorioso pontificado de Pío XII— que hacían referencia a un período no muy extenso, señalaban que la hoy disuelta Gendarmería Pontificia había evitado 527 robos y frustró 211 intentos de atentados perpetrados por anarquistas, locos o revolucionarios de todo pelaje y plumaje, poseídos de una acusada vocación iconoclasta, los cuales, mediante múltiples procedimientos, habían intentado dañar, destruir o robar, obras escultóricas, pictóricas, documentales o murales de la Basílica de San Pedro, de la Capilla Sixtina, de la Biblioteca Vaticana u otras dependencias de la sede pontificia. El salvaje atentado, perpetrado por el húngaro Laszlo Toth contra la célebre escultura de Miguel Ángel "la Piedad", no es sino la lógica consecuencia de haber enviado a Nueva York esa preciosa escultura, para diversión del turismo y la lenta, pero segura autodemolición que lleva a cabo el pontífice infiltrado Juan B. MONTINI.

He citado este incidente, porque es revelador, porque es simbólico: para mí el atentado a la "Piedad" de Miguel Ángel no es sino una representación tangible de lo que el Vaticano II y los dos últimos pontífices han hecho y están haciendo en la Iglesia. Porque nadie puede sospechar siquiera la significación, la utilidad y el terrible peligro de un Concilio, influenciado y controlado por los judíos. Su significado, su conveniencia, su grave amenaza estaban en el asalto masivo contra la Iglesia, por un concilio desconcertante y democrático, que revivió de un modo o de otro todas las antiguas herejías, a título de "aggiornamento", de "ecumenismo", de "diálogo", de progreso, para destruir así insensiblemente nuestros dogmas, nuestra moral, nuestra liturgia y la disciplina de la Iglesia tradicional y apostólica. La debilidad y poco éxito, con que los antiguos infiltrados en la Iglesia (la infiltración judaizante ha sido un mal, desde los tiempos apostólicos, para destruir la obra de Cristo) habían tratado de realizar sus perversos designios, fracasaron, porque sus ataques se habían concentrado en un dogma, en una religión; habían sido inspirados por pequeñas ambiciones, de estrecha proyección. Pretendían tan sólo sembrar la duda o la herejía en contra de una verdad de nuestra fe, principalmente contra la divinidad de Cristo y la Virginidad de María Santísima. El plan montiniano fue grandioso, a no dudarlo, ya que estaba masivamente dirigido contra todas las verdades de la fe, en escala mundial, apoyado por un concilio y por un Papa, encaminado, sobre todo, a la tangible destrucción de las cuatro notas características de la verdadera y única Iglesia de Jesucristo.

Todo favoreció la realización de este plan diabólico: la facilidad de comunicaciones, la rapidez para escribir y para imprimir la ingente literatura preconciliar y conciliar, en la que el veneno se difundió por todo el mundo, las múltiples infiltraciones que, en todos los niveles, eclesiales y laicales, se dedicaron a la satánica tarea de desorientar, a título de obediencia, de veneración a nuestros jerarcas y al papa, a los católicos, que firmes en la fe, sabían descubrir y denunciar esas falsas derechas, más nocivas, más desorientadoras, que los mismos descarados enemigos. La infiltración trabajó y trabaja a gran escala, bien financiada, bien aconsejada y bien disfrazada de sumisión filial, de "ecumenismo", de "Muro" de las lamentaciones, de "GUIA", con su ambición continental. ¡Ay, los Abascal, los Salmerón, los Plata, los Octavios, los Aviles, los Alvarez Icaza, los Quiroga y tantos otros, como hoy vemos, que, por defender a Paulo VI, han traicionado a Cristo y a su Iglesia! ¿Dónde está la UNIDAD de la Iglesia? No existe en la doctrina; no se da en los Sacramentos, en la liturgia; no en la moral de circunstancias, en la moral subjetiva; no existe siquiera en la disciplina. Los obispos, con su colegialidad y su corresponsabilidad, minaron la autoridad papal; el mismo Montini con el falaz engaño de la Iglesia de los pobres, de la vuelta a la pureza de las fuentes, buscaba en realidad el proceso de desintegración, planeado en los antros del judaísmo, de la masonería, del comunismo. Hay división en todas partes, hasta en el hogar cristiano, que había sido la fortaleza de nuestras santas tradiciones.                  

¿Dónde está la SANTIDAD de la Iglesia? Hoy nada es pecado; en los púlpitos gritan esos curas traidores que el único pecado es el pecado comunitario. En lo demás, todo es permitido, todo es lícito, con tal de que se haga con amor. Las comunidades religiosas, salvas pocas y honrosas excepciones, están en plena decadencia, en un estado agónico, en franca descomposición ideológica y moral, como lo vimos en la tremenda condenación del caso del Seminario de Montezuma; como lo denuncia la opinión pública, que, con razón, se escandaliza al ver a los religiosos en los sitios vedados, no digo ya a los religiosos, sino a cualquier católico de moral y decencia. Ahora el santo es juzgado como anormal y como loco, como un enfermo mental, que debe ser internado en una clínica psiquiatra.                   

La CATOLICIDAD de la Iglesia fue sustituida por "ese ecumenismo", invención satánica, que ha paralizado las verdaderas conversiones, que ha multiplicado las apostasías, que está haciendo tremendos e irreparables estragos en la fe de muchísimos buenos católicos. El mandanto del Divino Maestro "Id y predicad", "id y evangelizad", fue cambiado por el mandato montiniano: "Id y dialogad"; y el diálogo nefando nos ha llevado a equiparar la Iglesia con las sectas, con las religiones paganas, hasta llevar a Paulo VI a sentarse en el CONSEJO MUNDIAL DE LAS IGLESIAS, al lado de los herejes, apóstatas y carentes de toda verdadera religión, para pronunciar un discurso lamentable, absurdo, injurioso para la VERDAD REVELADA, vergonzoso para la Iglesia fundada por el Hijo de Dios.                   

¿Y la APOSTOLICIDAD? Se rompió el hilo permanente de la tradición apostólica; ya nadie acepta ni toma en cuenta los escritos de los Padres y Doctores de la Iglesia; ya la voz del Magisterio de los Papas y Concilios anteriores perdió para esos innovadores el carisma de la infalibilidad, de la inmutabilidad, de la universalidad. La Iglesia Católica empezó, para esos falsos hermanos, con Juan XXIII, con Paulo VI y con el Vaticano II. Lo que hace unos veinte años condenó Pío XII es lo que ahora Montini acepta, difunde, defiende, aunque en sus discursos, de vez en cuando, se lamente, repruebe o parezca reprobar, y aun finja un llanto de dolor, ante la subversión triunfante en la Iglesia. El y solamente él es el culpable.                   

No ha habido oposición ninguna; las voces que en el Concilio se levantaron valerosas para protestar y luchar contra el asalto de la fortaleza, fueron pronto calladas: a unos, con el pretexto absurdo y diabólico de la edad, se les arrojó de sus Sedes; a otros se les convenció dolosamente con promociones indebidas al cardenalato; y los que siguieron dando la batalla se encontraron bloqueados por la incomprensión, por las calumnias, por la difamación, por la pobreza (ésta sí verdadera, no de nombre, como la de los progresistas, los de auto, de diversiones y de mujer).La prensa católica cayó en sus manos, por no mencionar a la prensa comercial y profana, como la "cadena De García Valseca" en nuestra patria, a la que la voz melosa y traicionera de un jesuita, el P. Escalada, obligó al coronel, so pena de la "excomunión" y de la condenación eterna, a despedir o silenciar a los defensores de la ortodoxia. Es verdaderamente descarada esa entrega de la mayoría de periódicos y revistas, que en manos de la judería o de sus satélites, han cerrado sus puertas al defensor de la verdad, para abrirlas al de las "Sumas y Restas", el doblemente traidor, de España y de México, a los GENARITOS, a los Ochoa Mancera, a los Moya García, a los Mugenburg.                                         

Este mundial y masivo asalto; ese éxito incuestionable de la subversión ha sorprendido a los mismos enemigos, que nunca habían soñado en un triunfo tan completo, tan rápido y tan universal. Y son los obispos, son los cardenales los grandes culpables. Porque, aunque ya la infiltración era muy grande y Juan XXIII supo seleccionar a los que la "mafia" había escogido para ocupar los puestos cardenalicios vacantes, así como los episcopados y puestos de mando; sin embargo, no podemos negar que muchos de los Padres conciliares fueron al Concilio con buena y sana doctrina, con la preparación necesaria para darse cuenta del verdadero objetivo del Concilio Pastoral. La acción arrolladora de los "expertos", el lavado cerebral que se hizo a los grupos episcopales y, sobre todo, las directivas del Concilio (recordemos la frase de Rahner) hicieron que con apariencias de una absurda e inadmisible democracia, Montini y su equipo llevasen adelante con rapidez asombrosa el plan hábilmente preconcebido no tanto por el judaísmo, sino por su aliado el satanismo mismo. Ningún Concilio, planeado en secreto, con el propósito de destruir la Iglesia, puede ser un Concilio verdadero, en el que el Espíritu Santo enseñe a los hombres la verdad. Debemos escoger: o el Concilio de Trento, el Vaticano I y todos los otros Concilios que les precedieron fueron verdaderos Concilios, dirigidos por el Espíritu Santo, y en ese caso no podemos estar de acuerdo con el Vaticano II, el Pastoral Concilio de Montini; o este Concilio no es la obra de Dios, sino la obra de los enemigos de Dios. Porque, ni el "aggiornamento", ni el "ecumenismo", ni el "pueblo de Dios", ni "la colegialidad", ni el "diálogo", ni "libertad religiosa", ni la "exoneración de los judíos" es la voz de la Iglesia de veinte siglos.

Pero, hay una prueba más decisiva: "el pluralismo religioso", la nueva trampa, excogitada por Maritain y por Montini, como la solución práctica para el establecimiento de esa unidad en la desigualdad de creencias, de ritos, de moral, de disciplina, de religiones. Mientras los católicos continuaban haciendo conversiones, un equipo de sacerdotes, como el P. John Hardin, S. J., recorrían los países y daban conferencias a sacerdotes, a seminaristas y a laicos, para convencer a todos de que, ante el peligro nuclear, la paz estaba sobre todo; que para alcanzar esta imperiosa paz, era necesario interrumpir el trabajo de hacer proselitismo católico, para dejar el campo abierto al "pluralismo", en el que todas las religiones podían convivir pacíficamente en la más estupenda hermandad. Era el secreto pacto que los católicos habían hecho con sus mortales enemigos: los protestantes, judíos y hasta con los mismos masones y comunistas.

No más apostolado de conversiones; debía cesar el proselitismo de los católicos; no el de sus enemigos. Un nuevo lenguaje vino a sustituir el lenguaje de la tradición católica. Se empezaron a oir frases blasfemas, como la última expresión de la verdad católica. "Somos una sociedad pluralista", con autoridad casi dogmática, declaró el P. John Courtney Murray, S. J. Con la interpretación del judío que dominaba en Roma, la paz para Roma significó la paz con los judíos. No es la paz de Dios la que ha buscado nunca Juan B. Montini, sino la paz del hombre, en la esclavitud del socialismo. Lo que ahora debemos admitir los católicos es que Satanás y Cristo pueden ir del brazo, y entrar y salir juntos en el Vaticano. El P. Courtney ya murió, como han muerto muchos de esos activistas del Concilio, que hicieron en la Iglesia esa labor satánica. ¡Ya han sido juzgados por Dios! Pero no ha muerto su escuela, ni su secta. El Cardenal John Wright, Secretario de la Congregación del clero, en la primavera de 1971, en una entrevista que concedió a un P. Dominico, editor de Priest Magazine, dijo: "Difícilmente puede ya sorprender a ninguno de los que me siguen el concebir al "pluralismo religioso" como parte de la tradición católica".

Viene aquí muy oportunamente una crítica publicada en España contra uno de esos falsos profetas, anunciados de antemano por la Sagrada Escritura, que, por desgracia, es un miembro de la Jerarquía, de los que lentamente están siendo seleccionados para llevar adelante el plan destructivo de la Iglesia:

"¿LA HEREJÍA DE LA TRADICIÓN? - Ha hablado un dignatario de la Iglesia. El que hable una persona así nos obliga a escuchar con la mayor atención, porque ya los católicos, que nos preciamos de serlo vamos formando mentalmente una especie de fichero teológico-moral, para saber de quién podemos fiarnos, para recibir la verdadera doctrina y quién puede ahora repartirnos el pan de la verdad en la fe y en la moral.

Bien; ha hablado una Jerarquía. ¡Santo Dios, lo que ha dicho! El le perdone los disparates, más o menos proféticos, pero tremendos, que ha vertido. Suponemos que al haber recibido, con la consagración episcopal, la plenitud del sacerdocio y los SIETE, sí, SIETE Dones del Espíritu Santo, ha de haber ascendido a las alturas místicas propias de especiales gracias celestiales y, sin embargo, o mejor dicho, por eso nos ha dejado perplejos. Nosotros, los refractarios a la droga de la "adultez postconciliar", conservamos el sentido común y unas migajillas de teología, que nos ayudan y sostienen en esta lucha contra el poder de las tinieblas; apoyándonos en ambas cosas, vamos ahora a exponer los motivos de nuestro asombro y perplejidad. Es el caso que, en esta Babel de herejías consentidas (¿Por quién, sino por Paulo VI?), de ataques a los dogmas sagrados de la religión católica, de "Nihil obstat", "Imprimí potest" e "IMPRIMATUR" inexplicables en publicaciones de manifiesto error herético, de pastores consentidores de propaganda abiertamente ofensiva a la moral y a la fe católica, y en plena publicación, tristemente famosa del famoso documento de los 33, una dignidad de la Iglesia se ha dirigido a nosotros, los fieles A LA TRADICIÓN DE LA FE Y DE LOS DOGMAS, tachándonos nada menos que de herejes y de Iglesia paralela (no; no se refiere al IDOC ni a las comunidades de base, ni a los subterráneos de la Iglesia; es a nosotros, señores, es a nosotros. . .

1 ). Y lo ha hecho precisamente con ocasión de hablar de los dos dogmas atacados en el documento citado: LA ENCARNACIÓN DE CRISTO Y LA SANTÍSIMA TRINIDAD. ¡Quién lo hubiera dicho! En vez de dirigirse a los verdaderos herejes, a los que los obispos de todo el mundo, encabezados por graves advertencias y admoniciones de Roma, han señalado, desautorizándolos y condenando sus doctrinas, se ha vuelto airado contra nosotros y, como digo, nos ha tachado de HEREJES y lo ha hecho con estas increíbles palabras: "Es casi como para hablar de la herejía de la Tradición". El disparate es monumental, porque es imposible que exista una herejía de la Tradición, como es imposible que se dé una herejía de la verdad Todos sabemos que, para que haya herejía se necesitan estas dos cosas: 1a) La negación o el ataque a un dogma de la fe católica y 

2a) La pertinacia en sostener el error, después de ser advertido. Ahora bien, ¿cómo se puede sostener que los defensores de la SANTA E INTANGIBLE TRADICIÓN, por la cual la Iglesia Católica ha ¡do trasmitiendo la fe y los dogmas, durante veinte siglos, hayamos incurrido en herejía precisamente por defender -y estar dispuestos para hacerlo, hasta llegar a la entrega de nuestra propia vida TODOS LOS DOGMAS, que hemos recibido de nuestra Madre la Iglesia Católica...? "¿En qué se funda el Sr. Obispo al decir esto? . . . Pero sepa él y todos que no vamos a ceder porque ES PRECISO OBEDECER A DIOS ANTES QUE A LOS HOMBRES, y cuando una jerarquía no habla en unión de todos los obispos y en COMUNIÓN CON EL LEGITIMO PAPA, aunque nos diga que está hablando en esta forma, no tenemos obligación de obedecerle y, es más, en ocasiones, faltaríamos incluso obedeciéndole." 



Pbro. Dr. Joaquín Sáenz y Arriaga, 'Sede Vacante' capítulo X, página 323.








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