¿Cómo se formo la Asamblea del pueblo de Dios o la "misa nueva"?


02 Oct
02Oct


Ave María Purísima, sin pecado original concebida.


Contenido:

1.- Unidad en la Iglesia.

2.- Concilio de Trento.

3.- Bula “Quo primum tempore”.

4.- Juan XXIII.

5.- Concilio Vaticano II.

6.- 'Novus Ordo Missae.'

7.- Carta a Pablo VI del Cardenal Alfredo Ottaviani prefecto de la Congregación para la doctrina de la Fe. Cardenal Antonio Bacci.

8.- Examen del 'Novus Ordo Missae' del Cardenal Alfredo Ottaviani prefecto de la Congregación para la doctrina de la Fe. Cardenal Antonio Bacci.

9.- Palabras consacratorias alteradas.

10.- Los resultados: Una nueva Iglesia.








Estudio sobre la abrogación "oficial" del Santo Sacrificio, sobre la oficilalización del "Novus Ordo Missae", a partir de la teología, de la doctrina y de las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia Católica.

¿Cuántas misas son verdaderas?, ¿Cuántas misas se han autorizados por la Iglesia?, ¿De cuántas maneras se puede celebrar la santa misa?, ¿Pede cambiar sustancialmente la consagración del Santo Sacrificio?



1.- Unidad en la Iglesia.

1.1. La Iglesia fundada por Nuestro Señor Jesucristo es una, santa, católica, apostólica y romana; la doctrina y las ceremonias pueden fortalecerse y pero no cambiar la sustancia y esencia, en ese momento dejan de ser lo que es.

1.2. "Id pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Enseñándolas a observar todas las cosas que os he mandado." Evangelio de San Mateo XXVIII, 19.

1.3. “Por apremio de la Fe, estamos obligados a creer y sostener que hay una sola y Santa Iglesia, Católica y Apostólica y fuera de ella no hay salvación ni perdón de los pecados”. Papa Bonifacio XIII, decreto “Unam Sanctam”, 18 de noviembre de 1302. 

1.4.  “Jesucristo no concibió ni constituyó una iglesia formada por muchas comunidades que se asemejen por ciertos caracteres generales, pero distintas unas de otras y no unidas entre sí, por ello cuando Jesucristo habla de ella no menciona más que una Iglesia que llama suya: 'Yo edificaré mi Iglesia...' cualquier otra que se quiera imaginar fuera de ella no puede ser la verdadera Iglesia de Jesucristo”. Papa León XIII, Encíclica: “Satis Cognitum”, 29 de junio de 1896.





2.- Concilio de Trento.

SESION XXII: "Doctrina sobre el sacrificio de la Misa." Celebrada en tiempo del sumo Pontífice Pío IV, el 17 de setiembre de 1562.


Cap. VI. De la Misa en que comulga el sacerdote solo.- Quisiera por cierto el sacrosanto Concilio que todos los fieles que asistiesen á las Misas comulgasen en ellas, no solo espiritualmente, sino recibiendo tambien sacramentalmente la Eucaristía; para que de este modo les resultase fruto mas copioso de este santísimo sacrificio'. No obstante, aunque no siempre se haga esto, no por esto condena como privadas é ilícitas las Misas en que solo el sacerdote comulga sacramentalmente, sino que por el contrario las aprueba, y las recomienda; pues aquellas Misas se deben tambien tener con toda verdad por comunes de todos; parte porque el pueblo comulga espiritualmente en ellas , y parte porque se celebran por un ministro público de la Iglesia, no solo por sí, sino por todos los fieles que son miembros del cuerpo de Cristo.


Cap. VIII. No se celebre la Misa en lengua vulgar; esplíquense sus misterios al pueblo. Aunque la Misa incluya mucha instrucción para el pueblo fiel ; sin embargo no ha parecido conveniente á los Padres que se celebré en todas partes en lengua vulgar. 


Cap. IX. Del sacrificio de la Misa. Por cuanto se han esparcido, en este tiempo muchos errores contra estas verdades de fe; fundadas en el sacrosanto Evangelio, en las tradiciones de los Apóstoles, y en la doctrina de los santos Padres; y muchos enseñan y disputan muchas cosas diferentes; el sacrosanto Concilio, después de graves y repetidas ventilaciones tenidas con madurez, sobre estas materias; ha determinado por consentimiento unánime de todos los Padres, condenar y desterrar de la santa Iglesia por medio de los Cánones siguientes todos los errores que se oponen á esta purísima fe, y sagrada doctrina.


Canon I. Si alguno dijere, que no se ofrece á Dios en la Misa verdadero y propio sacrificio; ó que el ofrecerse este no es otra cosa que darnos á Cristo para que le comamos; sea excomulgado. 

Canon II. Si alguno dijere, que en aquellas palabras: Haced esto en mi memoria (2 Cor. 11.), no instituyó Cristo sacerdotes a los Apóstoles; ó que no los ordenó para que ellos, y los demás sacerdotes ofreciesen su cuerpo y su sangre(Luc. 22.); sea excomulgado.

Canon III. Si alguno dijere, que el sacrificio de la Misa es solo sacrificio de alabanza, y de acción de gracias, ó mero recuerdo del sacrificio consumado en la cruz; mas que no es propiciatorio; ó que solo aprovecha al que le recibe y que no se debe ofrecer por los vivos, ni por los difuntos, por los pecados, penas satisfacciones, ni otras necesidades;sea excomulgado.

Canon IV. Si alguno dijere, que se comete blasfemia contra el santísimo sacrificio que Cristo consumó en la cruz, por el sacrificio de la Misa; ó que por este se deroga á aquel; sea excomulgado.

Canon V. Si alguno dijere, que es impostura celebrar Misas en honor de los santos, y con el fin de obtener su intercesión para con Dios, como intenta la Iglesia; sea excomulgado.

Canon VI. Si alguno dijere, que el Cánon de la Misa contiene errores, y que por esta causa se debe abrogar; sea excomulgado.

Canon VII.  Si alguno dijere , que las ceremonias, vestiduras y signos externos, que usa la Iglesia católica en la celebración de las Misas son mas bien incentivos de impiedad, que obsequios de piedad; sea excomulgado.

Canon VIII. Si alguno dijere, que las Misas en que solo el sacerdote comulga sacramentalmente son ilícitas, y que por esta causa se deben abrogar; sea excomulgado.

Canon IX. Si alguno dijere, que se debe condenar el rito de la iglesia Romana, según el que se profieren en voz baja una parte del Canon, y las palabras de la consagración; ó que la Misa debe celebrarse solo en lengua vulgar, ó que no se debe mezclar el agua con el vino en el cáliz que se ha de ofrecer, porque esto es contra la institución de Cristo; sea excomulgado.




3.- Bula “Quo primum tempore”.

El Papa San Pío V,   en la Bula: 'Quo Primum Tempore', del 14 de julio de 1570, promulgó a perpetuidad la Santa Misa instituida por Nuestro Señor Jesucristo, para evitar fuera adulterada.



"Del Santo Padre Pío V -Pío Obispo Siervo de los siervos de Dios para perpetua memoria.

I. Desde el primer instante en que fuimos elevados a la cima del Apostolado, aplicamos con gusto nuestro ánimo y nuestras fuerzas y dirigimos todos nuestros pensamientos hacia aquellas cosas que tendieran a conservar puro el culto de la Iglesia y nos esforzamos por organizarlas y, con la ayuda de Dios mismo, por realizarlas con toda la dedicación debida.

II. Y como, entre otras decisiones del Santo Concilio de Trento, nos incumbiera estatuir sobre la edición y reforma de los libros sagrados – el Catecismo, el Misal y el Breviario – después de haber ya, gracias a Dios, editado el Catecismo para instrucción del pueblo y corregido completamente el Breviario para que se rindan a Dios las debidas alabanzas,

Nos parecía necesario entonces pensar cuanto antes sobre lo que faltaba en este campo: editar un Misal que correspondiera al Breviario, como es congruente y adecuado PUES RESULTA DE SUMA CONVENIENCIA QUE EN LA IGLESIA DE DIOS HAYA UN SOLO MODO DE SALMODIAR, UN SOLO RITO PARA CELEBRAR LA MISA.

III. En consecuencia, hemos estimado que tal carga debía ser confiada a sabios escogidos: son ellos, ciertamente, quienes HAN RESTAURADO TAL MISAL A LA PRÍSTINA NORMA Y RITO DE LOS SANTOS PADRES. Dicha tarea la llevaron a cabo después de coleccionar cuidadosamente todos los textos – los antiguos de nuestra Biblioteca Vaticana junto con otros buscados por todas partes,CORREGIDOS Y SIN ALTERACIONES– Y LUEGO DE CONSULTAR ASIMISMO LOS ESCRITOS DE LOS ANTIGUOS Y DE AUTORES RECONOCIDOS QUE NOS DEJARON TESTIMONIOS SOBRE LA VENERABLE INSTITUCIÓN DE LOS RITOS.

IV. REVISADO YA Y CORREGIDO EL MISAL, hemos ordenado tras madura reflexión que fuera impreso cuanto antes en Roma, y, una vez impreso, editado, para que todos recojan el fruto de esta institución y de la tarea emprendida. Y especialmente para que los sacerdotes sepan que oraciones deben emplear en adelante, que ritos o que ceremonias han de mantener en la celebración de las Misas.



V. Pues bien: a fin de que todos abracen y observen en todas partes lo que les ha sido transmitido por la sacrosanta Iglesia Romana, madre y maestra de las demás Iglesias, EN ADELANTE Y POR LA PERPETUIDAD DE LOS TIEMPOS FUTUROS PROHIBIMOS QUE SE CANTE O SE RECITE OTRAS FÓRMULAS QUE AQUELLAS CONFORMES AL MISAL EDITADO POR NOS, y esto en todas las Iglesias Patriarcales, Catedrales, Colegiadas y Parroquiales de las Provincias del orbe cristiano, seculares y regulares de cualquier Orden o Monasterio – tanto de varones como de mujeres e incluso de milicias – y en las Iglesias o Capillas sin cargo de almas, donde se acostumbra o se debe celebrar la Misa Conventual, en voz alta con coro o en voz Baja, según el rito de la Iglesia Romana.

Aún si esas mismas Iglesias, por una dispensa cualquiera, hayan estado amparadas en un indulto de la Sede Apostólica, en una costumbre, en un privilegio (incluso juramentado), en una confirmación Apostólica o en cualquier tipo de permiso.





Salvo que en tales Iglesias, a partir precisamente de una institución inicial aprobada por la Sede Apostólica o a raíz de una costumbre, esta última o la propia institución HAYAN SIDO OBSERVADAS ININTERRUMPIDAMENTE EN LA CELEBRACIÓN DE MISAS POR MÁS DE DOSCIENTOS AÑOS. A esas Iglesias, de ninguna manera les suprimimos la celebración instituida o acostumbrada. De todos modos, si les agradara más este Misal que ahora sale a la luz por Nuestro cuidado, les permitimos que puedan celebrar Misas según el mismo sin que obste ningún impedimento, si lo consintiera el Obispo, el Prelado o la totalidad del Capítulo.

VI. En cambio, AL QUITAR A TODAS LAS DEMÁS IGLESIAS ENUMERADAS ANTES EL USO DE SUS MISALES PROPIOS, AL DESECHARLOS TOTAL Y RADICALMENTE, Y AL DECRETAR QUE JAMÁS SE AGREGUE, SUPRIMA O CAMBIE NADA A ESTE MISAL NUESTRO RECIÉN EDITADO, LO ESTATUIMOS Y ORDENAMOS MEDIANTE NUESTRA CONSTITUCIÓN PRESENTE, VALEDERA A PERPETUIDAD, Y BAJO PENA DE NUESTRA INDIGNACIÓN.

Así, en conjunto e individualmente a todos los Patriarcas de tales Iglesias, a sus Administradores y a las demás personas que se destacan por alguna dignidad eclesiástica – aún cuando sean Cardenales de la Santa Iglesia Romana o estén revestidos de cualquier grado o preeminencia – les mandamos y preceptuamos estrictamente, en virtud de la Santa obediencia:

– que canten y lean la Misa según el rito, el modo y la norma que ahora transmitimos mediante este Misal, abandonando por entero en adelante y desechando de plano todos los demás procedimientos y ritos observados hasta hoy por costumbre y con origen en otros Misales de diversa antigüedad; – Y QUE NO SE ATREVAN A AGREGAR O RECITAR EN LA CELEBRACIÓN DE LA MISA CEREMONIAS DISTINTAS A LAS CONTENIDAS EN EL MISAL PRESENTE.





VII- Además, por autoridad Apostólica y a tenor de la presente, DAMOS CONCESIÓN E INDULTO, TAMBIÉN A PERPETUIDAD, DE QUE EN EL FUTURO SIGAN POR COMPLETO ESTE MISAL Y DE QUE PUEDAN, CON VALIDEZ, USARLO LIBRE Y LÍCITAMENTE EN TODAS LAS IGLESIAS SIN NINGÚN ESCRÚPULO DE CONCIENCIA Y SIN INCURRIR EN CASTIGOS, CONDENAS, NI CENSURAS DE NINGUNA ESPECIE.

VIII. Del mismo modo, estatuimos y declaramos:

  • QUE NO HAN DE ESTAR OBLIGADOS A CELEBRAR LA MISA EN FORMA DISTINTA A LA ESTABLECIDA POR NOS NI PRELADOS, NI ADMINISTRADORES, NI CAPELLANES NI LOS DEMÁS SACERDOTES SECULARES DE CUALQUIER DENOMINACIÓN O REGULARES DE CUALQUIER ORDEN;

  • QUE NO PUEDEN SER FORZADOS NI COMPELIDOS POR NADIE A REEMPLAZAR ESTE MISAL;

  • Y QUE LA PRESENTE CARTA JAMÁS PUEDE SER REVOCADA NI MODIFICADA EN NINGÚN TIEMPO, SINO QUE SE YERGUE SIEMPRE FIRME Y VÁLIDA EN SU VIGOR.



No obstan los estatutos o costumbres contrarias precedentes de cualquier clase que fueran: constituciones y ordenanzas Apostólicas, constituciones y ordenanzas generales o especiales emanadas de Concilios Provinciales y Sinodales, ni tampoco el uso de las Iglesias enumeradas antes, cuando, a pesar de estar fortalecido por una prescripción muy antigua e inmemorial, no supera los doscientos años.

IX. En cambio, es voluntad Nuestra y decretamos por idéntica autoridad que, luego de editarse esta constitución y el Misal, los sacerdotes presentes en la Curia Romana están obligados a cantar o recitar la Misa según el mismo al cabo de mes; por su parte los que viven de este lado de los Alpes, al cabo de tres meses; y los que habitan más allá de esos montes, al cabo de seis meses o desde que lo hallen a la venta.

X. Y PARA QUE EN TODOS LOS LUGARES DE LA TIERRA SE CONSERVE SIN CORRUPCIÓN Y PURIFICADO DE DEFECTOS Y ERRORES, también por autoridad bien por autoridad Apostólica y a tenor de la presente prohibimos que se tenga la audacia o el atrevimiento de imprimir, ofrecer o recibir en ninguna forma este Misal sin Nuestra licencia o la licencia especial de un Comisario Apostólico que Nos constituiremos al efecto en cada región: él deberá previamente, dar plena fe a cada impresor de que el ejemplar del Misal que servirá como modelo para los otros, ha sido cotejado con el impreso en Roma según la edición original, y concuerda con este y no discrepa absolutamente en nada.



(Nuestra prohibición se dirige) a todos los impresores que habitan en el dominio sometido directa o indirectamente a Nos y a la Santa Iglesia Romana, bajo pena de confiscación de los libros y de una multa de doscientos ducados de oro pagaderos ipso facto a la Cámara Apostólica; y a los demás establecidos en cualquier parte del orbe, BAJO PENA DE EXCOMUNIÓN LATÆ SENTENTIÆ (AUTOMÁTICA) Y DE OTROS CASTIGOS A JUICIO NUESTRO.

XI. Por cierto, como sería difícil transmitir la presente Carta a todos los lugares del orbe Cristiano y ponerla desde un principio en conocimiento de todos, damos precepto: de que sean publicadas y fijadas, según la costumbre, en las puertas de la Basílica del Príncipe de los Apóstoles y de la Cancillería Apostólica y en el extremo del Campo de Flora; y de que a los ejemplares de esta Carta que se muestren o exhiban – incluso a los impresos, suscriptos de propia mano por algún tabelión público y asegurados además con el sello de una persona constituida en dignidad eclesiástica – se les otorgue en toda nación y lugar la misma fe perfectamente indubitable que se otorgaría a la presente.

XII. Así pues, que absolutamente a ninguno de los hombres le sea lícito quebrantar ni ir, por temeraria audacia, contra esta página de Nuestro permiso, estatuto, orden, mandato, precepto, concesión, indulto, declaración, voluntad, decreto y prohibición.




MÁS SI ALGUIEN SE ATREVIERE A ATACAR ESTO, SABRÁ QUE HA INCURRIDO EN LA INDIGNACIÓN DE DIOS OMNIPOTENTE Y DE LOS BIENAVENTURADOS APÓSTOLES PEDRO Y PABLO.

Dado en Roma, en San Pedro en el año mil quinientos setenta de la Encarnación del Señor, la víspera de los Idus de Julio, en el quinto año de Nuestro Pontificado."








4.- Juan XXIII.

4.1. Angelo Giuseppe Roncalli, asumió el nombre de Juan XXIII, el día 28 de octubre de 1958 a los 77 años, murió el 3 de junio de 1963 a los 81 años.


4.2. El día 25 de julio de 1960, emitió el “Moto Proprio: Rubricarum Instructum” con la que reformaba las rúbricas del Breviario Romano y del Misal Romano, para la Iglesia Universal con el siguiente contenido:

4.2.1. “Y después de haberlo ponderado bien, nos hemos determinado que se deben proponer a los Padres del futuro Concilio los principios fundamentales referentes a la reforma litúrgica, pero que no se debe diferir por más tiempo la reforma de las rúbricas del Breviario y del Misal romano.”

4.2.2. “Por ello, Motu proprio, con plena conciencia, con nuestra Autoridad apostólica hemos decidido aprobar el cuerpo de las rúbricas del Breviario y Misal romano, preparado por algunos expertos de la Sagrada Congregación de Ritos y examinado diligentemente por la Pontificia Comisión para la reforma general de la Liturgia, disponiendo lo que sigue:”

4.2.3. “1.° Mandamos que todos los que siguen el rito romano observen, desde el 1 de enero del año 1961, el nuevo código de rúbricas del Breviario y del Misal romano, dividido en tres partes: Rubricae generales, Rubricae generales Breviarii Romani y Rubricae generales Missalis Romani (Rúbricas generales, Rúbricas generales del Breviario romano y Rúbricas generales del Misal romano), así como Calendarium Breviarii et Missalis romani (el Calendario del Breviario y Misal romano), que en breve promulgará la Sagrada Congregación de Ritos. Los que sigan otro rito están obligados a atenerse cuanto antes ya al nuevo código de rúbricas, ya al Calendario en todo aquello que no es exclusivo de su rito.”





4.2.4. “2.° El mismo día 1 de enero de 1961 dejan de tener vigencia las Rubricae generales del Breviario y del Misal romano, así como las Additiones et Variationes a las rúbricas del Breviario y del Misal romano conforme a la Bula Divino afflatu de nuestro Predecesor San Pío X, que ahora se encuentran al comienzo de esos libros litúrgicos. Del mismo modo cesa de tener vigencia el Decreto general de la Sagrada Congregación de Ritos sobre la simplificación de las rúbricas, del 23 de marzo de 1955, que ha sido refundido en el nuevo texto de las rúbricas. Quedan abrogados también los decretos y respuestas a las dudas de la misma Sagrada Congregación, que no se compaginan con la nueva redacción de las rúbricas.”

4.2.5. “3.° Asimismo quedan revocados los estatutos, privilegios, indultos, las costumbres de cualquier clase, aun seculares e inmemorables, incluso las dignas de mención especialísima y particular que se opongan a estas rúbricas.”

4.2.6. “4.° Los editores de libros litúrgicos, debidamente aprobados y permitidos por la Santa Sede, pueden preparar nuevas ediciones del Breviario y Misal romano en conformidad con el nuevo código de rúbricas. Mas, para asegurar la necesaria uniformidad de las nuevas ediciones, la Sagrada Congregación de Ritos facilitará las indicaciones necesarias.”

4.2.7. “5.° En las nuevas ediciones del Breviario y del Misal, omitidos los textos de las rúbricas, de que se habla en el núm. 2, insértese el texto de las nuevas rúbricas, a saber: en el Breviario, las Rubricae generales y las Rubricae generales Breviarii romani; en el Misal, las Rubricae generales y las Rubricae generales Missalis romani.”





4.2.8. “se introducen modificaciones oportunas, que reducen algún tanto la extensión del Oficio divino. Este era el deseo de muchísimos Obispos, en atención a muchos sacerdotes, que hoy están más agobiados por las preocupaciones pastorales.”

4.2.9. “Sea ratificado y firme todo lo que hemos decretado y establecido con estas nuestras Letras dadas motu proprio, sin que obste cualquier disposición en contrario, incluso digna de especialísima y particular mención.”

4.2.10. “Dado en Roma, junto a San Pedro, el 25 de julio de 1960, segundo año de nuestro pontificado.”



4.3. La Sagrada Congregación de Ritos, emitió un “Decreto General, por el cual se promulga el nuevo código de rubricas del Breviario y Misal Romanos” el 26 de julio del año 1960, el cual dice textualmente: “El nuevo Código de rúbricas del Breviario y Misal romanos, que aprobó Nuestro Santísimo Señor, Juan Papa XXIII, por las Letras Apostólicas Rubricarum instructum, del 25 de julio de este año, dadas motu propio, y  lo declaran promulgado la S. Congregación de Ritos por este Decreto general para que se inserte en las nuevas ediciones del Breviario y Misal romanos, y se observe por todos a los que atañe, desde el día 1º de enero del año próximo de 1961. Y para que los libros litúrgicos que están actualmente en uso puedan seguir utilizándose, al Código de rúbricas se añaden “Variaciones” para la adaptación del Breviario, del Misal, y del Martirologio. En el palacio de la S. Congregación de Ritos, el día 26 de julio del año de 1960. Cayetano Card. Cicognani, Obispo de Túsculo, Prefecto. Enrique Dante, secretario.”





4.4. Extracto del contenido del: “Decreto General” de la Sagrada Congregación del 26 de julio de 1960, sobre el nuevo Código de rúbricas del Misal romano, que aprobó Juan XXIII, por las Letras Apostólicas Rubricarum instructum, del 25 de julio de 1960:

4.4.1. “El Santo Sacrificio de la Misa, celebrado según los cánones y las rúbricas, es el acto de culto público tributado a Dios en nombre de Cristo y de la Iglesia. Evítese por tanto la denominación de ‘Misa privada’.” Rubricas generales del Misal Romano, parte tercera, capítulo 1º, no. 269.

4.4.2. “Una vez dicho el Placeat, se imparte la bendición, la que se omite tan sólo cuando se ha dicho Benedicamus Domino o Requiescant in pace.” Rubricas generales del Misal Romano, parte tercera, capítulo VIII, no. 508.

4.4.3. “El último Evangelio se omite por completo: en las Misas en las cuales se ha dicho Benedicamus Domino”. Rubricas generales del Misal Romano, parte tercera, capítulo VIII, no. 510.



4.4.4. “Respecto al Salterio, los editores pueden aun libremente utilizar el texto de los salmos o según la edición “vulgata”, o según la interpretación admitida por disposición del Papa Pío XII.” Sagrada Congregación de Ritos, 26 de julio de 1960. Instrucciones para la preparación de ediciones del Breviario y Misal romanos según el nuevo código de rúbricas, No. 2-e. 

4.4.5. “Finalmente, tan sólo por esta vez, esta Sagrada Congregación de Ritos se reserva el derecho exclusivo de examinar cada una de las ediciones del Breviario y Misal romanos, que preparen conforme al nuevo código de rúbricas, y declararlas conformes a la edición ‘típica’.” Sagrada Congregación de Ritos, 26 de julio de 1960. 





4.5. Constitución Apostólica: “Humanae Salutis” de Juan XXIII con fecha de 25 de diciembre de 1961 para convocar al Concilio Vaticano II.

4.5.1. “La Iglesia asiste en nuestros días a una grave crisis de la humanidad, que traerá consigo profundas mutaciones. Un orden nuevo se está gestando, y la Iglesia tiene ante sí misiones inmensas, como en las épocas mas trágicas de la historia… el progreso espiritual del hombre contemporáneo no ha seguido los pasos del progreso material. De aquí surgen la indiferencia por los bienes inmortales, el afán desordenado por los placeres de la tierra, que el progreso técnico pone con tanta facilidad al alcance de todos, y, por último, un hecho completamente nuevo y desconcertante, cual es la existencia de un ateísmo militante, que ha invadido ya a muchos pueblos.” Constitución Apostólica: “Humanae Salutis”, 25 de diciembre de 1961, No. 3.

4.5.2. “Por esto, mientras la humanidad aparece profundamente cambiada, también la Iglesia católica se ofrece a nuestros ojos grandemente transformada y perfeccionada, es decir, fortalecida en su unidad social, vigorizada en la bondad de su doctrina, purificada en su interior, por todo lo cual se halla pronta para combatir todos los sagrados combates de la fe.” Constitución Apostólica: “Humanae Salutis”, 25 de diciembre de 1961, No. 5.





4.5.3. “ya desde el comienzo de nuestro pontificado juzgamos que formaba parte de nuestro deber apostólico el llamar la atención de todos nuestros hijos para que, con su colaboración a la Iglesia, se capacite ésta cada vez más para solucionar los problemas del hombre contemporáneo.” Constitución Apostólica: “Humanae Salutis”, 25 de diciembre de 1961, No. 6.

4.5.4. “Finalmente, el próximo Concilio ecuménico está llamado a ofrecer al mundo, extraviado, confuso y angustiado bajo la amenaza de nuevos conflictos espantosos, la posibilidad, para todos los hombres de buena voluntad, de fomentar pensamientos y propósitos de paz; de una paz que puede y debe venir sobre todo de las realidades espirituales y sobrenaturales, de la inteligencia y de la conciencia humana, iluminadas y guiada por Dios, Creador y Redentor de la humanidad.” Constitución Apostólica: “Humanae Salutis”, 25 de diciembre de 1961, No. 9.

4.5.5. “Para preparar el Concilio creamos entonces diversos organismos, a los que confiamos la ardua tarea de elaborar los esquemas doctrinales y disciplinares, de entre los que escogeremos los que habrán de ser sometidos a las congregaciones conciliares.” Constitución Apostólica: “Humanae Salutis”, 25 de diciembre de 1961, No. 15.

4.5.6. “A este coro de oraciones invitamos, finalmente, a todos los cristianos de las Iglesias separadas de Roma, a fin de que también para ellos sea provechoso el Concilio. Nos sabemos que muchos de estos hijos están ansiosos de un retorno a la unidad y a la paz, según la enseñanza de Jesús y su oración al Padre. Y sabemos que el anuncio del Concilio no sólo ha sida acogido por ellos con alegría, sino también que no pocos han ofrecido sus oraciones por el buen éxito de aquél y esperan mandar representantes de sus comunidades para seguir de cerca sus trabajos.” Constitución Apostólica: “Humanae Salutis”, 25 de diciembre de 1961, No. 22.

4.5.7. “Queremos, pues, que esta Constitución sea eficaz ahora y para siempre, de tal manera que sus decretos se observen escrupulosamente por aquellos a quienes afectan, y así obtengan su resultado. Ningún mandato en contrario, de cualquier clase que sea, podrá impedir la eficacia de esta Constitución, ya que los derogamos todos mediante la misma Constitución. Por lo tanto, si alguien, cualquiera que sea su autoridad, a sabiendas o sin darse cuenta, actuare en contra de lo por Nos establecido, mandamos que se considere como nulo y de ningún valor… Si alguno menospreciare o de cualquier modo criticare estos nuestros decretos en general, sepa que incurrirá en las penas establecidas en el derecho contra los que no cumplen los mandatos de los Sumos Pontífices. Dado en Roma, junto a San Pedro, en el día de la Natividad del Señor, 25 de diciembre de 1961, cuarto de nuestro pontificado.”





4.6. El día 25 de julio de 1960 Juan XXIII promulgó la Constitución apostólica Rubricarum instructum, con la que reformaba el Misal Romano y el Breviario, y al día siguiente la S. Congregación de Ritos emanó el decreto general Novum rubricarum, con el cual promulgaba el Novus rubricarum Breviarii ac Missalis Romani codex.




5.- Concilio Vaticano II.

5.1. "El Concilio Vaticano II", elaboró la Constitución sobre la sagrada liturgia, el 5 de diciembre de 1963, donde se encuentran los fundamentos teóricos del ‘Novus Ordo Missae’transcribo algunos puntos fundamentales para el proyecto de la nueva misa.

5.1.1. “Este sacrosanto Concilio se propone acrecentar de día en día entre los fieles la vida cristiana, adaptar mejor a las necesidades de nuestro tiempo las instituciones que están sujetas a cambio, promover todo aquello que pueda contribuir a la unión de cuantos creen en Jesucristo y fortalecer lo que sirve para invitar a todos los hombres al seno de la Iglesia. Por eso cree que le corresponde de modo particular proveer a la reforma y al fomento de la liturgia.” Constitución sobre la sagrada liturgia, 1.

5.1.2. “Al reformar y fomentar la sagrada liturgia hay que tener muy en cuenta esta plena y activa participación de todo el pueblo”. Constitución sobre la sagrada liturgia, 14. 

5.1.3. “Porque la liturgia consta de una parte que es inmutable, por ser de institución divina, y de otras partes sujetas a cambio, que en el decurso del tiempo pueden y aun deben varias”. Constitución sobre la sagrada liturgia, 21. 





5.1.4. “Siempre que los ritos, cada cual según su naturaleza propia, admitan una celebración comunitaria, con asistencia y participación activa de los fieles, incúlquese que hay que preferirla, en cuanto sea posible, a una celebración individual y privada. Esto vale sobre todo para la celebración de la misa, quedando siempre a salvo la naturaleza publica y social de toda misa, y para la administración de los sacramentos.” Constitución sobre la sagrada liturgia, 27. 

5.1.5. “Para promover la participación activa se fomentarán las aclamaciones del pueblo… En la revisión de los libros litúrgicos téngase muy en cuenta que en las rúbricas esté prevista también la participación de los fieles.” Constitución sobre la sagrada liturgia, 30, 31. 

5.1.5. “Las oraciones que dirige a Dios el sacerdote –que preside la asamblea representando a Cristo- se dice en nombre de todo el pueblo santo y de todos los circunstantes.” Constitución sobre la sagrada liturgia, 33. 

5.1.6. “Al realizar la reforma, hay que observar las normas generales siguientes: Los ritos deben resplandecer con noble sencillez; deben ser breves, claros, evitando las repeticiones inútiles; adaptados a la capacidad de los fieles y, en general, no deben tener necesidad de muchas explicaciones” Constitución sobre la sagrada liturgia, 34.

5.1.7. “Se conservará el uso de la lengua latina en los ritos latinos, salvo derecho particular. Sin embargo, como el uso de la lengua vulgar es muy útil para el pueblo en no pocas ocasiones, tanto en la misa como en la administración de los sacramentos y en otras partes de la liturgia se podrá dar mayor cabida, ante todo en las lecturas y moniciones, en algunas oraciones y cantos, conforme a las normas que acerca de esta materia se establece para cada caso en los capítulos siguientes. Supuesto el cumplimiento de estas normas, será de la incumbencia de la compete autoridad eclesiástica territorial... Las traducciones del texto latino a la lengua vernácula que ha de usarse en la liturgia debe ser aprobada por la competente autoridad eclesiástica territorial antes mencionada.” Constitución sobre la sagrada liturgia, 36.





5.1.8. “Al revisar los libros litúrgicos, salvada la unidad sustancial del rito romano, se admitirán variaciones y adaptaciones legítimas a los diversos grupos, regiones y pueblos, especialmente en las misiones, y se tendrá esto en cuenta oportunamente al establecer la estructura de los ritos y las rúbricas.” Constitución sobre la sagrada liturgia, 38. 

5.1.9. “Corresponderá a la competente autoridad eclesiástica territorial, de la que se habla en el artículo 22, 2, determinar estas adaptaciones dentro de los limites establecidos en las ediciones típicas de los libros litúrgicos, sobre todo en lo tocante a la administración de los sacramentos, sacramentales, procesiones, lengua litúrgica, música, y arte sagrado, siempre de conformidad con las normas fundamentales contenidas en esta constitución.” Constitución sobre la sagrada liturgia, 39. 

5.1.10. “Sin embargo, en ciertos lugares y circunstancias urge una adaptación más profunda de la liturgia”. Constitución sobre la sagrada liturgia, 40. 



5.1.11. “Procurar que los cristianos no asistan a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino que, comprendiendo a través de los ritos y oraciones, participen consciente, piadosa y activamente en la acción sagrada.” Constitución sobre la sagrada liturgia, 48.

5.1.12.  “Revísese el ordinario de la misa, de modo que se manifieste con mayor claridad el sentido propio de cada una de las partes y su mutua conexión y se haga más fácil la piadosa y activa participación de los fieles. En consecuencia, simplifíquense los ritos conservando con cuidado la sustancia; suprímanse aquellas cosas menos útiles que con el correr del tiempo se han duplicado o añadido;” Constitución sobre la sagrada liturgia, 50. 

5.1.13. “En las mismas celebraciones con asistencia del pueblo puede darse el lugar debido a la lengua vernácula [propia del lugar], principalmente en las lecturas y en la ‘oración común’, y, según las circunstancias del lugar, también en las partes que corresponden al pueblo, a tenor de la norma del art. 36 de esta constitución.” Constitución sobre la sagrada liturgia, 54. 






5.1.14. “La concelebración, en la cual se manifiesta apropiadamente la unidad del sacerdocio, se ha practicado hasta ahora en la Iglesia, tanto en Oriente como en Occidente. En consecuencia el Concilio decidió ampliar la facultad de concelebrar a los casos siguientes: 

a) El Jueves Santo, tanto en la misa crismal como en la misa vespertina. 

b) En las misas de los concilios, conferencias episcopales y sínodos.” Constitución sobre la sagrada liturgia, 57-1.

5.1.15. “Además, con permiso del ordinario, al cual pertenece juzgar de la oportunidad de la concelebración: 

a) En la misa conventual y en la misa principal de las iglesias, cuando la utilidad de los fieles no exija que todos los sacerdotes presentes celebren por separado. 

b) En las misas celebradas con ocasión de cualquier clase de reuniones de sacerdotes, lo mismo seculares que religiosos.” Constitución sobre la sagrada liturgia, 57-1, 2º.

5.1.16. “Sin embargo, quede siempre a salvo para cada sacerdote la facultad de celebrar la misa individualmente, pero no al mismo tiempo ni en la misma iglesia, ni el jueves de la cena del Señor.” Constitución sobre la sagrada liturgia, 57-2.






5.1.17. “Elabórese el nuevo rito de la concelebración, e inclúyase en el Pontifical y el Misal romanos.” Constitución sobre la sagrada liturgia, 58. 

5.1.18.  “En la administración de los sacramentos y sacramentales se puede usar la lengua vernácula [propia del lugar] a tenor del art. 36.” Constitución sobre la sagrada liturgia, 63, a. 

5.1.19. “Preparen cuanto antes, de acuerdo con la nueva edición del Ritual romano, rituales particulares acomodados a las necesidades de cada región, también en cuanto a la lengua y, una vez aceptados por la Sede Apostólica, empléense en las correspondientes regiones.” Constitución sobre la sagrada liturgia, 63, b. 

5.1.20.  “Revísense ambos ritos del bautismo de adultos, tanto el simple como el solemne, teniendo en cuenta la restauración del catecumenado.” Constitución sobre la sagrada liturgia, 66. 

5.1.21.  “Revísese el rito del bautismo de niños y adáptese a su condición, y pónganse más de manifiesto en el mismo rito la participación y las obligaciones de los padres y padrinos.” Constitución sobre la sagrada liturgia, 67. 







5.1.22.  “Redáctese también un rito más breve que pueda ser usado, principalmente en las misiones, por los catequistas y, en general, en peligro de muerte, por los fieles, cuando falta u sacerdote o diácono.” Constitución sobre la sagrada liturgia, 68. 

5.1.23. “Revísese también el rito de la confirmación, para que aparezca más claramente la íntima relación de este sacramento con toda la iniciación cristiana;” Constitución sobre la sagrada liturgia, 71. 

5.1.24.  “Revísense el rito y las formulas de la penitencia, de manera que expresen más claramente la naturaleza y efecto del sacramento.” Constitución sobre la sagrada liturgia, 72. 

5.1.25. “Adáptese, según las circunstancias, el número de las unciones y revísense las oraciones correspondientes al rito de la unción, de manera que correspondan a las diversas situaciones de los enfermos que reciben el sacramento.” Constitución sobre la sagrada liturgia, 75. 

5.1.26.  “Revísense los ritos de las ordenaciones, tanto en lo referente a las ceremonias como a los textos. Las alocuciones del Obispo al comienzo de cada ordenación o consagración puedan hacerse en lengua vernácula.” Constitución sobre la sagrada liturgia, 76. 

5.1.27. “Revísese y enriquézcase el rito de la celebración del matrimonio que se encuentra en el Ritual romano, de modo que se exprese la gracia del sacramento y se inculquen los deberes de los esposos con mayor claridad... Además, la competente autoridad eclesiástica territorial, de que se habla en el art. 22, 2, de esta constitución, tiene la facultad, según la norma del art. 62, de elaborar un rito propio adaptado a las costumbres de los diversos lugares y pueblos”. Constitución sobre la sagrada liturgia, 77.

5.1.28. “Revísense los sacramentales, teniendo en cuenta la norma fundamental de la participación constante, activa y fácil de los fieles, atendiendo a las necesidades de nuestros tiempos… Provéase para que ciertos sacramentales, al menos en circunstancias particulares y a juicio del ordinario, puedan ser administrados por laicos que tengan las cualidades convenientes.” Constitución sobre la sagrada liturgia, 79. 






5.1.29.  “Revísese el rito de la consagración de vírgenes, que forman parte del Pontifical romano.” Constitución sobre la sagrada liturgia, 80.

5.1.30. “El rito de las exequias debe expresar más claramente el sentido pascual de la muerte cristiana y responder mejor a las circunstancias y tradiciones de cada país, incluso en lo referente al color litúrgico.” Constitución sobre la sagrada liturgia, 81. 

5.1.31. “Revísese el rito de la sepultura de niños, dotándolo de una misa propia.” Constitución sobre la sagrada liturgia, 82. Oficio Divino.

5.1.32.  “Con el fin de que los sacerdotes y demás miembros de la Iglesia puedan rezar mejor y más perfectamente el Oficio divino en las circunstancias actuales, el sacrosanto Concilio, prosiguiendo la reforma felizmente iniciada por la Santa Sede, ha determinado establecer lo siguiente en relación con el Oficio según el rito romano: … se tenga en cuenta las circunstancias de la vida moderna en que se hallan especialmente aquellos que se dedican al trabajo apostólico. Por lo tanto, en la reforma del Oficio guárdese estas normas: 

a) Laudes, como oración matutina, y Vísperas, como oración vespertina…

b) Las Completas tengan una forma que responda al final del día.

c) La hora llamada Maitines… puede rezarse a cualquier hora del día y tenga menos salmos y lecturas más largas.





d) Suprímase la hora Prima.

e) En el coro consérvense las Horas menores, Tercia, Sexta y Nona. Fuera del coro se puede decir una de las tres, la que más se acomode al momento del día.” Constitución sobre la sagrada liturgia, 87. 

5.1.33. “Restitúyase a los himnos, en cuanto sea conveniente, la forma primitiva, quitando o cambiando lo que tiene sabor mitológico o es menos conforme a la piedad cristiana.” Constitución sobre la sagrada liturgia, 93. 

5.1.34. “Sin embargo, para aquellos clérigos para quienes el uso del latín significa grave obstáculo en el rezo digno del Oficio, el ordinario puede conceder en cada caso particular el uso de una traducción vernácula según la norma del art. 36.” Constitución sobre la sagrada liturgia, 101. § 1.

5.1.35. “El superior competente puede conceder a las monjas y también a los miembros de los institutos de estado de perfección, el uso de la lengua vernácula en el Oficio divino, aun para la recitación coral, con tal que la versión sea aprobada.” Constitución sobre la sagrada liturgia, 101. § 2.

5.1.36. “Cualquier clérigo que, obligado al Oficio divino, lo celebra en lengua vernácula con un grupo de fieles o con aquellos a quienes se refiere el § 2, satisface su obligación, siempre que la traducción esté aprobada.” Constitución sobre la sagrada liturgia, 101. § 3.Año litúrgico.

5.1.37. “Revísese el año litúrgico de manera que, conservadas o restablecidas las costumbres e instituciones tradicionales de los tiempos sagrados de acuerdo con las circunstancias de nuestra época… Las adaptaciones de acuerdo con las circunstancias de lugar, si son necesarias, háganse según la norma de los arts. 39 y 40.” Constitución sobre la sagrada liturgia, 107.

5.1.38.  “Las penitencias del tiempo cuaresmal no deben ser sólo interna e individual, sino también externa y social. Foméntese la practica penitencial de acuerdo con las posibilidades de nuestro tiempo y de los diversos países y condiciones de los fieles…” Constitución sobre la sagrada liturgia, 110. 



5.1.39. “Para que las fiestas de los santos no prevalezcan sobre los misterios de la salvación, déjese la celebración de muchas de ellas a las iglesias particulares, naciones o familias religiosas, extendiendo a toda la Iglesia sólo aquellas que recuerden a santos de importancia realmente universal.” Constitución sobre la sagrada liturgia, 111.Música Sagrada.

5.1.40. “Por tanto el sacrosanto Concilio, manteniendo las normas y preceptos de la tradición y disciplina eclesiástica y atendiendo a la finalidad de la música sacra, que es la gloria de Dios y la santificación de los fieles, establece lo siguiente:113.- La acción litúrgica reviste una forma más noble cuando los oficios se celebran solemnemente con canto y en ellos intervienen ministros sagrados y el pueblo participa activamente. En cuanto a la lengua que debe usarse, cúmplase lo dispuesto en el art. 36; en cuanto a la misa, el art. 54; en cuanto a los sacramentos, el art. 63; en cuanto al oficio divino, el art. 101.” Constitución sobre la sagrada liturgia, 112.

5.1.41. “Los demás tipos de música sacra, y en particular la polifonía, de ninguna manera han de excluirse en la celebración de los oficios divinos, con tal de que respondan al espíritu de la acción litúrgica a tenor del art. 30.” Constitución sobre la sagrada liturgia, 116.

5.1.42.  “En el culto divino se puede admitir otros instrumentos, a juicio y con el consentimiento de la autoridad eclesiástica territorial competente, a tenor de los art. 22, 2; 37 y 40, siempre que sean aptos o puedan adaptarse al uso sagrado”. Constitución sobre la sagrada liturgia, 120.El Arte y los Objetos Sagrados.

5.1.43.  “En consecuencia los Padres decidieron determinar acerca de este punto lo siguiente:”  Constitución sobre la sagrada liturgia, 122.

5.1.44. “Los ordinarios, al promover y favorecer un arte auténticamente sacro, busquen más una noble belleza que la mera suntuosidad. Esto se ha de aplicar también a las vestiduras y ornamentos sagrados.” Constitución sobre la sagrada liturgia, 124. 

5.1.45. “Al edificar los templos, procúrese con diligencia que sean aptos para la celebración de las acciones litúrgicas y para conseguir la participación activa de los fieles.” Constitución sobre la sagrada liturgia, 124. 

5.1.46. “Manténgase firmemente la práctica de exponer imágenes sagradas a la veneración de los fieles; con todo, que sean pocas en número y guarden entre ellas el debido orden, a fin de que no causen extrañeza al pueblo cristiano ni favorezcan una devoción menos ortodoxa” Constitución sobre la sagrada liturgia, 125. 


5.1.47. “Revísense cuanto antes, junto con los libros litúrgicos, de acuerdo con el art. 25, los cánones y prescripciones eclesiásticas que se refieren a la disposición de las cosas externas del culto sagrado, sobre todo en lo referente a la apta y digna edificación de los templos, a la forma y construcción de los altares, a la nobleza, colocación y dignidad del baptisterio, al orden conveniente de las imágenes sagradas, de la decoración y del ornato. Corríjase o suprímase lo que parezca ser menos conforme con la liturgia reformada y consérvese o introdúzcase lo que la favorezca. En este punto, sobre todo en cuanto a la materia y a la forma de los objetos y vestiduras sagradas, se da facultad a las asambleas territoriales de obispos para adaptarlos a las costumbres y necesidades locales, de acuerdo con el art. 22 de esta constitución.” Constitución sobre la sagrada liturgia, 128. 

5.1.48.  “El sacrosanto concilio no se opone a que la fiesta de Pascua se fije en un domingo determinado dentro del calendario gregoriano, con tal de que den su asentimiento todos los que están interesados, especialmente los hermanos separados de la comunión con la Sede Apostólica.” Constitución sobre la sagrada liturgia, Apéndice, 1.  



5.1.49.  “En nombre de la Santísima e individua Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Los decretos que acaban de ser leídos en este sagrado Concilio Vaticano II, legítimamente  reunido, han obtenido el beneplácito de los Padres. Y Nos, con la apostólica potestad que hemos recibido de Cristo, en unión con los venerables Padres, lo aprobamos en el Espíritu Santo, decretamos y establecemos, y disponemos que lo así decidido conciliarmente sea promulgado para la gloria de Dios. Dado en Roma, en San Pedro, 5 de diciembre de 1963. Yo Paulo, obispo de la Iglesia de Roma.”  Constitución sobre la sagrada liturgia.



6.- 'Novus Ordo Missae.'

6.1. El 3 de abril de 1969 Giovanni Battista  Montini, 'Pablo VI', promulgó la Constitución Apostólica: 'Missale Romanum',  que entró en vigor el día 30 de noviembre de 1969, la edición latina del nuevo misal romano se publicó definitivamente el 11 de mayo de 1970.

6.2. Constitución Apostólica 'Missalae Romanum'.

"CONSTITUCIÓN APOSTÓLICA «MISSALE ROMANUM» CON LA QUE SE PROMULGA EL MISAL ROMANO REFORMADO POR MANDATO DEL CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II. PABLO OBISPO SIERVO DE LOS SIERVOS DE DIOS EN MEMORIA PERPETUA DE ESTE ACTO.

El MISAL ROMANO, promulgado en 1570 por Nuestro Predecesor san Pío V, por decisión del Concilio de Trento [Const. Apost. Quo primum, del 14 de julio de 1570.], ha sido siempre considerado como uno de los numerosos y admirables beneficios que se derivaron de aquel sacrosanto Concilio para toda la Iglesia de Cristo. En efecto, durante cuatro siglos constituyó la norma de la celebración del sacrificio eucarístico para los sacerdotes de rito latino y fue llevado, además, a casi todas las naciones del mundo por los misioneros, heraldos del Evangelio. Ni se debe olvidar que innumerables santos alimentaron su piedad y su amor a Dios con las lecturas bíblicas y las oraciones de este Misal, cuya parte más importante remontaba, en lo esencial, a san Gregorio Magno.


Pero, desde que comenzó a afirmarse y a extenderse en el pueblo cristiano el movimiento litúrgico, que -como afirmaba Nuestro Predecesor Pío XII, de venerada memoria- debe ser considerado como un signo de las disposiciones providenciales de Dios sobre nuestra época y como un paso saludable del Espíritu Santo por la Iglesia [Cf. PÍO XII, Allocutio iis, qui primo Conventui ex omni nalione de Liturgia pastorali, Assisii habito, interfuerunt, del 22 de sept. de 1956: A.A.S. 48 (1956), p. 712.], se percibió claramente que los textos del Misal Romano necesitaban ser revisados y enriquecidos. El mismo Predecesor Nuestro, Pío XII, inició esta obra de revisión con la restauración de la Vigilia pascual y de la Semana Santa, que constituyeron el primer paso de la adaptación del Misal Romano a las exigencias de la mentalidad contemporánea. [Cf. SAGRADA CONGREGACIÓN DE RITOS, Decreto Dominica Resurrectionis, del 9 de febr. de 1951: A.A.S. 43 (1951), pp. 128 ss.; Decreto general Máxima redemptionis nostrae mysteria, del 16 de nov. de 1955: A.A.S. 47 (1955), pp. 838 ss.]

El reciente Concilio Ecuménico Vaticano II, con la Constitución Sacrosanctum Concilium, ha puesto los fundamentos para la revisión general del Misal Romano: en efecto, ha establecido, en primer lugar, que «los textos y los ritos se han de ordenar de manera que expresen con mayor claridad las cosas santas que significan» [CONC. VAT. II, Const. sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, a. 21: A.A.S. 56 (1964), p. 106.], luego, que «se revise el Ordinario de la Misa, de modo que se manifieste con mayor claridad el sentido propio de cada una de las partes y su mutua conexión, y se haga más fácil la piadosa y activa participación de los fíeles» [Cf. ibíd., n. 50, p. 114.]; después, que «se abran con mayor amplitud los tesoros de la Biblia, a fin de que la mesa de la palabra de Dios se prepare con más abundancia para los fíeles» [Cf. ibíd., n. 51, p. 114.]; finalmente, que «se elabore el nuevo rito de la concelebración y se incluya en el Pontifical y en el Misal Romano» [Cf. ibíd., n. 57, p. 115.].



No se debe pensar, sin embargo, que esta revisión del Misal Romano sea algo improvisado, ya que los progresos realizados por la ciencia litúrgica en los últimos cuatro siglos le han preparado el camino. Después del Concilio de Trento, el estudio de los «antiguos códices de la Biblioteca Vaticana y de otros, reunidos de distintas procedencias» -como asegura la Constitución Apostólica Quo primum, de Nuestro Predecesor san Pío V- sirvió no poco para la revisión del Misal Romano. Pero, desde entonces, han sido descubiertas y publicadas antiquísimas fuentes litúrgicas; y, además, los textos litúrgicos de la Iglesia Oriental han sido conocidos e investigados más profundamente. Todo esto ha determinado que aumentara cada día el número de los que deseaban que estas riquezas doctrinales y espirituales no permanecieran en la oscuridad de las bibliotecas, sino que, por el contrario, se sacaran a la luz para iluminar y nutrir las inteligencias y el ánimo de los cristianos.Presentamos ahora, en sus líneas generales, la nueva estructura del Misal Romano. En primer lugar, figura la Ordenación general que constituye como el proemio de todo el libro; en ella se exponen las nuevas formas para la celebración del sacrificio eucarístico, sea en 10 que se refiere a los ritos y a la función propia de cada uno de los participantes, sea en lo que concierne a los objetos y lugares sagrados.

La principal innovación de esta reforma afecta a la llamada Plegaria eucarística. Aunque en el rito romano la primera parte de esta Plegaria, es decir, el prefacio, asumió a lo largo de los siglos muchas formas, la segunda parte, en cambio, llamada Canon Actionis, a partir de los siglos IV-V adquirió una forma invariable. Por su parte, las liturgias orientales admitieron siempre una cierta variedad de Anáforas. Así pues, aparte del hecho de que la Plegaria eucarística haya sido enriquecida con un considerable número de prefacios, procedentes de la antigua tradición romana o de nueva composición –prefacios que presentan con mayor claridad las principales etapas del misterio de la salvación y que ofrecen numerosos y ricos motivos de acción de gracias -, hemos establecido que a dicha Plegaria eucarística se añadan tres nuevos Cánones. Sin embargo, por razones de carácter pastoral y para facilitar la concelebración, hemos ordenado que las palabras del Señor sean idénticas en cada uno de los formularios del Canon. Por tanto, establecemos que en cada Plegaria eucarística se pronuncien las siguientes palabras:



Sobre el pan: TOMAD Y COMED TODOS DE ÉL, PORQUE ESTO ES MI CUERPO, QUE SERÁ ENTREGADO POR VOSOTROS.

Sobre el cáliz: TOMAD Y BEBED TODOS DE ÉL, PORQUE ÉSTE ES EL CÁLIZ DE MI SANGRE, SANGRE DE LA ALIANZA NUEVA Y ETERNA, QUE SERÁ DERRAMADA POR VOSOTROS Y POR TODOS LOS HOMBRES PARA EL PERDÓN DE LOS PECADOS. HACED ESTO EN CONMEMORACIÓN MÍA.

La expresión ÉSTE ES EL SACRAMENTO DE NUESTRA FE, sacada fuera del contexto de las palabras del Señor y dicha por el sacerdote, sirve de introducción a la aclamación de los fíeles.

Por lo que se refiere al Ordinario de la Misa, «los ritos, conservando intacta la sustancia, han sido simplificados» [Cf. CONC. VAT.  II, Const. sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Conclium, n. 50: A.A.S. 56 . (1964), p. 114.]. 



Se han omitido, en efecto, «aquellas cosas que, con el correr del tiempo, se duplicaron o fueron añadidas sin particular utilidad» [Cf. CONC. VAT. II, Const. sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanclum Concilium, n. 50, p. 114.], lo que se verificaba sobre todo en los ritos del ofertorio, de la fracción del pan y de la Comunión.

A esto se añade que «se han restablecido, de acuerdo con la primitiva norma de los santos Padres, algunas cosas que habían desaparecido a causa del tiempo» [Cf. ibíd., n. 50, p. 114.], entre las que figuran la homilía [Cf. ibíd., n. 52, p. 114.], la oración universal o de los fieles [Cf. ibíd., n. 53, p. 114.] y el rito penitencial o de reconciliación con Dios y con los hermanos, al inicio de la Misa; rito al que, como era conveniente, ha sido restituida su importancia.

Además, según la prescripción del Concilio Vaticano II, de que «en un período determinado de años, se lean al pueblo las partes más significativas de la Sagrada Escritura» [Cf. ibíd., n. 51, p. 114.], el conjunto de las lecturas dominicales ha sido distribuido en un ciclo de tres años. Los domingos y los días festivos a la lectura de la Epístola y del Evangelio se antepondrá una lectura tomada del Antiguo Testamento o, en el tiempo pascual, de los Hechos de los Apóstoles. De esta manera tendrá mayor relieve el progreso ininterrumpido del misterio de la salvación, presentado con los textos mismos de la revelación divina. Esta considerable abundancia de lecturas bíblicas, que permite presentar a los fieles en los días festivos las partes más significativas de la Sagrada Escritura, se completa con las otras lecturas de los Libros Sagrados, previstas para los días laborables.

Todo esto ha sido ordenado de tal manera que estimule cada vez más en los fieles el hambre de la palabra de Dios [Cf. Amos 8, 11.14], y, bajo la acción del Espíritu Santo, impulse al pueblo de la nueva Alianza hacia la perfecta unidad de la Iglesia. Vivamente confiamos que la nueva ordenación del Misal permitirá a todos, sacerdotes y fieles, preparar sus corazones a la celebración de la Cena del Señor con renovado espíritu religioso y, al mismo tiempo, sostenidos por una meditación más profunda de la las Sagradas Escrituras, alimentarse cada día más. Y con mayor abundancia de la palabra del Señor. De aquí se seguirá que, según los deseos del Concilio Vaticano II, la divina Escritura constituya para todos una fuente perenne de vida espiritual, un instrumento de incomparable valor para la enseñanza de la doctrina cristiana y, finalmente, un compendio sustancial de formación teológica.




En esta revisión del Misal Romano, además de los cambios aportados a las tres partes de las que ya hemos tratado, es decir, la Plegaria eucarística, el Ordinario de la Misa y el Leccionario, otras secciones han sido también revisadas y considerablemente modificadas: el Propio del tiempo, el Propio y Común de los Santos, las Misas rituales y las Misas votivas. Una atención particular se ha dedicado a las oraciones, cuyo número ha sido aumentado -de modo que a las nuevas necesidades correspondan fórmulas nuevas- y cuyo texto ha sido críticamente establecido a la luz de los antiguos códices. En este punto, cabe señalar que todas las ferias de los principales tiempos litúrgicos -Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua- han sido dotadas de oración propia.

Hemos sólo de añadir que, aunque el Gradual Romano no haya sido cambiado -al menos por lo que al canto se refiere-, la conveniencia de lograr una mayor comprensión ha conducido a restaurar el salmo responsorial, que san Agustín y san León Magno mencionan con frecuencia, y a adaptar, según la oportunidad, las antífonas de entrada y de comunión para las Misas rezadas.

Para terminar, Nos queremos dar fuerza de ley a cuanto hemos expuesto hasta ahora acerca del nuevo Misal Romano. Cuando Nuestro Predecesor san Pío V promulgó la edición oficial del Misal Romano, lo presentó al pueblo cristiano como un instrumento de unidad litúrgica y como un documento de la pureza del culto en la Iglesia. De modo análogo Nos, acogiendo en el nuevo Misal, según la prescripción del Concilio Vaticano II, las «variaciones y adaptaciones legítimas» [Cf. CONC. VAT. II, Const. sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium. nn. 38-40: A.A.S. 56 (1964), p. 110.15], confiamos que los fieles lo recibirán como un instrumento para testimoniar y confirmar la mutua unidad: de tal manera, no obstante la gran variedad de lenguas, una e idéntica oración, más fragante que el incienso, subirá al Padre de los cielos por la mediación del sumo Sacerdote, nuestro Señor Jesucristo, y en la unidad del Espíritu Santo.

Ordenamos que las prescripciones contenidas en esta Constitución entren en vigor el día 30 del próximo mes de noviembre del corriente año, primer domingo de Adviento.

Queremos, además, que cuanto hemos establecido y prescrito tenga fuerza y eficacia ahora y en el futuro, sin que obsten, si fuere el caso, las Constituciones y Ordenaciones Apostólicas emanadas de Nuestros Predecesores, o cualquier otra prescripción, incluso digna de especial mención y derogación.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el día de Jueves Santo, 3 de abril de 1969, año sexto de Nuestro Pontificado."




7.- Carta a Pablo VI del Cardenal Alfredo Ottaviani prefecto de la Congregación para la doctrina de la Fe. Cardenal Antonio Bacci.

"Después de haber examinado y hecho examinar el nuevo Ordo Missae preparado por los expertos de la Comisión para la aplicación de la Constitución conciliar sobre la Sagrada Liturgia, y después de haber reflexionado y rezado durante largo tiempo, sentimos la obligación ante Dios y ante Vuestra Santidad de expresar las siguientes consideraciones:



1. Como suficientemente prueba el examen crítico anexo, por muy breve que sea, obra de un grupo selecto de teólogos, liturgistas y pastores de almas, el nuevo Ordo Missae –si se consideran los elementos nuevos susceptibles de apreciaciones muy diversas, que aparecen en él sobreentendidas o implícitas– se aleja de modo impresionante, tanto en conjunto como en detalle, de la teología católica de la Santa Misa tal como fue formulada por la 20ª sesión del Concilio de Trento que, al fijar definitivamente los «cánones» del rito, levantó una barrera infranqueable contra toda herejía que pudiera atentar a la integridad del Misterio.



2. Las razones pastorales atribuidas para justificar una ruptura tan grave, aunque pudieran tener valor ante las razones doctrinales, no parecen suficientes. En el nuevo Ordo Missae aparecen tantas novedades y, a su vez, tantas cosas eternas se ven relegadas a un lugar inferior o distinto –si es que siguen ocupando alguno– que podría reforzarse o cambiarse en certeza la duda que por desgracia se insinúa en muchos ámbitos según el cual las verdades que siempre ha creído el pueblo cristiano podrían cambiar o silenciarse sin que esto suponga infidelidad al depósito sagrado de la doctrina, al cual está vinculado para siempre la fe católica. Las recientes reformas han demostrado suficientemente que los nuevos cambios en la liturgia no podrán realizarse sin desembocar en un completo desconcierto de los fieles, que ya manifiestan que les resultan insoportables y que disminuyen incontestablemente su fe. En la mejor parte del clero esto se manifiesta por una crisis de conciencia torturante, de la que tenemos testimonios innumerables y diarios.




3. Estamos seguros de que estas consideraciones, directamente inspiradas en lo que escuchamos por la voz vibrante de los pastores y del rebaño, deberán encontrar un eco en el corazón paterno de Vuestra Santidad, siempre tan profundamente preocupado por las necesidades espirituales de los hijos de la Iglesia. Los súbditos, para cuyo bien se hace la ley, siempre tienen derecho y, más que derecho, deber –en el caso en que la ley se revele nociva– de pedir con filial confianza su abrogación al legislador.Por ese motivo suplicamos instantemente a Vuestra Santidad que no permita, –en un momento en que la pureza de la fe y la unidad de la Iglesia sufren tan crueles laceraciones y peligros cada vez mayores, que encuentran cada día un eco afligido en las palabras del Padre común–, que no se nos suprima la posibilidad de seguir recurriendo al íntegro y fecundo Misal romano de San Pío V, tan alabado por Vuestra Santidad y tan profundamente venerado y amado por el mundo católico entero.

Cardenal Ottaviani, prefecto de la Congregación para la doctrina de la Fe. Cardenal Bacci."




8.- Examen del 'Novus Ordo Missae' del Cardenal Alfredo Ottaviani prefecto de la Congregación para la doctrina de la Fe. Cardenal Antonio Bacci.

"I.- El Sínodo episcopal convocado en Roma en octubre de 1967 tuvo que pronunciar un juicio sobre la celebración experimental de una misa denominada «misa normativa». Esa misa había sido elaborada por la Comisión para la aplicación de la Constitución conciliar sobre la Sagrada Liturgia.

Esa misa provocó una enorme perplejidad entre los miembros de Sínodo: una viva oposición (43 non placet), muchas y sustanciales reservas (62 juxta modum) y 4 abstenciones, de un total de 187 de votantes.

La prensa internacional informativa habló de un «rechazo» por parte del Sínodo. La prensa de tendencia innovadora pasó en silencio el acontecimiento. Un periódico conocido, destinado a los obispos y que expresa su enseñanza, resumió el nuevo rito en estos términos: «Se pretende hacer tabla rasa de toda la teología de la Misa. En pocas palabras, se acerca a la teología protestante que destruyó el sacrificio de la Misa».

En el Ordo Missae promulgado por la Constitución apostólica Missale romanum del 3 de abril de 1969, encontramos, idéntica en su sustancia, la «misa normativa». No parece que en el intervalo se haya consultado sobre este tema a las Conferencias episcopales como tales.

La Constitución apostólica Missale romanum afirma que el antiguo Misal promulgado por San Pío V (Bula Quo Primum, 14 de julio de 1570), –pero que se remonta en gran parte a San Gregorio Magno e incluso a una mayor antigüedad [Las oraciones del Canon romano se encuentran en el tratado De Sacramentis (fin del siglo IV y principios del V). Nuestra Misa se remonta, sin ningún cambio esencial, a la época en que por primera vez adoptaba la forma desarrollada de la liturgia común más antigua. Aún conserva el perfume de aquella liturgia primitiva, contemporánea a los días en que los Césares gobernaban al mundo y esperaba poder extender la fe cristiana; y a los días en que nuestros antepasados se reunían antes de la aurora para cantar el himno de Cristo, al que reconocían como a su Dios (cf. Plinio el Joven, Ep. 96). En toda la cristiandad no hay un rito tan venerable como la Misa romana (A. Fortescue, The Mass, a study of the Roman Liturgy, 1912). «El Canon romano, tal como es hoy, se remonta a San Gregorio Magno. No hay ni en Oriente ni Occidente ninguna plegaria eucarística que, permaneciendo en uso hasta nuestros días, pueda invocar tal antigüedad. No sólo según el juicio de los ortodoxos sino también según el parecer de los anglicanos e incluso de aquellos de entre los protestantes que han guardado algún sentido de la tradición, rechazar este Canon equivaldría por parte de la Iglesia romana a renunciar para siempre a la pretensión de representar la verdadera Iglesia Católica» (P. Louis Bouyer).] ha sido durante cuatro siglos la norma de la celebración del Sacrificio para los sacerdotes de rito latino. 



La Constitución apostólica Missale romanum añade que en este Misal, difundido en toda la tierra, «innumerables santos alimentaron su piedad y su amor a Dios».Y sin embargo, «desde que comenzó a afirmarse y extenderse en el pueblo cristiano el gusto de favorecer la sagrada liturgia», se habría vuelto necesaria –según la misma Constitución– la reforma que pretende poner ese Misal definitivamente fuera de uso.




Esta última afirmación encierra, con toda evidencia, un grave equívoco.

Pues aunque el pueblo cristiano expresó su deseo, lo hizo –principalmente por impulso de San Pío X– cuando se puso a descubrir los tesoros auténticos e inmortales de su liturgia. Nunca, absolutamente nunca, el pueblo cristiano pidió que, para hacerla entender mejor, se cambiara o mutilara la liturgia. Lo que pide entender mejor es la única e inmutable liturgia, que nunca habría querido ver que se cambie.

El Misal romano de San Pío V era muy querido para el corazón de los católicos, sacerdotes y laicos, que lo veneraban religiosamente. No se entiende en qué este Misal, acompañado por una apropiada iniciación, podría obstaculizar una mayor participación y un mejor conocimiento de la sagrada liturgia; no se entiende por qué, al mismo tiempo que se le reconocen tan grandes méritos como lo hace la Constitución Missale romanum, se juzga que no es capaz de seguir alimentando la vida litúrgica del pueblo cristiano.

Resulta pues, que el Sínodo episcopal había rechazado esa «misa normativa», y ahora se recupera sustancialmente y se impone con el nuevo Ordo Missae, sin haber sido sometido nunca al juicio colegial de las Conferencias episcopales. Nunca el pueblo cristiano (y especialmente en las misiones) ha querido ninguna reforma de la Santa Misa. No se alcanzan, pues, a discernir los motivos de la nueva legislación que acaba con una tradición de la que, la propia Constitución Missale romanum reconoce que había permanecido sin cambio desde los siglos IV ó V.

Por consiguiente, al no existir los motivos de tal reforma, la propia reforma aparece desprovista de fundamento razonable que, justificándola, la volvería aceptable al pueblo cristiano.

El Concilio había expresado claramente, en el no 50 de su Constitución sobre la liturgia, el deseo de que las diversas partes de la Misa fueran revisadas «de modo que se manifieste con mayor claridad el sentido propio de cada una de las partes y su mutua conexión». No vemos de qué modo el nuevo Ordo Missae responde a esos deseos, de los que podemos decir que no queda, de hecho, ningún recuerdo.

El examen detallado del nuevo Ordo Missae revela cambios de tal importancia que justifican el mismo juicio que se hizo sobre la «misa normativa». 


El nuevo Ordo Missae, como la «misa normativa», en muchos puntos se ha redactado para contentar a los protestantes más modernistas.


II.- Empecemos con la DEFINICIÓN DE LA MISA. 

Se encuentra en el no 7 del capítulo 2 de la Ordenación general. Este capítulo se titula «Estructura de la Misa».

Esta es la definición: «La Cena del Señor, o Misa, es la asamblea [En latín «synáxis»: reunión religiosa. Palabra del vocabulario cristiano que se refiere, por oposición al término judío «sinagoga» que procede de la misma raíz griega, la comunidad cristiana reunida para la oración, la lectura y la eucaristía.] sagrada o congregación del pueblo de Dios, reunido bajo la presidencia del sacerdote para celebrar el memorial del Señor [El nuevo ORDO MISSAE remite en nota, para apoyar tal definición, a dos textos de Vaticano II. Pero al remitirse a esos dos textos, no se encuentra nada que pueda justificar tal definición. El primero de esos textos es del Decreto Presbyterorum Ordinis, 5: «Consagra Dios a los presbíteros, por ministerio de los Obispos, para que... obren como ministros de quien... efectúa continuamente... su oficio sacerdotal en la liturgia... con la celebración, sobre todo, de la Misa, [en que] ofrecen sacramentalmente el Sacrificio de Cristo». Y el segundo texto es de la Constitución sobre la liturgia, Sacrosanctum Concilium, 33: «En la liturgia, Dios habla a su pueblo; Cristo sigue anunciando el Evangelio. Y el pueblo responde a Dios con el canto y la oración. Más aún : las oraciones que dirige a Dios el sacerdote —que preside la asamblea representando a Cristo (in Persona Christi)—, se dicen en nombre de todo el pueblo santo y de todos los circunstantes». No se ve realmente cómo se puede sacar de esos textos la definición de la Misa que da el nuevo ORDO MISSAE.]. De ahí que sea eminentemente válida, cuando se habla de la asamblea local de la Santa Iglesia, aquella promesa de Cristo: ―Donde están reunidos dos o tres en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos‖ (Mt 18, 20)».



La definición de la Misa se reduce, pues, a una «cena»: y esto aparece continuamente (en los números 8, 48, 55, 56 de la Ordenación general).

Esta «cena» se describe además como asamblea presidida por el sacerdote; asamblea reunida para realizar «el memorial del Señor», que recuerda lo que se hizo el Jueves Santo.

Todo esto no implica ni Presencia real, ni realidad del Sacrificio, ni el carácter sacramental del sacerdote que consagra, ni el valor intrínseco del Sacrificio eucarístico independientemente de la presencia de la asamblea [El concilio de Trento afirma la presencia real: «Primeramente, el Santo Sínodo enseña y confiesa abierta y simplemente que en el nutricio Sacramento de la Santa Eucaristía, después de la. consagración del pan y del vino se contiene verdadera, real y substancialmente a Nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y hombre, bajo la apariencia de aquellas cosas sensibles» (Denzinger, Enchiridium Sybolorum, Ed. Herder, Barcelona 1965, no 1636. Siglas: D.S.). - En la 22a sesión del concilio de Trento, se precisó la doctrina de la Misa con nueve cánones, cuyos puntos esenciales son: 1.- La Misa es un verdadero Sacrificio visible y no una representación simbólica: «Nuestro Señor Jesucristo... para dejar a su esposa amada, la Iglesia, un sacrificio visible... por el cual se representa aquel sacrificio cruento que hubo de realizarse una sola vez en la Cruz (...) y se aplica su fuerza salvadora para la remisión de los pecados que diariamente cometemos» (D.S. 1740. 2.- Jesucristo Nuestro Señor, «declarándose a sí mismo constituido para siempre sacerdote según el orden de Melquisedec (Sal, 109, 4)», obra instrumentalmente por medio del sacerdote que celebra la Misa: «ofreció a Dios Padre su cuerpo y su sangre bajo las especies de pan y de vino y bajo los símbolos de esas mismas cosas los dio a sus Apóstoles (a quienes entonces constituía sacerdotes del Nuevo Testamento) para que los tomaran, y a ellos mismos y a sus sucesores en el sacerdocio les mandó que los ofrecieran por medio de estas palabras: ―Haced esto en conmemoración mía‖ como siempre lo entendió y enseñó la Iglesia Católica» (D.S. ibid.). En el que celebra, el que ofrece y el que sacrifica es el sacerdote, consagrado para esa función, y no la asamblea del pueblo de Dios: «Si alguien dijere que con aquellas palabras: ―Haced esto en conmemoración mía‖ (Lc 22,19; 1 Cor 11, 24), Cristo no instituyó sacerdotes a los Apóstoles o que no los ordenó para que ellos y los otros sacerdotes ofrecieran su cuerpo y sangre, sea anatema» (D.S. 1752). 3.- El Sacrificio de la Misa es un verdadero sacrificio PROPICIATORIO y no una simple conmemoración del sacrificio de la Cruz: «Si alguien dijere que el Sacrificio de la Misa es sólo de alabanza y de acción de gracias o una mera conmemoración del sacrificio realizado en la cruz, pero no propiciatorio; o que sólo aprovecha al que lo recibe y que no debe ser ofrecido por los vivos y difuntos, por los pecados, penas, satisfacciones y otras necesidades, sea anatema» (D.S. 1753). Recordemos igualmente el canon 6: «Si alguien dijere que el Canon de la Misa contiene errores, y que por lo tanto debe ser abrogado, sea anatema» (D.S. 1756); y el canon 8: «Si alguien dijere que las Misas en las cuales sólo el sacerdote comulga sacramentalmente, son ilícitas y que por lo tanto deben ser abrogadas, sea anatema» (D.S. 1758).]

En pocas palabras, esta nueva definición no contiene ninguno de los elementos dogmáticos esenciales a la Misa y que constituyen su verdadera definición [No hace falta recordar que si se abandona un solo dogma ya definido, por el mismo hecho se desmoronarían todos los dogmas, incluido evidentemente el de la infalibilidad del supremo y solemne Magisterio jerárquico.]

La omisión de estos elementos dogmáticos en tal lugar sólo puede ser voluntaria.Tal omisión voluntaria significa su «superación» y, por lo menos en la práctica, su negación.

En la segunda parte de la nueva definición se agrava aún más el equívoco, pues se afirma que la asamblea en la que consiste la Misa realiza «eminentemente» la promesa de Cristo: «Donde están reunidos dos o tres en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». Ahora bien, esta promesa se refiere formalmente a la presencia espiritual de Cristo en virtud de la gracia.


De este modo, el encadenamiento y la secuencia de las ideas en el nº 7 de la Ordenación general, induce a pensar que esta presencia espiritual de Cristo es cualitativamente homogénea, salvo en la intensidad, a la presencia sustancial propia al sacramento de la Eucaristía.




A la nueva definición del nº 7 le sigue el nº 8, con la división de la Misa en dos partes:

  • liturgia de la palabra; 

  • liturgia eucarística.

Esta división está acompañada por la afirmación de que en la Misa se dispone:

  • la «mesa de la Palabra de Dios», 

  • la «mesa del Cuerpo de Cristo»,

en la que los fieles «encuentran formación y refección».

Esto supone una asimilación de las dos partes de la liturgia como si se trataran de dos signos de idéntico valor simbólico, asimilación que es absolutamente ilegítima. Volveremos más adelante sobre el tema.

La Ordenación general, que constituye la introducción del nuevo Ordo Missae, para designar la Misa emplea muchas expresiones que serían relativamente aceptables, pero todas ellas deben rechazarse si se emplean –como de hecho se hace– por separado y de modo absoluto pues, de ese modo, cada una adquiere un alcance absoluto.

Veamos algunas:

  • «acción de Cristo y del pueblo de Dios»; 

  • «Cena del Señor»;

  • «comida pascual»;

  • «participación común a la mesa del Señor»; 

  • «plegaria eucarística»;

  • «liturgia de la palabra y liturgia eucarística», etc...

Queda manifiesto que los autores del nuevo Ordo Missae han hecho hincapié, de modo obsesivo, en la cena y en la memoria que se realiza en ella, y no en la renovación (incruenta) del sacrificio de la Cruz.



Igualmente hay que decir que la fórmula: «Memorial de la Pasión y de la Resurrección» no es correcta. La Misa se refiere formalmente sólo al Sacrificio, que es en sí mismo redentor; la Resurrección es su fruto [Si la intención era recuperar el Unde et memores, se habría tenido que añadir también la Ascensión. Pero el Unde et memores no mezcla realidades de naturaleza diferente, sino que distingue con fineza: «...acordándonos... de la dichosa Pasión de tu mismo Hijo y Señor nuestro Jesucristo, así como de su resurrección del sepulcro, y también de su gloriosa Ascensión a los cielos».]

Veremos más delante cómo se renuevan y repiten insistentemente de modo sistemático los mismos equívocos en la propia fórmula consagratoria y en general en todo el nuevo Ordo Missae.


III.- Tratemos ahora sobre los FINES DE LA MISA: a saber, su fin último, su fin próximo y su fin inmanente.

1. Fin último.

El fin último de la Misa consiste en que es un Sacrificio de alabanza a la Santísima Trinidad – conforme a la intención primordial de la Encarnación, declarada por el propio Cristo: «Al entrar en este mundo, dice: ―Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo‖» (Sal. 40, 7-9; Heb., 10, 5).

El nuevo Ordo Missae hace desaparecer este fin último y esencial:

  • en primer lugar del Ofertorio, en el que ya no figura la oración Suscipe Sancta Trinitas (o Suscipe Sancte Pater);

  • en segundo lugar, de la conclusión de la Misa, que ya no contiene el Placeat tibi Sancta Trinitas;

  • en tercer lugar, del Prefacio, pues ahora sólo se rezará una vez al año el Prefacio de la Santísima Trinidad.


2. Fin próximo.

El fin próximo de la Misa consiste en que es un sacrificio propiciatorio. [Propiciatorio: que tiene la virtud de volver propicio a Dios, por una expiación que obtiene el perdón de los pecados.]

También este fin se ve comprometido: mientras que la Misa realiza la remisión de los pecados, tanto por los vivos como por los difuntos, el nuevo Ordo hace hincapié sobre el alimento y la santificación de los miembros de los asistentes.



Cristo instituyó el Sacramento durante la última Cena y entonces se puso en estado de Víctima para unirnos a su estado de Víctima; este es el motivo por el que la inmolación precede a la manducación [Manducación: acción de comer. Esta palabra apenas se emplea si no es para designar una acción religiosa: la manducación del Cordero pascual entre los judíos, y la comunión eucarística.] y encierra plenamente el valor redentor que proviene del Sacrificio cruento. Prueba de ello es que se pueda asistir a la Misa sin comulgar sacramentalmente [Aparece el mismo desplazamiento de énfasis en los tres nuevos cánones, denominados «plegarias eucarísticas», por medio de la sorprendente eliminación del Memento de difuntos y de toda mención del sufrimiento de las almas del Purgatorio, por las cuales se aplica el sacrificio propiciatorio.]


3. Fin inmanente.

El fin inmanente de la Misa consiste en que es primordialmente un Sacrificio.

Ahora bien, es esencial al sacrificio ser de tal naturaleza que sea agradable a Dios, es decir, aceptado como sacrificio.

En el estado de pecado original, ningún sacrificio podía ser aceptable a Dios. El único sacrificio que puede y debe ser aceptable es el de Cristo, de modo que era eminentemente conveniente que el Ofertorio refiriera enseguida el Sacrificio de la Misa al Sacrificio de Cristo.

Pero el nuevo Ordo Missae altera la ofrenda degradándola. La hace consistir en una especie de intercambio entre Dios y el hombre: el hombre pone el pan y Dios lo cambia en pan de vida; y pone el vino y Dios lo convierte en una bebida espiritual: «Bendito seas, Señor, Dios del universo, por este pan (o vino), fruto de la tierra y del trabajo del hombre, que ahora te presentamos; él será para nosotros pan de vida (o bebida de salvación)».

No hace falta subrayar que las expresiones «pan de vida» (panis vitae) y «bebida espiritual» (potus spiritualis) son absolutamente indeterminadas, ya que pueden significar cualquier cosa. Volvemos aquí al mismo equívoco capital que hemos encontrado en la definición de la Misa, en donde se hace una referencia a la presencia espiritual de Cristo entre los suyos, y aquí el pan y vino se cambian espiritualmente, sin precisar que cambian sustancialmente [La introducción, ya sea de fórmulas nuevas o de expresiones que se encuentran materialmente en los textos de los Padres de la Iglesia o del Magisterio, pero empleadas en un sentido absoluto y sin referencia al cuerpo doctrinal en que encuentran su lugar y significado (p. ej.: «spiritualis alimonia», «cibus spiritualis», «potus spiritualis»), ya ha sido denunciada en la encíclica Mysterium fidei.]

En la preparación de las oblatas [Oblatas: el pan y vino traídos al altar para ser consagrados. (Por otra parte, el término oblato designaba primitivamente al niño ofrecido por sus padres a un monasterio para convertirse en monje; después del siglo XIX, designa también al fiel que viviendo en el mundo se afilia a un monasterio por medio de una oblación, que no es propiamente voto).], se realiza un juego parecido de equívocos con la supresión de las dos admirables oraciones:

  •  Deus qui humanae substantiae...; 

  •  Offerimus tibi, Domine...

La primera de estas dos oraciones declara: «Oh Dios, que maravillosamente formaste la naturaleza humana y mas maravillosamente la reformaste», lo cual recuerda la antigua condición de la inocencia del hombre y su condición actual de redimido por medio de la sangre de Cristo, y es una recapitulación discreta y rápida de toda la economía [Economía: en sentido religioso, conjunto ordenado y armónico de las disposiciones adoptadas por la Providencia (para realizar la redención y la salvación de los hombres).] del sacrificio desde Adán hasta el tiempo actual.

La segunda de estas dos oraciones, que es la última del Ofertorio, se expresa sobre el modo propiciatorio: pide que el cáliz se eleve cum odore suavitatis en presencia de la divina Majestad, cuya clemencia implora, y subraya maravillosamente esta misma economía del sacrificio.

Estas dos oraciones han sido suprimidas en el nuevo Ordo Missae.

Suprimir de este modo la referencia permanente a Dios, que expresaba explícitamente la oración eucarística, es suprimir toda distinción entre el sacrificio que procede de Dios y el que procede del hombre.

Destruyendo de este modo la clave de bóveda, forzosamente hay que fabricar andamios para reemplazarla: al suprimir los verdaderos fines de la Misa, forzosamente hay que inventar otros ficticios. De aquí procesen los nuevos gestos para subrayar la unión entre el sacerdote y los fieles, y la de los fieles entre sí; la superposición –destinada a caer en lo grotesco– de las ofrendas hechas para los pobres y la Iglesia, con la ofrenda de la Hostia destinada al Sacrificio.

Con esta confusión, se borra la singularidad primordial de la Hostia destinada al Sacrificio, de modo que la participación a la inmolación de la Víctima se convierte en una reunión de filántropos o en un banquete de beneficencia.



IV Consideremos ahora LA ESENCIA DEL SACRIFICIO en el nuevo Ordo Missae.

Ya no se expresa explícitamente el misterio de la Cruz. Queda disimulado al conjunto de los fieles. Es algo que resulta de múltiples elementos, de los cuales vamos a ver los principales.

1. El sentido dado a la denominada «plegaria eucarística».

El número 54 (al final) de la Ordenación general declara: «El sentido de esta plegaria es que toda la congregación de los fieles se una con Cristo en la proclamación de las maravillas de Dios y en la ofrenda del sacrificio».

¿De qué sacrificio se trata?

¿Quién es el que ofrece el sacrificio?

No hay ninguna respuesta a estas preguntas.

El mismo número 54 da, al principio, una definición de la «plegaria eucarística»: «Ahora es cuandotiene lugar el centro de toda la celebración, cuando se llega a la Plegaria eucarística, que es una oración de acción de gracias y santificación».

Aquí se ve que los EFECTOS reemplazan a la CAUSA.

De la causa no se dice ni una sola palabra. La mención explícita del fin último de la Misa, que se encuentra en el Suscipe (ahora suprimido) no ha sido reemplazada con nada. El cambio de fórmula revela el cambio de doctrina.


2. La supresión del papel de la Presencia real en la economía del Sacrificio.

La razón por la que ya no se menciona explícitamente el Sacrificio es porque se ha suprimido el papel central de la Presencia real.

Este papel central está resaltado con toda claridad en la liturgia eucarística del Misa romano de San Pío V. En cambio en la Ordenación general, la Presencia real sólo se menciona una vez, en una nota (nota 63 en el número 241), que es ¡la única cita del concilio de Trento! Esta mención se relaciona además con la Presencia real en cuanto alimento. Pero en ningún otro lugar aparece otra alusión a la Presencia real y permanente de Cristo con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en las especies transubtanciadas. La propia palabra transubstanciación no figura ni una vez.

La supresión de la invocación a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad (Veni Sanctificator), para que baje sobre las ofrendas como en otro tiempo bajó al seno de la Virgen para realizar en ella el milagro de la Divina Presencia, se inscribe en este sistema de negaciones tácitas y de desinterés sistemático por la Presencia real.

Por último, es imposible no darse cuenta de la abolición o alteración de los gestos con los que se expresa espontáneamente la fe en la Presencia real. El nuevo Ordo Missae elimina:

  • las genuflexiones, cuyo número se reduce a tres para el sacerdote celebrante, y a una sola (aunque con algunas excepciones) para los asistentes, en el momento de la consagración;

  • la purificación de los dedos del sacerdote encima del cáliz o dentro de él;

  • la preservación de todo contacto profano de los dedos del sacerdote después de la consagración;

  • la purificación de los vasos sagrados, que puede diferirse y realizarse fuera del corporal; 

  • la palia para proteger el cáliz;

  • el dorado interior de los vasos sagrados;

  • la consagración del altar móvil;

  • la piedra consagrada y las reliquias colocadas dentro del altar cuando es móvil o se reduce a una simple mesa en los casos en que no se celebra en un lugar sagrado (esta última cláusula instaura de derecho la posibilidad de «eucaristías domésticas» en casas particulares);

  • los tres manteles del altar reducidos a uno solo;

  • la acción de gracias de rodillas (reemplazada por una grotesca acción de gracias del sacerdote y de los fieles sentados, conclusión de la comunión recibida de pie);

  • las prescripciones sobre el caso en que cayera al suelo una Hostia consagrada, que en el número 239 se reducen a un «reverenter accipiatur» casi sarcástico.

Todas estas expresiones no hacen sino acentuar de modo provocativo el repudio implícito del dogma de la Presencia real.



3. Función asignada al altar principal.

Casi siempre se designa al altar con la palabra mesa [Reconoce una vez la función primordial del altar, en el no 259: «El altar, en el que se hace presente el sacrificio de la cruz bajo los signos sacramentales». Es muy poco para eliminar los equívocos la otra denominación constante.]: «El altar o la mesa del Señor, que es el centro de toda la liturgia eucarística» (cf. no 49 y 262). – Se estipula que el altar tiene que estar separado del muro para poder dar la vuelta a su alrededor y que la celebración pueda hacerse de cara al pueblo (no 262). Se señala que tiene que ser el centro de la asamblea de los fieles, para que la atención se dirija espontáneamente a él (ibid). Pero al comparar el no 262 con el no 276, se excluye netamente que el Santísimo Sacramento pueda guardarse en el altar mayor. Esto va a consagrar una irreparable dicotomía entre la Presencia de Sumo Sacerdote en el sacerdote celebrante y esta misma Presencia realizada sacramentalmente. Antes, se trataba de una presencia única [Pío XII, Alocución al Congreso de liturgia, 18-23 de septiembre de 1956: «Separar el Sagrario del altar es separar dos cosas que tienen que permanecer unidas por su origen y naturaleza».]



A partir de ahora se recomienda conservar el Santísimo Sacramento aparte, en un lugar favorable para la devoción privada de los fieles, como si se tratara de una reliquia. De este modo, lo que atraerá inmediatamente la mirada al entrar en una iglesia, ya no será el Sagrario sino una mesa descubierta y sin nada encima. De nuevo, eso es suponer la piedad litúrgica a la piedad privada y levantar altar contra altar.

Se recomienda insistentemente distribuir en la comunión las hostias que se han consagrado en la misma Misa e incluso consagrar un pan con dimensiones bastante grandes [El nuevo ORDO MISSAE emplea rara vez la palabra hostia –de uso tradicional en los libros litúrgicos– con el sentido concreto de víctima. Es la misma voluntad sistemática de resaltar solamente los aspectos de «cena» y de «comida» de la Misa.] como para que el sacerdote pueda dividirlo por lo menos con una parte de los fieles; se trata de la misma actitud de desprecio por el Sagrario como por toda piedad eucarística fuera de la Misa; se trata igualmente de un nuevo y violento perjuicio de la fe en la Presencia real, que perdura mientras permanezcan las Especies consagradas [Se trata del procedimiento habitual: desplazamiento y reemplazo subrepticio de una cosa por otra. Se asimila la Presencia real a la presencia en la palabra (no 7 y 54), pero son dos cosas de distinta naturaleza. La presencia en la palabra sólo tiene realidad según el uso que se hace de ella, mientras que la Presencia real es objetiva, permanente e independiente de la recepción del Sacramento. Fórmula típicamente protestante: «el mismo Cristo, por su Palabra, se hace presente en medio de los fieles» (no 33; cf. Sacros. Conc. no 33 y 77): fórmula que estrictamente hablando no tiene ningún sentido. La presencia de Dios en la palabra no es inmediata sino que está vinculada a un acto de la mente humana en su condición temporal; este acto se puede renovar, pero no funda objetivamente ninguna permanencia. Funesta consecuencia de semejante fórmula: insinúa que la Presencia real está, lo mismo que la presencia en la palabra, vinculada al uso que se hace de ella y que cesa al mismo tiempo que éste.]


4. Las fórmulas de la Consagración.

La antigua fórmula de la Consagración es propiamente sacramental, en forma de intimación y no de narración.

Aquí están las pruebas:

a) No recoge a la letra el texto del relato de la Escritura. La inserción Paulina: «mysterium fidei» es una confesión de fe inmediata del sacerdote en el misterio realizado por Cristo en la Iglesia a través de su sacerdocio jerárquico [La omisión del Quod pro vobis tradetur después de Hoc est enim Corpus meum significa que en ese momento, aunque ya se ha producido la Presencia real, todavía no se ha realizado el Sacrificio (al que se ordena inmediatamente esta Presencia).]

b) Puntuación y caracteres tipográficos. En el Misal romano de San Pío V, el texto litúrgico de las palabras sacramentales de la Consagración está puntuado y resaltado de un modo propio, pues se separa el hoc est enim por un punto y seguido de la fórmula que le precede: manducate ex hoc omnes. Este punto y seguido señala el paso del tono de narración al tono de intimación, propio de la acción sacramental. En el Misal romano, las palabras de la Consagración están impresas en caracteres tipográficos mayores y en el centro de la página; a menudo en distinto color.

Todo esto manifiesta que las palabras consagratorias tienen un valor propio y, por consiguiente, autónomo.

c) La anamnesis [Anamnesis: nombre dado por los liturgistas a la oración que sigue a la Consagración. Literalmente: «recuerdo».] del Canon romano se refiere a Cristo en cuanto operante y no sólo al recuerdo de Cristo o de la Cena como acontecimiento histórico: haec quotiescumque feceritis, in mei memoriam facietis; en griego: eis ten emou anamnesin; es decir: «hacia mi memoria». Esta expresión no invita simplemente a acordarse de Cristo o de la Cena, sino que es una invitación a volver a realizar lo que Él hizo y del mismo modo que Él lo hizo.

A esta fórmula tradicional del Misal romano, el nuevo rito sustituye una fórmula de San Pablo: Hoc facite in meam commemorationem que será proclamada diariamente en lenguas vernáculas. Tendrá por efecto inevitable, sobre todo en esas condiciones, de trasladar en la mente de los oyentes el énfasis al recuerdo de Cristo. La «memoria» de Cristo será señalada como el término de la acción eucarística, siendo que sólo es el principio. «Hacer memoria de Cristo» sólo será un fin buscado humanamente. En lugar de la acción real, de orden sacramental, se colocará la idea de «conmemoración» [La acción sacramental tal como se describe en la Ordenación general del nuevo ORDO MISSAE, se caracteriza por el hecho de que Jesús dio a los apóstoles su Cuerpo y Sangre como alimento bajo las especies de pan y vino, ya no se caracteriza por el acto de la Consagración, y por la separación mística entre el Cuerpo y Sangre que resulta de este acto en el orden sacramental. Ahora bien, esta separación mística es lo que constituye la esencia del Sacrificio eucarístico: cf. Pío XII, encíclica Mediator Dei, todo el primer capítulo de la segunda parte: «El culto eucarístico».]

En el nuevo Ordo Missae, se señala explícitamente el modo narrativo (ya no sacramental) en la descripción orgánica de la «plegaria eucarística», en el número 55, con la fórmula: «Narración de la institución»; e igualmente, en el mismo lugar, con la definición de la anamnesis: «La Iglesia realiza el memorial (memoriam agit) del mismo Cristo».

La consecuencia de todo esto es insinuar un cambio de sentido específico en la Consagración. Según el nuevo Ordo Missae, las palabras de la Consagración se pronunciarán ahora como una narración histórica y ya no como afirmando un juicio categórico y de intimación proferido por Aquel en cuya persona obra el sacerdote: Hoc est Corpus meum y no Hoc est Corpus Christi [Tal como figuran en el nuevo ORDO MISSAE, las palabras de la Consagración pueden ser válidas en virtud de la intención del sacerdote; pero pueden no serlo, pues ya no lo son por la propia fuerza de las palabras o, más concretamente, ya no lo son en virtud de su sentido propio (del modus significandi) que tienen en el Canon romano del Misal de San Pío V. ¿Consagrarán válidamente los sacerdotes que, en un futuro próximo, no hayan recibido la formación tradicional y que se fíen del nuevo ORDO MISSAE y a su Ordenación general para «hacer lo que hace la Iglesia»? Es legítimo dudarlo.]

Por último, la aclamación por parte de la asistencia inmediatamente después de la Consagración: «Anunciamos tu muerte, Señor... hasta que vengas», introduce bajo una apariencia escatológica [Escatología: lo que se relaciona con las postrimerías del hombre y la segunda venida de Cristo al fin del mundo.] una ambigüedad suplementaria sobre la Presencia real, pues se proclama sin solución de continuidad la espera en la venida de Cristo al final de los tiempos precisamente en el momento en que acaba de venir sobre el altar, donde ya está sustancialmente presente; como si la auténtica venida fuera solamente la del final de los tiempos y no sobre el altar.

Esta ambigüedad queda aún reforzada en la fórmula de aclamación facultativa propuesta en el Apéndice (n° 2): «Cada vez que comemos este pan y bebemos este cáliz, anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vengas». La ambigüedad llega aquí al paroxismo, entre la inmolación y la maducación por una parte, y entre la Presencia real y la segunda venida de Cristo por otra [No vale decir que estas expresiones pertenecen al mismo contexto escriturario (1Cor. 11, 24-28), pues precisamente la Iglesia ha apartado siempre la yuxtaposición y la superposición para evitar la confusión entre las diferentes realidades designadas respectivamente por estas diferentes expresiones. Asimilar en cuanto a su naturaleza cosas que la Escritura presenta simplemente juntas constituye un proceder bien conocido de la crítica protestante.]


V Consideremos por último el nuevo Ordo Missae desde el punto de vista de la REALIZACIÓN DEL SACRIFICIO.

Los cuatro elementos que intervienen en esta realización son, en orden: Cristo, el sacerdote, la Iglesia y los fieles.



1. Lugar que ocupan los fieles en el nuevo rito.

El nuevo Ordo Missae presenta el papel de los fieles como autónomo. Esto empieza en la definición inicial del número 7: «La Misa es la asamblea sagrada o congregación del pueblo de Dios». Esto prosigue por el sentido que el no 28 atribuye al saludo que el sacerdote da al pueblo: «El sacerdote, por medio de un saludo, manifiesta a la asamblea reunida la presencia del Señor. Con este saludo y con la respuesta del pueblo queda de manifiesto el misterio de la Iglesia congregada». ¿Verdadera presencia de Cristo? Sí, pero sólo espiritual. ¿Misterio de la Iglesia? Sí, pero sólo como comunidad que manifiesta o pide esa presencia espiritual.

Volvemos a encontrar continuamente lo mismo. Es el carácter comunitario de la Misa que se repite constantemente como algo obsesivo (no 74 a 152). Se trata de la distinción, nunca oída hasta ahora, entre la Misa con pueblo (cum populo) y la Misa sin pueblo (sine populo) (no 77 a 231). Es la definición de la «oración universal u oración de los fieles» (no 45), en donde se subraya otra vez «el pueblo, ejercitando su oficio sacerdotal» (populus sui sacerdotii munus exercens): aquí se presenta el sacerdocio como en ejercicio de modo autónomo, omitiendo su subordinación al del sacerdote, siendo que el sacerdote, consagrado como mediador, es en realidad el intérprete de todas las intenciones del pueblo en el Te igitur y en los dos Memento.

En la «Plegaria eucarística III» (Vere Sanctus, pág. 123 del Ordo Missae), se llega hasta decir al Señor: «No dejas de congregar a tu pueblo, para que desde la salida del sol hasta el ocaso sea ofrecida una oblación pura a tu nombre». Este «para que» (ut) deja pensar que el pueblo, más que el sacerdote, es el elemento indispensable para la celebración; y como no se precisa tampoco en este lugar quién es el que ofrece [Luteranos y calvinistas afirman que todos los cristianos son sacerdotes y que, por consiguiente, todos ofrecen la Cena. En cambio, conforme al concilio de Trento (D.S., 1752) hay que sostener que: «Todos los sacerdotes y sólo ellos son, propiamente hablando, ministros secundarios del Sacrificio de la Misa. Cristo es, ciertamente, el ministro principal. Los fieles sólo mediatamente, pero no en sentido estricto, ofrecen por medio de los sacerdotes» (A. Tanquerey, Synopsis theologiæ dogmaticæ, Desclée 1930, t. III).], se presenta al propio pueblo como investido de un poder sacerdotal autónomo.

En tales condiciones y según este sistema, no sería de extrañar que pronto se autorice al pueblo a unirse al sacerdote para pronunciar las palabras de la Consagración, cosa que, por otra parte, ya sucede en varios de lugares.


2. Lugar que ocupa el sacerdote en el nuevo rito.

Se minimiza, altera y falsea la función del sacerdote.

  • en primer lugar: con relación al pueblo. El es el «presidente» y el «hermano», pero ya no el ministro consagrado que celebra in persona Christi.

  • en segundo lugar: con relación a la Iglesia. Es un miembro entre los demás, un quidam de populo. En el no 55, en la definición de la epiclesis [Epiclesis: oración de la liturgia que implora la acción del Espíritu Santo sobre las oblatas.], las invocaciones se atribuyen anónimamente a la Iglesia: se desvanece la función del sacerdote.

  • en tercer lugar: en el Confiteor, que ahora es colectivo, el sacerdote ya no es el juez, testigo e intercesor ante Dios. Por lo tanto es lógico que el sacerdote ya no tenga que dar la absolución, que de hecho se ha suprimido. El sacerdote queda integrado en los «hermanos»: así lo llama el acólito que ayuda a Misa en el Confiteor de «la Misa sin pueblo».

  • en cuarto lugar: se ha suprimido la distinción entre la comunión del sacerdote y la de los fieles. Sin embargo, esta distinción está cargada de sentido. El sacerdote obra in persona Christi durante la Misa. Al unirse íntimamente a la víctima de un modo propio al orden sacramental, expresa la identidad del Sacerdote y de la Víctima, identidad que es propia del Sacrificio de Cristo y que, manifestada sacramentalmente, muestra que el Sacrificio de la Cruz y el Sacrificio de la Misa es sustancialmente el mismo.

  • en quinto lugar: ya no se dice ni una sola palabra del poder del sacerdote como ministro del Sacrificio, ni del acto consagratorio que le es propio, ni de la realización de la Presencia eucarística por medio de él. Ya no se expresa lo que el sacerdote católico tiene de más que un ministro protestante.

  • en sexto lugar: se ha suprimido o vuelto facultativo el uso de muchos ornamentos: en algunos casos basta el alba y la estola (no 298). Desaparecen estos ornamentos, que son signos de la conformación del sacerdote con Cristo. El sacerdote ya no se presenta como revestido de todas las virtudes de Cristo; ahora sólo será una especie de oficial eclesiástico, que apenas se distingue de la masa por uno o dos galones [Otra innovación increíble y desastrosa para la psicología del pueblo cristiano: el Viernes Santo ya no se deben emplear ornamentos negros sino rojos, color de la conmemoración del mártir entre otros muchos y no ya el color de duelo de la Iglesia entera por su Esposo.] En suma, el sacerdote –según la fórmula involuntariamente humorística de un predicador moderno–, será «un hombre un poco más hombre que los demás» [El P. Roguet.27 Ya en algunas traducciones del Canon romano, las palabras locum refrigerii, lucis et pacis se habían reemplazado con una simple calificación de estado («bienaventuranza, luz y paz»). Ahora se suprime toda alusión a la Iglesia sufriente.]


3. Lugar que ocupa la Iglesia en el nuevo rito.

Es decir, relación de la Iglesia con Cristo.

En un solo caso, en el no 4, se digna admitir que la Misa es un «acto de Cristo y de la Iglesia»: es el caso de la Misa «sin pueblo».

En cambio, en la Misa «con pueblo», el único fin que se expresa es «hacer memoria de Cristo» y santificar a los asistentes. El no 60 declara: «El presbítero que celebra... asocia a sí mismo al pueblo al ofrecer el sacrificio por Cristo en el Espíritu Santo a Dios Padre». Tendría que haber dicho: «asocia al pueblo a Cristo, que se ofrece a Sí mismo a Dios Padre».

En este contexto se insertan:

  • la gravísima omisión del per Christum Dominum nostrum, fórmula que para la Iglesia de todos los tiempos significa y funda la seguridad de ser escuchado (Juan 14, 13-14; 15, 16; 16, 23-24);

  • la vaga y maníaca escatología, en la que se presenta la comunicación de la gracia –realidad al mismo tiempo actual y eterna– como fruto de un progreso que se está por realizar;

  • el pueblo de Dios «en marcha»: la Iglesia ya no es la Iglesia militante que combate contra las potestades de las tinieblas, sino peregrina hacia un futuro que no aparece vinculado al eterno –es decir, a lo que está más allá del actual–, sino únicamente temporal.


En la «Plegaria eucarística IV», se reemplaza la oración del Canon romano pro omnibus orthodoxis atque catholicae fidei cultoribus con una oración por «todos los que te buscan con corazón sincero».

Igualmente, el Memento de difuntos ya no menciona a los que han muerto cum signo fidei et dormiunt in somno pacis (marcados con el signo de la fe y que duermen el sueño de la paz), sino simplemente «a los que han muerto en la paz de tu Cristo», a los que se añade el conjunto de difuntos «cuya fe Tú sólo conoces», cosa que supone un nuevo golpe contra la unidad de la Iglesia considerada en su manifestación visible.

No figura en ninguna de las tres nuevas «plegarias eucarísticas» la menor alusión al estado de sufrimiento de los difuntos; no hay lugar en ninguna de ellas para una intención particular hacia ellos. Esto contribuye también a embotar la fe en la naturaleza propiciatoria y redentora del Sacrificio 27.

De modo general, diversas omisiones rebajan el misterio de la Iglesia al desacralizarlo. Ante todo, se ignora este misterio en su aspecto de jerarquía sagrada. Los Ángeles y Santos quedan reducidos al anonimato en la segunda parte del Confiteor colectivo; han desaparecido de la primera parte [En esta fiebre de omisiones, el único enriquecimiento: el pecado de omisión en el Confiteor.] como testigos y jueces en la persona de San Miguel Arcángel. También desaparecen las distintas jerarquías angélicas –hecho sin precedentes– en el prefacio de la nueva «Plegaria eucarística II»; también han desaparecido en el Communicantes la conmemoración de los Santos, Pontífices y Mártires, sobre los que fue fundada la Iglesia de Roma y que, sin ninguna duda, transmitieron las tradiciones apostólicas y fijaron lo que vino a ser con San Gregorio la Misa romana. También se ha suprimido en el Libera nos, la mención de la Santísima Virgen, de los Apóstoles y de todos los santos: ya no se pide su intercesión, ni siquiera en momento de peligro.

Por último, la unidad de la Iglesia queda comprometida con lo siguiente: la audacia ha llegado hasta el punto de la intolerable omisión en todo el nuevo Ordo Missae –incluidas las tres nuevas «plegarias eucarísticas»– de los nombres de los Apóstoles San Pedro y San Pablo, fundadores de la Iglesia de Roma, y de los nombres de los demás Apóstoles, fundamento y signo de la unidad y de la universalidad de la Iglesia. Sus nombres ya sólo figuran en el Communicantes del Canon romano.

El nuevo Ordo Missae atenta también contra el dogma de la comunión de los santos al suprimir todos los saludos y la bendición final cuando el sacerdote celebra sin ayudante; y al suprimir el Ite Missa est en la misa con ayudante y sin pueblo [En la conferencia de prensa en la que se presentó el nuevo ORDO MISSAE, el P. Lécuyer, en una profesión de fe claramenteracionalista, llegó incluso a considerar que se pudiera expresar en singular los saludos de la Misa a los fieles: «Dominus tecum»,].


El doble Confiteor al principio de la Misa muestra de qué manera el sacerdote –revestido con los ornamentos que lo designan como ministro de Cristo e inclinándose profundamente– se reconoce indigno de tan alta misión, indigno del tremendum mysterium que se dispone a celebrar. Luego, reconociendo (en el Aufer a nobis) que no tiene ningún derecho para entrar en el Santo de los Santos, se encomienda (en el Oramus te Domine) a la intercesión y a los méritos de los mártires cuyas reliquias están en altar. Pues bien, ¡se han suprimido ambas oraciones y el doble Confiteor!

Se han profanado también las condiciones que convienen para celebrar el Sacrificio en cuanto realización de una acción sagrada; de tal modo que cuando la celebración tiene lugar fuera de la Iglesia, se puede reemplazar el altar con una simple mesa sin ara consagrada ni reliquias (no 260 a 265).

La desacralización llega a su mayor punto con las nuevas y a veces grotescas modalidades de la ofrenda. Se insiste en el pan ordinario en vez del pan ázimo. A los ayudantes de misa y a los seglares se les concede la facultad de tocar los vasos sagrados durante la comunión bajo las dos especies (no 244). Se irá creando en la Iglesia una increíble atmósfera, pues se irán alternando sucesivamente el sacerdote, el diácono, el subdiácono, el salmista, el comentador (el propio sacerdote, por otra parte, se ha convertido en comentador, pues se lo invita a «explicar» continuamente lo que está haciendo), los lectores hombres y mujeres, los clérigos o los seglares que reciben a los fieles a la puerta de la iglesia y los acompañan a su lugar, pasan la colecta, llevan y seleccionan las ofrendas, etc. En medio de tal agitación para volver supuestamente a la Escritura, encontramos en el no 70 –opuesto formalmente tanto al Antiguo Testamento como a San Pablo– la presencia de la mulier idonea, la mujer apropiada (no 66), autorizada por primera vez en la tradición de la Iglesia para leer las lecturas de la Sagrada Escritura y realizar otros «ministerios que se ejecutan fuera del presbiterio». Finalmente, la manía de la concelebración, que acabará destruyendo la piedad eucarística del sacerdote y difuminando la figura central de Cristo, único Sacerdote y Víctima, y disolviéndola en la presencia colectiva de los concelebrantes.


VI 

Hasta aquí nos hemos limitado a un breve examen del nuevo Ordo Missae y de las desviaciones más graves con relación a la teología de la Misa católica. Las observaciones hechas tienen sobre todo un carácter típico. Haría falta un trabajo más amplio para establecer una evaluación completa de los obstáculos, peligros y elementos destructores, tanto espiritual como psicológicamente, que contiene el nuevo rito.

Los nuevos Cánones –denominados «plegarias eucarísticas»– ya han sido criticados varias veces y autorizadamente. No volveremos sobre el tema. Observemos que la segunda «plegaria eucarística» [¡Se ha pretendido presentarlo como el «Canon de Hipólito»!, cuando apenas conserva algunas reminiscencias verbales.] ha escandalizado inmediatamente a los fieles por su brevedad. Se ha señalado entre otras cosas que esta «Plegaria eucarística II» puede ser empleada con toda tranquilidad de conciencia por un sacerdote que ya no crea en la transubstanciación ni en el carácter sacrificial de la Misa; esta plegaria eucarística puede muy bien servir para la celebración de un ministro protestante.

El nuevo Ordo Missae ha sido presentado en Roma como un «abundante material pastoral», como «un texto más pastoral que jurídico», al que las Conferencias episcopales podrían aportar, según las circunstancias, modificaciones conforme al carácter respectivo de los diferentes pueblos.

Por otra parte, la primera sección de la nueva «Congregación para el culto divino» estará a cargo de la «edición y continua revisión de los libros litúrgicos».

A esto alude el boletín oficial de los Institutos litúrgicos de Alemania, Suiza y Austria [Gottesdienst, no 9 del 14 de mayo de 1969.] cuando escribe: «Ya desde ahora los textos latinos tendrán que traducirse a las lenguas de los diferentes pueblos; habrá que adaptar el estilo ―romano‖ a la individualidad de cada iglesia local. Lo que se ha concebido de modo intemporal tendrá que trasladarse al contexto mudable de las situaciones concretas, en el flujo constante de la Iglesia universal y de sus innumerables asambleas».

La propia Constitución Missale romanum –en oposición a la voluntad expresa de Vaticano II– da el golpe de gracia al latín como lengua universal cuando afirma: «no obstante la gran variedad de lenguas, una e idéntica (?) oración... subirá». La muerte del latín será, pues, como un hecho consumado. 

De ella se derivará inevitablemente la del gregoriano: el gregoriano al que, sin embargo, Vaticano II ha reconocido como «el canto propio de la liturgia romana» y al que ha concedido «el primer lugar» (Sacrosanctum Concilium, no 116). 

El hecho de poder elegir libremente, entre otras cosas, los textos del Introito y del Gradual, acabará eliminando el canto gregoriano.

El nuevo rito se presenta como pluralista y experimental y como vinculado al tiempo y al lugar. Quedando de este modo definitivamente rota la unidad del culto, ya no vemos en que podrá consistir en adelante la unidad de fe que está vinculada íntimamente con él, de la cual sin embargo se sigue diciendo que es su sustancia lo que se debe mantener sin hacer compromiso alguno.

Es evidente que el nuevo Ordo Missae renuncia de hecho a ser la expresión de la doctrina que definió el Concilio de Trento como de fe divina y católica, aunque la conciencia católica permanece vinculada para siempre a esta doctrina. Resulta de ello que la promulgación del nuevo Ordo Missae pone a cada católico ante la trágica necesidad de escoger.




VII

La Constitución «Missale romanum» habla explícitamente de una riqueza de doctrina y de piedad que el nuevo Ordo Missae tomaría prestada a las iglesias de Oriente.

Este supuesto préstamo tendría como resultado efectivo alejar a los fieles del rito oriental, pues la inspiración del rito oriental no es sólo ajena sino totalmente opuesta al espíritu de nuevo Ordo Missae, pues, ¿a qué se reducen esos préstamos que se declaran inspirados por el ecumenismo?

En sustancia, a la multiplicación de las ánforas [Anáfora (palabra que quiere decir: «ofrenda»): plegaria eucarística de la misa del rito griego, denominado de San Juan Crisóstomo. Casi todos los ritos orientales cuentan con varias anáforas.], aunque no a su orden ni belleza; a la presencia del diácono; y a la comunión bajo las dos especies.

Pero parece que se ha pretendido eliminar todo lo que en la liturgia romana está más cerca de la liturgia oriental [Así, para no recordar sino la liturgia bizantina, -las oraciones penitenciales, largas insistentes y repetidas; -los ritos solemnes con que se revisten el celebrante y el diácono; -la preparación de las ofrendas (proscomidia) que constituye ya un rito completo; -la mención permanente, en las oraciones y hasta en el ofertorio, de la Santísima Virgen, de los Santos y de las jerarquías angélicas, que durante la Entrada con el Evangelio, se vuelven a invocar como invisiblemente concelebrantes y con las que se identifica el coro en el Cherubicon; -la iconostasis que separa netamente el santuario del resto del templo, clero y fieles; -la consagración lejos de las miradas, símbolo evidente del Incognoscible al que se refiere toda la liturgia; -la actitud del celebrante siempre de cara a Dios y nunca al pueblo; -el hecho de que el celebrante y sólo él distribuye la comunión; -las señales continuamente repetidas de profunda adoración a las Sagradas Especies; -la actitud esencialmente contemplativa del pueblo. Además, el hecho de que las liturgias orientales, incluso en las formas menos solemnes, duran más de una hora, y las expresiones que se repiten constantemente («terrible e inefable liturgia», «terrible, celestial y vivificante misterio», etc.) bastan para explicar todo. Por último, destaquemos que tanto en la Divina Liturgia de San Juan Crisóstomo como en la de San Basilio, la idea de «cena» o de «banquete» está claramente subordinada a la de Sacrificio, al igual que en la Misa romana de San Pío V.] y que, renunciando al incomparable e inmemorial carácter romano de la liturgia, se ha querido renunciar a lo que le era espiritualmente más propio y precioso. Se ha sustituido la romanidad por elementos que acercan el nuevo Ordo Missae a ciertos ritos protestantes, y no precisamente a los que estaban más cerca del catolicismo; estos elementos degradan la liturgia romana y alejaran cada vez más al Oriente, como ya se ha visto con las reformas litúrgicas que han precedido inmediatamente al nuevo Ordo Missae.

En cambio, el nuevo Ordo Missae gozará del favor de los grupos cercanos a la apostasía que, atacando en la Iglesia la unidad de la doctrina, de la liturgia, de la moral y de la disciplina, provocan en ella una crisis espiritual sin precedentes.


VIII

San Pío V había concebido la edición del Misal romano como un instrumento de unidad católica, tal como recuerda la propia Constitución Missale romanum. En conformidad con las prescripciones del concilio de Trento, el Misal romano de San Pío V debía impedir que se pudiera introducir en el culto divino ninguno de los sutiles errores con que la Reforma protestante amenazaba a la fe.

Los motivos de San Pío V eran tan graves que nunca antes en ningún otro caso parecía haber estado más justificada la fórmula ritual y en la ocurrencia casi profética con que concluye la Bula de promulgación del Misal romano (Quo primum, 14 de julio de 1570): «Pero, si alguien presumiera intentarlo, sepa que incurrirá en la indignación de Dios Todopoderoso y sus Santos Apóstoles Pedro y Pablo».

Al presentar oficialmente el nuevo Ordo Missae en la sala de prensa del Vaticano, se ha llegado al atrevimiento de afirmar que las razones alegadas por el concilio de Trento ya no valen ahora.

No solamente subsisten sino que no dudamos en afirmar que hoy hay otras infinitamente más graves. La Iglesia elaboró alrededor del depósito revelado las defensas inspiradas de sus definiciones dogmáticas y de sus decisiones doctrinales precisamente para enfrentar a las insidiosas desviaciones que de siglo en siglo amenazaron la pureza de este depósito [San Pablo, 1 Tim. 6, 20: «Guarda el depósito, evita las palabrerías profanas».] Esas definiciones y decisiones tuvieron repercusiones inmediatas en el culto, que se volvió progresivamente en el monumento más completo de la fe de la Iglesia [El concilio de Trento, en la sesión 13a (Decreto sobre la sagrada Eucaristía, Introducción) declara su intención: «Que se arranque de raíz la cizaña de los execrables errores y cismas, que el hombre enemigo sembró abundantemente en la doctrina de la Fe, en el uso y en el culto de la Sacrosanta Eucaristía... a la cual, por lo demás, nuestro Salvador dejó en su Iglesia como símbolo de su unidad y caridad, con la que quiso que todos los cristianos estuvieran unidos y asociados entre sí» (D.S. n° 1635).]

Pretender a todo precio volver a poner en vigor el culto antiguo repitiendo in vitro lo que al origen tuvo la gracia de la espontaneidad en el momento de brotar, es caer en aquel insensato arqueologismo condenado por Pío XII [Pío XII, encíclica Mediator Dei: «Es, en verdad, cosa prudente y loable el volver de nuevo con el espíritu y el corazón a las fuentes de la Sagrada Liturgia, porque su estudio, remontándose a los orígenes, contribuye mucho a comprender el significado de las fiestas y a penetrar con mayor profundidad y esmero en el sentido tanto de las fórmulas corrientes como de las ceremonias sagradas; pero ciertamente no es prudente ni loable el reducirlo todo y de todas las maneras a lo antiguo. Así, por ejemplo, se sale del recto camino quien desea devolver al altar su forma primitiva de mesa; quien desea excluir de los ornamentos litúrgicos el color negro; quien quiere eliminar de los templos las imágenes y estatuas sagradas; quien hace representar al Redentor Crucificado sin que aparezcan los dolores acerbísimos que padeció en la Cruz... Tal manera de pensar y obrar reanimaría, efectivamente, el excesivo y malsano arqueologismo que despertó el Concilio ilegítimo de Pistoya, y resucitaría los múltiples errores que un día provocó ese conciliábulo y los que de él se siguieron, con gran daño de las almas, errores que la Iglesia, guardiana vigilante del ―Depósito de la Fe‖ que le ha sido confiado por su Divino Fundador, condenó a justo título».], pues equivale –como por desgracia se ha visto– a despojar a la liturgia de todas las bellezas acumuladas piadosamente a lo largo de los siglos, y de todas las defensas teológicas necesarias ahora más que nunca, en un momento crítico; tal vez el más crítico de la historia de la Iglesia.

Hoy, ya no es en el exterior, sino en el propio interior de la catolicidad donde se reconoce oficialmente la existencia de divisiones y de cismas [Pablo VI, homilía del Jueves Santo de 1969: «Un fermento, que es prácticamente el del cisma, divide, fragmenta y desmenuza a la Iglesia».]



La unidad de la Iglesia ya no sólo está amenazada sino que está trágicamente comprometida [Pablo VI, ibid.: «Hay igualmente entre nosotros esos cismas y divisiones que San Pablo denuncia con dolor en el párrafo que acabamos de leer».] Los errores contra la fe ya no sólo se insinúan sino que se imponen por medio de las aberraciones y de los abusos que se introducen en la liturgia [Es notoriamente público que los mismos que acaban de haber figurado entre los padres conciliares, reniegan hoy de Vaticano II. Al dejar el Concilio estaban decididos a «hacer explotar» su contenido. En cambio, el Sumo Pontífice, en la clausura de este Concilio, no había introducido ningún cambio. Por desgracia, la Santa Sede, con una prisa inexplicable, ha permitido e incluso alentado por medio de la Comisión para la aplicación de la Constitución conciliar sobre la Sagrada Liturgia una infidelidad cada vez mayor a los textos conciliares –infidelidad que va de modificaciones aparentemente de pura forma (latín, gregoriano, supresión de ritos venerables, etc.) a otras que tocan a la sustancia de la fe y que consagran el nuevo ORDO MISSAE–. Las terribles consecuencias que hemos intentado resaltar en este estudio han repercutido, de un modo aún más dramático psicológicamente, en el ámbito de la disciplina y en el del magisterio.] El abandono de una tradición litúrgica que ha sido durante cuatro siglos el signo y la prenda de la unidad del culto, su reemplazo por otra liturgia que no podrá ser sino causa de división por las incontables licencias que autoriza implícitamente, por las insinuaciones que favorece y por sus manifiestas agresiones a la pureza de la fe, parece que es, para hablar con términos moderados, un incalculable error.

Corpus Christi 1969." 


9.- Palabras consacratorias alteradas.

En la Constitución Apostólica: 'Missale Romanum',  de 3 de abril de 1969, Giovanni Battista  Montini, 'Pablo VI', promulgó el Novus Ordo Missae, que entró  en vigor el día 30 de noviembre de 1969; de raíz tiene una alteración las palabras de la consagración, que constituyen la parte esencial del Sacrificio del Altar. 

Estas palabras consacratorias al traducirse a cada lengua, se van desfigurando porque algunas no tienen participios, adjetivos, pronombres, etc. carecen de la expresión exacta, lo cuál provoca una desfiguración y destrucción del patrimonio de la Sagrada Liturgia, de la unidad universal del culto divino, una interrupción del santo Sacrificio de muchísimos años. 

Lo cual se confirme tristemente, al ver un cambio no sólo de la lengua [dejar el latín para adaptarla a cada lugar], cambio en la esencia del Santo Sacrificio,: cambio de las palabras de la consagración,  quitar el altar, sacara el sagrario, menos imágenes, cambio de ornamentos, cambio de Derecho Canónico, etc. etc.

A.- La Constitución Apostólica: 'Missale Romanum',  de 3 de abril de 1969 establece: Sobre el pan: "TOMAD Y COMED TODOS DE ÉL, PORQUE ESTO ES MI CUERPO, QUE SERÁ ENTREGADO POR VOSOTROS.

  • Aquí hay una ruptura con la enseñanza inmemorial de la Iglesia que manda: "HOC EST ENIM CORPUS MEUM" para todos los lugares del mundo en latín, pero aún traducido al español hay cambios: "PORQUE ÉSTE ES MI CUERPO". 


B.- La Constitución Apostólica: 'Missale Romanum',  de 3 de abril de 1969 Sobre el cáliz: "TOMAD Y BEBED TODOS DE ÉL, PORQUE ÉSTE ES EL CÁLIZ DE MI SANGRE, SANGRE DE LA ALIANZA NUEVA Y ETERNA, QUE SERÁ DERRAMADA POR VOSOTROS Y POR TODOS LOS HOMBRES PARA EL PERDÓN DE LOS PECADOS. HACED ESTO EN CONMEMORACIÓN MÍA."

  • Aquí  ruptura con la enseñanza inmemorial de la Iglesia que manda: "HIC EST ENIM CALIX SÁNGUINIS MEI, NOVI ET AETÉRNI TESTAMÉNTI: MYSTÉRIUM DÍDEI: QUI PRO VOBIS ET PRO MULTIS EFFUNDÉTUR IN REMISSIÓNEM PECCATÓRUM" lo cual traducido al español: "PORQUE ÉSTE ES EL CÁLIZ DE MI SANGRE, DEL NUEVO Y ETERNO TESTAMENTO (MISTERIO DE FE) QUE SERÁ DERRAMADA POR VOSOTROS Y POR MUCHOS EN REMISIÓN DE LOS PECADOS". 


C.- La Constitución Apostólica: 'Missale Romanum',  de 3 de abril de 1969, además de esta alteración o destrucción de la esencia de la Consagración y del Sacrificio del Altar, destruye la Iglesia. Cito textualmente el documento oficial de la CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, del   Cardenal Alfredo Ottaviani:

  • "Queda manifiesto que los autores del nuevo Ordo Missae han hecho hincapié, de modo obsesivo, en la cena y en la memoria que se realiza en ella, y no en la renovación (incruenta) del sacrificio de la Cruz."

  • "Pero el nuevo Ordo Missae altera la ofrenda degradándola." 

  • "al suprimir los verdaderos fines de la Misa, forzosamente hay que inventar otros ficticios."

  • "Con esta confusión, se borra la singularidad primordial de la Hostia destinada al Sacrificio, de modo que la participación a la inmolación de la Víctima se convierte en una reunión de filántropos o en un banquete de beneficencia."

  • "se trata de la misma actitud de desprecio por el Sagrario como por toda piedad eucarística fuera de la Misa; se trata igualmente de un nuevo y violento perjuicio de la fe en la Presencia real, que perdura mientras permanezcan las Especies consagradas".

  • "La consecuencia de todo esto es insinuar un cambio de sentido específico en la Consagración."

  • "puede ser empleada con toda tranquilidad de conciencia por un sacerdote que ya no crea en la transubstanciación ni en el carácter sacrificial de la Misa; esta plegaria eucarística puede muy bien servir para la celebración de un ministro protestante."

  • "Quedando de este modo definitivamente rota la unidad del culto,"

  • "En cambio, el nuevo Ordo Missae gozará del favor de los grupos cercanos a la apostasía que, atacando en la Iglesia la unidad de la doctrina, de la liturgia, de la moral y de la disciplina, provocan en ella una crisis espiritual sin precedentes."



10.- Los resultados: Una nueva Iglesia.






















Ave María Purísima, sin pecado original concebida.






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