El ecumenismo es un medio para destruir la fe católica.


15 Dec
15Dec

La presente transcripción, es responsabilidad de quien lo lee o quien lo recomienda.

Pbro. Dr. Joaquin Sáenz y Arriaga, SJ, libro: "Sede Vacante", capítulo XIII, página 413.




EL ECUMENISMO, MEDIO EFICAZ PARA LA AUTO DEMOLICIÓN DE LA IGLESIA


Aunque ya en las páginas anteriores hablamos del "ecumenismo", parece, sin embargo, necesario el insistir en punto tan importante, ya que el movimiento ecuménico ha sido no tan sólo el pasaporte seguro para que los "separados" se introduzcan libremente en la Iglesia, hagan en ella una intensa labor de proselitismo, sino, sin resistencia alguna, a título de exégesis y teología liberal, eliminen y destruyan nuestra teología y nuestra filosofía perenne.

En septiembre del año pasado (1971), la Comisión Mixta Anglicana-Católica redactó un documento, una especie de primer común acuerdo, que fue publicado el 30 de diciembre y constituye, según ellos, un suceso histórico, porque es el primer acuerdo doctrinal en el anglicanismo y el catolicismo, desde la separación entre Roma y Cantorbery. ¿Fue acaso un triunfo de Roma? ¿fue el reconocimiento de algunos errores, que habían desgajado esa, en otros tiempos, pujante rama del tronco dos veces milenario de la verdadera y única Iglesia de Jesucristo? No; nada de eso. Ni los anglicanos, ni los ortodoxos no católicos, ni ninguna de las sectas protestantes están dispuestas a buscar la "unidad", a costa del reconocimiento de sus propios errores. El dicho documento no compromete más que a los miembros de la comisión mixta; es, como dijo el arzobispo católico Dwyer, "un documento de teólogos". Es, pienso yo, el primer paso para el compromiso y la claudicación. ¿Qué más pruebas podían pedirnos los anglicanos de la sinceridad con que buscamos la unión con ellos? Hemos aceptado y seguido el mismo camino del reformador Thomas Cranmer, para la protestantización de la Iglesia: el Arzobispo de Canterbury, quien gozó de todo poder en la esfera religiosa, de 1547 a 1553.

Crammer fue sincero al declarar sus intenciones y no pretendió́ nunca ocultar su opinión, según la cual, el poder "de la gran prostituta, esto es, la pestífera Sede de Roma" descansa "en la doctrina papal de

la "transubstanciación", de la Real Presencia de la carne y sangre de Cristo, en el sacramento del altar (como ellos lo llaman) y en el sacrificio y la oblación de Cristo, hecha por el sacerdote, para salvación de los vivos y de los muertos". Los medios principales que él usó para llevar adelante su programa destructor fueron tres: la lengua vernácula, la sustitución del altar por la Santa Mesa y los cambios hechos en el Canon de la Misa.

En sus ansias de ecuménico abrazo, Juan B. Montini había aceptado ya seguir, con la implantación de

su "Novus Ordo Missae" esos tres substanciales cambios del reformador anglicano: contra lo definido y decretado en Trento, se impuso el uso de las lenguas vernáculas, aboliendo prácticamente el latín; se eliminaron o destruyeron los altares, para poner en su lugar la "mesa" y, finalmente, se adulteró substancialmente el Canon; hasta el nombre de Canon se cambió por el de "Oraciones Eucarísticas".

Parece que en Roma causó gran inquietud la enorme publicidad dada al texto de la Comisión mixta, ya que, apoyándose en ese documento, los fieles podrían pensar que ya se habían dado las condiciones necesarias para la "intercomunión entre las dos Iglesias". En realidad, para una persona bien preparada, el truco es manifiesto: ¿cómo puede haber intercomunión entre dos Iglesias distintas? No es una intercomunión la que debemos buscar, sino una conversión total de la Iglesia anglicana y de las sectas protestantes a la verdadera y única Iglesia de Jesucristo. Aquí no se trata de ritos, sino de dogmas.

La intención de los doce católicos y de los doce anglicanos, que formaban la comisión era "la búsqueda de un comprensión más profunda de esta realidad que es la Eucaristía, más conforme a la enseñanza de la Escritura y la tradición de nuestra herencia común". Por eso se evita recurrir, tanto a las fórmulas del Concilio de Trento, como a los 39 artículos, en los cuales, la Iglesia Anglicana expresó su fe, cuando se separó de Roma. ¡Actitud y táctica, en verdad incomprensible! ¿Cómo puede un católico, ni a título de estrategia, prescindir en su diálogo, de una doctrina cierta, dogmática, infalible? Esta es, a mi modo de ver, una prueba apodíctica de las desviaciones intrínsecas que en sí encierra el "movimiento ecuménico", que el Vaticano II atribuye a la acción del Espíritu Santo. Veamos ahora, como define la Comisión mixta a la Eucaristía:

"El documento de la comisión mixta define a la Eucaristía como el "memorial" de la vida, de la muerte, de la resurrección de Cristo "efectuada de una vez por todas en la historia". "Dios, dice el texto, ha dado la Eucaristía a su Iglesia como un medio, por el cual se anuncia y se hace eficaz en la Iglesia la obra redentora de Cristo en la Cruz. El término memorial, tal y como se comprendía en la celebración pascual en tiempos de Cristo —es decir, hacer efectivamente presente un suceso del pasado— ha abierto el camino a una mejor inteligencia de la relación entre el sacrificio de Cristo y la Eucaristía. Así́ pues, el memorial eucarístico no es el simple recordatorio de un suceso pasado o de su significado, sino la proclamación eficaz de la obra poderosa de Dios, hecha por la Iglesia". ¡Presencia de Cristo, pero presencia espiritual, no real!

En esta definición, bien analizada y comprendida, vemos que la doctrina católica de

Trento "impresionantemente" se desvanece, se elimina, para dejar el lugar a la doctrina de Cranmer. La esencia de la Eucaristía, según la doctrina Católica, no es el memorial, sino el SACRIFICIO, verdadero y real sacrificio, repetición o continuación incruenta del Sacrificio de la Cruz, para aplicarnos los frutos redentores y para recordar la Pasión y muerte del Señor.

La celebración pascual, en tiempos de Cristo, era un memorial, a un mismo tiempo recordatorio de la liberación de Israel del pueblo egipcio, y representativo de la liberación que en la Cruz iba a hacer Cristo de la humanidad prevaricadora. La celebración pascual, en nuestra Iglesia, no se asimila en nada con la pascua judía. Es, como dijimos antes, la liberación no del pueblo judío, sino de toda la humanidad, por la redención de Cristo en el Calvario; y, la eucaristía, hace efectivamente presente el mismo sacrificio del Calvario, de una manera incruenta y para aplicarnos los frutos salvíficos de esa Redención, no por una "proclamación", sino, vuelvo de nuevo a decirlo, por una repetición real y verdadera del Sacrificio de la Cruz.

La Comisión mixta creyó establecer el puente entre la doctrina católica y la doctrina de Cranmer, diciendo que la Eucaristía no es un simple recordatorio de un suceso pasado, sino la "proclamación eficaz" de la obra poderosa de Dios hecha en su Iglesia. No; la doctrina católica es totalmente opuesta a esta explicación o definición de marcado tinte protestante. En la Misa no sólo proclamamos el Sacrificio de la Cruz, ni sólo alcanzamos por esta proclamación los frutos redentores, sino se ofrece a Dios Padre un Sacrificio, a saber, el Cuerpo y la Sangre del Señor, en orden a obtener el perdón de los pecados y la salvación de vivos y muertos. "El pueblo debe saber, decía Cranmer, que Cristo no está física, realmente presente en el sacramento, sino sólo en los que dignamente lo reciben. El comer y beber la carne y la sangre de Cristo, no debe entenderse según el sentido ordinario, con la boca y los dientes, para comer una cosa que está presente, sino una fe viva, en el corazón y en la mente, para digerir algo que está ausente". El nuevo rito, que Cranmer inventó para substanciar esta creencia, "la administración de la Santa Cena" no debía tener nada que se asemejase a la "nunca suficientemente execrada Misa". Y el que en la Misa "se ofreciese a Dios Padre un Sacrificio, a saber, el Cuerpo y la Sangre del Señor, real y verdaderamente, en orden a obtener el perdón de los pecados y la salvación de vivos y muertos" fue declarado por Cranmer como una herejía, merecedora de muerte".

Según el documento de la Comisión mixta anglicana-catoólica, la Eucaristía (no se acepta el nombre de Misa) es el "memorial de la vida, muerte y resurrección de Cristo; es un medio por el cual se anuncia y se hace eficaz en la vida de la Iglesia la obra redentora de Cristo en la Cruz"; pero, ¿cómo? Veamos lo que nos dice el documento: "La comunión en Cristo, en la Eucaristía, supone su presencia verdadera, eficaz y significada por el pan y el vino, que en este misterio, se tornan en su cuerpo y en su sangre. La presencia real del cuerpo y la sangre de Cristo, sin embargo, no puede ser comprendida más que dentro del contexto de la obra redentora, por la cual se da a sí mismo, y por la cual da a los suyos, en sí mismo, la reconciliación, la paz y la vida". "El cuerpo y la sangre sacramentales del Salvador se encuentran presentes, como una ofrenda al creyente que espera su regreso. Cuando esta ofrenda es recibida con fe, produce un encuentro vivificador..." De nuevo: presencia espiritual, sí, pero no transubstanciación.

Todo es aquí́ ambigüedad, todo confusión, para negar la doctrina católica y para reafirmar la doctrina anglicana. En la Santa Misa (no la Cena, no el memorial) no sólo se anuncia y se hace eficaz, en la vida de la Iglesia, la obra redentora de Cristo en la Cruz, el misterio de la REDENCIÓN, sino que se reproduce, real y verdaderamente, de un modo incruento, el Sacrificio del Calvario. El término "memorial" hay que entenderlo, dice la Comisión, como se entendía en la celebración pascual en los tiempos de Cristo. Es decir, como la cena legal, conque el pueblo judío hacia, en cierto modo, presente el suceso pasado de su liberación de Egipto. Así la "Cena", no la "Misa" hace, en cierto modo, presente la vida, muerte y resurrección de Cristo; no porque se repita en el altar el sacrificio de la Cruz, sino porque el pan y el vino, que están presentes sobre la mesa, significan, representan actualmente la vida, muerte y resurrección del Señor, que son sucesos ya pasados. Y no es esta Cena un simple recordatorio de un suceso pasado, sino una proclamación de la obra poderosa de Dios, hecha por la Iglesia. Así se explica la afirmación del sacerdote y la aclamación del pueblo, en el "Novus Ordo", después de haberse dicho la fórmula consacratoria: "ESTE ES EL SACRAMENTO DE NUESTRA FE", dice el sacerdote; y el pueblo contesta: "Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!" "Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte. Señor, hasta que vuelvas". "Por tu Cruz y resurrección nos has salvado, Señor! "

"La comunión en Cristo (notemos bien: no de Cristo), en la Eucaristía, supone su presencia verdadera, eficaz y significada por el pan y el vino, que, en este misterio, se tornan en su cuerpo y su sangre. La presencia real del cuerpo y la sangre de Cristo, sin embargo, no puede ser comprendida más que dentro del contexto de la obra redentora". He aquí una evidente contradicción; una concesión hecha por los doce teólogos católicos a los doce teólogos protestantes: "La comunión en Cristo; no el sacrificio en la consagración, en la transubstanciación, supone la presencia verdadera, eficaz, significada por el pan y el vino, (que, por lo visto, están substancialmente en el altar),a pesar de que el documento nos diga, que el pan y el vino "se tornan en el cuerpo y la sangre de Cristo"; porque "esta presencia real no puede ser comprendida más que dentro del contexto de la obra redentora, (no de la obra justificadora, santificadora), por la cual Cristo se da a sí mismo, y por la cual da a los suyos, en sí mismo, la reconciliación, la paz y la vida". Presencia real, pero espiritual: ahí está el truco.

En medio de esta confusión de términos y de conceptos, lo que se ve muy claro es que la Comisión, en su documento, aceptó la negación intransigente de los anglicanos y protestantes todos, acerca de la "transubstanciación" eucarística, por eso leemos, después: "El término transubstanciación, en la Iglesia Católica Romana, es tomado habitualmente para indicar que Dios, actuando en la Eucaristía, efectúa un cambio en la realidad interna de los elementos. Este término ha de ser considerado como una afirmación del hecho de la presencia de Cristo y del cambio misterioso y radical que se lleva a cabo. En la teología católica contemporánea, este término no es comprendido como indicando tal forma en que se lleva a cabo ese cambio". Otra manera de decir que se trata de la presencia real, sí, pero espiritual, no física.

En esas ultimas palabras, encontramos ya la negación o disimulación, cuando menos, de la transubstanciación, como la teología dogmática, infalible e inmutable del Concilio de Trento, la entiende. En la Profesión de Fe Tridentina, que, según la Bulla de Pío IV "INIUNCTUM NOBIS" del 13 de noviembre de 1564, debíamos hacer todos los sacerdotes, se encuentra clara la teología católica, que, según esos teólogos progresistas, no es ya la doctrina de la Iglesia: "Profiteor pariter in Misa offerri Deo verum, proprium et propitiatorium sacrificium, pro vivis et defunctis, atque in sanctissimo Eucharistiae sacramento esse vere, realiter et substantialiter corpus et sanguinem, una cum anima et divinitate Domini Nostri lesu Christi, fierique conversionem totius substantiae panis in corpus et totius substantiae vini in sanguinem, quam conversionem catholica Ecclesia transsubustantiationem apellat. Fateoretiam sub altera tantum specie, totum atque integrum Christum verumque sacramentum sumí". (Confieso del mismo modo que en la Misa se ofrece a Dios un verdadero, propio y satisfactorio sacrificio, por los vivos y por los difuntos, y que, en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, está verdadera, real y substancialmente el cuerpo y la sangre con el alma y la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, y que se hace una conversión de toda la substancia del pan en el cuerpo, y de toda la substancia del vino en la sangre, la cual conversión la Iglesia Católica llama transubstanciación. Y confieso también que bajo una sola de las especies se recibe a todo e íntegro Cristo y al verdadero sacramento").

Después de estas palabras, no sé como los así llamados teólogos católicos hayan podido afirmar en ese documento que "en la teología católica contemporánea —la de la Iglesia montiniana— este término (transubstanciación) no es comprendido como indicando la forma en que se lleva a cabo ese cambio". He aquí la prueba inequívoca del cambio que el neo-modernismo, la iglesia montiniana, ha querido hacer en los dogmas más importantes y sagrados de nuestra fe católica. El "ecumenismo" de Bea, de Willernards, del Vaticano II, de Juan B. Montini, es la más negra traición a nuestra fe católica; es el trasbordo ideológico a las sectas protestantes.









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