La Iglesia nunca, en ninguna circunstancia puede estar ni estará “acéfala”.


10 Oct
10Oct


Es un grave error doctrinal afirmar, que la Iglesia Católica en la ausencia del Vicario de Cristo se encuentre "acéfala", para lo cuál transcribo al padre Joaquín Sánez y Arriaga, doctor en Derecho Canónico, sacerdote jesuita, en su libro: 'Sede Vacante', quien afirma categóricamente: La Iglesia nunca, en ninguna circunstancia puede estar ni estará “acéfala”.



Contenido:


  • Cristo, es la Cabeza del Cuerpo de la Iglesia.

  • Cristo, es el principio de todas las cosas.

  • La Iglesia nunca, en ninguna circunstancia puede estar ni estará “acéfala”.

  • El drama de la pasión del Señor parece que se repite ahora en su Cuerpo Místico.

  • La manipulación de la  “falsa obediencia”.

  • La falta de los conocimientos de las ciencias eclesiásticas favorece a los innovadores.

  • El gran sofisma de esta trágica confusión, confundir la institución divina, que Cristo hizo de su Iglesia, con los hombres.

  • La revolución subterránea de la Iglesia.

  • El punto central  de la unidad eclesiástica (Papa) se convirtió en motivo de división y desgarramiento de las Iglesias.





El misterio de Cristo.


En su Epístola a los Colosenses, expone San Pablo el misterio de Cristo y su primacía, su predominio sobre toda la creación: 

“El (Cristo) –escribe el Apóstol-, es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda la creación; pues por él fueron creadas todas las cosas, las de los cielos y las que están sobre la tierra, las visibles y las invisibles, sean tronos, sean dominaciones, sean principados. Todas las cosas fueron creadas por medio de El y para El.  Y El es antes de todas las cosas y en El subsisten todas. Y El es la Cabeza del Cuerpo de la Iglesia, siendo El mismo el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo sea El lo primero.”

En este capítulo, al describirnos el Apóstol el misterio de Cristo, habla primero de Cristo, en cuanto es verdadero Hijo de Dios: “Qui eripuit nos de potestate tenebrarum, et transtulit in regnum Filii dilectionis suae” (El nos ha arrebatado de la potestad de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino del Hijo de su amor, en quien tenemos la redención, la remisión de los pecados). Porque el Hijo es el Verbo del Padre, semejante e igual en todo al Padre, y, por lo mismo, de la misma esencia y naturaleza del Padre; consubstancial al Padre: “QUI (FILIUS) EST IMAGO DEI (PATRIS) INVISIBILIS”. Pero después de habernos hablado San Pablo de Cristo, en cuanto Dios, y habernos demostrado su divinidad, habla de El, en cuanto hombre, para demostrarnos su excelsa dignidad. Porque Cristo, en cuanto hombre, no en cuanto Dios, es la Cabeza de la Iglesia. (Cf. Efes. I, 22). “QUI EST PRINCIPIUM”. Cristo, en cuanto Dios, como dice San Anselmo, es el principio de todas las cosas, de todo cuanto existe; pero, en cuanto hombre es Cabeza de la Iglesia. Cristo, en cuanto hombre, es el “principio”, esto es, la fuente de la “vida sobrenatural” para nosotros, el guía, el autor de la resurrección; por eso es el “primogénito” de los muertos, que por El hemos de resucitar algún día. Es el “principio” tempore et causalitate, en el tiempo y por la causalidad, ya que El formó su Cuerpo Místico, que es la Iglesia, en el cual estamos nosotros como miembros. De El nos viene la verdadera vida y, por El, por su gracia, fruto inagotable de su redención, recibimos la posibilidad y los auxilios necesarios para cualquier acción conducente a la vida eterna.

Ya vemos, pues, que la Iglesia nunca, en ninguna circunstancia puede estar ni estará “acéfala” como con diabólica calumnia me atribuye haber dicho monseñor canciller de la Mitra de la Arquidiócesis de México, Reynoso Cervantes. 

Por lo que toca a la persona humana de los obispos y del mismo Papa, vuelvo a hacer esta pregunta: ¿acaso su eliminación basta para declarar “acéfala” la Iglesia?, ¿Por ventura la ausencia del administrador, del vicario, del representante visible hace que el Cuerpo quede sin Cabeza? Mientras esté Cristo, la Iglesia Universal o la Iglesia local no está “acéfalas”, aunque carezcan de obispo o de Papa auténtico y genuino, aunque carezcan temporalmente de autoridad visible.

No dejo de ver que esta situación dolorosa y anormal significa para la Iglesia y para las almas una espantosa tragedia. El drama de la pasión del Señor parece que se repite ahora en su Cuerpo Místico. Pero el triunfo de Cristo es prenda del triunfo de la Iglesia.

Si, por un imposible o posible, el Papa o los Obispos se apartasen de la verdadera doctrina de Cristo, si, en sus dichos o hechos, se opusiesen a la tradición apostólica, de un modo palpable y manifiesto, ¿podríamos decir que siguen siendo los representantes de Jesucristo y que nosotros estaríamos obligados a obedecerlos, aunque sea contra nuestra fe y nuestra conciencia, contra las no interrumpidas enseñanzas del Magisterio de la Iglesia, contra la misma doctrina revelada, que ha llegado hasta nosotros por la Tradición y la Sagrada Escritura?

He aquí el gravísimo problema, que estamos viviendo y que a muchos los ha arrastrado, por una “falsa obediencia”, a aceptar tantos errores, como hoy circulan con el “imprimi potest”, el “nihil obstat” y el solemne “imprimatur” de los grandes jerarcas de la Iglesia, los que han acaparado toda la ciencia y toda la experiencia de la Iglesia; los que, despreciando la tradición apostólica, se creen predestinados para “reformar” la religión de Cristo –anticuada y decadente-, para darnos “una nueva economía del Evangelio”, una “metanoia”, “una nueva mentalidad”, a la que debemos sujetarnos, para adaptar al mundo moderno las vetustas estructuras de la Iglesia, fundada por el Hijo de Dios, que, por lo visto, no tuvo la visión o el poder necesario para instituir una Iglesia, no sujeta a evoluciones, sino al natural crecimiento y desarrollo de todo ser viviente, que El mismo anunció al comparar su Iglesia al grano de mostaza, que, siendo una de las semillas más pequeñas, crece y se desarrolla con el tiempo, hasta convertirse en espeso arbusto, en cuyas ramas las aves del cielo hacen su nido.

La falta de los conocimientos de las ciencias eclesiásticas, como la sólida filosofía, la rica teología, la Historia de la Iglesia, la patrología y los numerosos documentos del Magisterio extraordinario y ordinario es una explicación, en el terreno humano de la ignorancia, de la inestabilidad y cambio constante de las enseñanzas y prácticas de los seguidores del progresismo, de sus “expertos”, ignorantes y desorientados, y de múltiples “pontífices mínimos”, como los llamó con fina ironía, el destacado periodista, Don Luis Vega Monroy, esos Abascales que nos quieren enseñar el Padre Nuestro.

“Nunca como ahora –escribía yo, allá por los años de 1945, en la introducción a mi libro ‘Donde esta Pedro, allí esta la Iglesia’- se impone la difusión de la verdad. Vivimos en una época de lucha intelectual intensa, en la que las afirmaciones y las negaciones se disputan tenazmente el dominio de las almas. El cristianismo (mejor diríamos hoy el Catolicismo, para no confundirnos con los hermanos separados), la religión del Evangelio eterno, se ve violentamente combatido, y toda la concepción cristiana de la vida está amenazada por los golpes certeros del nihilismo pulverizador. La humanidad enloquecida quiso fabricar, con las decantadas conquistas de la ciencia moderna, una nueva Babel, para desafiar, desde allá, los poderes divinos; y el castigo, que ya pesa sobre nosotros y nos abruma, es la confusión, el caos, el desenfreno, que parece arrastrar a nuestros pueblos a una barbarie, tanto más destructora, cuanto más refinada. Los hombres hablan y nadie les entiende. Las palabras cambian constantemente de sentido y la más desconcertante demagogia ha invadido el mismo santuario de la sabiduría, donde ya no reinan las ideas desinteresadas, los principios inmutables, sino las pasiones violentas y agresivas, convertidas o disfrazadas en sistemas artificiosos y frases vacías de sentido y de vida, pero llenas de veneno y preñadas de odio, de dolor, de destrucción y de exterminio.”


El gran sofisma de esta trágica confusión, dentro del seno mismo de la Iglesia, está en confundir la institución divina, que Cristo hizo de su Iglesia, con los hombres, que, legitima o ilegítimamente, ocupan los puestos de la Iglesia. El no saber precisar la naturaleza y finalidad de las prerrogativas y poderes, que Cristo dio a los pastores de la Iglesia, ‘in aedificationem, non in destructionem Corporis Christi’. (en la edificación, no en la destrucción del Cuerpo de Cristo). El no saber reconocer, según la más sólida teología católica, los límites infranqueables, que esos poderes, esa autoridad, esa dignidad asombrosa de los jerarcas de la Iglesia –sean Papas, Cardenales u Obispos-, deben necesariamente tener, según el plan y los designios del Altísimo y según lo exige el dominio absoluto, ilimitado y constante, que Dios tiene y debe tener sobre todos y cada uno de los hombres, así sean éstos reyes, obispos o papas.

Una adhesión incondicional e ilimitada a las enseñanzas del Magisterio NO infalible, a las disposiciones de la Jerarquía, no excluyendo las del Sumo Pontífice, cuando éstas manifiestamente se apartan de las enseñanzas de la tradición, de las definiciones y decisiones irreformables de los anteriores Papas o Concilios, no está, ni puede estar de acuerdo con la ortodoxia de los dogmas católicos, una de cuyas características –la principal seguramente- según nos enseña infaliblemente el Concilio Ecuménico Vaticano I, es su absoluta inmutabilidad:

“Si alguno dijere que es posible que a los dogmas propuestos por la Iglesia, según el progreso de las ciencias, haya de dárseles un sentido distinto de aquel que entendió y entiende la Iglesia, que sea anatema. Denzinger 3043. Y en el Epílogo de la Constitución dogmática, sess. III, del mismo Concilio leemos: Así, pues, cumpliendo el oficio de nuestro oficio pastoral, conjuramos a todos los fieles cristianos, pero principalmente a aquéllos, que gobiernan y enseñan, por las entrañas de Jesucristo; y, con la autoridad de nuestro Dios y Salvador, les ordenamos que pongan toda diligencia y todo esfuerzo en reprimir y eliminar todos esos errores de la Santa Iglesia, y en hacer resplandecer la luz de la purísima fe.”


Difícilmente pudo el Concilio Vaticano I expresarnos de una manera más clara, más precisa el punto de la infalibilidad, de la inmutabilidad de los dogmas católicos, que son verdades reveladas por Dios y propuestas como tales por el Magisterio infalible de la Iglesia. Como si el Vaticano I estuviese viendo el derrumbe, la autodemolición de la Iglesia, por esos innovadores, que, so pretexto de una mejor inteligencia, de un aggiornamento a la mentalidad del mundo moderno, no sólo han cambiado la “formulación” de los dogmas, sino que los han desconocido, negado, silenciado, para acomodarse así a las falaces herejías de los teólogos protestantes y de los rabinos judíos.

Ya desde entonces, la revolución subterránea de la Iglesia hacía ver a los hombres de visión y de talento los grandísimos peligros que amenazaban a la Iglesia de Cristo, precursores de la catástrofe por la que estamos hoy pasando. Como ya lo dije en mi libro “LA NUEVA IGLESIA MONTINIANA”, para realizar la reforma de la Iglesia, proyectada por Mons. Juan B. Montini, por Maritain, por Teilhdard de Chardin, Congar, Hans Küng, Rahner, Chenu y demás corifeos, era necesario empezar por negar la absoluta inmutabilidad de los dogmas católicos. No era precisamente una franca negación –la cuál hubiera sido impolítica y peligrosa para hacer fracasar los planes siniestros del “progresismo”-, sino una adaptación de esas verdades inmutables a los adelantos de la ciencia moderna, la mentalidad moderna, a la “nueva economía del Evangelio”, según la expresión de Paulo VI.

Las gravísimas palabras del Concilio Vaticano I, citadas anteriormente nos están ya diciendo que aquellos Padres Conciliares de un verdadero Concilio estaban ya consientes del camino, que los conjurados adversarios de nuestra Iglesia pensaban tomar, para poder introducirse en las entrañas de la fe, adulterándola, falseándola, mudándola, o, si era preciso, negándola también. Era indispensable “reformular los dogmas”, quitarle su monolítica interpretación, sembrar la confusión con lo equívoco, y hacer así posible el transborde ideológico, que, insensiblemente y a título de progreso, hiciese posible el cambio de una religión a otra; el cambio de la inmutabilidad de la Verdad Revelada por el inestable y evolucionista “movimiento ecuménico”, inspirado y conducido por una “pastoral de compromiso, de transacción, de cambios constantes, que hicieran más atractivo, de mayor actualidad el show maravilloso de la nueva religión, sin dogmas fijos, sin moral inmutable ni universal, sin disciplina estable y con una liturgia teatro.” 

El Vaticano I exhorta a todos, con palabras de sumo encarecimiento, “por las entrañas de Jesucristo”, a defender la Iglesia de esa amenaza, que pretende destruir la misma fe católica. Y esta exhortación y este mandato, que “con la autoridad de nuestro Dios y Salvador nos hace” el Concilio Vaticano I, está especialmente dirigido a “aquéllos que gobiernan y que enseñan”, es decir a los sacerdotes, obispos, cardenales y al mismo Papa, cuya misión principal es la de conservar incólume el Depósito de la Divina Revelación.

Desgraciadamente, en la espantosa crisis actual de la Iglesia, por la que estamos pasando, el problema más serio lo encontramos en la jerarquía y en los órganos del Magisterio. Si hemos de hablar claro, yo pienso que, por los datos que la observación y la experiencia nos suministran, podríamos establecer tres grupos bien definidos y distintos en la jerarquía.

El primero, quizá más numeroso de lo que muchos piensan, es el de los cardenales y obispos que han perdido la fe. No creen sino en su poder, en su dinero, en sus juicios y opiniones, que, por ser ellos, piensan, son la única y genuina expresión de las verdades de la fe. Fue necesario que ellos viniesen a ocupar esos puestos supremos de comando; fue necesario establecer el Vaticano II, para que, removidos los escombros, apareciese diáfana la doctrina evangélica, no según la tradición apostólica, sino según el juicio certero de los “expertos conciliares”. La Iglesia empezó con ellos, con Juan XXIII y con la interpretación equívoca del Vaticano II.

El segundo grupo de nuestros prelados es el que está integrado por obispos carentes de ciencia y la cabeza necesaria, para poder valorizar en toda su profundidad y comprensión extensa los problemas tan serios y trascendentes, planteados por esa “pastoral” ecumenista, traición a Dios y al Evangelio, aceptación implícita de los errores y herejías de los “separados”. Sin los conocimientos necesarios, sin tiempo para estudiar, aconsejados y dirigidos por las Conferencias Episcopales y por los consejeros de sus presbiterados, los santos varones, sin darse cuenta, son los que, con mayor eficacia, le están haciendo el juego al enemigo. Hay obispos y arzobispos en México, por no decir algunos cardenales, que si hablan el francés, el inglés y el italiano, parecen ignorar, en cambio los principios fundamentales de la teología, de la filosofía y del Derecho Canónico. En su ignorancia se ven en la necesidad de seguir dócilmente, con edificante sumisión, los consejos de sacerdotes de sus atrevidos cancilleres.

Finalmente, hay otro grupo de prelados de indiscutible fe, de ciencia que supera la mediocridad, de buenas intenciones, de vida ejemplar, que se dan perfecta cuenta de la tremenda crisis por la cual atraviesa la Iglesia del Señor; que reprueban en su conciencia todas esas novedades y que, en cuanto pueden, tratan de reprimir los excesos y los desvaríos de los reformadores, pero que, temiendo las reacciones de las mayorías y los peligros que sus oposición podría ocasionarles de la Curia Romana, aggiornada y ajustada a las consignas del Pontífice, prefieren soportar pasivamente esa "autodemolición" de la Iglesia, de la cual tienen ellos como plena conciencia.

En otras palabras: al primer grupo le falta fe; al segundo, ciencia, y al tercero, le faltan pantalones.

A todo esto, hay que añadir otra causa importante, que justifica o pretende justificar, entre clérigos y laicos, las reformas, a las cuales se oponen los principios morales y religiosos: es el chantaje intolerable de la mal entendida "obediencia", del que hablaremos después, con la debida calma.

Para evitar malas inteligencias y torcidas interpretaciones, creo oportuno afirmar aquí la doctrina, dogmática e infalible, sobre el Primado de Jurisdicción y las demás prerrogativas, que Cristo quiso dar a Pedro y a los “legítimos” sucesores de Pedro en el Pontificado Romano. Pero, antes, me parece oportuno el recordar la aflictiva situación de la Iglesia, durante el gran cisma de Occidente, que duró de 1378 hasta 1417, en el que el punto central  de la unidad eclesiástica se convirtió en motivo de división y desgarramiento de las Iglesias.  Al reafirmar la doctrina católica sobre el Primado de los sucesores de Pedro, demostraré, contra los escrúpulos de Su Eminencia, Miguel Darío Miranda Gómez y contra los sofismas de su no muy preparado canciller que el confundir las instituciones con los hombres, el querer santificar al Papa, por el mero hecho de ser Papa, es ponerse en el peligro de caer en una "Papolatría", muy ajena a la Verdad Revelada; y, al mismo tiempo, haré ver, con el testimonio de la Historia, el ejemplo de los Santos y la más sólida teología que es posible censurar al Sumo Pontífice, cuando hay motivos públicos, obvios e innegables, sin incurrir por esto en las censuras que indebidamente quisieron imponerme tan poderosos señores, sin tener para nada en cuenta los principios fundamentales del Derecho Canónico.

Al recordar esa época trágica, ese cisma doloroso, que dividió a la Iglesia, podemos darnos cuenta que la asistencia divina, las promesas de Cristo y la permanente “inerrancia” de la Iglesia no hace imposible, dada la malicia y el abuso de la libertad humana de los que tienen en sus manos el poder, esa interna demolición, que programaba Teilhard y lloraba angustiado Paulo VI. Dios que permitió la pasión y muerte de su Divino Hijo, permite también, para castigo nuestro, esas herejías, esos cismas, esas tragedias en su Iglesia, que, a la postre, hacen brillar el poder y la infinita sabiduría, con que el Señor saca bienes de los mismos males y lleva adelante sus inescrutables designios a pesar de las mismas perversiones de los hombres.”






Pbro. Dr. Joaquín Sáenz y Arriaga, ‘Sede Vacante’, capítulo 1º, páginas 13-20.









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