La Sede Vacante.


19 Jul
19Jul


Ave María Purísima, sin pecado original concebida.



El siguiente texto, es tomado del libro: ‘Sede Vacante’, del Dr. Pbro. don Joaquín Sáenz y Arriaga.




“En el Derecho Eclesiástico se entiende por ‘Sede’ la misma dignidad de los Obispos y Arzobispos, incluyendo también la del Sumo Pontífice, que es la suprema autoridad visible en la Iglesia, por ser el Obispo de Roma, el sucesor de Pedro, el Vicario de Cristo, su lugarteniente, y, por lo mismo, por ser el poseedor de todas las prerrogativas y poderes, que el mismo Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, el Divino Fundador de la Iglesia, quiso darle a Simón, hijo de Juan (Bar-Yoná), a quien también le dio el nombre simbólico de Pedro, roca sobre la cual Él quiso edificar su Santa Iglesia.

Con más propiedad se conoce con el nombre de ‘Sede’, el territorio, en el cual los Obispos y Arzobispos ejercen su jurisdicción y la ‘Silla’, que ocupan, como símbolo de la suprema jurisdicción, que en el gobierno de su diócesis tienen.

También, como ya dije, el Obispo de Roma tiene su ‘Sede’; pero, por ser el sucesor de Pedro, a quien Jesucristo confío el gobierno de la Iglesia Universal, esta ‘Sede’ de Roma se llama ‘Santa Sede’ o ‘Sede Apostólica’.

Sin embargo, en el lenguaje canónico, por este título se designa no sólo al Romano Pontífice, sino también a las Congregaciones, Tribunales, Oficios, por los que suele despachar el Papa los asuntos de la Iglesia Universal. Dice el canon 7 del actual Derecho Canónico: ‘Si por la naturaleza del asunto o por el contexto no aparece otra cosa, en este Código se entiende, bajo el nombre de ‘Sede Apostólica’ o ‘Santa Sede’ no sólo al Romano Pontífice, sino también las Congregaciones, los Tribunales, los Oficios, por medio de los cuales el mismo Romano Pontífice suele despachar los asuntos de la Iglesia Universal.’


Tiene, pues, dos sentidos el título de ‘Sede Apostólica’ o ‘Santa Sede’: uno amplio, que abarca las Congregaciones, los Tribunales, los Oficios, no las otras Comisiones, Institutos o secretariados, llamados Pontificios. Y otro restringido, que significa exclusivamente la persona misma del Romano Pontífice.

Por ‘Sede Vacante’, en el lenguaje canónico, se entiende la carencia, por muerte, renuncia, traslado o desaparición, bien sea de los obispos, en las iglesias locales, bien sea del Sumo Pontífice en la Iglesia Universal. Y por ‘Sede Impedida’ se entiende la ‘Silla Episcopal’, que sin estar ‘vacante’, existe sin embargo, un hecho, que impide al Obispo o al Papa el gobierno personal, responsable y legítimo de su Iglesia, bien sea por enfermedad, bien sea por otra causa, que paraliza, por decirlo así, el genuino ejercicio de los poderes recibidos de Cristo, para el bien de las almas a ellos confiadas. Como sucedió en el caso del Cardenal Mindzenty, durante su terrible y prolongado suplicio.

Dada esta breve explicación del significado canónico de ‘Sede’, ‘Santa Sede’ o ‘Sede Apostólica’, veamos ahora si es posible afirmar ‘sin ingenua malicia’, como diría el poderoso canciller de la Mitra Metropolitana de México; sin incurrir en la herejía o decir una expresión ‘ofensiva a los piadosos oídos’, que la Santa Sede (tomando el término en su sentido estricto) puede estar ‘vacante’, durante un período de tiempo más o menos largo, por no haber un Papa o porque el Papa reinante no es un  Papa legítimo o es un Papa impedido.

Desde luego al morir un Papa, antes de que su sucesor sea elegido, la ‘Santa Sede’ (en el sentido estricto), el puesto del papado, está ‘vacante’. Y, no obstante, no podemos decir que no existe ya la ‘Silla de Pedro’; que la ‘Santa Sede’ ha muerto.





La ‘Sede Vacante’ puede durar y, de hecho, ha durado vacante, según consta en la Historia de la Iglesia, por largo tiempo, sin que esa vacancia del pontificado signifique, en manera alguna, la desaparición de la misma Iglesia. Si afirmásemos lo contrario, tendríamos que decir que el nombramiento del sucesor de Papa muerto debería hacerse simultáneamente con la muerte de su predecesor, ya que, de lo contrario, la Iglesia misma, al no tener Papa, quedaría sin fundamento, y el edificio de la Iglesia vendría por tierra.

Muere el Pontífice reinante, pero no muere el Papado, la institución misma de Cristo. Por eso, así como puede morir un Papa y durar por largo tiempo la legítima elección de su sucesor; así es posible que el Papa, aparentemente legítimamente electo, pueda ser un anti-papa, un impostor, un infiltrado; y, sin embargo, aun en estar circunstancias aflictivas, el Papado y la Iglesia, como obra divina, permanecen incólumes. Recordemos por ejemplo el caso del Papa Luna, tenido y acatado como verdadero Papa por muchos católicos y aun por santos que están ahora canonizados por la Iglesia, y, sin embargo, no era Papa…

La obra de Cristo no falla, ni puede fallar, aunque los hombres, consciente o inconscientemente, se confabulen para destruirla, aunque los lobos, revestidos con pieles de oveja se introduzcan fraudulentamente en el aprisco, aunque todo el poder humano parezca unirse para aplastar la resistencia de los que nos empeñamos en defender la fe tradicional y apostólica.





Una cosa es la Iglesia y otra muy distinta los hombres que forman parte de la Iglesia. Esposa de Cristo, obra e institución del Hijo de Dios, la Iglesia es santa, es incorruptible; según nos lo asegura las promesas del Divino Fundador: las puertas del infierno no prevalecerán contra Ella; mientras que los hombres –cualquiera que sea su jerarquía- son, por naturaleza (a no ser que estén confirmados en gracia) frágiles, falibles, expuestos a caer en las mayores miserias, como nos lo enseña la Historia de la Iglesia.


Es un gran error, es contrario a la doctrina católica pensar que cualquier jerarca, por el hecho de ocupar el puesto que ocupa, por el hecho de ser obispo, Papa, es ya un ‘santo’, es impecable, es siempre y en todo infalible. De suyo, como enseña la teología católica, así como los religiosos, que voluntariamente abrazan los consejos evangélicos, están obligados no a ser ‘perfectos’, sino a tender a la perfección, así también, los obispos y mucho más el Papa deben ser perfectos, deben practicar la perfección cristiana, conforme lo exige la excelsa dignidad que tienen, los sumos poderes que han recibido y el bien espiritual de las almas a ellos confiadas. Pero, una cosa es lo que ‘debe’ ser y otra lo que es en realidad. Hay obispos santos, muy santos, así como hay obispos pecadores, muy pecadores. Ni el Papa, cuya prerrogativa de su inefabilidad didáctica, para preservar la ‘inerrancia’ de la Iglesia, nosotros confesamos como dogma de nuestra fe católica (supuestas las cuatro condiciones que establece y aclara el Concilio Ecuménico Vaticano I), es personalmente ni impecable, ni infalible. En la cátedra de San Pedro se han sentado grandes santos, pero también insignes pecadores.





De lo dicho se sigue, me parece, que la ‘Silla de Pedro’ puede estar, en un tiempo, más o menos largo, ‘vacante’ o ‘impedida’ o por la muerte del Papa o porque el Papa que ocupa esa ‘Silla’ falla gravemente al cumplimiento de sus deberes primordiales, o porque, aunque venerado por una porción del pueblo cristiano, como legítimo sucesor de Pedro, es un infiltrado, un anti-papa, un lobo revestido de piel de oveja. Anacleto II, anti-papa, perteneció a la familia de los Pierloni, oriunda de judíos enriquecidos. Educóse en París, fue monje de Cluny, cardenal y delegado del Papa en Francia. A la muerte de Honorio II, apoyado por los romanos milaneses y por Rogerio de Sicilia, fue elevado al Pontificado (1130) contra Inocencio II. Al fin fue excomulgado en 1138.

Al afirmar estas humanas posibilidades –confirmadas desgraciadamente por la Historia de la Iglesia- no estamos, en manera alguna, ni atacando, ni negando la institución de Cristo. Como dice Belloc, nada prueba tanto la divinidad de la iglesia, su inerrancia, su indestructible duración, garantizada por las promesas de Cristo, como las miserias humanas, los errores gravísimo de aquéllos que, por su autoridad, deberían ser la garantía y la defensa de la verdad y de la santidad de la Iglesia de Dios, a ellos confiada. Si la Iglesia fuese obra humana, ya los hombres hubiesen acabado.

La Iglesia nunca está, ni puede estar ‘acéfala’, como con ‘refinada malicia’ me atribuyó haber dicho el ‘terrible’ canciller de la Mitra Metropolitana de la Arquidiócesis de México, el tristemente célebre Luis Reynoso Cervantes. Para probarlo, basta citar aquí algunas palabras de la Encíclica Mystici Corporis Christi de S. Santidad Pío XII:

‘Se prueba que este Cuerpo místico, que es la Iglesia, lleva el nombre de Cristo, por el hecho de que El ha de ser considerado como su Cabeza. [Col. I, 18] El es la Cabeza, partiendo de la cual todo el Cuerpo, dispuesto con debido orden, crece y se aumenta, para su propia edificación [Efes. IV, 16; Col. II, 19].’

La Iglesia, pues, no puede nunca estar ‘acéfala’ porque su verdadera Cabeza, Cristo, aunque falte el Papa o falten los Obispos, nunca la abandonará, cumpliendo así su divina promesa: ‘Yo estaré con vosotros todos los días hasta la consumación de los siglos’. Puede faltar el Vicario, el lugarteniente, la cabeza visible de la Iglesia, pero la Iglesia nunca puede quedar ‘acéfala’.

Dice Pío XII: ‘Ni se ha de creer que su gobierno se ejerce solamente de un modo visible y extraordinario, siendo así que también de una manera patente y ordinaria gobierna el Divino Redentor, por su Vicario en la tierra, a su cuerpo místico… Ni para debilitar esta afirmación puede alegarse que, a causa del Primado de jurisdicción establecido en las Iglesias, este Cuerpo Místico tiene dos cabezas. Porque Pedro, en fuerza del Primado, no es sino el Vicario de Cristo, por cuanto no existen sino una Cabeza primaria de este Cuerpo, es decir, Cristo… la gobierna, además, visiblemente por aquél, que en la tierra representa su persona.’ …

Siendo Cristo la verdadera Cabeza de la Iglesia y el Papa, su Vicario, su representante visible; así como los obispos, en sus respectivas diócesis, síguese que, cuando los Obispos o el Papa se apartan, en su doctrina o en sus disposiciones, de la voluntad santísima de Cristo, dejan de ser representantes, sus lugartenientes; dejan de ser cabeza visible de la Iglesia. El Vicario, el representante, el lugarteniente, en tanto será tal, en cuanto se identifique con las enseñanzas y los preceptos del Maestro…

¡Con cuánta más razón se dolería, en estos trágicos momentos, el Papa Pío XII, al ver a sus Hermanos en el Episcopado, descuidar lastimosa y peligrosamente el ‘Deposito sagrado de la Fe’ a ellos confiada; tolerando y solapando la difusión de las herejía más monstruosas, no sólo entre los fieles, sino entre sus sacerdotes y sus seminarios! ¡Como reprobaría el silencio incomprensible e inexplicable, ante el derrumbe de la moral católica, ante la negación no sólo práctica sino teórica, de la ley natural, reflejo eterno de la ley misma de Dios, de los ‘pastores’, a cuyo cuidado Dios confió la eterna salvación de las ovejas! 





Ahora no se persigue a los lobos carniceros; ahora, sacerdotes, obispos y cardenales atacan los mismos dogmas, que la teología secular de la Iglesia había enseñado como la Verdad Revelada. Ahora se lanzan las censuras más graves de la Iglesia, para aquéllos, que tienen la audacia de defender lo que aprendieron en las aulas eclesiásticas de mayor prestigio, de sacerdotes eminentes por su ciencia teológica…

De lo dicho se sigue que la ‘Silla de Pedro’ puede estar temporalmente ‘vacante’ o ‘impedida’, en un tiempo más o menos largo, o por la muerte del Papa, o por la herejía, apostasía del Papa, o porque el Pontífice, que reina en la Iglesia, falla notoria y persistentemente a sus deberes fundamentales. Al afirmar estas humanas posibilidades, no estamos, en manera alguna, ni atacando, ni negando la obra e institución divina. Recordemos que la piedra angular e inconmovible es Cristo y que el sucesor de Pedro es tan sólo el Vicario, el representante, el lugarteniente de Cristo; y que, como hombre, puede fallar en la fe y en las costumbres…

Aunque falte el Papa, aunque, por un imposible, faltasen todos los obispos, la Iglesia no quedaría sin Cabeza, porque nunca la ha abandonado, ni la abandona, ni la abandonará Cristo, que es su Divina Cabeza y cumple perenemente sus infalibles promesas: ‘Yo estaré con vosotros todos los días; hasta la consumación de los siglos.’ Falta el Vicario, falta el lugarteniente, falta el administrador; pero no falta la Cabeza.


Si por un imposible, el Papa y los obispos en su mayoría se apartasen de la verdadera doctrina de Cristo; si se opusiesen a la tradición apostólica, de un modo palpable y manifiesto, ¿podríamos decir que siguen siendo los visibles representantes de Jesucristo y que nosotros estamos obligados a obedecerles, contra los dictámenes de nuestra conciencia, contra las no interrumpidas enseñanzas del Magisterio auténtico e infalible, contra la misma doctrina revelada, que ha llegado a nosotros por la Tradición y la Escritura y por el mismo Magisterio de la Iglesia?...





El gran sofisma de esta trágica confusión, dentro del seno mismo de la Iglesia, está en confundir la institución divina, que Cristo hizo de su Iglesia, con los hombres, que, legitima o ilegítimamente, ocupan los puestos de la Iglesia. El no saber precisar la naturaleza y finalidad de las prerrogativas y poderes, que Cristo dio a los pastores de la Iglesia, ‘in aedificationem, non in destructionem Corporis Christi’. El no saber reconocer, según la más sólida teología católica, los límites infranqueables, que esos poderes, esa autoridad, esa dignidad asombrosa de los jerarcas de la Iglesia –sean Papas, Cardenales u Obispos-, deben necesariamente tener, según el plan y los designios del Altísimo y según lo exige el dominio absoluto, ilimitado y constante, que Dios tiene y debe tener sobre todos y cada uno de los hombres, así sean éstos reyes, obispos o papas.

Una adhesión incondicional e ilimitada a las enseñanzas del Magisterio NO infalible, a las disposiciones de la Jerarquía, no excluyendo las del Sumo Pontífice, cuando éstas manifiestamente se apartan de las enseñanzas de la tradición, de las definiciones y decisiones irreformables de los anteriores Papas o Concilios, no está, ni puede estar de acuerdo con la ortodoxia de los dogmas católicos...


Desgraciadamente, en la espantosa crisis actual de la Iglesia, por la que estamos pasando, el problema más serio lo encontramos en la jerarquía y en los órganos del Magisterio. Si hemos de hablar claro, yo pienso que, por los datos que la observación y la experiencia nos suministran, podríamos establecer tres grupos bien definidos y distintos en la jerarquía.

El primero, quizá más numeroso de lo que muchos piensan, es el de los cardenales y obispos que han perdido la fe. No creen sino en su poder, en su dinero, en sus juicios y opiniones, que, por ser ellos, piensan, son la única y genuina expresión de las verdades de la fe. Fue necesario que ellos viniesen a ocupar esos puestos supremos de comando…

El segundo grupo de nuestros prelados es el que está integrado por obispos carentes de ciencia y la cabeza necesaria,  para poder valorizar en toda su profundidad y comprensión extensa los problemas tan serios y trascendentes, planteados por esa “pastoral” ecumenista, traición a Dios y al Evangelio, aceptación implícita de los errores y herejías de los “separados”. Sin los conocimientos necesarios, sin tiempo para estudiar, aconsejados y dirigidos por las Conferencias Episcopales y por los consejeros de sus presbiterados, los santos varones, sin darse cuenta, son los que, con mayor eficacia, le están haciendo el juego al enemigo. Hay obispos y arzobispos en México, por no decir algunos cardenales, que si hablan el francés, el inglés y el italiano, parecen ignorar, en cambio los principios fundamentales de la teología, de la filosofía y del Derecho Canónico. En su ignorancia se ven en la necesidad de seguir dócilmente, con edificante sumisión, los consejos de sacerdotes de sus atrevidos cancilleres.

Finalmente, hay otro grupo de prelados de indiscutible fe, de ciencia que supera la mediocridad, de buenas intenciones, de vida ejemplar, que se dan perfecta cuenta de la tremenda crisis por la cual atraviesa la Iglesia del Señor; que reprueban en su conciencia todas esas novedades y que, en cuanto pueden, tratan de reprimir los excesos y los desvaríos de los reformadores, pero que, temiendo las reacciones de las mayorías y los peligros que sus oposición podría ocasionarles de la Curia Romana, aggiornada y ajustada a las consignas del Pontífice, prefieren soportar pasivamente esa "autodemolición" de la Iglesia, de la cual tienen ellos como plena conciencia.

En otras palabras: al primer grupo le falta fe; al segundo, ciencia, y al tercero, le faltan pantalones.




A todo esto, hay que añadir otra causa importante, que justifica o pretende justificar, entre clérigos y laicos, las reformas, a las cuales se oponen los principios morales y religiosos: es el chantaje intolerable de la mal entendida "obediencia"...


Confundir las instituciones con los hombres, querer santificar al Papa, por el mero hecho de ser papá, es ponerse en el peligro de caer en una "Papolatría", muy ajena a la verdad revelada."



Pbro. Dr. Joaquín Sáenz y Arriaga, ‘Sede Vacante’, capítulo 1º.




Ave María Purísima, sin pecado original concebida.














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