La Sinagoga persigue a la Iglesia.


05 Jan
05Jan


Los judíos en el misterio de la historia


"La historia, en todos sus movimientos religiosos y profanos, se mueve al servicio del Cuerpo Místico de Cristo. A través de la historia se está completando el Cuerpo del Señor. Y el trabajo de incorporación de nuevos miembros al Cuerpo de Cristo se cumple por la fe. Sin la fe es imposible agradar al Señor. (Heb. 11, 6). Pero ¿cómo invocarán a Aquel en quien no lían creído? ¿Y cómo pueden creer sin haber oído de Él? ¿Y cómo pueden oír si nadie les predica? ¿Y cómo predicarán si no son enviados? (Rom. 10, 14). De aquí que estén estrechamente unidos la historia, el Cuerpo Místico de Cristo, la fe, la predicación del Evangelio y la misión de los evangelizadores. La historia no tiene otra razón de ser que explayar el tiempo que se necesita para que los pueblos abracen la fe cristiana. Y este tiempo, a su vez, está condicionado por la fuerza y el ímpetu con que se haga oír la predicación por los pueblos de la tierra. Y a su vez este ímpetu de la predicación depende de la fuerza con que arraigue la fe en los pueblos para que se susciten misioneros que difundan el mensaje evangélico. La Iglesia está en estado de misión desde el día en que Cristo la ha privado de su presencia visible. Y los pueblos cristianos, que han recibido el mensaje evangélico, tienen que constituirse en portadores de este divino mensaje a otros pueblos. La predicación del Evangelio justifica así la pervivencia de la historia. Cuando el Evangelio haya llegado a todos los pueblos, la historia debe cesar. Será predicado este Evangelio del reino en todo el mundo para todas las naciones, y entonces vendrá el fin. (Mt. 24, 14).

La vida de las naciones, por tanto, en la presente economía, tiene su razón de ser en la predicación del Evangelio. 

Pero a su vez la predicación del Evangelio está trabada y como frenada por una tensión fundamental que proviene del odio del judío contra la evangelización de los gentiles. Los judíos, como categoría histórica permanente, desempeñan este papel de ser los enemigos del Evangelio, que se oponen con toda su furia a que los gentiles se conviertan.

Esta ley -ley histórica- la enuncia San Pablo en una serie dc textos, cuya fuerza es necesario destacar. El más significativo es de 1 Tes. 2, 15, Allí dice: Los judíos, aquellos que dieron muerte al Señor Jesús y a los profetas, y a nosotros nos persiguen, que no agradan a Dios y están contra todos los hombres; que impiden que se hable a los gentiles y se procure la salvación. Mas la ira viene sobre ellos y está para descargar hasta el colmo. Difícilmente se podrá resumir en menos palabras la culpa y el alcance de la misma que pesa sobre el pueblo judío. Se oponen a la predicación evangélica al dar muerte a Jesús, autor principal de la misma, y a los profetas que la prepararon; y persiguiendo a los apóstoles que la difunden. 

No agradan a Dios, aunque piensan lo contrario. Están contra todos los hombres. San Pablo enuncia aquí la ley explicativa de la enemistad permanente como categoría histórica del pueblo judío contra todas las naciones. Y aclara de qué manera se oponen a todos los pueblos; es, a saber, impidiendo su evangelización y salvación, Éste es el papel del pueblo judío: sembrar la corrupción y la ruina de los pueblos, sobre todo de los cristianos.

Esta ley de persecución de la Sinagoga contra la Iglesia a expone también San Pablo en Gál. 4, 28, donde dice: Y vosotros, hermanos, sois hijos de la promesa, a la manera de Isaac. Mas así como entonces el nacido según la carne perseguía al nacido según el Espíritu, así también ahora. Ismael, hijo de Abrahán por la esclava Agar, perseguía a Isaac, hijo de Abrahán por Sara. Así la Sinagoga persigue a la Iglesia. De modo permanente y fundamental como una categoría histórica. Y como la Iglesia está en estado de misión, llevando el Evangelio a todos los pueblos a través de la historia, la Sinagoga traba esta tarea y el plan de evangelización. Por ello la Iglesia, con gran sabiduría y adoctrinada por el Apóstol sobre las intervenciones de la Sinagoga, cuando tuvo fuerza en lo temporal se opuso a la entrada de los judíos en los pueblos cristianos. Sabía que era un pueblo peligroso, que acechaba la perdición de los cristianos. Pueblo sagrado, sin duda, no había que perseguirlo y debía ser tratado con respeto, como correspondía a la grandeza de sus padres. Pero pueblo enemigo, del que era necesario precaverse y defenderse. La disciplina del ghetto se acomodaba a su triste condición.

Los judíos, desde el ghetto, aunque impotentes para asestar golpes mortales contra la cristiandad, maquinaban de mil diversas maneras para perder a los pueblos cristianos. 


Disponían de dos armas poderosas: un conocimiento dialéctico de la palabra de Dios que les daba la ciencia rabínica, y con el que podían forjar toda clase de herejías, y el poder del oro con qué corromper las costumbres, sobre todo de los poderosos. Hicieron algún mal, pero desde fuera, sin llegar a apoderarse del control de las sociedades.

Pero cuando el fervor cristiano se enfrió y los pueblos se paganizaron, la sociedad otrora cristiana abrió sus puertas a los judíos. La Revolución Francesa, que señala la muerte de la sociedad cristiana, introduce en su seno a los judíos. Desde allí, dentro, y alcanzando cada vez más poderío, los judíos logran corromper cada vez más profundamente a los pueblos cristianos. Con el liberalismo, el socialismo y el comunismo disuelven todas las instituciones naturales y sobrenaturales que había consolidado el cristianismo. La estructura de las naciones cristianas se rompe. Los pueblos ya no se proponen objetivos misionales ni empresas políticas. Se transforman en conglomerados de individuos movidos por el bienestar pura mente económico, el cual, a su vez, no pueden alcanzar sino en dependencia y al servicio de los judíos, que se convierten en amos de la riqueza mundial.


Se transforman en conglomerados de individuos movidos por el bienestar puramente económico, el cual, a su vez, no pueden alcanzar sino en dependencia y al servicio de los judíos, que se convierten en amos de la riqueza mundial.

La tensión judío-gentil que ha establecido Dios en el se no de las naciones se acrecienta a medida que éstas se alejan de Jesucristo. Y con razón. Porque esta tensión sólo puede desaparecer en el cristianismo. San Pablo lo enseña categóricamente: En Cristo no hay judío ni gentil. (Gál. 3, 28). Por tanto, si las naciones no quieren caer bajo la dominación del judío, tienen que someterse al yugo suave de la ley de Cristo. Si, en cambio, rechazan el reinado público de Jesucristo, habrán de caer necesariamente bajo la dominación judaica. La ley de la tensión dialéctica de judío y gentil opera necesaria mente con rigor teológico. Y la Europa otrora cristiana, que debió ser portaestandarte del Evangelio a todos los pueblos del Universo, ahora judaizada, lleva la explotación y la ruina a los pueblos paganos, creando allí obstáculos insuperables a la predicación del Evangelio." 



Padre Julio Meinvielle, "El judío en el misterio de la historia", Capítulo IV, página 112.






Comentarios
* No se publicará la dirección de correo electrónico en el sitio web.