Nuestra obediencia y respeto religioso al Papa y a los obispos.


15 Dec
15Dec

La presente transcripción, es responsabilidad de quien lo lee o quien lo recomienda.

Pbro. Dr. Joaquin Sáenz y Arriaga, SJ, libro: "Sede Vacante", capítulo XIII, página 424 - 430.



Los hechos narrados en el presente capítulo se presentan con cierta frecuencia entre la Iglesia remanente, en los hombres de Iglesia revestidos de autoridad.




Nuestra obediencia y respeto religioso al Papa y a los obispos


Son muchos los católicos sinceros, que ante la carencia del ejercicio de su autoridad en las jerarquías eclesiásticas, incluyendo en ellas al mismo Papa, para reprimir la herejía que cunde, abiertamente o solapadamente, en la Iglesia, fomentando no solamente la confusión, sino la defección de muchísimas almas, sacerdotes y fieles, se preguntan con ansiedad si la autoridad ha claudicado y, unida al enemigo, conspira, consciente o inconscientemente, en la destrucción de la Iglesia. Y, ante esta tangible crisis de la autoridad, todos se preguntan ¿hasta dónde estamos obligados los súbditos a obedecer a los que mandan, cuando ellos se abstienen de mandar, cuando imponen reformas que están mudando totalmente las estructuras de la Iglesia, cuando soslayan la difusión de los más graves y evidentes errores, cuando, abusando de su autoridad, impiden la legítima defensa de la verdad, cuando ponen los divinos misterios en las manos profanas, cuando toleran y respaldan esa obra nefanda de corrupción espiritual y moral de los jóvenes seminaristas, los futuros pastores de las almas?

Porque no nos vengan a decir que todo esto sucede a espaldas de la jerarquía; que el Papa y los obispos y los sacerdotes, que ejercen el cargo de superiores ignoran el mal y son ajenos a su difusión. No; esto es mentira. Bien saben ellos lo que está ocurriendo aquí y en todos los países; bien saben que el famoso "CATECISMO HOLANDES", a pesar de las gravísimas denuncias que sobre él se han hecho en el Santo Oficio y en todas partes del mundo, sigue circulando y sigue envenenando a los seminaristas, a los fieles y a muchísimos sacerdotes. Y, lo más incomprensible es que las ediciones traigan el "imprimatur" de nuestros jerarcas; bien saben las satánicas profanaciones que, a título de experimento, se están haciendo diariamente en nuestros templos, en la celebración de los misterios sagrados. ¿Ignora Su Eminencia el Cardenal Primado que en la iglesia de Loreto, los domingos, después de la "misa de la juventud", llena de novedades, el P. Luis invita a los jóvenes (drogadictos, pandilleros, etc. etc) a que se diviertan bailando en la casa de Dios? ¿Tiene la sumisión y la obediencia —también al Papa— algunos límites, más allá de los cuales no podemos, no debemos obedecer? La pregunta es clara, es categórica; pero, antes de responder, haremos algunas aclaraciones:

1) La obediencia no es la suprema virtud de la vida cristiana; sobre la obediencia están las virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad. Dice a este propósito Santo Tomás: "Así como el pecado consiste en que el hombre se apegue a los bienes mutables, con desprecio de Dios; así el mérito de los actos virtuosos consiste en que el hombre, despreciando los bienes creados, se una a Dios como a su fin. Mas, el fin es mejor que los medios a él conducentes. .. aquellas virtudes, por las cuales nos unimos a Dios, es decir, los teologales son más excelentes que las virtudes morales (como la obediencia), por las cuales se desprecia algo terrestre para unirse a Dios". (Cuestión CIV a. III).


2) La obediencia, en tanto es virtud, en tanto es meritoria, en tanto es laudable, en cuanto se funda y nace de la fe, se nutre en la fe y termina en la caridad. Una obediencia por temor, por conveniencia, por simple rutina, no es virtud, es cobardía, es entreguismo, es falta de visión y de talento.


3) La obediencia solamente se debe al superior LEGITIMO, porque sólo éste tiene las veces de Dios, la autoridad de Dios, de "quien toda paternidad desciende", como dice San Pablo. A un superior ilegítimo no se debe obedecer.


4) Sobre la obediencia a los hombres debe estar siempre la obediencia a Dios, porque la autoridad de los hombres se funda en Dios, representa a Dios, mientras no se aparte, mientras no contradiga la autoridad de Dios.


5) La autoridad de un superior humano, cualquiera que ésta sea, no es nunca absoluta, ni independiente, ni ilimitada. A este propósito dice Santo Tomás: "el hombre está sometido a Dios en absoluto, en cuanto a todas las cosas, ya interiores, ya exteriores, y, por lo tanto, en todas está obligado a obedecerle; mas los súbditos no están sometidos a sus superiores en todas las cosas, sino determinativamente, acerca de algunas, respecto de las cuales los superiores son intermediarios entre Dios y los súbditos; mas, respecto de las otras cosas, están sometidos inmediatamente a Dios, por quien son instruidos mediante la ley natural o la ley positiva, (la conciencia).


6) Al dar Dios la autoridad al hombre que lo representa, (eclesiásticos o civiles) no los libra, por eso, de su condición humana de ignorantes y pecadores; de donde se sigue que, de buena o de mala fe, los superiores puedan mandar lo que es en sí malo, o porque contradice la ley de Dios, o porque contradice los legítimos derechos que Dios ha dado al hombre y que son inalienables, o porque son esas disposiciones contrarias al bien común, que todo superior debe buscar en su gobierno. De aquí se sigue que la obediencia que debemos a Dios es siempre absoluta, porque El nunca puede mandar el error o el mal; pero la obediencia a los hombres es siempre condicionada al mandato que se da y a la legitimidad de la autoridad humana que la da.


7) La autoridad eclesiástica, que manda, en un caso algo contrario a la voluntad de Dios, a los derechos inalienables que Dios nos ha dado o al bien común, aunque, en ese específico mandato, no tenga autoridad para mandar, no por eso podemos decir que ha perdido toda su autoridad y para siempre. Sería un mal superior, pero no por eso dejaría de ser superior.


8) Es distinto el caso, cuando el superior eclesiástico —siempre en la hipótesis de que haya sido legítimamente elegido— incurre en la herejía o se aparta manifiestamente de la voluntad de Dios, ya que entonces perdería totalmente su autoridad y para siempre, aunque no fuera sino una sola verdad de la fe la que en su mandato ha negado, porque el que niega una verdad de fe, niega toda la fe. La fe es una (Efes. IV, 5), ya que todas nuestras creencias (todas y cada una) se fundan en la misma autoridad de Dios revelante. La fe es, ya lo dijimos, el principio, la raíz, el fundamento, en que se basa toda autoridad, y así como quitando el fundamento cae por tierra el edificio, así sucede con la autoridad religiosa, cuando ella misma ha removido, por su negación a una verdad de fe, el mismo fundamento en que se apoyaba y sostenía su autoridad. El que, con palabras o con hechos niega la fe, es hereje y, por lo tanto, queda fuera de la Iglesia y, por tanto, no puede ser cabeza o autoridad en la Iglesia el que está fuera de Ella.


9) Así como la ley, la autoridad humana está o debe estar siempre ordenada al bien común, de la sociedad a la que rige. El bien común de la Iglesia, por su universalidad y por sus consecuencias, es, a no dudarlo, la fe y todo lo que a ella conduce, favorece, conserva y alimenta. La fe es el bien supremo, ya que de ella depende esencialmente y como condición "sine que non" la salvación de todas las almas, que forman la comunión de la Iglesia: "EL QUE CREYERE, SE SALVARA; EL QUE NO CREYERE, SE CONDENARA". (Marc. XVI, 16). Hay otros bienes en la Iglesia que no corresponden propiamente a la fe, pero están conexos con ella y deben guardarse en la debida proporción, porque son como los puntales que la sostienen y conservan en toda su pureza e integridad.


10) La primera, pues, la más grave obligación de la jerarquía y especialmente del Papa es la de enseñar esa verdadera y única fe y vigilar para que nadie la corrompa. Descuidar este deber o no poner los medios necesarios para cumplirlo es no sólo perder su autoridad, sino faltar gravemente contra la fe, ya que la autoridad que tienen, instituida por Jesucristo N. S., está ordenada a la conservación y difusión de la Iglesia, que, sin la verdadera fe, no puede darse. En vez de cumplir esas jerarquías su deber, lo contradicen. Ante el error contra la fe, una actitud pasiva de la jerarquía es gravemente pecaminosa y este pecado es contra la virtud de la religión. La autoridad de la Iglesia, como de cualquier otra autoridad, está en función de servicio, el cual consiste no en destruir, sino en administrar el tesoro de la sociedad que les ha sido confiada, en el caso: la fe de la Iglesia.


11) CORRELACIÓN DE DERECHOS ENTRE LOS SUPERIORES Y LOS SÚBDITOS. Téngase en cuenta que los derechos y obligaciones, tanto en el superior como en el súbdito, son correlativos, de suyo, graves. Lo primero implica que con la misma fuerza que puede el superior "EXIGIR" al súbdito obediencia, cuando le enseña la verdadera fe; puede también el súbdito "EXIGIR" al superior, pues tiene derecho a que le dé esa fe junto con todo lo que la favorezca; y le prevenga o corrija contra todo lo que la empañe, la manche o extinga. Y, cuando, como ahora, el superior conoce casos clarísimos de alguno o de algunos de sus súbditos, que públicamente niegan alguna verdad de fe o la deforman, y no se esfuerza por corregir al delincuente, sobre todo si es sacerdote, como, por desgracia, también estamos viendo ahora, el superior comete un gravísimo pecado de injusticia para con los demás súbditos suyos, porque falta a la más grande obligación que para ello tiene; y peca también contra la caridad para con el mismo delincuente, porque no le procura el bien que debe procurarle. Y si esta tolerancia al error y al pecado es permanente, es habitual en el superior, éste pierde su autoridad, porque su proceder, que es complicidad, es negativo y nocivo a la sociedad que preside. El no ejercer la debida autoridad de una manera sistemática es suprimirla, es abdicar de ella; y sociedad sin autoridad va inevitablemente a la ruina.

12) Aplicando esta sana doctrina a las circunstancias actuales, nos encontramos con muchos obispos, cardenales y el mismo Papa como está aconteciendo ahora en todo el mundo, (por que el mal viene de la cabeza), por una parte reprenden, censuran y aún prohíben que se predique íntegramente la fe antigua, la fe de siempre, la fe recibida por tradición o por el mismo Evangelio de los Apóstoles y de Jesucristo; y, por otra parte, permiten que se multipliquen y se propaguen por escrito o de palabra los errores contra la fe más absurdos, aún en los mismos Seminarios; autorizan las supresiones de imágenes y devociones del pueblo cristiano, (santas y benéficas devociones, aprobadas, recomendadas y aun mandadas por la Iglesia); favorecen la disolución callando, quizá manifiesta u ocultamente alentando o, tal vez, positivamente aprobando a los que la propagan; bendicen a los innovadores y sus novedades, aun cuando la experiencia muestre que son perniciosas para la fe del pueblo; tal vez trafican con la fe, y la falsean o permiten que se falsee tanto la fe, como la Palabra de Dios, la teología y la filosofía católicas, las verdades de derecho natural, etc. etc., en ese caso, ante la evidencia de estas condescendencias y aprobaciones de los errores y de las herejías, cabe preguntarnos: ¿está el pueblo católico obligado a reconocer en esas personas la autoridad legítima de la Iglesia? ¿está obligado a obedecerlos? o, por lo contrario ¿no sólo puede desobedecerles, sino resistirles?

13) En toda sociedad hay un tácito cuasi contrato de rigurosa justicia entre el que manda y los que obedecen, en virtud del cual cada uno se obliga respecto del otro a cumplir su propia obligación: el súbdito a obedecer los justos mandatos del superior, respetando y guardando con eso, prácticamente, su derecho a mandar; pero también el superior se obliga a tutelar sobre todo los derechos esenciales del súbdito, aunque sea arriesgando el propio interés y bienestar, y, si el caso lo pidiere, la misma vida. Y ¿qué bien y qué derecho más esencial en la Iglesia puede darse entre súbditos y superiores que la fe, para que cada uno cumpla con su deber?

14) Pero, aun prescindiendo de esta consideración y de todas las otras razones dadas y por dar, mirando el asunto desde el punto de vista meramente canónico, es también de suma gravedad, por las penas canónicas en que incurrirían los jerarcas de la Iglesia por abandonar la defensa de la fe. Veámoslo, aunque no sea sino de paso.

El Canon 336 dice: "Procurarán también los obispos que se conserve la pureza de la fe y de las costumbres en el clero y en el pueblo". Obligación gravísima, puesto que atañe nada menos que al fin ESENCIAL de la Iglesia, la salvación de las almas.


Y el Canon 1325 añade: "Los fieles cristianos (y a fortiori los obispos) estas obligados a confesar públicamente la fe SIEMPRE QUE SU SILENCIO, tergiversación o MANERA DE OBRAR llevare consigo negación simplemente de la fe, DESPRECIO DE LA RELIGIÓN, OFENSA DE DIOS O ESCANDALO DEL PUEBLO". Finalmente, el Canon 2316 dice: "Es sospechoso de herejía el que espontáneamente y a sabiendas ayuda DE CUALQUIER MODO A LA PROPAGACIÓN DE LA HEREJÍA".

Veamos ahora la aplicación de estos cánones a las circunstancias actuales. ¿Cuántas de esas delincuencias lleva consigo el silencio de las Jerarquías? Porque los obispos tienen obligación gravísima de hablar cuando se ataca pública y descaradamente la religión o sea la fe, la moral, la liturgia (can. 336); están obligados a confesar públicamente la fe siempre que SU SILENCIO O MANERA DE OBRAR ceda en desprecio de la religión, ofensa de Dios o escándalo del prójimo (Can. 1325, 1); son sospechosos de herejía si espontáneamente y a sabiendas AYUDAN DE CUALQUIER MODO A LA PROPAGACIÓN DE LA HEREJÍA" (Can. 2316).


Y ahora preguntamos: En casos, como el presente, el silencio de las autoridades religiosas y la manera de obrar de las mismas ¿no lleva consigo DESPRECIO DE LA RELIGIÓN, OFENSA DE DIOS Y ESCANDALO DEL PUEBLO? ¡Evidentísimo! Y, si así es ¿no es un MODO, y bien eficaz, por cierto, de PROPAGAR LA HEREJÍA O DEJAR QUE SE PROPAGUE, a causa del SILENCIO que guardan? ¿No cede ese modo de proceder en DESPRECIO DE LA RELIGIÓN Y ESCANDALO DEL PUEBLO? Por los frutos que ese escandaloso silencio está produciendo lo podemos juzgar.


Por eso audazmente nos atrevemos a decir que el principal culpable (a nuestro parecer; no sabemos a los ojos de Dios), el principal culpable de toda esta marejada existente en la Iglesia es su Cabeza visible, es JUAN B. MONTINI. Porque, con frecuencia habla maravillosamente, sí; pero, a pesar de haber sido más de una vez, extremosa e increíblemente audaz en otras muchas cosas, si no atañentes formalmente a la fe propiamente dicha (de lo cual tenemos razones para dudar), sí al filo con ella, para modificarlas en sentido peyorativo. En el caso de la Misa, yo no veo que haya manera de exonerar a Paulo VI de una claudicación en la fe, para complacer a los herejes y establecer su soñado "ecumenismo".


Abusando increíblemente de su autoridad —que no ejerce como debe y todo el sano pueblo católico reclama a gritos— él deja correr las cosas a la chita callando, como si lo hiciera expresamente para que los herejes se envalentonen cada vez más, las verdades de la fe, incluso las más fundamentales, como la existencia de Dios, la divinidad de Jesucristo, la autenticidad y divina inspiración de las Sagradas Escrituras etc. etc., se nieguen o se pongan públicamente en duda, con gravísimo escándalo de todo el pueblo verdaderamente católico, que se halla confundido, desorientado, perplejo y derrotado y asqueado de tanta lenidad o cobardía o traición o lo que sea, que Dios lo sabe, sin que a esos herejes se les arroje de la Iglesia, fulminando sobre ellos la excomunión, el anatema, sobre todo, sabiendo, como se sabe, por confesión propia, como en el caso de Teilhard, que se quedan dentro de la Iglesia, para demolerla. ¿Quién es, pues, el principal demoledor de la Iglesia, sino el que, pudiendo y DEBIENDO, con obligación suprema, cumplir los cánones 336, 1325 y 2316, deja que las cosas sigan corriendo, desmoronándose y perdiéndose la fe, juntamente con las almas?

Nos duele en el alma tener que decir estas cosas; pero las hemos tenido tanto tiempo calladas, nada más por el respeto religioso que se debe al legítimo Vicario de Cristo, que ya no podemos silenciar más nuestra conciencia. PARA MI JUAN B. MONTINI NO ES UN LEGITIMO PAPA y esta afirmación quizás signifique la salvación de la Iglesia y de la fe de muchas almas.








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