Santificar al Papa, por el mero hecho de ser Papa, es ponerse en el peligro de caer en una "Papolatría".


07 Sep
07Sep




“El gran sofisma de esta trágica confusión, dentro del seno mismo de la Iglesia, está en confundir la institución divina, que Cristo hizo de su Iglesia, con los hombres, que, legitima o ilegítimamente, ocupan los puestos de la Iglesia. El no saber precisar la naturaleza y finalidad de las prerrogativas y poderes, que Cristo dio a los pastores de la Iglesia, ‘in aedificationem, non in destructionem Corporis Christi’.

El no saber reconocer, según la más sólida teología católica, los límites infranqueables, que esos poderes, esa autoridad, esa dignidad asombrosa de los jerarcas de la Iglesia –sean Papas, Cardenales u Obispos-, deben necesariamente tener, según el plan y los designios del Altísimo y según lo exige el dominio absoluto, ilimitado y constante, que Dios tiene y debe tener sobre todos y cada uno de los hombres, así sean éstos reyes, obispos o papas.

Una adhesión incondicional e ilimitada a las enseñanzas del Magisterio NO infalible, a las disposiciones de la Jerarquía, no excluyendo las del Sumo Pontífice, cuando éstas manifiestamente se apartan de las enseñanzas de la tradición, de las definiciones y decisiones irreformables de los anteriores Papas o Concilios, no está, ni puede estar de acuerdo con la ortodoxia de los dogmas católicos...

Desgraciadamente, en la espantosa crisis actual de la Iglesia, por la que estamos pasando, el problema más serio lo encontramos en la jerarquía y en los órganos del Magisterio. Si hemos de hablar claro, yo pienso que, por los datos que la observación y la experiencia nos suministran, podríamos establecer tres grupos bien definidos y distintos en la jerarquía.


El primero, quizá más numeroso de lo que muchos piensan, es el de los cardenales y obispos que han perdido la fe. No creen sino en su poder, en su dinero, en sus juicios y opiniones, que, por ser ellos, piensan, son la única y genuina expresión de las verdades de la fe. Fue necesario que ellos viniesen a ocupar esos puestos supremos de comando…

El segundo grupo de nuestros prelados es el que está integrado por obispos carentes de ciencia y la cabeza necesaria, para poder valorizar en toda su profundidad y comprensión extensa los problemas tan serios y trascendentes, planteados por esa “pastoral” ecumenista, traición a Dios y al Evangelio, aceptación implícita de los errores y herejías de los “separados”. Sin los conocimientos necesarios, sin tiempo para estudiar, aconsejados y dirigidos por las Conferencias Episcopales y por los consejeros de sus presbiterados, los santos varones, sin darse cuenta, son los que, con mayor eficacia, le están haciendo el juego al enemigo. Hay obispos y arzobispos en México, por no decir algunos cardenales, que si hablan el francés, el inglés y el italiano, parecen ignorar, en cambio los principios fundamentales de la teología, de la filosofía y del Derecho Canónico. En su ignorancia se ven en la necesidad de seguir dócilmente, con edificante sumisión, los consejos de sacerdotes de sus atrevidos cancilleres.

Finalmente, hay otro grupo de prelados de indiscutible fe, de ciencia que supera la mediocridad, de buenas intenciones, de vida ejemplar, que se dan perfecta cuenta de la tremenda crisis por la cual atraviesa la Iglesia del Señor; que reprueban en su conciencia todas esas novedades y que, en cuanto pueden, tratan de reprimir los excesos y los desvaríos de los reformadores, pero que, temiendo las reacciones de las mayorías y los peligros que sus oposición podría ocasionarles de la Curia Romana, aggiornada y ajustada a las consignas del Pontífice, prefieren soportar pasivamente esa "autodemolición" de la Iglesia, de la cual tienen ellos como plena conciencia.

En otras palabras: al primer grupo le falta fe; al segundo, ciencia, y al tercero, le faltan pantalones.

A todo esto, hay que añadir otra causa importante, que justifica o pretende justificar, entre clérigos y laicos, las reformas, a las cuales se oponen los principios morales y religiosos: es el chantaje intolerable de la mal entendida "obediencia"...

Confundir las instituciones con los hombres, querer santificar al Papa, por el mero hecho de ser papá, es ponerse en el peligro de caer en una "Papolatría", muy ajena a la verdad revelada."



Pbro. Dr. Joaquín Sáenz y Arriaga, ‘Sede Vacante’, capítulo 1º.





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